sábado, 18 de junio de 2011

Experimento: Conducción eléctrica en líquidos

Autor: S. Gil y E. Rodríguez.
Fuente: Física re-creativa.

Para cursos “un poquito” avanzados. El objetivo de este experimento es estudiar si los líquidos conducen o no la electricidad. Para aquellos que sí lo hacen, se propone verificar si satisfacen o no la ley de Ohm. También se propone para estos líquidos estudiar como varía la resistencia con la temperatura. Una opción adicional es estudiar el fenómeno de la electrólisis y determinar a partir de estas mediciones el valor de la carga del electrón.
Para que un medio material pueda conducir la corriente eléctrica debe contener cargas móviles capaces de conducir la electricidad. En los metales, las cargas móviles son los mimos electrones de las capas más externas de los átomos que lo forman (electrones de conducción). Al formarse el metal, el campo de cada átomo afecta a sus vecinos más próximos, lo que hace que los electrones más externos dejen de estar ligados a un solo átomo y tengan libertad para moverse a través de todo el sólido. En algunos líquidos, por ejemplo el agua, si se disuelven sales, ácidos o bases, éstas se disocian en iones positivos y negativos que pueden moverse a través del líquido, por lo que la conducción eléctrica se hace apreciable.

Contiene cálculos y fórmulas demostrativas.

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Experimento: Colisiones en sistemas rotatorios

Autor: S. Gil y E. Rodríguez.
Fuente: Física re-creativa.

Para cursos “un poquito” avanzados. El objetivo de este experimento es el estudio de las características de colisiones usando sistemas en rotación así como la evaluación de las magnitudes que se conservan. La actividad consiste en que con el sistema esquematizado en la Figura, y utilizando dos o más discos que puedan superponerse, se estudie la variación de la velocidad angular en el tiempo cuando a un primer disco giratorio le dejamos caer un segundo disco desde una posición de reposo. Además, hay que tratas de tomar datos por lo menos durante 3 segundos antes y después de la colisión. Se sugiere:
Representar gráficamente la velocidad angular medida en función del tiempo.
Calcular y representar el momento angular total del sistema en el tiempo.
Calcular y representar la variación de la energía cinética de rotación total en función del tiempo.
¿Qué se puede concluir de todos estos gráficos?
En el instante del choque, ¿se conserva el momento angular?
¿Se conserva la energía cinética de rotación?
Es bueno también analizar cuidadosamente los resultados y sustentar las conclusiones.
Se sugiere, finalmente, usar al menos dos discos de masas distintas, además del original, así como discutir las características principales que se observa en todas estas colisiones angulares.

Contiene cálculos y fórmulas demostrativas.

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Experimento: Capacitores y dieléctricos

Autor: S. Gil y E. Rodríguez.
Fuente: Física re-creativa.

Para cursos “un poquito” avanzados. El objetivo de este experimento es estudiar las propiedades básicas de los capacitores, la dependencia de la capacitancia con la geometría y los dieléctricos. Análisis de las características de circuitos RC.
La primear actividad consiste en la carga y descarga de un capacitor Usando el circuito descrito esquemáticamente en la Figura, hay que estudiar las características básicas del proceso de carga y descarga de un capacitor usando un sistema de adquisición de datos asociado a una PC. Para este experimento se usa un capacitor C y una resistencia R1 tal que su producto sea del orden de 10 segundos. Elegir para R2 un valor de aproximadamente el doble que R1. Conectar los terminales de sistema de toma de datos en los bornes del capacitor C.
También es útil disponer de un pulsador y asegurarse que la fuente de tensión V0 tenga un valor inferior a 10 Volt de modo de no dañar el sistema de toma de datos. Elegir una frecuencia de muestreo (cuentas por segundo) del orden de RC/100. Usar el pulsador para cargar el capacitor. Antes de conectar, asegurarse que un instructor revise el circuito. Graficar la dependencia de Vc como función del tiempo en escala lineal y semilogarítmica y obtener el mejor ajuste de la curva que describe la dependencia de Vc como función del tiempo. También hay que construir un gráfico de d Vc (t)/dt versus Vc (t). A partir de estos gráficos, se determinará la constante de tiempo característica de la descarga del circuito R1-C. Usando este mismo procedimiento, se determinará la constante de tiempo de la carga del capacitor. En cada caso, tendrán que medirse los valores de C, R1 y R2 usando un multímetro. Repetir este análisis para otro conjunto de valores R1, R2 y C. Usando los datos y los de otros compañeros de clase, se construirá un gráfico de los valores medidos experimentalmente en función de los correspondientes valores de R.C., para luego responder a la pregunta: ¿Qué concluye de este estudio respecto de valor de tiempo característicos de carga y descarga de un capacitor?

Contiene cálculos y fórmulas demostrativas.

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Experimento: Campo magnético

Autor: S. Gil y E. Rodríguez.
Fuente: Física re-creativa.

Para cursos “un poquito” avanzados. El objetivo de este experimento es doble. Por una parte, se busca determinar del campo magnético terrestre en el laboratorio usando una brújula, un amperímetro, bobinas y una fuente de corriente. Por otra parte, se estudiará el campo magnético de bobinas, tanto a lo largo de su eje como en su plano, utilizando una técnica simple basada en una brújula y usando una punta de prueba Hall, conectada a una PC.
El desarrollo del experimento es así: usando una brújula, un amperímetro, una fuente de corriente y bobinas de geometría y número de vueltas conocidos, diseñar y armar un circuito de modo que se pueda aplicar y medir una corriente variable (i < 2A) que pase por una bobina. Diseñar un dispositivo experimental que permita mantener la bobina con su eje horizontal en forma estable.

Contiene cálculos y fórmulas demostrativas.

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Experimento: Potenciales y campos eléctricos

Autor: S. Gil y E. Rodríguez.
Fuente: Física re-creativa.

Para cursos “un poquito” avanzados. El objetivo de este experimento es determinar las líneas (o superficies) equipotenciales, es decir, el lugar geométrico donde el potencial eléctrico es constante. Estos potenciales son creados en este caso conectando electrodos sumergidos en un medio poco conductor (líquido) a una fuente de baja tensión. Los potenciales se miden con un voltímetro. Finalmente, se propone comparar los resultados experimentales de la distribución de potencial con la que resulta al resolver la ecuación de Laplace con un método numérico usando una planilla de cálculo.
El dispositivo experimental consiste en una bandeja rectangular, de vidrio transparente, que contiene agua como material conductor (de baja conductividad eléctrica). Debajo de la bandeja se coloca un papel milimetrado que permite conocer las coordenadas de cada punto. También se requiere tener dos electrodos metálicos conectados a una fuente de tensión. La tensión la suministra una fuente de 4 a 12 V. Es conveniente usar una tensión alterna para evitar la polarización de los electrodos, debido a los efectos de electrólisis. Puede usarse como fuente, por ejemplo, la salida (secundario) de un transformador de 5 a 12 V, que es muy accesible en negocios de electrónica. Hay que asegurarse de que se trata de un transformador y no de un auto-transformador o variac. Estos últimos pueden producir shock eléctrico.
Se puede diferenciar fácilmente el transformador de los otros dispositivos observando si el primario del mismo está aislado del secundario.

Contiene cálculos y fórmulas demostrativas.

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Experimento: Movimiento uniformemente acelerado

Autor: S. Gil y E. Rodríguez.
Fuente: Física re-creativa.

Para cursos “un poquito” avanzados. Puede denominarse también como Determinación de g. el objetivo de este experimento es el estudio del movimiento acelerado de un cuerpo en caída libre mediante gráficos de velocidad y aceleración, a partir de mediciones de distancia recorrida en función del tiempo. Para la medición de tiempos se propone usar un fotointerruptor conectado a una computadora.
El problema de la caída de los cuerpos constituye uno de los experimentos claves en la evolución del pensamiento físico y filosófico de la humanidad. Para comprender su trascendencia es menester ubicarse en el paradigma de física de Aristóteles, que era la prevalente antes de la revolución realizada hacia fines del Renacimiento, fundamentalmente por el cuarteto: Copérnico, Galileo, Kepler y Newton (que desde luego lo hicieron independientemente en tiempos y lugares diferentes). En la concepción de Aristóteles, los cuatro elementos constituyentes de todos los cuerpos materiales eran: el fuego, el aire, el agua, y la tierra. Cada uno de ellos tenía propiedades de movimientos intrínsecas a su naturaleza. Así, liberado a sí mismo un trozo de tierra tenia un movimiento "natural" vertical y descendente hacia el centro de la Tierra (que coincidía con el centro mismo del Universo), mientras que el fuego, tenia un movimiento "natural" vertical y ascendente. De esta forma, la tierra era naturalmente un elemento pesado (grave) y el fuego era naturalmente liviano. El aire y al agua ocupaban un posición intermedia entre estos extremos. Pero este pensamiento, vigente por varios siglos, había de cambiar por la obra de los mencionados cuatro revolucionarios de la física…

Contiene cálculos y fórmulas demostrativas.

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Experimento: Autoinductancia, circuito RL

Autor: S. Gil y E. Rodríguez.
Fuente: Física re-creativa.

Para cursos “un poquito” avanzados. El objetivo de este experimento es el estudio de las características de circuitos RL. Respuesta para tensiones cuadradas y sinusoidales. Impedancia y admitancia inductiva. Tiene 2 actividades, la primera denota la Característica Voltaje-Corriente de una autoinductancia La característica Voltaje-Corriente de un elemento eléctrico o electrónico (resistencia, capacitor, diodo, etc.), es la relación que existe entre el voltaje en el elemento y la corriente que circula por él. Por ejemplo la ley de Ohm describe la característica Voltaje-Corriente de una resistencia. El objeto de esta propuesta es encontrar la relación equivalente a la ley de Ohm para una autoinductancia. Para ello se propone usar un circuito similar al de la figura, con un sistema de toma de datos por computadora.

Contiene cálculos y fórmulas demostrativas.

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Experimento: Anillos oscilantes

Autor: S. Gil y E. Rodríguez.
Fuente: Física re-creativa.

Para cursos “un poquito” avanzados. El objetivo de este experimento es la descripción experimental de un sistema oscilante sencillo. Análisis del período de oscilación en función de las dimensiones de los anillos. El experimento consiste en estudiar la variación del período de un anillo (o una fracción del mismo) capaz de oscilar sujeto de un punto de suspensión, usando un diseño experimental similar al ilustrado en la figura.

Contiene cálculos y fórmulas demostrativas.

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Experimento: Segunda Ley de Newton

Autor: S. Gil y E. Rodríguez.
Fuente: Física re-creativa.

Para cursos “un poquito” avanzados. El objetivo de este experimento es la determinación de la aceleración de un móvil (representado por un carrito) usando diversas técnicas experimentales con el dispositivo indicado esquemáticamente en la figura, que incluye un fotointerruptor para medir el desplazamiento en función del tiempo. Estudio experimental de la segunda ley de Newton.

Contiene cálculos y fórmulas demostrativas.

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jueves, 16 de junio de 2011

La bacteria más vieja del mundo

Fuente: “Enciclopedia Popular”. Editores Asociados S. A. Buenos Aires. Abril. 1992.

Tiene entre once mil y catorce mil años. Se trata de la bacteria más antigua del mundo y representa, además, la forma de vida más antigua hasta ahora conocida.
Como todos los descubrimientos –éste no podía ser la excepción–, el hallazgo de la bacteria se produjo más o menos por casualidad. Científicos y paleontólogos se hallaban investigando en el Golfo de Ohio, cuando se encontraron con el esqueleto completo de un mastodonte. Y en lo que fue su intestino, la bacteria de marras.
El microscopio permite describir a este organismo que, hasta ahora, es el más viejo que ha podido estudiarse. Ellas son marrones o rojizas y con forma de pequeños tubos que, según los paleontólogos y microbiólogos que actualmente las están estudiando, adoptaron este formato debido al contenido del intestino del gigantesco animal.
Según el microbiólogo Gerad Goldstein, de la Universidad local, nadie hubiera sospechado que esta bacteria es la Enterobacteria Cloacae que, con algunos cambios, sobrevive en la actualidad en los intestinos de los más diversos mamíferos. El estudio en el laboratorio de los cultivos hallados en el lugar le dio la razón a Goldstein, a pesar de que muchos de sus colegas todavía se muestran escépticos.
Ellos opinan que la bacteria no tiene por qué haber vivido en el intestino del mastodonte y que en cambio puede haberse instalado allí, después de la muerte del animal, encontrando en el fósil intestinal un hábitat adecuado para desarrollarse.
El doctor Goldstein tomó, entonces, una docena de muestras de cultivos diferentes y los trasladó a su laboratorio. Sólo en los que la muestra provenía directamente de las entrañas del animal fue posible hallar la E. Cloacae, no existiendo rastro de ella en el resto de los cultivos. De ser válida la tesis planteada por los otros microbiólogos, algún rastro de la bacteria tendría que haberse hallado en la turba circundante al esqueleto del animal y esto no ocurrió, según el investigador.
El descubrimiento no sólo ayudará a los científicos a revelar los secretos de la evolución bacteriológica sino, también, de la humana. Goldstein se encuentra actualmente trabajando en la comparación del ADN de sus cultivos con el ADN de sus parientes contemporáneos, mirando sus diferencias genéticas para averiguar cómo las bacterias pudieron evolucionar tan rápidamente.
Las bacterias poseen un tiempo generacional de alrededor de 20 minutos. Los tienen un tiempo generacional de alrededor de 20 años o sea que once mil años de tiempo bacteriológico equivalen a billones de años de tiempo humano afirma el científico.
Los microbiólogos no son los únicos que están estudiando los contenidos de estos ancianos intestinos. Los paleobotánicos también tienen interés en ellos. La idea es descubrir cuál era la flora existente en la época de los mastodontes y el papel que ella ocupó en la extinción de esta gigantesca especie, confirma la doctora Dee Anne Wymer, paleobotánica de la Universidad de Pensylvania.
Cuando el clima se acaloró bruscamente, al final de la edad de hielo –diez mil años atrás– la dieta de los mastodonte debió transformase dramáticamente. Se cree que con los incendios forestales, ellos comenzaron a morir. Sin embargo, todas son, hasta el momento, teorías. Contra la expuesta está la que señala que los mastodontes nunca se alimentaron de las hierbas altas y que sí, en cambio, lo hacían de las malezas de las lagunas, de lirios de agua y de otros vegetales que, sin dudas, no se extinguieron con la llegada del calor abrasador.
Los estudios de las tripas del mastodonte de Ohio no sólo develarán la evolución bacteria!, sino que también ayudarán a tener un poco más claro cómo fue el planeta nada menos que once mil años atrás.

Salvemos al panda

Fuente: “Enciclopedia Popular”. Editores Asociados S. A. Buenos Aires. Abril. 1992.

Hay sólo setecientos y son exterminados a diario. El panda está en extinción. Muere debido a que su hábitat natural es devastado por la mano del hombre y, además, a causa de los cazadores furtivos que lo masacran para obtener su piel. Científicos chinos y zoólogos de todo el mundo han vuelto a alzar su voz para frenar la desaparición de la especie.
Actualmente los pandas viven en libertad en la mayor reserva natural de la China: Wolong. Allí crecen varias especies de bambú, su alimento preferido, y están a salvo de los cazadores furtivos.
Mullidos, torpes y juguetones, los pandas representan hoy uno de los pocos símbolos que la naturaleza que atentan contra la indiferencia humana. Conmueven a los chinos quienes comprendieron que el panda era un tesoro nacional merecedor de ser protegido por las autoridades y también despiertan la atención de los niños y los adultos de todas partes, porque un panda regordete que come ramitas de bambú, más que un animal salvaje, es un mascota entrañable.
Sin embargo, el panda muere. Su hábitat natural ha sido aniquilado paulatina que impiadosamente a causa del crecimiento de la población de la China occidental. El incremento de los asentamientos humanos provocó la deforestación de los bambusales alpinos de la meseta tibetana y así empezó la amenaza de extinción de la especie. Además, los impenetrables bosques y matorrales habían resguardado la vida secreta de los pandas por miles de años, pero a mediados de 1970 una especie de bambú floreció y murió. Y con ella perecieron ciento cincuenta ejemplares de pandas gigantes de inanición –el 10% de la población– momento en que se alzó la voz de alarma. El gobierno chino, entonces, pidió ayuda al World Wildlife Foundation a fin de desarrollar un acelerado programa de conservación de la especie.
Antes de la reducción del territorio de los pandas, algunos ejemplares habían sido trasladados al zoológico de Pekín, de Moscú y otros países de occidente, pero hacia 1963 todos los pandas gigantes viviendo en zoológicos fuera de China habían muerto. Cazadores furtivos, por su parte, empezaron a perseguir a los desorientados animales en libertad para hacerse con su preciada piel.
Ya antiguas crónicas de China registran que un panda estuvo incluido en el tributo de algunos reinados y narraciones imperiales japonesas relatan que en el año 685, el emperador chino mandó de regalo a su par nipón dos osos blancos vivos y setenta pieles de osos blancos y negros. La cacería del panda es tan vieja como el bambú que crecía por doquier en el territorio poblado por los pandas antiguamente: todo el sureste de China y el norte de Birmania, Laos y Vietnam. Los cazadores reaparecieron pero ahora, en la pequeña extensión a que quedó reducida la residencia natural del panda porque la piel de este raro animal sigue siendo sumamente valiosa y constituye un trofeo para quien la posea.
Con todo, actualmente no alcanzan los mil ejemplares y sin embargo, desde el punto de vista evolutivo, sigue siendo uno de los animales más enigmáticos: recién desde hace poco se conoce su genealogía y su reproducción todavía es harto dificultosa.
El panda no ruge ni gruñe: bala, como una oveja. Estos sonidos vocales provenientes de su cabezota con ojeras negras junto a la alimentación y el pulgar oponible y funcional –formación que aparte de los monos antropomorfos sólo posee el panda– conforman el conjunto de singulares características que originó entre los científicos interminables polémicas acerca de los vínculos de parentesco de la especie.
Aún en tiempos en que los pandas vivían tranquilamente recluidos en las montañas rodeadas de bruma y nieve, algunos habitantes de la zona jamás los habían visto. No fue hasta 1869 que se observó y describió al panda gigante por primera vez cuando Armand David, un misionero y naturalista francés residente en China, lo identificó como una especie nueva para la ciencia: el oso blanco y negro. Entretanto, Alphonse Milne Edwards, colega de David y más tarde director del Museo de Historia Natural de París, concluyó que el panda gigante estaba más vinculado a la familia del panda rojo o panda menor –el mapache– que a la de los úrsidos. Así se inició una larga cadena de estudios filogenéticos del animal hasta que por métodos moleculares el investigador norteamericano Stephen O’Brien estableció que el panda gigante es un ursidae –familia de los osos– pero lo bastante lejano como para formar su propia subfamilia: los Ailuropodinae, ubicada entre el oso de anteojos y el panda menor.
Lo cierto es que semeja un oso, pero muchos de sus caracteres tienen muy poco de osuno. Al igual que el panda menor es predominantemente herbívoro y para ello cuenta con dientes grandes, mandíbulas robustas y músculos desarrollados, –herencia de su pasado carnívoro– que le permiten moler el fibroso bambú. Pero el rasgo característico del panda gigante es el pulgar oponible funcional análogo al pulgar de los monos antropomorfos. La diferencia entre el que presentan los primates y el del panda es que éste es una prolongación de un hueso de la muñeca y actúa como un sexto dedo permitiéndole deshojar los tallos de bambú con facilidad. Junto a otros rasgos, el pulgar le ha conferido al panda la capacidad de permanecer erecto durante diez o doce horas al día y comer entre 10 y 18 kilos de bambú por día en un ambiente apacible.
Otro motivo por el cual el panda es un oso atípico no se relaciona directamente con la alimentación. Los osos alpinos hibernan, los pandas no lo hacen debido –creen los científicos– a que la base de su alimentación no aporta la energía suficiente para ello aunque consuman grandes cantidades.

LA VIDA SECRETA DE LOS PANDAS.
Con sus 120 kilos a cuestas, un panda adulto en libertad suele ocupar un área de 25 kilómetros cuadrados y recorrer no más de 4 por día. Es que el panda es un animal solitario que no tiene enemigos naturales y su deambular se debe casi únicamente a la búsqueda de plantas de bambú. Sin embargo, sus costumbres se modifican cuando llega la época de celo. Los acercamientos entre los distintos sexos se producen por medio de señales olfativas y por el canto amoroso del macho, único momento en que puede escucharse su voz con facilidad. Cuando la unión comienza, la hembra adopta una posición pasiva y el macho la monta durante breves minutos, hecho que puede repetirse 48 veces en pocas horas. Después se separan y, por lo general, nunca más vuelven a encontrarse, lo que resulta idéntico en todos los osos.
Al quedar la hembra preñada tarda entre 67 y 163 días en parir junto a un matorral o en el interior de una cueva. Dos es el número de crías que nacen sin pelo. Como las madres no pueden hacerse cargo de ambas, abandonan a una poco después de haberla parido. La otra cría recién se separará de su madre a los 18 meses.
De acuerdo con los estudios realizados, las hembras paren una vez cada dos años por lo que junto a la elevada tasa de mortalidad de los bebés panda, resulta que un ejemplar llega a adulto cada cuatro años, con un alto riesgo de extinción. Por otra parte, su hábitat natural se transforma día a día y ha ido reduciendo el territorio de los pandas en libertad a pequeños núcleos aislados entre sí. Cada uno de ellos se compone de veinte ejemplares, entonces, la posibilidad de unión e intercambio entre ellos es poco factible, por cuanto entre las poblaciones existen carreteras, asentamientos humanos y zonas desoladas.
Actualmente, la cifra aproximada de pandas en libertad es dramática: se calcula que existen unos 700, según un informe realizado por los zoólogos norteamericanos John Mackinnon y Ken Johnson, en base a datos del World Wildlife Foundation. Pero no todo está perdido para la supervivencia de la especie si se logra el intercambio de individuos entre los ejemplares en libertad. Para conseguirlo, Christopher EIliot, máximo responsable del WWF en Asia, sugiere la construcción de puentes en la selva que permitan unir las distintas poblaciones.

WOLONG Y EL PROYECTO PANDA.
En 1975 George Keller, director del centro de investigación y conservación animal de la sociedad zoológica de New York y Ru Jinchu, máxima autoridad china en pandas, comenzaron a perfilar un proyecto para la preservación del panda gigante. Y fue hacia 1980 cuando, auspiciado por la Academia China de las Ciencias y el World Wildlife Foundation, el proyecto empezó a desarrollarse en una de las doce reservas naturales creadas por las autoridades chinas para proteger al panda: Wolong, cuyas montañas son las más antiguas del Himalaya.
Situada en la provincia de Sichuán, la reserva ocupa un área de 3.600 kilómetros cuadrados que se extienden desde los 1.200 a los 6.000 metros de altura y abarca desde el clima subtropical hasta el alpino. El laboratorio cuenta con instrumentos de alta precisión que los científicos emplean, no sólo para proteger el panda sino también al ecosistema donde habita. Con este fin el botánico Julian Campbell se unió al grupo de investigadores encargándose de estudiar la flora del lugar durante varias estaciones.
En Wolong, Keller y Jinchu junto a sus colaboradores, se dedicaron a estudiar la vida de los pandas en su medio natural. Para ello, colocaron en algunos individuos un collar radiotransmisor que les permitía rastrearlos a distancia. Todos los días, los científicos monitoreaban las transmisiones de cinco ejemplares para observar su rutina cotidiana. Al pasar el primer año de trabajo empezaron a ser conocidas las costumbres de los pandas gigantes que fueron reunidas en un libro publicado por los dos científicos. Comprobaron el hecho de que el panda es un animal carnívoro con hábitos vegetarianos y que su sistema digestivo está preparado para extraer el valioso alimento del bambú. La madera de esta planta, en cambio, no forma parte de su dieta pero sí de sus juguetes: a los panda les encanta jugar.
Mientras el “proyecto pandas gigantes” seguía su curso, se implementaron métodos de inseminación artificial en Estados Unidos para lograr la procreación de la especie. Pero fue en vano. Recién en julio de 1981, en la ciudad de México, nació el primer panda procreado en un zoo que sobrevivió fuera de China, sólo colocando en una misma jaula a un macho y una hembra. Los nacimientos de panda en cautiverio allanaron el camino para la preservación de su especie. Sin embargo, George Keller cree que no es posible estar seguros de su supervivencia a no ser que esté a salvo en la selva. “El panda es más que un animal, es un símbolo de nuestro compromiso con el futuro”, afirmó.

PANDAS EN CAUTIVERIO.
El primer panda gigante en cautiverio nació en 1963 en el zoo de Pekín, aunque ya desde ese entonces, no parecía ser la solución al problema de la extinción de la especie. Actualmente, fuera de los límites de China, existen 3 ejemplares en Tokio, 2 en Washington, 2 en Corea del Norte, 5 en México DF, 2 en Madrid, 1 en Londres, 1 en París y 1 en Berlín. Curiosamente, México es el único lugar donde los pandas se reproducen naturalmente. En el resto de los lugares, sólo se logra con métodos artificiales.

LA FAMILIA AILUROPODINAE.
Los estudios filogenéticos del panda realizados por el investigador Stephen J. O’Brien y su equipo de ayudantes del Instituto Nacional Estadounidense del Cáncer y del Parque Zoológico Nacional de Washington, han arrojado por fin una luz acerca de la genealogía de la especie. Después de convalidar sus investigaciones moleculares y dando por buena la estimación de que los antropomorfos africanos y el hombre divergieron hace 35 millones de años, concluyeron que los úrsidos modernos –osos– se habían separado en una familia independiente de los prociónidos modernos –mapaches– hace entre 30 y 50 millones de años. Pasados 10 millones de años de este acontecimiento, los prociónidos se habían dividido en dos, pero el panda gigante, proveniente de los úrsidos se separó en una subfamilia: Ailuropodinae. De sus investigaciones se desprende además que la evolución de las especies se produce gradualmente a través de cambios muy pequeños.

DATA BANK.
A causa de la deforestación de los bosques de bambú –su principal alimento–, los pandas comenzaron a morir.
Además, cazadores furtivos persiguen a los animales para extraer su valiosa piel por lo que el gobierno chino pidió ayuda internacional a fin de preservar la especie.
Actualmente, el número de pandas en libertad no supera los setecientos ejemplares.
Pertenecen a la familia de los osos pero tiene muy poco de osuno: no hibernan, son vegetarianos, balan como una oveja y poseen un pulgar oponible, formación que sólo se encuentra en los pandas, monos antropomorfos aparte.
Wolong es la mayor de las doce reservas naturales existentes en China para preservar a los pandas. Allí se desarrolla desde 1980 el Proyecto pandas gigantes.
Aproximadamente diecisiete ejemplares se encuentran hoy en distintos zoológicos del mundo.

Las momias que cuentan su vida

Fuente: “Enciclopedia Popular”. Editores Asociados S. A. Buenos Aires. Abril. 1992.

A través del estudio de las momias se va hilvanando con mayor precisión la historia de la humanidad. En ocasiones, son sorprendentes las cosas que nos cuentan: desde mujeres golpeadas en tiempos remotos hasta el descubrimiento de cáncer y otras afecciones que creíamos contemporáneas.
La mañana del 11 de noviembre de 1925, en una sala de la Universidad de El Cairo, un grupo de médicos y biólogos se reunió para interrogar a un hombre bajo la luz de las lámparas. Comenzaron su trabajo, pero las respuestas no llegaron con palabras: el individuo acostado sobre la mesa de operaciones estaba muerto hacía más de 3.500 años. En el Valle de los Reyes se acababa de descubrir la tumba de Tutankamón –el gran faraón– y los hombres de bata blanca estaban allí para realizar la primera autopsia a una momia. Desde entonces, los “interrogatorios” no cesaron y los cuerpos embalsamados han contado sus historias y aportado informaciones de las poblaciones donde vivían, lugares en los que mueren ficciones y películas de misterio. La Academia de Medicina de Francia no sólo corroboró los métodos de “momificación” señalados en escritos de oscura procedencia, sino que obtuvo –a través de radiografías– las primeras revelaciones acerca de la personalidad, las enfermedades y las intimidades de las momias. Como si los milenios hubieran pasado en vano, sufrían cáncer, tuberculosis, sífilis, arteriosclerosis, golpeaban a sus mujeres y se emborrachaban. Muchos faraones, además, no esgrimían la fortaleza que fantaseaban los libros.

MOMIAS EN BUEN ESTADO.
Los análisis se efectuaron sobre cuerpos embalsamados encontrados en Arica (norte de Chile, en el límite con Perú) y Egipto. Marvin Allison, paleontólogo, explica que Arica es un laboratorio gigantesco: En el pueblo de Los Morros –dice– los vecinos pueden encontrarlas en sus propios patios. Sus investigaciones corrieron por cuenta de la Universidad de Tarapacá, provincia chilena a la que corresponde Arica. La cultura “chinchorro” –a ella pertenecen las personas momificadas– vivió hace unos 8.000 años. Sus integrantes eran cazadores de leones marinos y crustáceos. El embalsamador del grupo tenía la misión de transformar en “estatuas” a los pobladores más respetados cuando morían: se creía que así, desde otro mundo, seguirían indicando a los vivos el buen camino con sabios consejos. Pasado cierto tiempo, los grupos de momias eran abandonados, pero preservados a su vez por el viento, la arena y la falta de humedad del lugar: las momias de Arica son las mejor conservadas del mundo, aclara Allison.
Para los estudios, además de las radiografías y la endoscopía (exploración fotográfica de las cavidades del cuerpo), se aplicó la histología, técnica que analiza los fragmentos de tejidos tomados de las momias. Aunque la piel esté agrietada o endurecida, muchos secretos pueden revelarse todavía. En los informes de la Academia de Medicina francesa se cita el caso de una momia del siglo XIII a.C.: un fragmento de carne permitió identificar una capa superficial de piel que perdió su epidermis pero conservó su red colágena, una capa hipodérmica intermedia y una capa profunda con músculos cuyas estrías transversales pueden verse perfectamente y en el seno de las cuales se encuentran vasos e incluso hematíes. Al profundizar la investigación en esos tejidos –cuya conservación evidencia el grado científico alcanzado por los embalsamadores– se descubren con frecuencia las causas de la muerte.
Es posible afirmar ahora que antes de la llegada de los españoles a América existía la tuberculosis, lo mismo que los osteomas (tumores benignos del hueso) y la sífilis, según cuentan las momias de Arica, que muestran también secuelas de la artritis (inflamación de las articulaciones) y desgarros de ligamentos por caminar por terrenos irregulares cargando objetos pesados. El hábito ancestral de llevar canastas en la cabeza –conservado todavía por los descendientes chinchorros– ocasionó artritis en las vértebras cervicales. Por la dentadura, a menudo intacta, se determinó que una dieta basada en hidratos de carbono (porotos, maní, zapallo y maíz) fue la que ocasionó caries y abscesos. Los grupos que consumían carnes no presentaban dificultades.
Las bebidas alcohólicas (elaboradas con semillas de algarrobo fermentadas) causaron con su abuso problemas familiares, inicios de un tema que alarma a fines del siglo XX: la mujer golpeada. Las momias informaron que el 50 por ciento de las mujeres sufrieron fracturas de antebrazo y varios huesos faciales, contra el 20% de hombres agredidos. Otra dolencia de las mujeres chinchorro era la osteoporosis, enfermedad femenina por la que el hueso pierde calcio y se vuelve poroso y frágil.
Los males físicos de los antiguos egipcios fueron estudiados por el anatomista Grafton Elliot Smith a principios de siglo. Fue el primero en analizar a una momia sin disecarla, pero los retrógrados de todos los tiempos negaron eficacia y exactitud a sus métodos y estallaron de ira cuando propuso utilizar un aparato de rayos X. Hoy, los años señalan el lugar de la ignorancia.
La momia de Wah –administrador del gran canciller Meket Re, que vivió 2.000 años antes de Cristo– fue descubierta en 1920, en Tebas. Las recientes radiografías (1990) indicaron que el humilde sirviente estaba cubierto de joyas, incluido un collar de perlas. Tras desenvolverla (175 metros cuadrados de vendas) todo fue corroborado. Los especialistas opinaban que ese sirviente –como los nobles y sacerdotes– había sido embalsamado por los servicios prestados a la familia, pero no estaba adornado por ninguna riqueza.
Las indiscretas radiografías también permitieron averiguar que ciertos faraones presentaban detalles anatómicos curiosos. Mineptah –sucesor de Ramés II– tenía trece vértebras dorsales y trece costillas, en lugar de las doce habituales de los humanos y una capacidad anormal en la parte superior del hemitórax izquierdo, según consta en los informes. Además, los dos huesos del antebrazo derecho están fracturados, es aún un enigma.
Entre los ladrones de tumbas rondaba una superstición. Los antiguos egipcios creían que quitar las vendas a una momia terminaba su letargo. La sombra del muerto partía entonces como un vampiro y buscaba “fluidos humanos” para reencarnarse. Los profanadores intentaban neutralizar la amenaza al quebrar los brazos de la momia –siempre cruzados sobre su pecho– antes de tomar las joyas.
Otras de las preguntas que pudieron responder los milenarios cadáveres fue cómo y a qué edad aproximada murieron. Tauaguen III, faraón de la dinastía XVII, perdió la vida en un campo de batalla: había en su cabeza numerosas heridas de dardos y lanzas, pero la primera o la segunda fueron las mortales. De Tutankamón se sabe ahora que falleció antes de cumplir 20 años (en los 18 y los 20), porque la soldadura de los huesos de la rodilla no estaba terminada todavía, pero sí la del fémur, que se produce alrededor de los 18 años.
En la primera autopsia de Tutankamón se encontró una sospechosa llaga en su mejilla izquierda. Los rayos X revelaron su origen: un golpe o una caída, que provocaron un coágulo de sangre en la corteza cerebral. Falleció de muerte violenta. Otras lesiones en la piel se hallaron en las momias de Tutmés II, Tutmés III y Amenofis II. No hubo dudas en las conclusiones: padecían una enfermedad familiar, transmitida de padres a hijos. Ramsés y, según los análisis de pequeños tumores cutáneos, podría afirmarse que sufrió viruela.
Una causa de muerte bastante frecuente en el antiguo Egipto era la arteriosclerosis, según revelaron –entre muchos otros– los estudios realizados sobre el cuerpo de Ramsés II. Algo que los egipcios continúan temiendo todavía, cuando se bañan en el Nilo, causó sus estragos por aquellos días. El doctor Armand Ruffer, bacteriólogo francés, halló en el hígado y los pulmones de las momias grandes cantidades de bacterias y, en los riñones, huevos de bilharzia. Se trata de una temible especie de gusanos que viven en el aparato circulatorio y se crían en las aguas del Nilo.

LA LEYENDA DE TUTANKAMÓN.
Las teorías de numerosos historiadores referidas a que Tutankamón era hijo ilegítimo de Akhenaton quedó comprobada. Un pequeño fragmento de tejido vascular encontrado en la momia demostró que el joven faraón pertenecía al grupo sanguíneo A2 y al subgrupo MN, propio de una aristocracia muy pura. Al comparar el fragmento con uno extraído de Akhenaton, se comprobó que el grupo era el mismo. Los rumores acerca de la madre de Tutankamón habrán corrido entonces de boca en boca.
Las expediciones por Arica y Egipto continúan y, casi siempre, investigadores, antropólogos y médicos se atreven a violar las creencias de terror y muerte sin consecuencias fatales. Los tiempos han cambiado: como vaticinaban las leyendas, quitar las vendas a una momia termina su letargo, pero no para que la sombra del muerto comience a vagar, sino para contar su historia.

EL ARTE DE LA “MOMIFICACIÓN”.
Los análisis recientes demostraron que la descripción realizada por Herodoto en el año 450 a. C. fue acertada con respecto a los métodos de “momificación”. Según señaló entonces, se extraían todos los órganos internos del cadáver luego de una incisión con piedras afiladas, conchillas y picos de pelícanos. Se rellenaba el vientre y el cuerpo en general con carbones calientes, mirra, canela, cenizas y aromatizantes (salvo incienso) antes de coserse. Esta técnica, al privar de la humedad necesaria a los microbios, impedía el ataque de las bacterias que descomponen los cadáveres. También se utilizaban lana, plumas y canto rodado en las cavidades corporales. Para asegurarse de que no se volvieran a abrir, el pecho se ataba con una cuerda, Los codos, las rodillas, las piernas y la columna vertebral se mantenían tiesos con varas que se extendían por el interior del cadáver.
Los “momificadores” sumergían el cuerpo en natrón (mezcla de carbonato de sosa y cloruro de sodio) y lo dejaban durante 70 días. Pasado ese lapso, se envolvía al muerto con finas bandas de lino untadas con sustancias gomosas. Se colocaban en la cara y los miembros máscaras de arcilla y, a veces, una peluca hecha con el mismo pelo del difunto para darle una apariencia más “vivaz”. El cadáver embalsamado no debía sentir la soledad: otras momias, de mujeres o niños, eran ubicadas alrededor de él.

LAS MOMIAS “TRUCHAS”.
Como falsificadores y corruptos hubo en todas las épocas, también se descubrieron momias “truchas”. Los milenarios cadáveres embalsamados estuvieron muy de moda en el siglo XVIII y, hasta hoy, no son pocos los investigadores y turistas que visitan Egipto y sueñan con llevarse uno de estos inquietantes “souvenirs” para casa. Se asegura –y nadie lo ha negado– que había una momia a bordo del Titanic cuando se hundió.
En la Tierra de los Faraones, el consecuente comercio fue muy floreciente, pero la demanda se llegó a satisfacer sólo con momias falsas. Un encargado del Museo Nacional de El Cairo afirmó que alrededor del 40 por ciento de las momias egipcias que andan por el mundo no son auténticas: “Especialmente las que están en los museos norteamericanos son sospechosas”, especificó. Durante los años 50, la policía detuvo en El Cairo a un fabricante de momias “truchas”: el doctor Ah Benam, un conocido médico de la ciudad. Previa remuneración a los sepultureros, se proveía de cadáveres que embalsamaba (según métodos tradicionales) para vender a los entusiastas y desprevenidos aficionados.
Siglos antes (años 1700 y 1800) las momias no sólo eran un recuerdo arqueológico sino una fuente de medicamentos milagrosos. Los boticarios proponían a sus clientes ricos que tomaran pociones disueltas en un brebaje: consistían en momias de faraones pulverizadas.
Por medio de los actuales métodos de computación y scaneo, es posible comprobar si una momia es verdadera o no. Los expertos afirman que la de Tutankamón lo es, aunque calculan que el 40 por ciento de momias que circulan por el mundo son falsas.

DATA BANK.
En Arica (norte de Chile) los pobladores pueden encontrar momias en sus propios patios.
Para los estudios de los cuerpos embalsamados se aplicó la radiografía, la endoscopía (exploración fotográfica de las cavidades del cuerpo) y la histología (análisis de fragmentos de tejidos).
Hace 8.000 años había tuberculosis, sífilis y artritis. Los hombres se emborrachaban y golpeaban a sus mujeres.
En el siglo XVIII, la gran demanda de investigadores y turistas, motivó la “fabricación” de momias truchas.
Se asegura que a bordo del Titanic había una momia cuando se hundió.
Los faraones egipcios sufrían de viruela y arteriosclerosis.
Tutankamón era un joven débil y su madre fue una mujer “ligera de cascos”.
Ramsés II tenía trece vértebras dorsales y trece costillas, en lugar de la docena habitual.

Monstruos del fondo del mar

Fuente: “Enciclopedia Popular”. Editores Asociados S. A. Buenos Aires. Abril. 1992.

Entre los 1.500 y los 2.000 metros de las profundidades submarinas existe un mundo oscuro habitado por descendientes de peces del tiempo de los dinosaurios. Su comportamiento es extraño y feroz: se comen entre sí y presentan una bioluminiscencia muy propia en distintos órganos con la que atraen a sus víctimas.
Permanecen allí desde siglos. A fines de la era secundaria los peces primitivos, contemporáneos de los dinosaurios, se refugiaron en el mar retirado de los continentes. Sus descendientes viven en la actualidad entre los 1.500 a 2.000 metros de profundidad marina. Algunos, remontados a favor de las corrientes ascendentes, han dado consistencia a la idea de monstruos legendarios.
No es una pesadilla. Es casi peor. Nadie conoció la existencia de los peces viviendo en los abismos oceánicos, antes de que la insaciable curiosidad de los científicos, nos acercara alucinantes imágenes de ese desconocido mundo. Una sola consigna parece haberse enseñoreado entre sus habitantes: comerse unos a los otros sin piedad.
Los tragones de geometría variable tales como los “Eutaeniephonus” presentan la panza más voluminosa de las especies. Gracias a una columna vertebral dúctil y extensible, la boca se deforma y agranda hasta deglutir a la víctima. El estómago se dilata desmesuradamente. No es raro encontrar crustáceos enteros en el interior de peces cuya talla no excede los 15 centímetros.
En las lejanas profundidades, el agua no es demasiado agitada. Todas las especies pueden vivir en esta inmovilidad helada. El diez por ciento de los peces que moran en los abismos oceánicos tienen a lo largo de su flanco, o bajo las aletas, como los “Angronesthes” órganos luminosos que les sirven no para iluminar, sino para atraer a sus víctimas. Algunas especies, como la “Eustomias” tienen un barbijo iluminado que rodea cinco veces su tamaño. Da la sensación de una caña de pescar, telescópica y retractable, en una ranura de su cuerpo.
La enorme dentadura de algunas especies es signo de depredación. La mayoría de ellos navega con la boca abierta y engulle todo lo que se presenta a su paso. Para facilitar la apertura de la garganta, el cráneo oscila a 90 grados en cualquier dirección.
La especie de los peces rayados, o cintas de plata, parece suave y gentil en su aspecto. Sin embargo, las “Stemoptix” son las más voraces depredadoras. Alrededor de sus ojos, los órganos luminosos horadan la noche como luces de Bengala. Una eyección de adrenalina duplica su poder de iluminación: se hace tan nítida la figura que es posible fotografiarla sin flash. Suelen estar tendidas en el fondo durante el día, y remontar hacia la noche hasta unos 500 metros porque allí abundan sus alimentos frescos.
La igualdad de sexos no rige entre los “Caratioides”, La hembra mide 1,20 metros y pesa 7 kilos. El macho apenas un decímetro. La historia de amor en esta especie es una de las más sublimes que registran los seres vivientes. El macho se aparea definitivamente con su compañera, mordiéndola con sus diminutos dientes. Poco a poco éstos desaparecen, los tejidos se interpretan y sus sangres se mezclan. Su unión es más intensa que la de una madre con su feto a través de la placenta. La anatomía de los machos presenta una característica sumamente sencilla: los únicos órganos importantes de sus vísceras son dos enormes testículos.

EN LOS ABISMOS SUBMARINOS.
Pasados varios miles de metros de profundidad, la luz solar en pleno mar es enteramente absorbida por el agua. El claro azul deja su lugar a un vasto negro, noche eterna en la cual viven integrantes de una fauna casi desconocida, de comportamiento extraño y feroz, de la que se conocen apenas unas pocas variantes.
En el descenso, a medida que termina la luz, el color o la tonalidad de los peces varía. Pasan del rojo vibrante, mayoritario en aguas superficiales, al violeta, al marrón y luego al negro.
La capacidad de los seres vivientes de producir luminosidad no es del todo extendida. Pero los peces son los únicos vertebrados que la tienen. Cierta fioluminiscencia muy propia, que nada tiene que ver con la fosforescencia de algunos materiales. Es una luminosidad fría, resultado de la oxidación de una sustancia biológica de atractivo nombre, Luciferina. Emite tonalidades variadas: la especie “Argyroplectus” la da en violeta, la Bachthiroctes, en anaranjado. La bioluminiscencia continúa inclusive después de muerto el pez. Los indígenas de Indonesia, utilizan células de “Anomalope” como antorchas luminosas en todas sus líneas de pesca.
Curiosidades de esta índole han aflorado en el mundo científico vinculado con los estudios oceanográficos, a partir de serias investigaciones llevadas a cabo para desentrañar el misterio que rodea a los abismos submarinos. En 1840 Edward Forbes esbozó una teoría por la cual la fauna marina se enrarecía a partir de los 400 metros de profundidad. Pero la primera observación realmente comprobable, fue realizada por el zoologista francés Milne-Edwards en 1861, que observó madréporas fijadas y desarrolladas en torno a un cable telegráfico submarino. Lo importante es que este cable, traído a la superficie, había estado tendido a 1.800 metros de profundidad.
Un año más tarde, cerca de las islas de Lofoten, el noruego Michel Sars y su hijo rescataron a una profundidad de 550 metros, ejemplares invertebrados. Exactamente a la especie de “lirio del mar” que solamente era conocida en estado fósil.
Estos testimonios fueron suficientes para que en 1873 sir William Thomson propusiera una teoría: la fauna de las grandes profundidades abismales era presumiblemente arcaica, originada en los comienzos de la evolución, dado que no se conocían sus variaciones. Observaciones posteriores permitieron determinar que relevamientos efectuados en el océano Atlántico, daban las siguientes conclusiones: para la microfauna, muy pequeños organismos, crustáceos de alrededor de 40 micrones, la densidad es del orden de 100.000 a 500.000 individuos por metro cuadrado en el sedimento superficial, moluscos bivalvos y gasterópodos de tamaño superior a 500 micrones, la densidad es de 100 a 1.000 individuos por metro cuadrado. En cuanto a la fauna de gran tamaño, posible de observar en nuestros tiempos merced a teleobjetivos sumergibles, aparece más dispersa.
La exploración de grandes espacios submarinos se remonta a comienzos del siglo, cuando el príncipe Alberto de Mónaco, marino aristócrata e investigador infatigable, inventó la oceanografía. En el extremo norte del archipiélago de Spitzberg, ubicó en 1910 un espacio de arena de 6.000 metros. Exploración increíble para esos años en que se carecía de posibilidades físicas para motivaciones de esta índole. Así fue que hubo un tramo de cincuenta años de espera para proseguirlas. Los descreídos decían que no había ninguna posibilidad de vida en las grandes profundidades marinas. La temperatura no pasaba de 1 o 2 grados, la presión de 600 kilos por centímetro cuadrado, no eran realmente alentadoras para ninguna investigación.
No obstante, los estudios prosiguieron y se lograron algunas comprobaciones referidas al movimiento de los continentes: por ejemplo, los conglomerados asiáticos a nivel de las islas japonesas, y el océano Atlántico separando a los otrora unidos América del Sud y África. También la existencia de zonas volcánicas en el desierto abismal de los mares.
Una expedición realizada entre el 20 y el 27 de diciembre de 1987 por la zona situada a 400 kilómetros al este de las Antillas, confirmó que a 5.000 metros de profundidad un oasis ofrecía testimonios de vida. Encontraron algo así como hydras –una suerte de vertebrados primitivos a medio camino entre la anémona del mar y la medusa– y determinaron que en la periferia del volcán submarino vivían moluscos en un completo tapiz de bacterias increíblemente resistentes que se alimentaban del metano expulsado de la corteza terrestre.
La imaginación de la naturaleza no tiene límites. El ejemplo de los grandes oasis volcánicos en el fondo de los abismos submarinos ha dado a algunos científicos la idea de que en el planeta Venus reinan condiciones similares.

APARICIONES Y DESAPARICIONES.
El registro de 20.000 especies de peces, en sus distintas variedades fundamentalmente obtenidas de expediciones submarinas, es infinitamente mayor que el de animales y vegetales terrestres. Se descubren novedades cada año. Bestezuelas que se creyeron desaparecidas durante siglos, reaparecen en las investigaciones. La especie de las celacantos, descubierta en 1938, había sido considerada desaparecida durante 70 millones de años. Este fósil viviente, es la representación del grupo animal que en la etapa de evolución de las especies, fue el punto de unión entre peces y vertebrados terrestres (reptiles, pájaros, mamíferos). Uno de sus venerables antecesores vive en la actualidad a 700 metros de profundidad en el sudoeste del océano Índico.
Las glándulas de los animales marinos, segregan moléculas de capacidades fantásticas y casi desconocidas. Ningún laboratorio de síntesis farmacológica podría imaginar los ingredientes de la farmacopea del siglo XXI, están en estos momentos bajo el mar. Una esponja de Nueva Caledonia estudiada en la actualidad por el laboratorio Rhone Pulenc, será explotada próximamente en la elaboración de drogas anticancerígenas.
Efectos inéditos de la tetrodoxima, de un pez globo japonés; es 100.00 veces más eficaz que la cocaína. Todos estos elementos autorizan a decir que, sin lugar a dudas, el poder químico del porvenir está en la mira de un fusil submarino.

Los peligros extremos del agujero de ozono

Fuente: “Enciclopedia Popular”. Editores Asociados S. A. Buenos Aires. Abril. 1992.

Además de aumentar los riesgos de contraer cáncer de piel, los rayos ultravioletas pueden dañar los ojos a tal punto que los oftalmólogos ya recomiendan –en especial para los niños– el uso de anteojos protectores.
Los últimos estudios efectuados en los Estados Unidos en materia de óptica y oftalmología han demostrado que, dentro de unos años, hasta los bebés deberán usar anteojos. Entre los peligros inminentes que puede provocar el agujero de ozono no sólo figura el cáncer de piel. Claro, el problema dermatológico es el más alarmante debido a que según estadísticas realizadas en las más diversas partes del mundo, los rayos ultravioletas que se “escapan” por el tan mentado agujero producirán el doble de casos de cáncer de piel en los próximos 40 años.
Pero mientras los atentos padres atienden y protegen a sus hijos en las playas con las más diversas cremas y pócimas –que tienen entre sus componentes filtros y pantallas solares–, los médicos alertan sobre el posible daño que los rayos de Febo pueden provocar sobre órganos muy sensitivos, como los ojos, que están en constante exposición.
Según el oftalmólogo Andreas Kornhauser, los más vulnerables son los niños. Ellos sufrirán el efecto acumulativo, señala el especialista. A pesar de que los estudios han comenzado a alertar sobre el problema –o los problemas– que puede traer la exposición de los ojos al sol, los niños que no tengan protección durante la infancia tendrán mayor riesgo de contraer ceguera a una edad temprana.
Los médicos no quieren promover la histeria, no obstante no pierden la oportunidad de señalar la importancia de la medicina preventiva que, en este caso, no pueden tildarse de revolucionaria. El único método –señala Stuart Fine, director del Departamento de Oftalmología de la Universidad de Pennsylvania– es la utilización de lentes de sol.
Por supuesto, no se trata de cristales comunes. Los simples anteojos oscuros –coinciden tanto Kornhauser como Fine– no son protección suficiente y hasta aumentan los riesgos. Los vidrios coloreados sólo reducen la intensidad de la luz. Los rayos igual penetran en los ojos, en una pupila que se encuentra agrandada por la oscuridad. Los rayos ultravioletas, en tal caso, penetran como antes y causan aun más daño debido a que la vista no se encuentra normal sino que hace un esfuerzo por habituarse a esa oscuridad artificial.
La Asociación de Industrias Ópticas de América lanzó al mercado una serie de lentes con filtros protectores y los ha clasificado de acuerdo con el resultado que brindan. Por un lado, se encuentran a la venta los anteojos cosmetológicos, que ofrecen al usuario un 40 por ciento de protección a los rayos ultravioletas. Los de protección general garantizan un 95 por ciento de eficacia y, por último, los de protección especial brindan un 99 por ciento de protección contra todo tipo de daño que pueda causar el sol hasta en las horas pico.
De acuerdo con las precisiones de la oftalmología moderna, las grandes marcas de lentes también pensaron en los chicos que, siguiendo las recomendaciones de su oculista de cabecera, comienzan a utilizar lentes desde la pubertad y aun siendo más pequeños. Por un precio que va desde los 30 a los 80 dólares, pueden adquirirse estos anteojos especiales para infantes que garantizan que la retina del niño –la más propensa a sufrir daño debido a que focaliza la mirada– no sufrirá ningún daño más allá de las dificultades visuales que pueden aparecer comúnmente con la edad.
También están los que ofrecen por 5 ó 10 dólares, lentes para niños de 6 años destinados únicamente a proteger y por 4 ó 6, cristales para ser colocados sobre aquellos que deben usar lentes por problemas de miopía, astigmatismo, o similar. La libertad de mercado lo hace todo posible: están aquellas ópticas que venden sus cristales protectores a cifras tan astronómicas como 150 o 225 dólares.
Según la asociación de ópticos norteamericana, en los próximos años, un millón doscientas mil personas padecerán algún problema en la vista producto de la exposición al sol y de la falta de protección. No se necesita ser millonario –señala Jakson Slakter, del Centro Oftalmológico de Manhattan– para estar prevenido.

Composición del esqueleto

Fuente: “Enciclopedia Popular”. Editores Asociados S. A. Buenos Aires. Abril. 1992.

La construcción de una casa o edificio requiere primeramente una estructura, que luego se recubrirá con ladrillos, cemento, bloques, etc. La estructura o armazón del cuerpo humano se llama esqueleto y se compone de 208 distintos huesos vivos, llenos de pequeñas células que no cesan de construirlos y de renovarlos.
Las juntas de unión de los huesos se llama articulaciones. Continuando con nuestra analogía con una casa, tenemos los goznes parecidos a los de una puerta, porque así se llaman las articulaciones del codo y de la rodilla, porque el brazo y la rodilla se mueven sobre ella como una puerta sobre sus goznes.
La del hombro y la de la cadera se llaman articulaciones de bola, porque el húmero y el fémur forman en ellas un círculo casi perfecto. Las grandes articulaciones están protegidas por una sustancia espesa y lisa llamada cartílago, que la rodean completamente de modo que nada pueda penetrar en ellas.
En el interior de los ligamentos hay una materia viscosa o fluido articular que lubrica la articulación y la conserva lisa.
El cráneo está formado por 8 huesos llanos unidos que forman una gran cavidad ocupada por el cerebro. Estos huesos protegen y circundan las pequeñas y sensibles células cerebrales.
Todos hemos observado el punto blando que tiene en su cima la cabeza de un niño. Es parte del espacio reservado para que se completen estos huesos y se llama fontanela, o sea “pequeña fuente”. Pasados algunos meses el hueso crece y llenado este espacio, desapareciendo el punto blando. A los 7 u 8 años los huesos del cráneo están perfectamente unidos.
En la base del cráneo hay muchas aberturas para el paso de los vasos sanguíneos y de varios pares de nervios cerebrales.
En la cara y la nariz hay 14 huesos irregulares que dan forma al rostro y están ligados a ellos los músculos que mueven la cara y mandíbula inferior: los cigomáticos (mayor y menor), el masetero, etcétera.
Veamos ahora la oreja: se encuentran en ella 3 pequeños huesos: el martillo, el yunque y el estribo, que en conjunto resultan 6 huesos más del cráneo.
Los dientes son también huesos, los más duros del cuerpo, y hay 32.
Uno de los huesos más interesantes del cuerpo se llama la espina dorsal. Pero debemos aclarar que no es un simple hueso, sino que lo forman 24 pequeños huesos llamados vértebras. Vértebra es una palabra de origen latino y significa: girar.
Cada vértebra tiene en medio un gran agujero redondo y todas ellas están separadas unas de otras por pequeñas almohadillas en forma de anillos de cartílagos y se hallan ensartadas a manera de grandes cuentas en la línea principal del sistema nervioso, o sea la médula espinal. De esta manera forma un fuerte y perfecto canal cerrado para la médula, a la que protegen por completo, permitiéndole encorvarse en todas direcciones.
Uno de los ejemplos más perfectos de la ductilidad de la columna vertebral pudimos comprobarlo con las asombrosas demostraciones gimnásticas de Nadia Komaneska y otras estrellas deportivas, que llevaron al cuerpo humano a un grado tal de plasticidad y belleza, convirtiéndolo en una obra de arte.
Las vértebras y la médula espinal constituyen la columna vertebral que descansa sobre el hueso sacro, situado entre los huesos de la cadera, en forma de cuña.
Debajo del sacro hay una pequeña cadena de huesos llamada coxis.
Sobre la primera vértebra, llamada atlas, descansa el cráneo, atlas se sostiene sobre la segunda vértebra, llamada eje, de tal manera colocada que se mueve libremente en todas direcciones.
Si todos los huesos de la cara fuesen macizos, la cabeza sería en extremo pesada. Pero los huesos tienen muchas cavidades de aire.
Los huesos del niño pequeño contienen más materia orgánica que mineral y por esta razón son flexibles y difíciles de romper, de modo que rara vez se quiebran en una caída. Hay tanta materia cartilaginosa que les da suma elasticidad y rebotan como una pelota de goma. No ocurre lo mismo con los huesos del anciano. Se rompe fácilmente porque la sangre ha arrastrado la materia orgánica dejando sólo la materia mineral que no le dan gran resistencia a los huesos.
Los huesos que se rompen en el cuerpo del niño se sueldan en brevísimo tiempo.
Millones de células vivientes trabajan en los huesos. No solamente construyen el armazón de la estructura, sino que son en el cuerpo las más importantes trabajadoras de la sangre, pues en el tuétano existen innumerables células vivientes que convierten el alimento y las bebidas en sangre para la corriente sanguínea. Son batallones de pequeñas fabricantes del precioso elemento vital, ocultas en sus seguros huecos, como si estuvieran protegidas por sólidas paredes, y allí cumplen su misión de hacer circular la corriente vital por toda la estructura viviente.

Así actúa la osteoporosis

Fuente: “Enciclopedia Popular”. Editores Asociados S. A. Buenos Aires. Abril. 1992.

Esta extraña enfermedad, que ataca mayoritariamente a las mujeres de más de 60 años, es la responsable de millones de fracturas al año, con un pronóstico incierto, ya que por causa de la osteoporosis, el cuerpo pierde el mineral más valioso que compone los huesos: el calcio.
Cuando envejecemos, nuestros huesos nos traicionan. El blanco y duro esqueleto literalmente se nos derrumba. La mayoría de nosotros nos volvemos más bajos con la edad porque los huesos de la espalda están perdiendo calcio, el mineral fundamental que los compone. Cuando somos jóvenes, nuestros huesos son resistentes y se hallan perfectamente construidos; el calcio que naturalmente se pierde se recupera con facilidad. Pero, cuando deviene el envejecimiento e incluso a mediana edad, los huesos aumentan la pérdida de calcio, a un ritmo mucho mayor que el de su recuperación.
A esta pérdida anormal de material óseo se la denomina osteoporosis, también conocida como la “enfermedad del hueso hueco”. Este mal provoca, sólo en los Estados Unidos, casi un millón y medio de fracturas al año. Las ancianas de baja estatura muestran ser particularmente vulnerables a las caídas, quebrándose usualmente la cadera o las muñecas. Cuando la enfermedad ha avanzado, la menor tensión puede ocasionar la fractura de una cadera que, por la osteoporosis, se ha vuelto frágil como el yeso. La columna vertebral sufre frecuentes fracturas y, por compresión, colapsa la columna hacia adentro, formando la espalda encorvada, conocida como la “joroba de viuda”.
Los principales síntomas de la osteoporosis son, pues, los siguientes: los pacientes pierden estatura, debido a la compresión de los huesos de la columna vertebral que, al igual que los del resto del esqueleto, se hacen frágiles y quebradizos. En la mayoría de los casos la espalda se encorva, formándose la característica “joroba”.
Aún no se conocen las causas de la enfermedad. Un hueso sano presenta dos partes bien diferenciadas: la exterior, conocida como hueso compacto, es gruesa y resistente. El tejido interior, esponjoso, presenta numerosos espacios como pequeñas burbujas, donde se generan las nuevas células del hueso. Por alguna razón, en la osteoporosis se reduce críticamente el flujo de calcio necesario para compensar el natural desgaste de los huesos. Así, el espesor del hueso compacto adelgaza hasta el mínimo, y los espacios en el tejido esponjoso triplican su tamaño. La fragilidad de los huesos se hace tan notoria que las fracturas –en especial de muñecas o cadera– se producen sin ningún motivo aparente.
Por razones que son motivo de gran investigación, existen sectores de la población con más chances de contraer la enfermedad que otros. Estos grupos de riesgo están formados por: las mujeres, que padecen la enfermedad mucho más que los varones; las mujeres blancas se enferman en mayor número que las negras, y las ancianas más que las jóvenes. La enfermedad ataca más frecuentemente a mujeres delgadas que a obesas, y a quienes llevan una vida sedentaria.
No existe hasta ahora una terapia verdaderamente efectiva. Sin embargo, las medidas de prevención han mostrado ser muy eficaces:
Consumir al menos un gramo de calcio diariamente. Esta cantidad se encuentra en tres vasos grandes de leche. Otras fuentes de calcio son los productos lácteos, las verduras verdes de hoja, brócoli, conserva de sardinas y algunos mariscos como las ostras.
Realizar ejercicios livianos como caminatas, a diario.
Periódicamente, y bajo prescripción médica, ingerir suplementos de calcio e incorporar estrógenos (hormonas femeninas).

Alimentos bioenergéticos

Fuente: “Enciclopedia Popular”. Editores Asociados S. A. Buenos Aires. Abril. 1992.

¿Usted sabía que si se ingieren determinados alimentos se puede provocar un cortocircuito en el cuerpo? Recientes investigaciones han establecido que cada cosa que comemos tiene carga positiva, negativa o neutra. Para que se alimente bien, y con la energía adecuada, aquí le explicamos todo.
Todos los alimentos tienen electricidad. Como la atmósfera, igual que el planeta Tierra, los productos que Natura generosa proporciona al ser humano para llevarlos a su estómago tienen —efectivamente— carga bio-eléctrica. La idea puede parecer excéntrica y sin embargo, es cierta.
Muchísimas investigaciones de avanzada, han revelado que alimentos tales como la lechuga, los dátiles y los huevos entre tantas otras exquisiteces de la gastronomía, poseen carga neutra, positiva y negativa respectivamente.
Por supuesto, el organismo manifestará frente a cada uno de ellos una reacción diferente. Así, frente a un comestible electropositivo, el cuerpo eléctrico –tal como denominan los investigadores al encargado de transformar las energías microcósmicas– responderá con un impulso electronegativo equivalente y lo transmitirá a las glándulas de secreción interna, así como también a los órganos digestivos.
Si por el contrario el comensal ingiere un alimento electronegativo, la respuesta será de una carga equivalente con el signo opuesto. Finalmente, si el producto que se ingiere es neutro, el impulso respuesta será de menor intensidad. En este caso, como en los anteriores, el proceso digestivo será correcto, aunque –claro– se cumplirá en una forma más lenta.
Tal vez, lo que resulte más sorprendente es que ciertas combinaciones pueden producir un cortocircuito. ¿Cómo? Mezclando alimentos con electricidad antagónica, lo que generará una respuesta confusa por parte del cuerpo que transmitirá un débil impulso al aparato digestivo y las glándulas endocrinas. Pero además ocasionará una mala digestión y el cuerpo deberá hacer excesivos esfuerzos para eliminar los elementos perjudiciales.
Una continua y prolongada combinación de estas características terminará produciendo enfermedades, ya que las defensas cederán, los órganos de eliminación serán insuficientes y el proceso de intercambio celular se alterará.
Para evitar el cortocircuito se recomienda no mezclar en una misma ingesta alimentos positivos y negativos. Lo ideal para el cuerpo humano es combinar alimentos de un solo signo y neutros con hasta un diez por ciento de productos del signo contrario.
Pero, ¿cuáles son los alimentos que corresponden a cada una de las categorías? La leche, sus derivados y los vegetales que contienen semilla dentro de la pulpa son electro-positivos. En cambio, los vegetales con bulbo, los comestibles de hojas verdes, los caracoles, los crustáceos, los peces y las carnes de ave o vacuna pertenecen a la categoría electronegativa. Finalmente, los huevos y todos aquellos alimentos provenientes del reino vegetal que contienen la semilla dentro de la cáscara -desde las frutas secas hasta los cereales- son neutros.
POSITIVOS: Aceite de oliva. Aceite de uva. Aceitunas. Ajíes. Arvejas. Ananá. Banana. Berenjenas. Calabazas. Cerezas. Chauchas. Ciruelas. Dátiles. Damascos. Duraznos. Frutillas. Habas frescas. Higos. Lima. Limón. Mandarina. Manzana.
NEGATIVOS: Aceite de girasol. Aceite de maní. Aceite de maíz. Almendras. Arvejas secas. Arroz. Avena. Avellanas. Castañas. Cebada. Centeno. Coco. Garbanzos. Lentejas. Maníes. Maíz. Melaza. Nueces. Pan de trigo. Porotos. Soja. Trigo. Huevos.
NEUTROS: Acelga. Ajo. Albahaca. Alfalfa. Apio. Aves. Batata. Brócoli. Caracoles. Carne vacuna. Cebolla. Coliflor. Escarola. Espárragos. Espinaca. Hinojo. Lechuga. Mandioca. Mariscos. Nabo. Orégano. Papa. Pescados. Puerro. Perejil. Radicheta. Remolacha. Reptiles. Zanahoria.

Las vacas también producen efecto invernadero

Fuente: “Enciclopedia Popular”. Editores Asociados S. A. Buenos Aires. Abril. 1992.

El efecto invernadero es, después de todo lo que se ha dicho, un fenómeno natural. Así no existiese ninguna fábrica, ningún automóvil, y ni siquiera seres humanos, el efecto invernadero existiría igualmente. Es muy posible que sin este efecto ni siquiera existiera vida sobre la Tierra.
Recordemos que por el solo efecto de los rayos solares, la temperatura de nuestro suelo no sería superior a los -18°. Sin embargo la temperatura promedio del globo es de 15° C sobre cero. Esta diferencia de más de 30 grados se debe al efecto invernadero.
Aunque suene extraño las actividades agrícolas y ganaderas influyen decididamente en el clima para producir efecto invernadero. Juntamente con el anhídrido carbónico existen otros gases que también absorben los rayos infrarrojos. Estos son el metano y el anhídrido de nitrógeno. La estimaciones con que se cuentan, atribuyen aproximadamente el 50 % del agravamiento del efecto invernadero al anhídrido carbónico, el 19 por ciento al metano y el 4 por ciento al anhídrido de nitrógeno. El resto es obra de otros gases diferentes, entre los que se cuentan los famosos clorofluorocarbonos, CFC, responsables del agujero de ozono.
Las especies animales producen metano de dos maneras diferentes. Una de las formas es a través de la digestión, la otra por las deyecciones. En este último caso se trata especialmente de la manera en que el hombre maneja esas deyecciones.
El origen del metano digestivo, es la fermentación de los alimentos ingeridos por los animales. La cantidad producida depende de la alimentación del ganado. Los animales alimentados con productos balanceados emiten mayor cantidad de polucionantes, mientras que los alimentados a forraje emiten menos. Esto porque los alimentos balanceados brindan mayor energía.
En el caso de los rumiantes, que cuentan con varios estómagos y por ende con millares de microorganismos, entre el 4 y el 10 por ciento de la energía bruta ingerida se pierde en forma de metano. En los animales con un solo estómago, como los porcinos, esta emisión ronda entre el 0,5 y el 2 por ciento.
Cada año, el ganado lanza a la atmósfera 74 millones de toneladas de metano. Las tres cuartas partes pertenecen únicamente a los bovinos, entre el 8 y 9 por ciento a las ovejas y el resto a los porcinos, mulas, caballos, camellos, asnos y aves de corral.
En un siglo la producción total de metano se multiplicó alrededor del 4,5 por ciento. Quiere decir que cuanto mayor es la producción cárnea y láctea de un animal, mayor es su emisión de metano.
Por otra parte, cuando los suelos son tratados con fertilizantes nitrogenados, parte de estos se filtran a las aguas causando un grave problema de contaminación por nitritos, aumentando el efecto invernadero. Se estima que anualmente se vierten en el planeta 2,2 millones de toneladas.
La duración relativamente corta del ciclo de emisión (33 días después de la aplicación) y la complejidad de los mecanismos hacen pensar que estas emisiones de anhídrido de nitrógeno son prácticamente imposibles de evitar. De todas formas, el uso de prácticas de fertilización razonables ayudaría en mucho.
Los cultivos de arroz lanzan anualmente a la atmósfera más de 70 millones de toneladas de metano. Aquí entra en juego un doble mecanismo. Por una parte, el metano que produce el mismo suelo, a partir de la fermentación de la materia orgánica que procesa. La otra, se debe al transporte del metano del suelo hacia la atmósfera. Este transporte depende en gran medida de las características fisiológicas de la planta de arroz (profundidad de las raíces y ramificación de estas mismas).
Todos los estudios muestran que las técnicas de cultivo realizadas merced al regadío y a la fertilización son las más metanógenas. Son justamente estas prácticas las que continúan aumentando en todo el mundo.
Una vaca lechera de país rico en cría intensiva produce un promedio de 90 kilogramos de metano por año durante la digestión, y una vaca de país en vías de desarrollo produce 35 kilogramos. En los próximos años esta situación se revertirá, pues los países en vías de desarrollo practicarán en mayor medida la cría intensiva y también aumentarán el número de cabezas de sus rodeos.

La guerra sensorial de murciélagos y polillas

Autor: Daniel E. Arias.
Fuente: “Enciclopedia Popular”. Editores Asociados S. A. Buenos Aires. Abril. 1992.

En la banda de ultrasonido, imperceptibles al oído humano, se desarrollan combates tan sutiles y apasionantes como los de cualquier batalla aérea contemporánea.

BREVE RELATO PRELIMINAR.
Corría 1984 y yo estaba en Nueva York, en un asado criollo con algunos científicos argentinos emigrados, y fue en ese momento cuando conocí la ecolocalización de un modo más bien dramático. Un amigo biólogo hizo chillar una copa frotándole el borde con un corcho mojado, y el nubarrón de polillas veraniegas que envolvía los farolitos del jardín se derrumbó, como nieve gris, sobre la concurrencia. “Confundieron los chillidos de la copa con el ecolocalizador de un murciélago hambriento y se escaparon “, sonrió mi amigote, mirando con cariño entomológico los cuerpecitos peludos, grises y laboriosos que tapizaban las mesas, los invitados y los platos. “Creo que dejamos sin cena a nuestros murciélagos“, añadió con alguna preocupación. “Y a nuestros invitados “, observó su esposa, con una polilla en su copa de martini.

Hay bichos que “ven” mediante el sonido. El verbo “ver” es inexacto pero no enteramente: la luz no participa de este sentido de murciélagos y delfines, la ecolocalización, pero sin embargo sus usuarios logran una representación sónica tan exacta, minuciosa, tridimensional y coherente de las cosas como la que da su vista al hombre. ¿Y qué puede ganar el bicho humano de esto? ¿Un nuevo sentido artificial para añadir a sus cinco naturales? ¿Reabrirle las ventanas del mundo a los ciegos? Por causas que se verán al final, pocos saben lo que se sabe del asunto.
La demostración de mi amigo en Nueva York arruinó un asado, pero demostró de un modo incontestable la existencia de una guerra más secreta que las de la CIA: las luchas del u!trasonido entre murciélagos cazadores y polillas cazadas, que tienen toda la sutileza del combate aéreo contemporáneo.
Como sabe casi todo el mundo, el aparato fonatorio del murciélago puede emitir en frecuencias mucho más agudas que las perceptibles por el oído humano –es decir en la banda de los ultrasonidos–, y son los rebotes o ecos de esas emisiones los que le indican los obstáculos al bicho.
Pero el fenómeno interesante no ocurre en el oído del murciélago, sino en su cerebro. Este procesa y organiza la información ecoica de un modo tan completo que el murciélago obtiene una representación ultrasónica de lo que tiene enfrente, aparentemente tan imitativa de la realidad como una imagen visual humana.
El oído humano no da para tanto. Este sentido nuestro es rabiosamente sordo a los ultrasonidos, permite localizar muy burdamente la ubicación espacial de las fuentes sonoras y, como elimina los ecos, ignora los objetos silenciosos.
Por todo ello, tanto yo como usted somos resueltamente incapaces de lograr una imagen tridimensional de los objetos en los que rebotan las ondas sonoras. No por otra causa los hombres que están a régimen y –sin que lo sepan sus dormidas esposas– se levantan y tratan de ecolocalizar la heladera silbando bajito en la oscuridad de la cocina, terminan en general, tropezando con el gato.
Cuando vamos al Teatro Colón, no somos mucho mejores. Con los ojos cerrados y ante la orquesta tocando a pleno, “sabemos” intuitivamente que el violín está detrás del piano, el timbal arriba, la trompeta a la izquierda, pero todo muy a brocha gorda, y, subrayo, sólo si la orquesta se digna tocar. No nos da para más, el oído.
Pero el murciélago del teatro se ríe de nosotros. Su ecolocalizador no sólo le da un cuadro representativo de todo lo que hay en la sala, sino que distingue con claridad el clavel en la solapa del director y quizá, como un punto sónicamente muy “brillante”, el encendedor en el bolsillo de su frac. Y todo esto el murciélago lo capta muy al margen de que la orquesta toque “con tutti” o duerma.
Tanto los murciélagos como los delfines, cachalotes y orcas se las arreglan al pelo en un medio donde el ojo no sirve para gran cosa. Sus imágenes sónicas son completas y complejas: le dan al cazador una noción exacta del tamaño, la densidad, la velocidad, la dirección y el relieve superficial de lo que haya en el agua o en el aire, a su paso.
Hasta es posible que ciertos objetos ecolocalizados se perciban un poco por adentro, dada su relativa transparencia al sonido. Hay evidencias de que un delfín “ve” lo último que se comió un colega de manada, porque detecta sus huecos viscerales y mide su grado de repleción. Por lo demás, es casi seguro que nota con claridad que el buzo que lo está filmando tiene una prótesis de platino en el muslo (el metal devuelve mucho más el eco que el hueso, es más “brillante”).
Pero usted, que como yo es un animal más bien visual, no se deprima o deje dominar por la envidia. Un poco por revanchismo, observemos que la ecolocalización es ciega al color: una orca sólo perdería el tiempo en una exposición de pintores modernos. Yo, por lo menos, no he visto ninguna, aunque algunos pintores modernos merecen la horca.
Además, tenemos otra ventaja y ésta sí es decisiva en la lucha por sobrevivir en un mundo bastante más peligroso que las galerías de arte. El ojo es un sensor pasivo, mientras que el ecolocalizador es bien activo. La luz de nuestra visión es energía prestada, la ponen el sol u otras fuentes luminosas, mientras que el murciélago cazador “ilumina” su rumbo con un haz de chistidos o aullidos ultrasónicos de su propia cosecha.
El haz ultrasónico de un murciélago de nariz de herradura, bicho feo si los hay, tiene la potencia, hecha la escala, de un reflector antiaéreo. Hay que pensar que en un volumen de centenares de metros cúbicos de aire vacío, ese monstruito de alas como paraguas y orejas como ojos percibe con claridad el ínfimo bultito de la polilla, a la que acto seguido trata de invitar a un “almuerzo de negocios” con el agasajado como todo menó. Sin embargo, algunas polillas han desarrollado sistemas sensoriales y de conducta que a veces las salvan de ser meros canapés voladores.

BATMAN CONTRA EL BARÓN ROIO.
Algunas polillas se defienden con el silencio, como la mafia. Una mosca, un escarabajo, un mosquito son cosas duras y de vuelo ruidoso que el murciélago más sordo caza de puro oído, sin siquiera calentarse en ecolocalizar.
Pero ciertas polillas se han recubierto de un vello superficial enormemente suave e insonorizante, que absorbe no sólo las turbulencias aerodinámicas del vuelo sino también mitiga los pulsos de ultrasonido indagatorio del enemigo. Esa cubierta de “plush” del polillaje es una defensa antimurciélago, un camuflaje sónico para desdibujarse en el silencio nocturno, y uno tan efectivo que el ecolocalizador sólo le arranca un rebote audible a seis metros de distancia.
Hay más defensas. Al menos 46.000 especies de polillas han desarrollado un oído primitivo que funciona como alarma anti-ecolocalizador. Este sistema es capaz de captar los pulsos ultrasónicos del murciélago a unos treinta metros de distancia, lo cual le da seis veces más alcance que el ecolocalizador. Esta es la gran desventaja de un sensor activo: el que percibe puede ser percibido. Un sensor pasivo como el ojo no delata jamás al usuario, dicho sea con todo chauvinismo visual, qué embromar.
Así, la polilla “iluminada” por el haz de ultrasonido trata de apartarse mucho antes de aparecer como blanco en el cerebro del murciélago. Para contrarrestar esta viveza de las polillas, los murciélagos han desarrollado la trayectoria vacilante, cruzada por curvas caprichosas, desvíos intempestivos y quites incalculables.
Nada elegante, el bicho podrá parecer un paraguas con hipo, pero su vuelo absurdo y no lineal es un refinamiento depredador: no hay trayectoria estandarizada y geometrizante de evasión que ponga la presa a salvo. En cualquier momento la fugitiva vuelve a encontrarse cautiva en el haz del sensor ultrasónico, y si esto sucede a seis o menos metros de la cabeza del quiróptero, la detección es segura. ¿Buen provecho?
No tan rápido. A esa distancia, las descargas de sonido del ecolocalizador son tan ensordecedoras que activan una segunda alarma auditiva, la de “alerta roja”. Entonces la polilla pliega las alas y se deja caer como una piedra. Según se pudo ver al comienzo del artículo, esto se logra con un agudo fortísimo –no tiene por qué ser un ultrasonido–, caso en el cual alguna que otra polilla se arriesga a terminar su fuga en una copa de martini; pero como dijo un borracho, hay muertes peores.
Las polillas no son inteligentes: su cerebro es de una sencillez tan básica que descarta toda posibilidad de aprendizaje. Sus conductas “sabias” son pura obediencia ciega a un programa hereditario.
Pero los murciélagos –dicho sea con todo el chauvinismo mamario, dado que son tan mamíferos como nosotros– resultan más sesudos y capaces de autoentrenarse. Educados por la necesidad, de cuya cara de hereje tanto se ha dicho, algunos terminan calcando la trayectoria de picada de la polilla –tan predecible como la de una piedra tirada hacia adelante– y la intercepta “como esos amigos que nunca nos dejan caer”. Y con tanto éxito que diversas especies polilla adoptaron otras maniobras de evasión in extremis.
Algunas por ejemplo, zigzaguean erráticamente de izquierda a derecha sin seguir ninguna trayectoria predecible, otras se zambullen en picada pero haciendo tirabuzones helicoidales, y están también las polillas geniales, que hacen un “looping” y se colocan a la cola del murciélago, cuya estela empiezan a seguir, indetectables y seguramente muertas de risa.
Pero en previsión de estas astucias, Batman tiene un último truco: unos golpes de ala al tun-tun, para embolsar en esos paraguas de cuero con que vuela a la polilla que trata de imitar al Barón Rojo.
La pregunta inevitable es si tanta cultura sobre murciélagos tiene algún ángulo práctico o sirve sólo para lucirse en los salones de algunos condes oriundos de Transilvania, de esos que le disparan al ajo y no se reflejan en los espejos. Pues bien, esta información es plata en mano.
Parte de las polillas y mariposas nocturnas, en su etapa de gusano, son plagas que devastan pinares, plantíos frutales, campos de hortalizas y otras explotaciones humanas, según el caso. Como buenos insectos que son, vienen demostrando cada vez mayor resistencia frente a los plaguicidas, que a su vez empiezan a ser más una amenaza para los ecosistemas y la gente que para las plagas.

MURCIÉLAGOS ARTIFICIALES.
La zorruna idea que ronda en más de una cabeza es la de rodear las zonas de cultivo con barreras ultrasónicas, altavoces que funcionen toda la noche como “murciélagos electrónicos”, parlantes que espanten, derriben, enloquezcan y vuelvan inoperante al polillaje malevo, impidiéndole ante todo la puesta de huevos en las plantas.
Los cultivadores del Yucatán, en la zona selvática y tropical de México, sacan la cuenta de que una caverna grande y bien poblada, con unos cuatro millones de murciélagos que salen a cazar en bandada, elimina cada noche veinticinco toneladas de insectos.
Ahora, la pregunta por el premio gordo. ¿Podremos alguna vez utilizar la ecolocalización para “ver”? El radar, y el sonar, sensores que funcionan en base a la captación de ecos (de radio en un caso, de sonido en otro) no son visuales en sí, pero podrían serlo con el “software” adecuado. Adecuadamente procesados por una computadora, los ecos multidireccionales de radio o de sonido podrían organizarse en imágenes bastante realistas en una pantalla de video.
El ecógrafo, ese aparatito de diagnóstico hoy tan común, aquel con el cual los obstetras investigan la morfología del feto en la embarazada es exactamente eso, un ojo sónico, aunque en general la imagen deja bastante que desear y requiere de la interpretación de un especialista. Pero más allá de la calidad de lo que muestra la pantalla, el traducir sonido a imagen visual deja fuera del negocio a los ciegos, porque para verla se necesitan ojos.
¿Y si no se tienen ojos? ¿Se podrá proyectar la información de un ecolocalizador directamente sobre la corteza visual del cerebro? Es una idea de ciencia ficción con más de ficción que de ciencia, porque la neurofisiología de la visión sigue siendo un terreno con más misterios que certezas. La biónica no puede copiar los procesos naturales que no conoce, punto.
Pero ningún periodista sabe lo que realmente se sabe. En 1979 el Laboratorio de Biosistemas de la Marina de los Estados Unidos había desarrollado un “sonar biónico” sencillo. Localizaba con ultrasonidos bajo el agua, bajaba la frecuencia de los ecos hasta la gama audible para el hombre, y un buzo vendado y dotado de auriculares podía usarlo para nadar esquivando obstáculos. Lo cual seguramente no impresiona en absoluto a los delfines que estén leyendo esta nota: su equipo natural es hasta diez veces más eficiente porque en lugar de oír meramente los ecos, cuenta con un cerebro que los organiza en imágenes.
De todos modos, el asunto levantó olas muy navales en varias Armadas del mundo: ¿un sonar nuevo? ¿Se lo podía montar sobre un torpedo auto-guiado? ¿Había llegado el final del camino para esos francotiradores del mar, los submarinos? Sin respuestas. La ecolocalización es un negocio con clientes mucho más poderosos que los ciegos. Y hasta hoy, aunque ya no hay guerra fría, siguen mudos.

DATA BANK.
Hay especies, como los murciélagos, que “ven” mediante el sonido. Es lo que se denomina fenómeno de ecolocalización, a través de la cual se logra una representación sónica exacta y tridimensional de la realidad.
El haz ultrasónico de un murciélago tiene, en escala, la potencia de un reflector antiaéreo.
Ciertas especies de polillas han desarrollado una especie de recubrimiento muy suave e insonorizante, para absorber así los pulsos de ultrasonido de los murciélagos. Es su mejor arma de defensa.
Estos combates desarrollados en ultrasonido han llevado a pensar, a los científicos, en fabricar barreras ultrasónicas con el fin de espantar a polillas y otras plagas de cultivos y siembras, habitualmente diezmados por insectos de varias especies.

domingo, 5 de junio de 2011

La vida después de la muerte

Fuente: “Enciclopedia Popular”. Editores Asociados S. A. Buenos Aires. Abril. 1992.

Por primera vez, y con máximo rigor, la ciencia estudia las sensaciones que se producen al filo de la muerte. No por casualidad –seguramente– esas conclusiones tienen demasiadas vinculaciones con posiciones teológicas y filosóficas desarrolladas desde los albores de la humanidad. ¿Qué ocurre al morir? La pregunta madre de la vida –si se permite esta calificación– arroja ahora reflexiones sorprendentes y abre nuevas puertas que aclaran aunque más no sea un poco, el gran misterio de los misterios.
Millones de años han pasado, y llega el siglo XXI –todo así lo indica– sin que los humanos hayan podido explicar los principios de la vida y, menos aún, los misterios de la muerte. Los pocos huesos dispersos de los pueblos primitivos revelan que las inquietudes por el “más allá” son antiguas y hoy sobran testimonios –únicas pruebas– de personas que regresaron de otra vida: Yo estuve muerto durante varios minutos, afirman con palabras estremecedoras.
En la sepultura más remota, la de un hombre de Neandertal, el cuerpo está encorvado en una cavidad del suelo con una pata de bisonte a su lado: Serviría de alimento durante su viaje a la otra vida.
Los restos de Homo Sapiens encontrados en cavernas indican que hace 20.000 años los muertos eran sepultados en una cueva que utilizaban como “vivienda”. Alrededor, muy cerca, había provisiones de comida y bebida. En Monte Carlo, las sepulturas de Grimaldi incluían brazaletes, huesos y conchillas: los muertos eran vestidos para la “nueva vida”. Desde la Biblia, El Corán, El Talmud y El Libro Tibetano de los Muertos hasta el Libro Egipcio de los Muertos, Los Vedas Hindúes y todas las grandes doctrinas religiosas de la humanidad, hay una repetición inquietante: el concepto de vida después de la muerte.
Una rama de la Medicina, la Tanatología (del griego tanatos: muerte y logos: estudio) estudia los casos de “resurrecciones” y aporta la frialdad científica a cuestiones religiosas y filosóficas: los “viajeros” a la otra vida estuvieron clínicamente muertos. Pero los relatos de experiencias en otras dimensiones varían según las enseñanzas de cada religión. En el cielo musulmán hay caballos; en el católico hay ángeles y coros celestiales; en el hindú, serpientes y dioses, por ejemplo. Pero un punto es común: todo es luminoso y tranquilo en el “más allá”; todo es bondad y conocimiento. Así lo describieron todos los que viajaron por un túnel, se deslumbraron con Buda, pusieron los pies en el Olimpo o se sentaron al lado del Profeta y, entre otros paraísos, comprendieron su karma.
Las coincidencias generales no alejan las diferencias de actitudes del hombre oriental y occidental con respecto a la muerte. En nuestro lado, a pesar de la promesa teológica de un paraíso o un infierno, la idea de un final físico aterroriza, algo que en Oriente no ocurre. Kipling, famoso escritor británico-hindú, lo explica basado en el concepto de certeza absoluta de un nuevo principio: Ellos no temen a la muerte, pero sí a la tortura –dice–; exactamente al revés de lo que ocurre con los británicos.
La creencia en la supervivencia después de la muerte colabora para forjar el sentido de responsabilidad de una persona con respecto a su conducta en la “vida terrestre”. Si esto se acompaña con la idea de que existe un juicio “post mortem”, aparecen las dos creencias vinculadas estrechamente en las doctrinas del zoroastrismo, del judaísmo farisaico, del cristianismo, del Islam y también del culto de Osiris de la religión del Egipto faraónico. Cualquiera que se incline por estas cinco religiones, creerá que sus actos en la vida terrenal decidirán su futuro en la eternidad.
Sucede también –y las fronteras religiosas se hacen endebles– que la creencia en la inmortalidad ofrece, indudablemente, una gran consuelo a todos los que fueron despojados de la compañía de un ser querido en la Tierra. La angustia de la separación irreversible se calma con la seguridad de que la despedida es sólo temporaria.
Hay dos culturas que, en particular, demostraron interés por la muerte y lo que continúa: los antiguos egipcios y los tibetanos. Según los sacerdotes, había una continuación de la consciencia después de la muerte física. Se desarrollaron entonces rituales –detallados y complejos– para aliviar el tránsito del fallecido hacia el “más allá”. Tanto que se confeccionaron ciertas guías de viaje para el alma, como las han definido algunos observadores escépticos. Se trataba, nada más, de enseñanzas que se conocieron en Occidente como Libros de los Muertos egipcio y tibetano, precisamente.
El Libro de los Muertos egipcio lo componen oraciones, hechizos mágicos, conjuros y cuentos mitológicos que se relacionan con la muerte y otra vida siguiente. Se conocían estos textos funerarios como Pert em hru, lo que las distintas traducciones señalaron luego como “La llegada del día” o “La manifestación de la luz”. El contenido es complejo, pero muy directo en su esencia: señala un histórico conflicto entre tradiciones religiosas. Una, la de los sacerdotes del dios Sol, Amon-Ra; otra, los seguidores de Osiris.
Los escritos subrayan con énfasis el papel del dios Sol y su divino séquito. El conocimiento de las fórmulas sagradas que ofrecía –según se pensaba entonces– proporcionaba a los muertos “medios mágicos” para disfrutar de una vida eterna que presidía el dios Sol. Paralelamente, los textos se ocupan de Osiris, un antiguo dios mortuorio. Según la leyenda, fue asesinado por su hermano Set y resucitado por sus dos hermanas, Isis y Neftis. Regresó a la vida y se convirtió en el soberano del otro mundo. Esta tradición, obviamente, identificaba al difunto con Osiris y la persona podía entonces ser devuelta a la vida, aunque no se sabía cuándo ni cómo.
Amón-Ra, el dios del Sol, realizaba viajes de día y de noche. Era en las horas nocturnas, justamente, cuando viajaba al otro mundo o Tuat. Esta “región” se dividía en tres y había en cada una de ellas una barrera protegida por tres dioses guardianes que representaban peligros específicos para cada uno de los “viajeros” al otro mundo.
Había lugares de fuego abrazador: allí los vapores y las altísimas temperaturas destruían la boca y la nariz, mientras seres terroríficos y criaturas fantasmagóricas amenazaban y debían ser vencidos. El enemigo supremo del Sol era la serpiente gigante Apep –encarnación de Set, hermano de Osiris– la que intentaba constantemente devorar el disco solar.
El reino de Osiris era una zona del Tuat llamada Sekhet Aaru. El difunto debía superar ciertas pruebas para ser admitido allí. Por ejemplo ser enjuiciado en el Salón de las Dos Verdades: en un platillo de la Gran Balanza se colocaba el corazón; en el otro, la pluma de la Diosa de la Justicia, Maat. Un dios con cabeza de chacal, Anubis, manejaba la balanza, mientras un escriba registraba el veredicto. El monstruo devorador de almas (Anemet) esperaba para tragarse a los culpables. Tenía cabeza y cuerpo que eran una combinación de cocodrilo, león e hipopótamo.
Siempre, la travesía era peligrosa. Solo el dios Sol recorría el Tuat sin riesgos: su renacimiento exitoso era evidente cada mañana con la salida del Sol por el Este. Los seguidores del dios Sol sostenían que la meta para alcanzar en la otra vida era unirse a la “tripulación solar” y acompañar al Sol en su eterno viaje. Los adeptos de Osiris decían que el viaje solar sólo era un medio para llegar al territorio de Dios-Rey, donde eran sometidos a juicio y se quedaban eternamente.
La cultura tibetana –lo mismo que la egipcia antigua– indica que morir será algo plenamente consciente, lo mismo que vivir: hora, lugar y circunstancias de muerte no son casualidad. Es el momento en que se transfiere el espíritu y el cuerpo pasa a formar parte de todos los elementos. No quedan rastros de él. Esto se conoce como la Gran Transferencia. Mas común era lo denominado como el Cuerpo del Arco Iris. En este caso siete días después de la muerte quedaban solamente las uñas y el pelo del fallecido: las impurezas. Como la liberación no se alcanzaba en vida, había que conocer las oportunidades para lograrla después de morir. Se estudia entonces el Libro de los Muertos.
Estos textos se basan claramente en una tradición oral. Padma Sambhava, introductor del budismo en el Tibet, lo transcribió en el siglo VIII. También se lo conoce como el Bardo Thödol y es una guía de los estados intermedios entre la muerte y el renacimiento. Contiene información específica. Por ejemplo, la duración de la estada en distintos estados de conciencia. Su objetivo es que el fallecido reconozca como oportunidades de liberación los estados con los que se familiarizó durante sus prácticas.
Los testimonios de testigos occidentales que “volvieron” de la muerte guardarán algunas similitudes con algunos párrafos del Bardo Thödol. En su primera parte describe una visión cegadora que tiene el difunto. En ese momento podrá adquirir la liberación si la fuerte intensidad no le intimida. Si por falta de práctica pierde la oportunidad, tendrá otra más tarde. Si tampoco lo acompaña la suerte, atravesarán experiencias más complicadas.
Vendrá luego la Experiencia de la Realidad, cuando se encuentran una serie de dioses en el camino al otro mundo: están envueltos en luces de colores brillantes. La atracción hacia ellas facilita el renacimiento. Si se pierden las oportunidades en estas dos etapas, se experimenta la sensación de un cuerpo que no está compuesto de materia, sino dotado de libres movimientos y con la habilidad de traspasar objetos sólidos. La “historia” del fallecido (faltas y méritos) determinará sus desgracias o desdichas. Los que hayan acumulado negatividades serán torturados en enfrentamientos con animales de presa o fuerzas furiosas de la Naturaleza. Los que arrastren méritos, disfrutarán de placeres.
Los libros de los Muertos Egipcio y Tibetano son, sin dudas, los más conocidos, pero existen similares en otras tradiciones. Hay textos hindúes, musulmanes, budistas chino y japonés y el mesoamericano. Todos estos tienen equivalentes en Occidente. En muchos países europeos –Austria, Alemania, Francia e Italia, en especial– tuvieron difusión unas obras denominadas, hacia el final de la Edad Medía, como “Ars Moriendi” (El Arte de Morir). La primera parte consiste en libros que orientan con respecto a la forma de conducir a los muertos en su último viaje; la segunda, en reflexiones acerca de la importancia de la muerte para la vida.
Los manuales de muerte medievales coinciden en que es fundamental ofrecer al moribundo la disposición correcta y no crear expectativas falsas de recuperación. Es decir, apoyarlo para afrontar y aceptar la muerte: es primordial enfrentarse a la muerte con valor, aclaran.
Los textos de “Ars Moriendi” –en su segunda parte– subrayan la importancia que tiene para la vida el ser consciente de la muerte y entenderla. Se destaca la “impermanencia” de la existencia y la insignificancia de todos los objetivos en la Tierra. Más de una vez, los científicos occidentales vieron en esta impermanencia –graficada en la contemplación de la muerte y el desprecio por el mundo– síntomas de patología social.

EXPERIENCIAS DE MUERTE SIN MUERTE.
En los años 90, la película “Línea Mortal” (un grupo de médicos que, científicamente, viajan a la muerte y retornan) no ha hecho más que exponer lo que la Humanidad experimenta desde sus albores: visitar el reino de los muertos y regresar. El más antiguo ejemplo es el fenómeno del chamanismo.
Las pruebas de iniciación de los chamanes siberianos y uralaltaicos consistían en un profundo encuentro con la muerte. Durante su “enfermedad de iniciación” permanecían durante una semana en algún lugar solitario en un estado cercano a la muerte. Durante este período –decían– realizaban un viaje al otro mundo y recibían ataques de demonios y espíritus ancestrales, además de estar expuestos a extremas torturas. Los detalles varían según las tribus, pero todos coinciden en el horror. Cuando el chamán quedó reducido a un esqueleto, recibe carne y sangre nuevas y experimenta vuelos mágicos a las regiones celestiales por medio de un arco iris. Durante el proceso de muerte y renacimiento, recibe poderes sobrenaturales e instrucciones de seres semidivinos con formas humanas o animalescas. Los chamanes se convierten en sanadores, videntes y sacerdotes que acompañan las almas de los muertos hacia otros mundos.
Los ritos asirio-babilónicos de Tammuz e Ishtar –originados antes deI 4.000 a.C.– son uno de los primeros ejemplos de alegorías de muerte de un dios. Se refieren a la historia de una diosa madre (Ishtar) que desciende al mundo de los muertos para buscar el elixir sagrado que habrá de volver a la vida a su hijo y a su marido, Tammuz. Este tipo de leyendas abundaban en la Grecia antigua y países vecinos. Los cultos a Orfeo y Dionisio y los misterios de Atis y Adonis comparten la misma base en las leyendas: la muerte y el renacimiento. En religiones como el mitraísmo y el hermetismo y lugares como India, Tíbet y Escandinavia hay ritos parecidos, lo mismo que en algunas tribus africanas y sociedades de tiempos precolombinos.
En culturas de todas las épocas hubo también los llamados ritos de paso, cultos en los que participan grupos sociales y consisten en una gran transformación en épocas de transición biológica importantes. En su libro titulado “Más allá de la muerte”, Stanislav y Christina Grof citan a Van Gennep como el primer investigador encargado de definir y describir estos ritos. Primero, en la etapa de la separación, se aísla a los iniciados durante semanas o meses. Mediante canciones, danzas, leyendas y mitos relacionados con el extraño territorio al que entrarán, aprenden todo lo necesario. La segunda etapa, la de transición, se utilizan técnicas mediante las que se altera la mente: privación de sueño, ayuno, dolor, presión física y psíquica. Se sufren períodos de confusión, angustia y caos. Se sale de este proceso con una sensación de renacimiento. La denominada incorporación (tercera fase) implica la reintegración a la comunidad del individuo transformado. Tendrá una nueva misión. La intensidad de la experiencia muerte-renacimiento terminará el antiguo papel social y permitirá iniciar y asumir el nuevo. Todos estos encuentros con la aniquilación prepararán también para la muerte y la conclusión de que los períodos de destrucción no suponen el fin sino la transición.
En las creencias africanas aparece el concepto de un alma múltiple. Al morir, una de sus partes iría al otro mundo; la otra, permanecería cerca de las reliquias físicas. A principios de siglo, se hacía lo posible para disuadir al muerto de que regresara. El cuerpo era sepultado con algunos sacrificios y una ceremonia de despedida. Se lo inhumaba de cara hacia el lado opuesto de la aldea: debían mantenerse aparte.
Pero en otras zonas de África los muertos eran recordados afectuosamente y se levantaban imágenes para que pudieran retornar, habitarlas provisoriamente y convivir de este modo con sus descendientes. Este es uno de los casos de “alma múltiple”: la persona está dentro de la imagen, pero los nativos suponen que habría un fantasma suelto y que la verdadera alma está en las alturas, en un mundo feliz. Estas creencias abundan hoy todavía en la costa occidental del África y en el Sudán, al sur del Sahara y también en el Congo.
En los pueblos de Indonesia –que no fueron convertidos ni al hinduismo ni al Islam– se cree que hay un universo de criaturas espirituales en el que las almas son recordadas y recuerdan la vida. Al morir la persona muere el alma externa, pero puede permanecer en el mundo de los espíritus e inspirar a los chamanes. Tiene las mismas condiciones vitales –aseguran– que la semilla de arroz, que permanece en un canasto –seca– hasta que la siembran. También el alma puede reencarnarse y, con frecuencia, en un animal como el tigre, tan temido y respetado.

CÓMO ENFRENTAR A LA MUERTE.
En el México actual la muerte ocupa un sitio particular. Entre los de origen indio, las almas regresan por alimento el día de los muertos, es decir los 1 de noviembre. Se cuece entonces un pan especial y en algunas aldeas las almas se cargan de comidas: después de velar durante toda la noche, la comida perdió –misteriosamente– su sabor. La celebración no es igual para los habitantes de las ciudades. Pero hay pan especial, calaveras de azúcar y chocolate y esqueletos con fuegos artificiales entre los dedos o elevándose como barriletes. Arnold Toynbee y Arthur Koestler, al referirse a este festejo, señalan en su libro “La vida después de la muerte” que es precisamente la muerte quien ríe último en la celebración.
Otro mundo (y no el del más allá) nos presentan las civilizaciones que abarcaron alguna vez los Andes Centrales, desde la selva tropical hasta las costas occidentales de América del Sur. Si en los escritos siguientes a la conquista española hay vagas referencias con respecto a las creencias en el trasmundo, la abundancia de testimonios arqueológicos es notoria. El cadáver era envuelto en pieles de animales o atuendos y coronados con una máscara de madera de nariz sobresaliente y ojos redondos. Se lo equipaba luego para la otra vida: juguetes, pinzas, cinturones, bebidas y alimentos, calabazas con maíz, caracoles, etc.
Algunos pueblos montañeses exhuman a las momias durante tres días y tres noches por año para cambiarles sus ropas y proveerlas de alimento y bebida. Ninguno de los estudiosos asegura que adoraban a sus momias, pero sí las veneraban igual que a los huaca u objetos sagrados, que eran vehículos a través de los cuales se manifestaba la esencia de lo sobrenatural. Para los indios, los puntos culminantes de la vida eran seguidos por los puntos culminantes de la muerte. Por eso, los muertos debían recibir todo el auxilio necesario para internarse en lo desconocido. Cada parte era tan importante como la otra y en una línea continua. Toda la documentación hallada indica que para los antiguos americanos, la muerte no implicaba el desastre sino el pasaporte para los privilegios ultraterrenos.
Otras concepciones de la muerte provienen de Nueva Guinea: hay allí una isla de los muertos de la que llegaron los ancestros bajo la forma de dos hermanas gemelas: la Estrella de la Mañana y la Estrella del Atardecer. Se cuenta que eran gigantescas y sus descendientes –normales– regresaban al morir a la isla originaria. En general, las culturas paleolíticas que viven de la caza y de la pesca comparten una idea universal en la continuación de la vida después de la muerte. No se maneja el concepto de castigos o recompensas en otros mundos, pero la vida y la muerte eran hechos concretos basados, ante todo, en relatos de aparecidos.
Algunas leyendas de esquimales se refieren a ciertos ancestros que se transformaron en astros celestes; otras, hablan de héroes que eternamente danzan en la aurora boreal, pero la creencia general señala que la mayor parte de los espíritus se dirigían a un gran submundo donde la vida menos dichosa que en la Tierra continuaba. También hay relatos de fantasmas que visitan a sus familias. En las comunidades esquimales se habla de Sedna, una criatura sobrehumana –origen de vida en los mares– que dominaba el otro mundo. Sedna había sido humana y de gigantesca estatura. Su padre, un hombre cruel, decidió matarla y durante un viaje en canoa le cortó los dedos y las piernas y arrojó el mar el cadáver. Las piernas se transformaron en ballenas, morsas y focas; los dedos de las manos y los pies, en peces. Hacia Sedna, que domina otras dimensiones, parten hoy todos los que se mueren.
A estas creencias se agregan cientos de miles en cada rincón del planeta. Todas, fueron calificadas de absurdas cuando la ciencia materialista se desarrollaba rápidamente. Aunque ahora la Medicina se mantiene cauta ante los regresos de la muerte, los testimonios son demasiado coincidentes para negar un misterio que, tal vez, no lo sea tanto.
Las posturas de la Psicología varían según la corriente de pensamiento. Las más escuchadas subrayan el fenómeno de “aislación”, una área en la que los hechos más cercanos a experiencias de muerte son estudiados y producidos en un laboratorio: ¿qué ocurre en el cuerpo y la mente de una persona cuando es aislada de una u otra forma?
Interesante información aparece en escritos de exploradores polares o sobrevivientes solitarios de naufragios. Los científicos trataron de producir situaciones similares. La técnica más conocida consiste en suspender a una persona en un tanque con agua a la misma temperatura del cuerpo (para minimizar las sensaciones de peso y temperatura), se le vendan los ojos y taponan los oídos. Sus brazos se colocan en tubos para que no pueda moverlos. En estas condiciones de “aislamiento” y soledad, hubo individuos que atravesaron fenómenos psicológicos muy parecidos a los de “muerte”.
“Una mujer que pasó largos períodos de soledad en las condiciones desoladas del Polo Norte cuenta que tuvo una visión panorámica de los acontecimientos de su vida. Unos marineros náufragos que estuvieron encallados en pequeños botes durante muchas semanas describieron alucinaciones en las que eran rescatados, a veces por seres semejantes a fantasmas o espíritus. Ello guarda cierta analogía con el ser luminoso o los espíritus de amigos que se encuentran en los informes de los sujetos que he entrevistado”, señala el doctor Moody.
En los testimonios de experiencias de “aislación” aparecen también distorsiones del sentido del tiempo, sentimientos de estar parcialmente disociado del cuerpo, resistencia a volver a la civilización y sensación de estar “unidos” al universo. “A pesar de las coincidencias –destaca Moody– los resultados de la investigación de aislación no suministran una explicación satisfactoria de las experiencias próximas a la muerte. En primer lugar, los diversos fenómenos mentales producidos en las condiciones de aislación no pueden ser explicados por alguna teoría. Invocar esos estudios para explicar las experiencias próximas a la muerte sería sustituir un misterio por otro”.
Se dice, también, que quienes atravesaron los “caminos al otro mundo” sólo tuvieron sueños de cumplimientos de deseos, fantasías y alucinaciones. El doctor Moody aclara: “Todas las personas con las que hablé no eran víctimas de psicosis, sino gente normal y estable, con buena adaptación social, y pueden distinguir entre los sueños y las vivencias que tienen despiertos. Invariablemente, en el curso de las entrevistas, me aseguraron que sus experiencias no habían sido sueños sino episodios definidos y reales”, asegura el investigador.
Los fracasos de la filosofía y la religión dejarán lugar, apenas, para comprobar o desmentir los episodios en cuestión, aunque no haya opciones: una y otra cosa son imposibles todavía. Si hay quienes vuelven de la muerte y la realidad es más fantástica de lo que podamos imaginar, la vida resultará incomprensible hasta conocer “algo” de ese otro mundo, con seres luminosos y túneles oscuros.

EL MÉDICO QUE INVESTIGA LA MUERTE.
Raymond A. Moody es profesor de filosofía, doctor en medicina y psiquiatra. Se trata, sin duda, de la máxima autoridad en el mundo respecto del estudio de los fenómenos de supervivencia tras la muerte física y los conceptos que sustentan esta presunción. Para él no hay lugar a dudas: “Actualmente muchas personas hablan de sus experiencias, personas que fueron declaradas clínicamente muertas y regresaron. Personas que tienen cosas increíbles que contar y que coinciden sorprendentemente en su relato. Por un momento pensé que era el único que se interesaba en el tema, pero después de la aparición de ‘Vida después de la Vida’ me di cuenta que muchos investigadores seguían el mismo camino”.
En su famosa obra, Moody hace referencia a muchos casos y ensaya una explicación respecto al regreso y a lo que los retornados de la muerte cuentan de ella.
El libro de Moody tuvo ciertos inconvenientes con círculos religiosos, especialmente con el culto católico, ya que muchas de sus recopilaciones de casos difieren de la teología oficial, especialmente en lo que se refiere a visiones celestiales y en la base filosófica del catolicismo: el premio y el castigo, el juzgamiento de las almas. De acuerdo a los relatos, en ese nuevo estado de conciencia sólo existen el amor y el conocimiento, y salvo algunas diferencias de forma, coinciden con lo que pregonan todas las religiones. Las diferencias sólo son de interpretación.
Es curioso el hecho de que en los cientos de relatos recopilados nunca se haga referencia alguna al infierno arquetípico o al cielo cabal. Lo que ven desborda el lenguaje humano, asegura Moody.
Muchos neurólogos discrepan de las conclusiones del científico norteamericano, argumentando que las experiencias de “casi muerte” guardan sospechosas analogías con los ataques cerebrales y algunas disfunciones. “Las personas con experiencias de aquella índole sienten un ruido, como una explosión de la conciencia que se expande, similar a un ataque al lóbulo temporal. Este desempeña un importante papel en la función de la memoria. Las personas que han estado cerca de la muerte suelen hablar de una especie de memoria panorámica y global. Estimulando determinadas áreas del cerebro se intensifica la memoria, trayendo recuerdos muy lejanos. La luz blanca y radiante tiene que ver con la interrupción del suministro de oxígeno de los lóbulos occipitales. Estas explicaciones no me convencen. Se pueden buscar analogías hasta el infinito, pero hay hechos que no se pueden explicar desde la medicina convencional. Estoy convencido de que después de la muerte hay algo, solo falta probarlo irrefutablemente” concluye Moody.

LOS SIETE PASOS ANTES DEL FIN.
En el hospital de Billings, Chicago, la doctora Elizabeth Kübler-Ross lleva adelante un trabajo no muy bien visto por sus colegas: explorar el instante póstumo, delinear el punto de discontinuidad que separa la vida y la muerte. Para la mayoría de los médicos el tema es casi simple. El corazón se detiene, las ondas cerebrales cesan y sobreviene la muerte. Allí termina su labor. Sin embargo, y desde la más remota antigüedad y en todas las civilizaciones se sospecha que no todo concluye allí. Hoy la ciencia intenta echar luz en un sector dominado por la fe o el dogma religioso, y esclarecer un tema históricamente tabú. Kübler-Ross estudia a pacientes terminales, ya indefectiblemente condenados, y los interroga sobre sus emociones, sus actitudes y sus pensamientos ante la muerte. Lleva realizadas más de 300 entrevistas asistida por psicólogos y médicos a personas de distintos credos, razas y condiciones socioeconómicas, logrando determinar una coherencia sorprendente de comportamiento ante la muerte y el misterioso después. Tras exhaustivos estudios ha esquematizado el proceso en 7 etapas.
EL CHOQUE TITANÁTICO. Sobreviene cuando la persona se entera de la eventualidad de una muerte próxima e inevitable. Trata de evadirse con actividades fútiles.
LA NEGATIVA. Toma conciencia de su estado, concurre a parapsicólogos y comienza a pensar en el más allá.
LA IRA. El típico miedo irracional ante la muerte, lo que le provoca reacciones agresivas.
LA DEPRESIÓN. Desconfía de cuanto le dicen, se vuelve apático y comienza a sentir ciertos cambios en su interior, en su psiquis.
EL REGATEO. El moribundo trata de pactar con la muerte, hace promesas, pasa largos períodos de introspección y comienza a vislumbrar el umbral.
LA ACEPTACIÓN. Ceja en el intento y se enfrenta cara a cara con la muerte. Desea que llegue rápidamente y siente que es un acontecimiento propio, comienza a comprender y puede hasta tener visiones. Aunque ya moribundo, aumentan extrañamente las ondas Delta y hasta las Alfa. Algo ocurre en su cerebro.
LA DECATEXIS. La comunicación con los vivos se corta definitivamente, la conciencia se abstrae progresivamente, como en otra dimensión cognoscitiva. Las sensaciones y percepciones se transfieren a otro lugar, existe una conciencia sobre un paso a “otra cosa”, con una extraña actividad póstuma del organismo y de ciertas facultades psi.
Para la doctora Kübler-Ross, es prueba de que hay “algo” después de la muerte.
Quizá nuestra propia necesidad de trascender nos lleve a autoconvencernos de un más allá, ya sea por la religión o la filosofía, pasando por la metafísica y la parapsicología. Ahora la ciencia toma cartas en el asunto, y tal vez logre dejar su huella en el desconocido territorio que se extiende más allá de la vida.

EL TESTIMONIO DE LOS QUE REGRESAN.
La siguiente descripción, que atemoriza, es un modelo de los elementos comunes que traen todas las historias de quienes han “vuelto” de otros mundos: El doctor me declaró muerto y comencé a escuchar un ruido desagradable, un zumbido, y comencé a moverme rápidamente por un túnel largo y oscuro. Me encontré fuera de mi cuerpo físico. Veía mi cuerpo desde afuera, como un espectador. Intentaban resucitarme. Al rato, empecé a acostumbrarme a esa condición. Seguía teniendo un cuerpo, aunque de diferente naturaleza, con distintos poderes a los del cuerpo físico que he dejado atrás. Empieza enseguida a ocurrir algo. Otros vienen a ayudarme y recibirme. Veo los espíritus de pacientes y amigos que ya habían muerto y aparece ante mí un espíritu amoroso y cordial que nunca había visto. Es un ser luminoso que sin utilizar el lenguaje me pide que evalúe mi vida y le ayude mostrándole una panorámica instantánea de los acontecimientos más importantes”.
“En un momento me encuentro aproximándome a una especie de barrera o frontera que parece representar el límite entre la vida terrena y la otra. Descubro que debo regresar a la Tierra, que el momento de la muerte no llegó todavía. Me resisto, porque empecé a acostumbrarme a las experiencias de la otra vida y no quiero regresar. Tengo sentimientos de alegría, amor y paz, pero me reúno con mi cuerpo físico y vivo...”

DATA BANK.
En la sepultura más remota, la de un hombre de Neandertal, el cuerpo tiene a su lado una pata de bisonte, lo cual serviría de alimento para lo que los hombres prehistóricos suponían que era el viaje a otra vida.
La Tanatología es una rama de la medicina que estudia los casos de aparentes resurrecciones.
Los relatos de experiencias en otras dimensiones varían según las enseñanzas de cada religión. En el cielo musulmán hay caballos, en el católico hay ángeles y coros celestiales, en el hindú serpientes y dioses. Un punto es común: “todo luminoso en el más allá”.
A través del “Libro de los Muertos”, los antiguos egipcios confeccionaron lo que podría ser una virtual “guía de viaje para el alma”.
En Sudamérica se encontraron testimonios arqueológicos que datan de tiempos remotos. El cadáver era envuelto en pieles de animales y se lo equipaba para la otra vida con utensilios y juguetes.
Curiosamente, ciertos relatos de marineros náufragos o personas aisladas, momentáneamente perdidas en el Polo, coinciden con los testimonios de personas “retornadas” de la muerte.
Algunos pueblos indígenas de América del Sur solían exhumar a las momias durante tres días y tres noches al año para cambiarles sus ropas y proveerlas alimento y bebidas.