martes, 26 de enero de 2010

La ciencia. Su método y filosofía

Realmente, este debiera ser, si no el primero, uno de los primeros libros de lectura obligatoria en cualquier curso inicial universitario. En buena parte de los casos, por no decir en la mayoría, la comprensión de la esencia de la ciencia y, dentro de ella, la investigación científica, es algo que no siempre se aborda con la formalidad que precisaría el estudio y formación en cualquiera de ellas, y de sus especialidades.
Sin generalizaciones pretenciosas, lo que suele ocurrir es que el plan de estudios iniciales universitarios incide preferentemente en los fundamentos de la investigación como componente curricular, y dentro de ella, sólo un abordaje panorámico y por tanto superficial acerca de la ciencia en general y sus elementos, para “cortar” o “acortar” camino iniciando lo que corresponde a las técnicas de investigación en sí mismas. Incluso en algunos países, en realidad muchos, se suele dar por supuesto que los estudiantes ya cuentan, por haber culminado la secundaria, con la suficiente formación como para tener que “repetir” temas y contenidos que, desde el enfoque de los catedráticos universitarios, “ya no les corresponde”. De modo similar, aunque inverso, los docentes de secundaria asumen que, teniendo este nivel educativo un cariz humanístico y amplio, o enciclopédico, casi generalizado en Latinoamérica, eso de “profundizar” en los “adentros” de lo que es la ciencia y la investigación como su herramienta, ya es temática universitaria, desencuentro que tiene en medio, desorientados, a los adolescentes bachilleres.
Como desemboque, no es raro encontrar estudiantes, incluso de cursos superiores de universidad, que a fuerza de “hacer tareas” o de “aprender en el camino”, estudian ciencia, incluso hacen ciencia, estudian investigación, incluso hacen investigación, sin comprender del todo “de qué se trata en última instancia todo ello” (perdón por las redundancias).
Es en los últimos cursos, cuando despunta la necesidad de preparar los diseños, perfiles o protocolos previos a las tesis o trabajos de fin de carrera, que se siente la necesidad imperiosa de “repasar” o talvez “terminar de asimilar” lo que en realidad se debió saber, si no dominar, desde un principio. Es como cuando un pianista que aprendió “de oído” su arte y técnica tiene la necesidad de estudiar teoría de composición o notación musical, cuando a varios años de carrera, o incluso de éxitos, debe enfrentar el desafío de sus propias composiciones. Casos que si bien no son precisamente “mortales”, empero no dejan de ser contradictorios.
Es precisamente en este aspecto que la obra “La ciencia. Su método y filosofía” de Mario Bunge, cumple una función de mucho valor para docentes y estudiantes. Es una introducción escrita en un estilo ameno y comprensible, casi coloquial (incluso cabría decir “colegial” por su extrema facilidad de comprensión, lo que aumenta su valor como recurso educativo sin sacrificar rigurosidad lógica, sistemática y “científica”) a todo lo que es la ciencia, sus características y dinámica, así como la investigación científica y sus rasgos fundamentales.
A diferencia de otros manuales, asimismo respetables, que suelen orientarse a algún campo científico en especial, dando énfasis por tanto a lo que interesa a dicho ámbito, Mario Bunge parece haber encontrado la eclecsis (de “ecléctico”: tendría que escribirse así?) cualitativa por la que lo que escribe valga por igual a quien estudia Derecho, Medicina, Química, Astronomía, Filosofía, Economía o Biología. Su relativa brevedad, lograda por tratar los temas puntualmente, y su lenguaje claro, exento casi por completo de terminologías eruditas que, desde la perspectiva de un estudiante promedio de “veinti-tantos” años, semeja una niebla precisamente donde se necesita la mayor transparencia para alentar la comprensión (y el gusto por aprender a aprender), hacen de “La ciencia…” un libro infaltable en cualquier biblioteca. No a otra cosa parece deberse que se lo cite en “la mitad más uno” de los trabajos de tesis universitarias y/o similares.
Sinceramente, un libro recomendable… Como muestra basten unos párrafos en los que Mario Bunge nos habla del “trato” que se da a la ciencia, como tal, en muchas universidades:

“Es fácil advertir cuán modesto es el lugar que actualmente ocupa la filosofía de la ciencia en nuestras universidades. Si se exceptúan los pintorescos cursos de "epistemología de la ingeniería" de años recientes, la filosofía de la ciencia se enseña solamente en las facultades de filosofía, y en éstas no ocupa un lugar importante. ¿Qué importancia puede dársele a uno de los pocos cursos de filosofía sistemática que figuran en un plan de estudios que parece confeccionado a la medida de especialistas en filosofía grecorromana y medieval? ¿Qué importancia puede tener un único curso de filosofía de la ciencia, comparado con todos los cursos de filosofías y de lenguas muertas? Es una de tantas materias, acaso la más humilde de todas.
Tan poca importancia se le asigna a la filosofía de la ciencia en nuestra universidad, que el estudiante es lanzado a ella inerme. No se le dota, por ejemplo, de nociones científicas de nivel universitario; no se le equipa con las herramientas de la lógica moderna y del análisis lógico del lenguaje; ni siquiera se le exige un conocimiento suficiente del inglés, del alemán y del francés. Es claro que a menudo se hallaba consuelo en la circunstancia de que tampoco se exigían estos requisitos elementales a quienes enseñaban la materia o simulaban hacerlo.
La filosofía de la ciencia está arrinconada en el plan de estudios y, en general, en el panorama filosófico del país. Entre nosotros no se considera deseable que el filósofo se inspire en el modo de proceder del científico, quien comienza por los hechos, luego los describe y más tarde formula hipótesis y construye teorías para explicarlos; después deduce de ellas conclusiones particulares verificables, recurre eventualmente a nuevas observaciones o a nuevos cálculos, y contrasta sus conclusiones con estos resultados; y, finalmente, si lo halla necesario, corrige sus conjeturas sin compasión. Este severo carácter autocorrectivo de la investigación científica no suele estimarse superior al carácter oracular habitual en la filosofía tradicional, la que no siempre titubeaba en formular conjeturas sin fundamento y sin verificación.
Entre nosotros apenas se considera interesante la riquísima problemática filosófica que suscita la ciencia: para algunos, dicha problemática es demasiado estrecha, para otros demasiado árida, y para la mayoría de los filósofos y de los científicos ella apenas existe: se cree vulgarmente, en efecto, que la ciencia carece de problemas filosóficos y que no es más que una máquina de buscar datos. Entre nosotros suele encontrarse más cómodo adoptar una postura especulativa y de desprecio por los hechos y por la razón que adoptar una actitud crítica fundada en los hechos y que haga pleno uso de los instrumentos de la razón: es más fácil proclamar la bancarrota de la razón y las limitaciones de la ciencia, anunciando que se está en posesión de fórmulas definitivas, o bien de una peculiar intuición que ahorraría el trabajoso camino de la investigación. Se busca la explicación última de todas las cosas sin atender a las explicaciones provisionales y perfectibles de la ciencia.”

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lunes, 11 de enero de 2010

Las Centurias de Nostradamus

Desde Waterloo hasta la guerra en Irak, desde el advenimiento de los viajes espaciales hasta la amenaza de un cometa que, se dice, cambiará la vida en nuestro planeta, muchas cosas parecerían haber sido previstas (pre-vistas) y anunciadas, en un lenguaje alegórico al parecer deliberadamente ambiguo, por Nostradamus. Hoy, su nombre implica misterio, ansiedad por descubrir el mensaje secreto de sus palabras, y la coincidencia, forzada o no, que muchos intérpretes hacen entre lo que dijo hace ya muchos siglos y lo que ocurrió, y ocurre actualmente, no haciendo sino aumentar la intriga.
La verdad es que Nostradamus escribió menos, mucho menos que lo que antes y ahora se escribe en torno a él, no sin razón, porque si bien en vida mostró indiscutibles cualidades de vidente, como aquel episodio en que saludó a un novicio sacerdote lo hizo con tanta veneración diciendo que se encontraba frente a un futuro Papa (predicción que se cumplió en realidad); luego de su fallecimiento su fama creció más ya que sus Centurias parecen contener una clave de la historia actual y venidera.
Más allá de adeptos y críticos, lo cierto es que no se puede permanecer indiferente a su obra. Nostradamus vivió en una época en que la adivinación y la “videncia” eran tomadas como cualidad maléfica duramente reprobada, aunque aceptada o incluso “buscada” a ocultas, razón por que seguramente eligió un estilo tan peculiar que aumentó el misterio al mismo tiempo que la fascinación por asociar o “hacer coincidir” lo que supuestamente predijo para una época concreta.
Un ejemplo de ello es la referencia que se hace a un personaje del mundo islámico asociado a la última época de la actual civilización humana: en la década de los 70 del siglo XX, se lo asociaba con Yassir Arafat, aunque otros lo “hacían coincidir” mejor con Muhahar El Gadaffi; a partir de la guerra irano-irakí se pensó que Nostradamus se refería a Sadam Hussein; sin embargo, hoy se dice que el mejor candidato para ese perfil es Bin Laden, en fin … Aunque también, para admiración y mayor intriga, algunas de sus predicciones son casi puntuales y literales, como el apellido de un gran tirano Hister (quiso decir Hitler?)
De todos modos, las Centurias serán el motivo de interpretaciones cada cual ajustada a la situación de los acontecimientos o el juego de fuerzas invisibles que influyen en la historia global.
Hoy que gradualmente parece estarse incrementando la inquietud en torno al año 2012 para el que, según se dice, hay profecías coincidentes del antiguo mundo egipcio, chino y maya, al extremo de que una producción cinematográfica se ocupa específicamente del caso, no estará demás escudriñar lo que este médico y astrólogo francés, Nostradamus, nos ha legado como una tarea de interpretación, escrita en cuartetos rimados de difícil esclarecimiento:

I
De noche, sentado y en secreto estudio.
Tranquilo y solo, en la silla de bronce:
Exigua llama saliendo de la soledad,
Hace prosperar lo que no debe creerse en vano.
II
La vara en la mano entre los sacerdotes de Apolo
Por la onda bañada la orla y el pie:
Un miedo y una voz vibran por las mangas:
Esplendor divino. El divino se sienta a mi lado.
III
Cuando la litera por el torbellino se vuelque.
Y los rostros cubiertos por sus capas.
La república por las gentes nuevas vejadas,
Entonces blancos y rojos juzgarán al revés.
IV
Habrá un monarca para el Universo
Que no estará mucho tiempo en paz y con la vida:
Entonces se perderá la barca pesquera.
Se enfrentará al mayor desastre.
V
Perseguidos lo serán para que dure el combate
Por el campo serán más fuertemente oprimidos:
Burgo y ciudad sostendrán mayores luchas
Carcas. Narbonne acabarán extenuadas.
VI
El ojo de Ravenna quedará destituido.
Cuando fallen las alas de sus pies:
Los dos de Brescia habrán reconstruido.
Torino. Vercelli que Galos arrasaron.
VII
Tarde llegado, la ejecución cumplida.
Los vientos contrarios, cartas tomadas por el camino:
Los conjurados XIII de una secta.
Por Rousseau cercenadas las empresas.
VIII
Cuantas veces tomada la ciudad solar
serán cambiadas las leyes bárbaras y vanas:
Tu mal se acerca. Ya no más tributaria
El gran Adriano recorrerá tus venas.
IX
De Oriente vendrá el corazón Púnico
A hostigar a Adriano y a los herederos de Rómulo
Acompañado de la flota Líbica.
Temblando los Malteses y los de las vacías islas cercanas.
X
Serpientes llevadas en jaulas de hierro
Donde los séptimos hijos del Rey son presos
Los viejos y los padres saldrán de su infierno profundo,
para ver morir su fruto con muerte y grito.
XI
El movimiento de los sentidos, corazón, pies y manos
Estarán de acuerdo Nápoles, Lyon y Sicilia
Espadas, fuegos, aguas luego a los nobles Romanos,
Caed, matad, muertos por su débil cerebro.
XII
A poco dirá la hoz brutal y frágil.
De bajo en alto levantada con presteza.
Luego al instante desleal y lábil.
Quien en Verona tendrá el gobierno.
XII
Los exiliados por ira, odio intestino,
Harán al Rey gran conjura:
Secretamente meterán al enemigo por la galería.
Y a sus viejos deudos contra ellos alzarán.

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El conocimiento del universo

De entre los muchos, y buenos, libros que tratan del Universo, no tanto destinado a escuelas y colegios sino orientados a su comprensión más amplia y global, posiblemente este sea uno de los pocos que lo hace de modo integral, tanto histórica como “multidisciplinariamente”. Unos textos se concentran en la parte descriptiva, se diría topográfica, otros en lo concerniente a la cosmogonía, no faltan aquellos que se sumergen o elevan (como uno quiera asumirlo) en el ámbito filosófico; los hay dedicados solamente al aspecto material de la totalidad, otros pocos –realmente pocos– se aventuran por la senda del psiquismo.
Sin embargo, entre los que tratan de abarcarlo todo, sin descuidar empero la rigurosidad sistemática que amerita el tema, está precisamente la pequeña pero importante obra de Jean E. Charon. La debiera leer todo profesor de Secundaria y universitario que enseña lo relacionado con el conocimiento y comprensión de la “realidad total”, porque este libro, con la propuesta de una “teoría unitaria” del universo, que comprenda lo mismo la dinámica atómica, sideral o incluso la de la vida y el psiquismo como realidad y parte del “todo”, efectivamente, es una referencia de primer orden.
En él se encontrará no sólo el debate entre la continuidad de la realidad frente a la discontinuidad de nuestra percepción, el histórico debate entre la Relatividad y la Cuántica, ante la cual Jean E. Charon plantea, ecuaciones generales mediante, su propia idea y principios para una teoría unitaria del universo, sino también la forma o fundamento en que dentro de esta concepción se incluirían el fenómeno de la vida, el psiquismo y la espiritualidad, no sólo como atributo de ciertos seres, como los humanos, sino como una verdadera transversalidad en todo lo que existe.
Por todo ello, y mucho más, se trata de un libro que no debiera faltar en ninguna biblioteca que se precie de serla. Posiblemente por ello, el editor de la traducción impresa de su original francés, prologa esta hermosa obra con estos conceptos:

“Este séptimo volumen de la colección “Microcosmo” debería ser el primero, si nos hubiésemos ajustado a un plan muy riguroso en nuestro estudio de la naturaleza. ¿Acaso la pregunta “¿Qué es el Universo?” no constituye por ventura el alfa y el omega de la curiosidad científica? Cada civilización, cada época y cada generación ha solucionado a su manera este problema, dándole una solución jamás totalmente falsa ni totalmente cierta, un peldaño de la tambaleante escala que ha permitido al Hombre ir progresando, de aproximación en aproximación, en el conocimiento del mundo que le rodea. No hay que juzgar estas soluciones en términos de verdad o de error, sino en términos de ascensión. El peldaño más alto, que permite distinguir un horizonte más amplio, es útil, y. por lo tanto, bueno, o sea provisionalmente verdadero. Cada teoría del Universo, cada cosmogonía señala así una etapa en la ascensión del espíritu humano hacia la cumbre (o el centro) del mundo, hacia el punto desde el cual la mirada ya no descubrirá ni sombras ni misterios.
Esta apasionante aventura intelectual, Jean Charon no nos la hace revivir como un trovador que canta las gestas ajenas, sino como un peregrino, como un hombre que ha seguido el itinerario y que incluso ha avanzado solo, en descubierta, por algunos senderos que aún no han sido hollados. Muchos recordarán la sensación que causó, a comienzos de 1960, su comunicación sobre una nueva teoría unitaria del universo. También muchos recordarán que le fue conferido el premio Galabert de Astronáutica por la aportación que significó esta teoría en el campo de la gravitación. Quien os habla es un precursor, un precursor que regresa dominado aún por el deslumbramiento de lo que ha visto (o de lo que ha adivinado, o soñado) y que ningún hombre antes que él había contemplado. Jean Charon nos revela este deslumbramiento y la difícil búsqueda que lo precedió, y lo hace con la pasión del explorador. Espero que el lector, como yo, le agradecerá no haber desencarnado el más abstracto de los problemas y de haber incluido, en cambio, al Hombre en su síntesis del Universo.”

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