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sábado, 13 de julio de 2013

Lavabit el e mail ultra super inviolable

Lavabit es un servicio de correo con encriptado tan seguro que solamente el destinatario puede abrirlo y lo mejor es que podemos tenerlo gratis.

Lavabit is a mail service with encripted so for sure only the addressee can open it and the best thing is that we can have it free

Todos deseamos privacidad en nuestras comunicaciones: pero es casi imposible. Las cartas se pueden abrir, las llamadas se pueden interceptar, mucho más los mensajes por celular o Internet. Pero empresas como Lavabit, Firefox y algunas otras más dicen tener la vocación de respetar el anonimato.
Google, Facebook, Microsoft y una larga lista de empresas informáticas globales también dicen lo mismo. Pero ya todos sabemos que hurgan en nuestros datos, coleccionan pistas que dejamos en nuestros mensajes. En una palabra, “fizgonean”.
Su argumento es que buscan “mejorar” nuestra experiencia personal con ellos. Y en gran parte es cierto: Google trata de adaptarse a lo que más buscamos en la Red, sus doodles son encantadores y nos muestra publicidad que poco a poco se enfoca en nuestras preferencias. Facebook analiza nuestro perfil, y el de nuestras “amistades” y nos sugiere otras nuevas, y desde que tiene publicidad hace lo mismo que Google. Microsoft y su Hotmail (ahora Outlook), al ofrecernos centralizar en una misma cuenta nuestro Twitter, Face, etc., nos tienta a que “les avisemos” nuestras “señas y contraseñas” en redes sociales, ¿para qué?... La respuesta es obvia.
Hasta se hacen la guerra, parece que con trampas y todo, por captar nuestra atención, y nuestros datos.
Sin aprobarlo totalmente, se podría pensar que talvez no está tan mal que lo hagan, ya que esas empresas “deben comer”, pagar empleados, impuestos, hacer marketing, complacer a sus accionistas, etc., y como sus ingresos principales son por publicidad, deben posicionarse y ofrecer buenos resultados de marketing a sus clientes (empresas, bancos, aerolíneas, etc.). No se debe caer en la actitud de comenzar pensando siempre por lo malo, también hay mucho de bueno… A propósito, bien por Google y su proyecto de Internet usando globos.
Las tiendas y kioscos de barrio también hacen lo mismo: convidan dulces a los niños que van a por el pan, obsequian llaveros a los adolescentes, espejitos a las teenagers, invitan algún café a nuestros tíos o chocolates a las abuelitas (todo con cargo a “markentign”), hablan minutos y minutos con clientes para averiguar sus preferencias, entregan compras en casa para “fizgonear” nuestra forma de vida, poder adquistivo… y por las noches, luego de cerrar, los dueños analizan “a la antigua” la información y piensan en cómo captar más nuevos clientes manteniendo cautivos a los actuales.
Yo mismo, con este blog, trato de captar notoriedad y clientes para mi dizque negocio de subsistencia. ¿Hay algo malo en ello?, díganmelo…
Los gigantes de Internet hacen lo mismo, sólo que a escala planetaria, y no a la antigua sino con lo más sofisticado que tienen, y vaya si tienen lo último de lo último.
Por eso debemos asumir, por anticipado, que en Internet nada, o casi nada, es totalmente privado… Ni gratis.
Moraleja: la moderación y mesura (pocas palabras) es el mejor lenguaje a usarse en Internet, porque en este “país o planeta virtual” nada, literalmente nada, es secreto.
Incluso, este blog y estas líneas están siendo analizadas, así como lo que escribió desde que se conectó a la Red quien las está leyendo, o sea, tú.
¿Paranoia? No; solo realidad.
Hasta aquí, si se ha de ser sinceros, no hay nada realmente malo ni reprochable. La gratuidad se compensa con esos rastros que dejamos al navegar, y si a cualquier cibernauta le parece irrelevante, para quien sabe destilar lo útil de tanta información casi caótica, de ella puede obtenerse “casi oro puro”.
Lo malo comienza con la delación, es decir, cuando la ciber-empresa que para afiliarte, abrir una cuenta, darte de alta o usar su servicio, te hace leer un documento tan largo y complicado sobre “condiciones del servicio”, “políticas de privacidad”, etc., incluyendo que tus datos personales serán confidenciales (bla, bla, bla…), y luego te vienes a enterar que talvez no a ti (por ahora) sino a otros (en realidad miles de otros) usuarios iguales a ti, los entregan enteros, “como vinieron al mundo”, a sus gobiernos o ciber-policías, contra lo que dice la Constitución de su país, sus libertades, su derecho a la privacidad, su “derecho a ser olvidado”, incluso contra lo que dice ese “contrato” o “condiciones del servicio” que, por cierto, casi ninguno de nosotros acaba siempre de leer, y sin importar de qué país seas en realidad…!
Uno podría tranquilizarse pensando que sólo les ocurre a quienes fundadamente están contra las leyes y la sociedad; pero quién nos asegura que por alguna ciega o aleatoria asociación analítica, nombres parecidos, mensajes irreflexivos (de esos que gustan escribir en su Face los jovenzuelos que hacen cualquier cosa por un Me Gusta), o hasta por error o fatal coincidencia, se enfocan precisamente en cualquiera de nosotros?
Otra moraleja: asumir desde un principio que lo que se dice, escribe y cuelga en Internet lo ha de ver y saber todo el mundo, y en Internet, “todo el mundo” significa eso mismo, literalmente…
Luego de esta perorata, algo que puede servir: un servicio de correo que dicen es inviolable y súper seguro: Lavabit.
Dicen que lo usa Edward Snowden desde cuando comenzó a huir de su país por revelar el espionaje estatal de su país contra sus propios ciudadanos y países amigos.
Pero al punto:
Según se publica en el sitio alt1040.com,  Lavabit es…

“…un servicio de correo electrónico que ofrece cifrado extremo a extremo y, por tanto, seguridad en las comunicaciones. Este servicio, nacido en 2004, surgió como respuesta a las condiciones del servicio de Gmail que, aunque fuese mediante un algoritmo, escudriñaba los mensajes en busca de palabras clave que eran usadas para mostrar publicidad en el servicio (una práctica que los fundadores de Lavabit consideraron una violación de la privacidad de los usuarios).
¿Y qué ofrece Lavabit? Desde el año 2005, fecha en la que se fundó Nerdshack LLC (la empresa que opera el servicio), Lavabit ofrece un servicio de correo (incluyendo acceso POP e IMAP) cifrado que requiere el uso de la contraseña del usuario para poder ser descifrado (usando cifrado asimétrico).
Cada vez que entra un correo al buzón del usuario, éste es cifrado antes de ser almacenado en los servidores y, por lo que cuentan en su web, el algoritmo de cifrado que se utiliza hace inútil un ataque por fuerza bruta por la cantidad de tiempo que sería necesario para romper el cifrado (aunque se tenga gran cantidad de capacidad de computación).
Según los datos expuestos por el servicio en su web, Lavabit es utilizado por unos 400.000 usuarios y maneja alrededor de 200.000 mensajes de correo al día, disponen de una red de servidores redundada y dispersa por varios centros de datos y usan un servicio de correo realizado por ellos mismos (en lenguaje C) sobre sistemas basados en Linux (concretamente CentOS 4.8)”.

Aunque Lavabit funciona principalmente de pago, también tiene su opción gratuita, que no está nada mal que se diga:

Almacenamiento: hasta 128 Megabytes.
Publicidad al revisar nuestro correo: No.
Protección antivirus: Sí.
Filtro anti-spam o correo no deseado: No, en esta modalidad gratuita.
Límite de mensajes entrantes: 1024 por día, mucho más de lo que solemos recibir nosotros, “el pueblo”.
Límite de mensajes salientes: 256 por día, (el mismo comentario anterior).
Tamaño máximo de cada mensaje: 32 Megabytes, quién escribe un mensaje corriente “tan así”?
Costo: GRATIS.

Si quieren un correo electrónico totalmente seguro, confidencial, secreto, inviolable, talvez Lavabit sea la solución, al menos por ahora.
Por mi parte, como no tengo nada que ocultar, y lo que hago y digo en Internet sé por anticipado que va a ser “fizgoneado”, seguiré usando los servicios de siempre; pero, para lo que se ofrezca, también acabo de abrirme otro en Lavabit, sólo “por si acaso”.

Cualquier otra persona también puede tener su e-mail gratis y súper seguro en Lavabit.

Ukamau la cosa.

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domingo, 7 de julio de 2013

Fue Hitler un templario…? Parte final

Mucho antes que las modernas estrategias comunicacionales Hitler talvez inconcientemente empleaba la palabra como arma para convencer y manipular.

Very before the modern communicational strategies Hitler used the word as weapon to convince and to manipulate.

En la primera parte de esta historia se habló de la infancia hitleriana en relación a videntes, médiums y recintos llenos de esvásticas. En la segunda parte se vio que el Führer percibía una poderosa voz interior que le dictaba sus acciones. Ahora toca considerar su uso inexplicablemente eficaz de la palabra como recurso de convencimiento y manipulación.

LA PALABRA: UNA VARITA MÁGICA.
Pero la suya no era una oratoria al uso, ya que tenía mucho más que ver con el conjuro que con la dialéctica. Parece ser que a principios de la década de los años veinte Hitler tomó regularmente lecciones de oratoria y psicología de un individuo llamado Hanussen, que también era astrólogo y adivino; y es más que posible que Hanussen hubiera tenido algún contacto con los grupos de adivinos, videntes y profetas de Munich, tan activos en esa época.
En cualquier caso, se lo hubiera revelado Hanussen o lo hubiera aprendido por sí mismo, Hitler sabía que para que un conjuro sea eficaz debe estar alimentado por el fuego de la emoción más genuina. Por eso en sus discursos se inyecta con la morfina de su propia y emocionada verborrea y crece; el diminuto Hitler se transforma en el gran Führer, lo que fascina al público, y esa fascinación repercute, como una llamarada de fuego, en la autoestima del orador (“lo semejante atrae a lo semejante”, de acuerdo con la conocida ley de la magia). Cuanto más capaz era de convencer a la masa de la elevada antorcha de que era portaestandarte, más se convencía a sí mismo, basándose en la teoría de que ochenta millones de alemanes no podían estar equivocados.
En ese anillo mágico que encerraba al pueblo alemán alrededor de su jefe se encuentra la grandeza y la tragedia del III Reich. El poder y la fascinación del verbo de Hitler descansaron casi por entero en su capacidad de sentir lo que un público dado quería oír, y en manipular el tema de manera que excitara las emociones de la multitud. De esa magia tan particular y tan efectiva escribió Strasser: “Hitler responde a las vibraciones del corazón humano con la delicadeza de un sismógrafo... lo que le permite, con una certeza que ningún don consciente podría otorgarle, actuar como un altavoz que proclama los deseos más secretos, los sentimientos y rebeliones personales de toda una nación “.
Sus discursos, sin embargo, eran recurrentes y pobres de ideas. Antes de llegar al poder casi todas sus intervenciones se centraban en la defensa de la unidad e identidad de Alemania y en quebrar el imperio de los marxistas. Pero el pueblo estaba entusiasmado. Lo que atraía a su audiencia no era tanto lo que decía sino cómo lo decía, de acuerdo con un esquema, repetido hasta la saciedad, cuyas simples y efectivas reglas eran las siguientes:

Jamás admitir un fallo o error;
No reconocer que puede haber algo bueno en el enemigo;
No dejar lugar a las alternativas;
Nunca aceptar culpas;
Concentrarse en un enemigo cada vez y culparlo de todo lo que anda mal; y, finalmente,
No amilanarse ante el grosor de las falsedades o infundios que se levanten contra uno.

“El pueblo —afirmaba Hitler— creerá con más facilidad una gran mentira que una pequeña; si uno se la repite con bastante frecuencia, tarde o temprano el pueblo la creerá”.
El comienzo de sus discursos era lento, a la espera de “sentir” al público. Pero en cuanto descubría la naturaleza de ese sentimiento, el ritmo y el volumen aumentaban uniformemente hasta que, en el clímax, gritaba. La voz de Hitler se transformaba, para quien lo escuchaba, en la voz de Alemania. Todo eso estaba de acuerdo con la propia concepción de Hitler sobre la naturaleza secreta de las masas, tal y como puede leerse en su libro “Mi lucha”: “La psiquis de las masas —escribió Hitler— no responde a nada que sea débil o mediocre. Es igual que la de una mujer, cuya sensibilidad espiritual está menos determinada por razones abstractas que por un ansia emocional indefinible de satisfacción de poder y que, por tal razón, prefiere someterse al fuerte más que al débil... También la masa prefiere al dominante antes que al suplicante”.
Era tal el poder de fascinación de la oratoria hitleriana que muchos autores han comentado su capacidad para hipnotizar al público. Según Stanley High, “cuando en el punto culminante se balancea de un lado a otro, sus oyentes se balancean con él; cuando se inclina hacia delante, ellos también lo hacen; y cuando concluye, están reverentes y silenciosos, o de pie, en un delirio, según quiera Hitler”.
Las palabras, conforme enseña la tradición ocultista universal, desempeñan una función mágica, no por su significado, sino por la naturaleza de sus vibraciones sonoras. Eso Hitler lo sabía de sobra. Como también sabía —aseguró haberlo aprendido de la Iglesia Católica— que la repetición machacona de determinadas consignas tiene el poder de penetrar en los niveles más profundos de la psiquis. A propósito de ello, dijo en una ocasión: “Sólo hay una determinada cantidad de lugar en un cerebro, una determinada cantidad de paredes, por así decirlo, y si uno lo llena con sus consignas la oposición no tiene lugar donde poner después ningún cuadro o fotografía, porque el apartamento del cerebro ya está abarrotado con el mobiliario de uno...” Basta estar atento a las actuales campañas preelectorales o, simplemente, a los anuncios de la televisión, para darse cuenta de que estas tácticas hitlerianas han sido bien aprendidas por sus enemigos.
Pero lo que el poderoso mago Hitler no sabía, o no quiso tener en cuenta, es que una acción mágica puede ser muy eficaz, pero jamás puede ser muy duradera si obra a contrapelo de la naturaleza; y nada hay más alejado de la naturaleza —y del sentido común— que la idea de una “raza superior” dominando al resto de la Humanidad durante los “mil años” que iba a durar el III Reich.
¿No quiso tenerlo en cuenta o, simplemente, no pudo?
¿Cómo podía compaginarse el agua mansa del templario y el cátaro con el aceite hirviendo del racista?
¿Hasta qué punto no asistió el mundo, en la comedia del “mitad monje, mitad soldado”, al secreto drama de la esquizofrenia?

LA MENTE DE HITLER.
Durante la Segunda Guerra Mundial, en 1941, la Oficina de Servicios Estratégicos de los Estados Unidos encargó al psiquiatra freudiano Walter Langer un inusual y novedoso experimento: psicoanalizar a Adolf Hitler de acuerdo con la información que sobre su personalidad podía obtenerse entonces en su entorno, gracias al espionaje.
Aunque a distancia, era la primera vez que se aplicaban los descubrimientos psicológicos modernos no a una figura histórica distante, sino a una viva. Las conclusiones de su informe constituyen uno de los libros más apasionantes que todavía hoy puedan leerse; su título, “La mente de Hitler”.
Al examinar las pautas de conducta del Führer, tal y como las observan sus colaboradores inmediatos, Langer llega a la conclusión de que no se trataba de una sola personalidad, sino de dos, que habitaban el mismo cuerpo y que se alternaban. La imagen mística que ofrecía a la propaganda fue la del más humilde discípulo de sí mismo, el más severo de todos los disciplinarios; la de un monje moderno, en suma, con los tres nudos reglamentarios de la pobreza, la castidad y la obediencia. No comía carne, no bebía vino, no fumaba; y en repetidas ocasiones declaró que su “verdadero amor” era Alemania. No recibió salario del partido y vivía de los ingresos de su libro, “Mi Lucha”...
El templario Adolf Hitler era un individuo muy suave, sentimental e indeciso, que contaba con muy poca energía y que nada deseaba tanto como mostrarse agradable y ser entretenido y cuidado. Por el contrario, el soldado Hitler era una persona dura, cruel y decidida, con considerable energía, que parecía saber lo que quería y estaba dispuesto a buscarlo y obtenerlo sin detenerse ante nada...
Adolf lloró a raudales por la muerte de su canario y adoraba a los perros; pero era el mismo Hitler que gritó en pleno tribunal: “iRodarán cabezas!”
¿Era un psicópata? Posiblemente.
Pero la gran desgracia para Alemania fue que también era un mago que se las ingenió para convencer a millones de personas de que la imagen ficticia de su personalidad era verdadera. Supermán acabó destruyendo a Clark Kent y a todos los que creían que Clark Kent era Supermán.
Lo dice, con otras palabras certeras, su contemporáneo y antagonista en el mundo de lo oculto, Aleister Crowley, cuando sin nombrar expresamente a Hitler, nos hace un inigualable retrato del personaje: “La magia blanca opera discretamente. No necesita atraer la atención ni provocar miedo o aprensión entre la gente, puesto que no pretende dominar el mundo. Por el contrario, la magia negra adora simultáneamente el secreto y el espectáculo, algo así como las estrellas de Hollywood. El verdadero mago negro busca dominar a los otros y encerrarlos en sus alas de cuero. Utiliza la angustia, siembra el terror y procura la ruina del mundo. Cuando encuentres a un mago negro, estudia bien sus ojos. Son los de un fanático, los de quien pretende con avidez dominar y manipular. Su máxima aspiración es la de convertirse en un marionetista para mover los hilos de todos”.
Aprendamos, pues, a mirar a los ojos de la gente para desenmascarar a los marionetistas. Tal vez así logremos evitar que ciertas historietas demasiado truculentas vuelvan a repetirse. Y, además, no seremos marionetas de nadie.

Fuente: José León Cano, “Adolf Hitler, el templario negro”. Revista “Más allá de la ciencia”.

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sábado, 6 de julio de 2013

Fue Hitler un templario…? - Parte 2

Esta teoría apoyada por evidencias reales dice que Adolf Hitler fue iniciado en magia y artes ocultas que le ayudaron a llevar a su pueblo hacia una dolorosa guerra contra el mundo.

This theory supported by real evidences says that Adolf Hitler was begun in magic and hidden arts that helped him to push his nation toward a painful war against the world.

(En la primera parte de esta historia ya se mencionó que Hitler, durante su infancia, tuvo contacto con personas que pudieron haberle iniciado en el conocimiento del ocultismo).

DESDE VIENA, EL OCULTISMO SE DESPLAZA.
La misma mística, si bien deformada por un racismo delirante, aparecería cinco años después en Ostara, una revista esotérica quincenal que adoptó como enseña la cruz gamada, publicación que tendría en el ya adolescente Hitler a uno de sus más apasionados lectores desde su llegada a Viena, trocada ya su vocación sacerdotal por la pictórica. La revista la publicaría precisamente un tal Georg Lanz von Liebenfels, a quien ya conocemos como Adolf Joseph Lang.
El sedicente templario derramaría en la revista sus enfebrecidas elucubraciones: “los no arios son seres no-humanos y pueden situarse en la escala evolutiva apenas por encima del mono; la historia no es otra cosa que la eterna lucha del Bien, encarnado en la raza aria, contra el Mal, que representan semitas y jafeítas. Los arios son la “obra maestra” de los dioses, y están dotados de fantásticos poderes paranormales, emanados de “centros de energía” y ciertos “órganos eléctricos”. Estos “poderes” aseguran la supremacía absoluta de la “raza superior” sobre cualquier otra. Los templarios han sido depositarios de secretos guardados durante milenios en centros iniciáticos del Himalaya, técnicas ocultas que permiten el “despertar de los dioses” en el corazón del hombre ario, dormidos a causa de la negligente tendencia a mezclarse con otras razas “inferiores...”
La Viena de principios de siglo ardería en esa peculiar calentura ocultista que se propagaría por todos los países germánicos durante la Primera Guerra Mundial y que conocería su apogeo en el difícil e inestable clima de la República de Weimar. Astrólogos, videntes y profetas pulularon en la decadente capital de un imperio que se derrumbaba, cumpliéndose así, una vez más, el postulado de Goethe: “En el ocaso de las civilizaciones aparecen los fantasmas”.
También las sociedades secretas de carácter esotérico proliferaban como hongos. El barón Rudolf von Sebottendorf crearía en 1912 la Sociedad de Thule, obsesionada por los mitos de Sambala y el Reino de los hiperbóreos, de la que algunos destacados nazis, entre ellos Rudolf Hess, formaron parte. En 1918, en plena derrota alemana, Karl Haushofer, propagador de la llamada Sociedad del Vril y poco más tarde recaudador de contribuciones del Partido Nacional Socialista, haría apología de la kundalini al servicio de la raza aria mientras se encontraba en Munich, cuna del movimiento hitleriano, justo en el momento en que esta ciudad desplazaba a Viena como capital centroeuropea del esoterismo.
Hitler aspiró ese ambiente viciado directamente y a pleno pulmón, alimentando en él su poderosa imaginación, cualidad indispensable de todo mago, ya sea blanco o negro. La leche que nutrió a uno de los hermanos Schneider, por otra parte, tal vez le confiriera ciertas facultades mediúmficas. Según contó él mismo, durante la guerra mundial de 1914-1918, y mientras estaba cenando en una trinchera con varios camaradas, “repentinamente —explicó— pareció que una voz me decía: “levántate y ve allí”. La voz era tan clara e insistente que automáticamente obedecí como si se tratase de una orden militar. De inmediato me puse en pie y caminé unos veinte metros por la trinchera. Después me senté para seguir comiendo, con la mente otra vez tranquila. Apenas lo había hecho cuando, desde el lugar de la trinchera que acababa de abandonar, llegó un destello y un estampido ensordecedor. Acababa de estallar un obús perdido en medio del grupo donde había estado sentado; todos sus miembros murieron” (de una entrevista periodística con Janet Flanner).

UNA VOZ INTERIOR LE GUÍA.
En cualquier caso, la estructura de su pensamiento era mágica por antonomasia. Aunque Hitler había leído mucho sobre una amplia variedad de temas, de ningún modo atribuyó su infalibilidad y aparente omnisciencia a ningún esfuerzo intelectual por su parte. Por el contrario, desaprobaba esas fuentes cuando se trataba de guiar el destino de las naciones. Su opinión del intelecto era, de hecho, relativamente negativa. En varias ocasiones declaró, por ejemplo, que “la formación de la capacidad mental es de importancia secundaria... Gente educada en exceso, abarrotada de conocimientos e intelecto, pero desprovista de todo instinto sano...”
Y era eso, el “instinto”, lo que —como a todo mago— le guiaba. Su mano de pintor se mostraría mediocre, pero su alma de artista era genuina; y, como para todo artista —el arte y la magia son dos ramas del mismo tronco— tenía su daimon inspirador, su mediador con los dioses, que le dictaba en cada momento lo que tenía que hacer. En el momento de la reocupación de Renania, en 1936, Hitler emplearía una extraordinaria figura retórica para describir su propia conducta: “sigo el camino que me marca la Providencia con la precisión y la seguridad de un sonámbulo”.
Hitler creyó siempre que había sido enviado a Alemania por la Providencia y que debía cumplir una misión especial; que había sido escogido para redimir al pueblo alemán y rehacer Europa, aunque no supiera cómo iba a lograrlo; claro que ello no le importaba demasiado porque —afirmaba— una “voz interior” le iba comunicando los pasos que debía dar. Y sería esa guía mística la que le conduciría por su camino, como él mismo definiera, “con la precisión y la seguridad de un sonámbulo”.
Por eso, en medio de una tormentosa crisis política o cuando sus decisiones inmediatas parecían más necesarias, por ejemplo ante una batalla incierta que se estuviera librando en esos momentos, Hitler abandonaba todo y se iba a su Nido del Aguila del Kwhlstein, una especie de búnker de difícil acceso, donde se permitía el privilegio de quedarse sólo, entre los picos cubiertos de hielo de un paisaje impresionante; y, sencillamente, esperaba hasta escuchar su "voz interior”.
Poco importaba que esa voz se demorara poco, mucho o demasiado.
En una entrevista declararía: “Yo no juego a la guerra. No permito que los generales me den órdenes. La guerra la conduzco yo. El momento, preciso del ataque será decidido por mí. Sólo existirá un momento, que estará realmente auspiciado, y esperaré ese momento con inflexible determinación. Y no lo dejaré pasar... A menos que sienta la incorruptible convicción de que esa es la solución, no hago nada; ni siquiera si todo el partido intentara obligarme a proceder. No actuaré; esperaré, ocurra lo que ocurra. Pero si la voz habla, sé que habrá llegado el momento de actuar”.
Sin embargo, el verdadero poder de este templario negro estaba en su fe. Y la fe, como sabe cualquiera que esté mínimamente iniciado en las ciencias ocultas, es el auténtico motor de la magia. “Soy uno de los hombres más duros que ha tenido Alemania durante décadas —le diría a un periodista—, quizá durante siglos, dotado de la más grande autoridad que haya tenido cualquier líder alemán... Pero, sobre todo, creo en mi éxito. Creo en él incondicionalmente”.
Quien puso bajo el retrato de Hitler la leyenda “En el principio era el Verbo” le hizo, sin saberlo, la mejor definición. Hitler creía incondicionalmente en sí mismo porque tenía una fe ciega en su varita mágica; y la varita mágica de aquel artista no era el pincel, sino la palabra. Hitler ha sido, sin duda alguna, el más fascinante y fascinador orador de Occidente desde los tiempos de Temístocles.

Fuente: José León Cano, “Adolf Hitler, el templario negro”. Revista “Más allá de la ciencia”.

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jueves, 4 de julio de 2013

Fue Hitler un templario…? - Parte 1

Esta teoría apoyada por evidencias reales dice que Adolf Hitler fue iniciado en magia y artes ocultas que le ayudaron a llevar a su pueblo hacia una dolorosa guerra contra el mundo.

This theory supported by real evidences says that Adolf Hitler was begun in magic and hidden arts that helped him to push his nation toward a painful war against the world.

Jamás otro hombre despertó tanto amor y tanto odio en tanta gente. Las masas se enfervorizaron con él como con nadie, dicen que gracias a los secretos de alta magia que el Führer conocía como pocos; sin embargo, ¿pudo llevarse su secreto a la tumba?
Muchas décadas después de su crepúsculo wagneriano todavía no han podido apagarse las llamas que provocó en los corazones de media Europa. Y ahora que el nazismo intenta resucitar de aquellas cenizas, el espectro de Adolf Hitler nos revela la naturaleza mística en que se basaba su inmenso poder y los medios de que podemos disponer para exorcizarlo.
“Nos comunicamos directamente con Dios a través de Adolf Hitler. No necesitamos clérigos ni sacerdotes”. Así se expresaba el alcalde de Hamburgo durante el congreso del partido nazi celebrado en Nüremberg en 1937, presidido por una enorme fotografía del Führer bajo la cual podía leerse: “En el principio fue el Verbo”.
El ministro de Asuntos Eclesiásticos del III Reich, por su parte, aseguraba a un periodista: “Ha surgido una nueva autoridad en lo que a Cristo y la Cristiandad se refiere. Esa autoridad es Adolf Hitler... Adolf Hitler es el verdadero Espíritu Santo”. Y, sin embargo, Hitler siempre afirmó: “No soy yo todavía el que ha de venir”. “Nuestro movimiento —comentaría también en privado a Leni Riefestal— no pretende inmiscuirse en ningún tipo de reforma religiosa”.
En cualquier caso, lo escalofriante es que millones y millones de alemanes sí creyeron que el Führer era una suerte de enviado. Y era una creencia que se extendía no sólo entre el pueblo, sino igualmente entre los intelectuales y científicos, entre los ministros y correligionarios del partido. Lo creyeron, incluso, hasta muchos de sus propios adversarios políticos. En Berlín, una prestigiosa galería de arte exponía un enorme retrato de Hitler totalmente rodeado, como por un halo, de copias de una pintura de Cristo.
En la prensa se podían leer comentarios como el siguiente: “Mientras hablaba (Hitler) se oía crujir el manto de Dios por el salón”. Y a principios del otoño de 1936 se pudieron ver en Munich cuadros en los que se retrataba a Hitler vestido con la armadura de plata de los Caballeros del Santo Grial.
Claro que demasiada fidelidad podía acercarse peligrosamente a la caricatura...
Lo cierto es que Hitler no se creía Dios, pero sí un predestinado suyo. Se veía como depositario de los secretos del Temple, llegados a sus manos por intercesión divina al haber sido elegido —tal era su firme convencimiento— para llevar a cabo una misión destinada a cambiar definitivamente el rumbo de la Humanidad.
E independientemente del rotundo y negativo veredicto que predomina en la Historia actual, la figura de Hitler ha sido objeto de una propaganda tan torpe, al menos, como la que él mismo difundió contra los judíos. Y es que, al limitarnos a ridiculizar al personaje, se nos ha escapado lo esencial de su personalidad y muchas cosas han quedado inexplicadas. Porque ¿cómo un tipo aparentemente insignificante y sin estudios superiores fue capaz, en pocos años, de introducirse en los más altos niveles políticos, burlar a los líderes experimentados de las grandes potencias, convertir a millones de personas altamente civilizadas en enfervorizados seguidores, y levantar el más poderoso aparato bélico del mundo consiguiendo ser obedecido hasta el final?
No cabe duda de que además de creerse un avatar, todo esto sólo se explica si Hitler fue un “mago negro”, conocedor de los resortes secretos que son capaces de modificar la realidad hasta convertirla en el delirio adecuado a sus más íntimos y poderosos deseos. Tras la fachada de los hechos históricos se esconden los hilos de una trama oculta que pocos de sus contemporáneos conocen. Y es preciso que el paso del tiempo y las sucesivas revelaciones ofrezcan una perspectiva desde cuya altura pueda verse con nitidez lo que ocultaba esa fachada.
Hoy, sin embargo, estamos en disposición de conocer todo aquello que de haber sabido el ingenuamente entusiasmado pueblo alemán lo hubiera sumido en el más gélido de los estupores: Adolf Hitler no era un semidiós, sino un personaje de tebeo que se había creído su propia historieta. Lo que sucede es que su creencia era tan inconmovible que la epopeya dibujada en las viñetas pudo llegar a hacerse realidad, sin duda por un acto de magia genuina. Y fue así como el mundo, este mundo nuestro, fue llevado hacia la más espantosa de las tragedias.
Mickey Mouse fabricando descontroladamente millones de escobas en la película Fantasía. Con la diferencia de que en la película del III Reich no hubo un mago verdadero con suficiente poder como para detener a tiempo la descontrolada mancia del aprendiz de brujo y de la secuela de millones de muertos que dejó a su paso.

CONSEJO CONTRA LA ESVÁSTICA.
El único contemporáneo de Hitler que advirtió en toda su monstruosidad la magia negra como fuente de los asombrosos poderes de Hitler fue otro mago, injustamente vilipendiado, llamado Aleister Crowley, miembro de la sociedad secreta Alba Dorada, quien cuando fue juzgado por un tribunal inglés de justicia llegó a ser declarado por el juez “el hombre más perverso de Inglaterra”.
Pero la verdad es que Aleister Crowley conocía de sobra el paño que se cortaba. Y así se lo hizo saber en 1940 al entonces inseguro y confuso Winston Churchill, en un momento en que la posible invasión nazi de Inglaterra gravitaba como una espada de Damocles sobre la cabeza de todos los británicos. Y Churchill le creyó; hasta un punto tal que llegó a aceptar y poner en marcha una sugerencia de Crowley: aquella, según la cual, era necesario adoptar, frente al poder místico de la esvástica, la famosa “uve” de la victoria, lo cual no era otra cosa que un antiguo signo satánico (los cuernos del demonio).
Con un emblema de tal magnitud —pensaba Crowley— se podría derrotar a Hitler. Y Churchill lo aceptó. El pragmatismo inglés del líder conservador británico le llevó a estar dispuesto a aliarse con el mismo diablo con tal de vencer al temible enemigo. Literalmente.

MONSTRUOS DE LA RAZÓN.
Es otra historia engarzada en la misma Historia: la de las oscuras influencias ocultas de que fue beneficiario —y a la vez víctima— Occidente desde principios de siglo XX y, en especial, desde 1918.
Finalizada la Primera Guerra Mundial, Europa despertaba de una pesadilla poblada por los monstruos de la Razón y abría las esclusas, indiscriminadamente, al misterioso río del inconsciente freudiano y a todas las corrientes irracionalistas, desde el refrescante surrealismo a los otros “ismos” del brazo en alto, mucho menos salutíferos. Una tormenta mística que se enreda con los últimos coletazos del romanticismo nacionalista del siglo XIX y que afecta por ello especialmente a los últimos países donde arraiga el sentimiento nacional: Rusia, Italia y, en particular, Alemania.
El “retorno” de los brujos no es cosa de hoy, sino de las primeras décadas del siglo XX. Y fue así como el destino quiso que Hitler fuera el catalizador de sus manifestaciones tenebrosas. Lo quiso hasta el punto de hacerlo nacer —un 20 de Abril de 1889— en el pueblo austriaco de Braunau-am-lnn, cercano a la frontera bávara, tradicionalmente considerado un centro de médiums y videntes.
Poca gente sabe que dos famosos médiums, los hermanos Schneider, nacieron en el mismo pueblo, y que uno de ellos tuvo la misma ama de cría que Hitler.
Los que creen, como Jung, que ciertas “casualidades” tienen sentido, no dejan de subrayar esta coincidencia, ni tampoco el hecho de que un niño de diez años llamado Adolf Hitler formara parte del alumnado de una peculiar abadía benedictina, la de Lanbach, cuya singularidad consistía precisamente en estar plagada de cruces gamadas.
El nacionalismo alemán se solidificaría, “manu militari”, bajo la férula del canciller Bismarck, pero necesitaba recurrir al mito para aglutinarse en la conciencia del pueblo. Las precoces cruces gamadas de la Abadía de Lanbach fueron fruto de esa afanosa búsqueda del mito que había emprendido, como algunos otros iluminados, el abad Théodorich Hagen. El catolicismo de éste no le impediría ser un profundo conocedor de la astrología y las ciencias ocultas, ni interpretar el Apocalipsis de San Juan en un sentido mesiánico y milenarista. De hecho, formaría parte de un número creciente, el de los que empezaron a preconizar la llegada de un “Mesías” que salvaría al pueblo alemán —depositario genuino del legado ario—, tanto de sus enemigos interiores como exteriores.
Las cruces gamadas de la abadía de Lanbach, donde al niño Adolf Hitler le nace la fervorosa vocación del sacerdocio, son consecuencia de un viaje “iniciático” que al parecer emprendió el abad Hagen en 1856 al Próximo Oriente. En su itinerario se incluiría una visita a Jerusalén, antigua ciudad-estado de los caballeros templarios, y a ciertas zonas del Cáucaso, presumible “cuna” de la raza aria y donde la esvástica, al igual que en la India, estaba considerada el estandarte solar de un pueblo emprendedor de conquistas por naturaleza.
La abadía de Lanbach fue, asimismo, un poderoso foco de atracción para los iniciados en los secretos del templarismo, esa mística del “mitad monje, mitad soldado”, cuyas reminiscencias, siquiera formales, tanto eco obtuvieron en la España franquista. No era extraño, por tanto, que otro peculiar monje, cisterciense en este caso, visitara allí a sus hermanos benedictinos. Hablamos de Adolf Joseph Lang, a quien el pequeño Adolf Hitler tendría ocasión de ver transitar muchas tardes paseando por el claustro de la abadía con un libro en las manos.
Lang, rubio y de ojos azules, era un ario frenético y fanático que había encontrado en la Orden del Cister —reformada en la Edad Media por Bernardo de Claraval, el autor de la regla templaria— un impensable abrigo místico para sus delirios racistas. En 1900, poco después de su paso por Lanbach, se trasladaría a Viena, donde fundaría la Orden del Nuevo Temple, de la que se proclamaría Gran Maestre, asegurando que había recibido la iniciación nada menos que de un sucesor clandestino de Jacques de Molay.
Como se sabe, el último Gran Maestre del Temple murió en 1314 en una hoguera levantada en París por Felipe IV el Hermoso. En todo caso, hay evidencias de que no por ello desapareció la mística templaria, lo que explicaría, por ejemplo, que al rodar en el cadalso la cabeza de Luis XVI, una voz anónima gritase entre la multitud revolucionaria: “¡Has sido vengado, Jacques de Molay!”.

Fuente: José León Cano, “Adolf Hitler, el templario negro”. Revista “Más allá de la ciencia”.

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miércoles, 19 de junio de 2013

Los ricos también pegan

El caso de violencia contra Nigella Lawson a quien su esposo Charles Saatchi casi ahorca en un restaurante de Londres hacer ver que la violencia familiar no conoce diferencias.

The episode of violence against Nigella Lawson to who its husband Charles Saatchi almost hangs in a restaurant of London to make see that the family violence doesn't know differences.

La foto de Nigella Lawson siendo aprisionada por su esposo no muestra que se trate de una broma precisamente, mucho menos cuando se sabe que momentos antes él ya la había agredido con pellizcos, y luego ella terminó llorando como relata la prensa. Pero, la coartada de que “estaba jugando”, más algo de influencia y dinero, talvez calmen el escándalo.

Y luego?

Nigella, la popular y apreciada especialista en alta cocina, autodidacta y poco convencional, ya no puede decir que esté bien, ni segura, con una pareja así, y sólo ella sabe lo que se puede esperar para después.

Alguien dijo que “los hombres la aman porque quisieran estar con ella; las mujeres la aman porque quisieran ser como ella…”

Pero su actual esposo, ¿la ama?

Esa es la gran pregunta.

Naturalmente, se puede opinar de todo, pero lo cierto es que Nigella, al menos por un momento, en la intimidad y soledad existencial, habrá deseado no haber rehecho su vida con alguien así.

Los ricos también pegan, y quién sabe cuánto…

De todo hay en el jardín del Señor.

Ukamau la cosa.

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domingo, 16 de junio de 2013

Bravo Google y arriba los globos Project Loon

Hoy parece una locura gigante pero pronto puede ser el modo para que todos en el planeta tengamos Internet sin importar lugar ni limitaciones de dinero.

Today seems a giant absurdity but soon it can be the way so that all people in the planet have Internet without caring place neither economic limitation.

Ya están arriba los 30 globos que Google lanzó a la estratosfera, en su Project Loon, equipados para un experimento de aventura: montar una red de conexión a Internet desde donde se quiera, con alto desempeño y, lo más importante, barato.

Para empezar, Google parece haber demostrado que se puede ahorrar en cohetes y satélites. Hay una combinación de tecnología muy básica (los globos han existido desde Montgolfier), aplicada ingeniosamente, junto a súper-tecnología digital y semi-espacial, en los equipos de navegación, enlace y acceso a Internet, una mezcla nada fácil. Sus objetivos:

Red en el cielo.
Acceso barato a Internet, desde cualquier zona.
Costos bajos, accesibles a comunidades alejadas y con limitaciones.
Desempeño 3G, que no es poca cosa, al menos para quienes aun estamos una generación tecnológica atrás.
Más cobertura global en Internet, democratización on-line.
Y lo que en el futuro se ofrezca y pueda…

Aunque hay, sin duda, prospectos económicos a futuro, Google abre un nuevo escenario que aun falta desarrollar y madurar hasta que su funcionamiento, y eventual explotación económica luego, sean operacionales. Pero el paso está dado, y no hay marcha atrás.

Quedan muchos desafíos, pero Google tiene el “físico” para afrontarlos.

Es una iniciativa para encomiar y esperar que sea exitosa, Y para quienes digan que la idea no es nada nueva, que tampoco lo es, hay que admitir que su escala y atrevimiento positivo lo son.

Mañana, cuando las cosas funcionen a plenitud, no faltará quien replique “así, cualquiera otro lo hubiera hecho también”. A ellos habrá que dedicarles, por anticipado, la anécdota del Huevo de Colón.

Mientras tanto, bien por Google.

Ukamau la cosa.

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sábado, 15 de junio de 2013

Google y Facebook no culpables?

Estos y otros gigantes coleccionistas de datos ahora han comenzado a experimentar el otro lado de la moneda que implica poseerlos y talvez sea su Talón de Aquiles.

These and other giant collectors of data now have begun to experience the other side of the coin that implies to possess them and maybe is its Achilles’s heel

Hay un tanto de realidad y otro de leyenda urbana acerca de la voracidad con que los gigantes de Internet acumulan los datos de quiénes son y lo que hacen (hacemos) los usuarios de Internet. Muchos portales, canales y recursos de la Red son gratuitos, y casi todos los apetecemos.

Pero en la vida nada es realmente gratis.

Hay sospechas por todas partes, pero las revelaciones de un ex experto analista ahora refugiado en Hong Kong destaparon la Caja de Pandora: el gobierno de los Estados Unidos logró que, al menos, Google y Facebook les facilitaran datos sensibles acerca de ciertos usuarios y tráfico en sus “territorios”.

Es lo que se sabe…, y una atmósfera de incertidumbre y desconfianza comenzó a diseminarse por todo Internet.

Se podría pensar que sólo se requirieron datos de ciertos sujetos a quienes el Tío Sam se interesa “tenerlos vigilados”. Pero cuánta distancia hay entre que los gobiernos necesiten los datos de quienes, por el motivo que sea (seguridad nacional, lucha contra el crimen, etc.) son monitoreados, y los de gente común y corriente como cualquiera de nosotros?

Con tanto que hacemos cuando navegamos en la Red, más suficiente paciencia, equipos veloces, software de análisis casi mágico, y alguna otra cosa más, fácilmente se revelaría nuestro perfil: lo que nos gusta, lo que buscamos, las noticias que preferimos, los e-mails que enviamos, lo que dicen esos e-mails, y un largo etcétera…

Ya nadie se esfuerza en dudar unos, o negar otros, que eso mismo han venido haciendo los gigantes que por el motivo que sea (adaptarse a nuestras preferencias, ofrecernos búsquedas a medida, orientar marketing, etc.). y ahora se añade gobierno, uno por ahora (lo que no significa que siempre será uno) que echa mano a esos datos para aplicarlos a sus “quehaceres”.

Google y Facebook ya han reconocido que tuvieron que proporcionar datos, y con ello se prueba el “doble filo” que tiene acumularlos. Estos días, al menos alguien en dichas compañías, y alguna otra más, íntimamente habrá deseado no haber motivo para que haya ocurrido porque, sólo para muestra, casi inmediatamente, Duck Duck Go casi ha doblado, si no verdaderamente, su tráfico, gracias a que ofrece no quedarse con nada de nuestros “tecleos”.

Cómo se declararían quienes guardan y usan nuestros datos, desde nombres, alias, contraseñas, etc., si les acusáramos de usarlos o mal-usarlos, de tenerlos o cederlos a otros que talvez nunca nos enteremos?

No es hora de presumir malicia en unos o en otros. Yo mismo uso Google para mis búsquedas y mi blog, así como Facebook para mis interacciones sociales, son mis amigos; y como nada tengo que ocultar no me preocupo. Pero para más de los demás ya se ha desatado una crisis de confianza. Por su parte, muchas compañías “punto com” estarán comenzando a tomar conciencia de que tener tanta información, en ciertas circunstancias, es un tesoro no siempre agradable de poseer, un “presente griego”.

Y eso es para reflexionar…

Razón tenía mi anciano tío abuelo quien, cuando de adolescente comenzaba a confiarle alguna travesura de colegio, me interrumpía sonriendo y aconsejándome: “mejor ni me lo digas, porque si el tribunal que es tu mamá me lo preguntara yo tendría que reconocer que lo sabía…”

“Aquello que crees tu fortaleza es más bien tu mayor debilidad…” (o algo así)… Quién lo dijo...? Luck Skywalker...?

Ukamau la cosa.

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martes, 11 de junio de 2013

Apple ahead again…?

The iOS 7 and their components maybe are a great step of Apple and their legendary iPhone to consolidate again their elite position in the market of the mobile operative systems.

Sorry, my English is very basic.

WWDC, iOS7, WWDC 2013, Mac Pro, AAPL, iOS 7…, to summarize, iPhone, and to stiller summarize, Apple.
If Steve Jobs is noticed of that happened in the presentation of June of 2013, 10, maybe he is smiling in front of the satisfied expectation of millions of users, critical and fond of the world of the motives and their “apparels” digital.
And it is not for less…
Apple has waited advisably to that clarified its immediate competitor's dust cloud, Samsung with his Galaxy S4, formidable with a lot of reason, although he already drops some critics and repairs of who rightfully wait more and more and better, with expectation that more it seems anxiety, and with anxiety that more it seems voracity for the new thing.
And the effect was foregone, because it also corresponded.
The bring up to date of the iOS at the level 7 is an undeniable quantum jump.
More simplicity, simplicity and naturalness of the interface to the user's level, and more efficiency at level of the processes. That mixture of perfection that resembles the Sacred Grail that all the makers and developers look for, nearer but at the same unreachable time.
iPhone is no longer the only one, certainly, but it is the one that more seems to advance to each innovation that is known, when of advancing “seriously” it is.
The operative systems of mobile devices are reaching, if they have not already made it, the same majority of age of the desk teams, and their advance is so quick that the innovations, with its competition dose to level of marks, lines and versions, promise to be more and more frequent…
The strawberry on the cake? iTunes Radio… and to tomorrow (2014), iOS in the car…
The bet has ascended, neither doubts it fits. And all that, without still speaking of iPhone 4, iPad mini, iPad 2 and iPod touch 5th generation that him his will have each one to challenge those who can make them front.
For the iAddicts (in the good sense of the term), one could not request more, for the time being…
For the sceptic, the hair will already appear in the soup.
For us, common people, it is clear that the pivot of this history has moved, until the counterattack arrives…
Apple, iOS 7, great step? Do iQuantum jump? The history from now on promises to be other, but it has not finished…
This is the thing…

martes, 17 de julio de 2012

Churchill – parte 6, final

 
Rasgos y semblanza de un estadista que con su genio tuvo influencia decisiva sobre el curso de un tiempo histórico trascendental a mediados del siglo XX.

WINSTON CHURCHILL Y  EL  MOVIMIENTO EUROPEÍSTA.
Entre los estadistas europeos fue el principal promotor del concepto de una Europa unida, afirmada sobre los cimientos de la experiencia y los valores comunes a sus pueblos. Su oferta a Francia, en 1940, de establecer una unión franco-británica con ciudadanía común, aunque entonces pareció un mero recurso desesperado, estuvo en concordancia con sus ideas para el futuro. Después de la guerra, con una serie de importantes discursos en varias capitales del continente, se convirtió en el líder del movimiento extraoficial en pro de una Europa unida. El considerable progreso de los países de Europa Occidental hacia el establecimiento de organizaciones conjuntas en los campos político, de defensa, económico, social y cultural, se debe en gran parte a la prudencia y previsión de Winston Churchill en estos años de la posguerra.
Ya el 21 de marzo de 1943, en la Cámara de los Comunes, Churchill hizo una apelación en favor de unos Estados Unidos de Europa. Ahora, en el ostracismo del poder, vuelve a sus ideas unificadoras. Cifra y resumen de ellas es el discurso pronunciado por él en la Universidad de Zurich, el 19 de septiembre de 1946.
Debemos —dijo en aquella histórica ocasión— crear una especie de Estados Unidos de Europa. Sólo de esta manera centenares de miles de trabajadores podrán recobrar así las sencillas alegrías y esperanzas que hacen la vida digna de ser vivida. El camino a seguir es sencillo. Todo lo que hace falta es que centenares de millones de hombres y de mujeres se decidan a hacer el bien en lugar de hacer el mal, y merezcan así, como recompensa, que se les bendiga en vez de que se les maldiga.
Luego de recordar la labor desarrollada por la lejana Unión Paneuropea y la Sociedad de Naciones, Churchill, con la clarividencia de los grandes hombres de Estado, supeditó el primer paso para la reconstrucción de la familia europea a una estrecha asociación entre Francia y Alemania.
“No podrá haber renacimiento de Europa —dijo textualmente— sin una Francia espiritualmente grande y, también, sin una Alemania espiritualmente grande”.
Y el viejo líder, inglés hasta el fondo de su ser, pero igualmente europeo, terminó afirmando en aquella ocasión:
“Debemos volver a crear una familia europea en un cuadro regional que se denominará, por ejemplo, los Estados Unidos de Europa, y el primer paso práctico para ello será constituir un Consejo de Europa”.
El 8 de mayo de 1948, al término del Congreso europeo celebrado en La Haya, se celebró un grandioso banquete en el gran salón de la Kurhaus de Scheveningen al que asistieron ochocientos congresistas llegados de todo el continente. En la mesa presidencial, en el puesto de honor, Winston Churchill recibió el homenaje a su decidido apoyo en pro del movimiento europeísta. Pese a las vicisitudes que año tras año se sucedieron en el camino de la unificación, vicisitudes incluso suscitadas a menudo por la misma Inglaterra, nadie podrá negar a Churchill la gloria de ser uno de sus primeros y más fervientes adelantados.

CABALLERO DE LA JARRETERA Y PREMIO NÓBEL DE LITERATURA.
En las elecciones generales de febrero de 1950, los laboristas consiguieron mayoría en el Parlamento, pero tan exigua —sólo seis votos— que las hábiles y continuas maniobras de los conservadores dirigidos por Churchill obligaron al Gobierno a realzar una nueva consulta electoral en octubre del año siguiente.
Los “tories”, aunque también por estrecho margen —dieciséis votos— arrebataron la mayoría al socialismo y su triunfo volvió a llevar a su veterano líder al número 10 de Downing Street.
La edad no impide a Churchill empuñar otra vez el timón con los bríos de épocas pasadas. Continuos viajes, laboriosas conferencias, interminables sesiones parlamentarias, un trabajo agotador superado por la increíble energía de un viejo de cerca de ochenta años, pero con el espíritu de un muchacho.
El 24 de abril de 1953 la Reina Isabel II le hace caballero de la Orden de la Jarretera, el más preciado galardón para un inglés, como homenaje a una vida dedicada por entero a su país. Es costumbre de los monarcas británicos recompensar a sus más preclaros políticos llegados a la jefatura del Gobierno con un título nobiliario de su vida política activa; así el laborista Clement Attlee se convirtió en el conde de Attlee, y el conservador Anthony Eden, sucesor precisamente de Churchill como primer ministro, en el conde de Avon. Los méritos de Winston Churchill lo proclamaban como el más indicado para esta distinción nobiliaria, estimándose, incluso, que la joven soberana lo investiría con el título de duque.
Pero tal título de nobleza implica la obligatoria y automática salida del recipiendario de la Cámara de los Comunes para entrar en la de los Lores, y Churchill orgulloso de su trayectoria política, noble de cuna, rechazó siempre ese honor para poder seguir siendo un “componer” y poder seguir sentándose en su escaño de la Cámara Baja, para él su más preciada ejecutoria.
Este mismo año de 1953, Winston Churchill obtiene otra gran satisfacción en su larga carrera de honores. El embajador sueco acude a su despacho para comunicarle oficialmente que la Academia sueca le acaba de conceder el Premio Nóbel de Literatura, preciado galardón que viene a sancionar su brillante ejecutoria de escritor de prosa rotunda, unánime, correcta y marcial, como un redoble de tambores. Aparte de sus discursos, que comprenden varios tomos, Churchill escribió alrededor de veinte libros, estudios históricos, ensayos, autobiografía, novela...
Él mismo nos cuenta cómo aprendió a escribir cuando era el último de la clase en Harrow:
“Aunque yo era de los peores entre todos los alumnos, tenía una ventaja sobre mis compañeros. Ellos se tenían que dedicar a estudiar latín y griego y otras cosas tan magníficas como eso. Yo, obligado a ceñirme a la lengua inglesa, lo hice con todas mis fuerzas. Y fue un noble menester, a fe mía”.
Ya premio Nóbel, Winston Churchill, con sencillez, expresó un día su asombro al obtener tal recompensa: “Nunca me imaginé que escribía tan bien como otros dos ingleses que me antecedieron en la lista de los Nóbel: Bernard Shaw y Rudyard Kipling...”

SU MÁS VALIENTE Y REALISTA DECISIÓN.
Los años no perdonan y tan lúcido en su vejez como en la flor de su vida, Churchill comprende que no puede seguir con las responsabilidades del poder. En abril de 1955 presenta su dimisión como Primer Ministro a la Reina Isabel II, que nombra para sucederle a Anthony Eden.
Sin embargo, el alma de los “tories” no se siente acabado y durante nueve años más, triunfando elección tras elección en su fiel circunscripción de Woodford, mantendrá su acta de diputado en la Cámara de los Comunes.
Y llega el año 1963 y con él la más valiente y realista decisión de su vida. En una carta dirigida a la presidencia del partido conservador de la localidad de Woodford anuncia que no volverá a presentarse como candidato en las próximas elecciones. “No necesito expresarle —dice— la tristeza con que me veo obligado a tomar la decisión. He tenido el privilegio de permanecer en la Casa de los Comunes durante más de sesenta años”. Ahora, a los ochenta y ocho años, el “padre del Parlamento” se despide de la Cámara y con ello se cierra toda una era de la vida política de Gran Bretaña. Aquejado por los males propios de la edad ya no puede asistir regularmente a las sesiones, perjudicando así a sus electores. Su última aparición en los bancos de la Cámara se remonta al 29 de mayo de 1962 y su último discurso al año anterior. Para las nuevas promociones de diputados, sir Winston es una figura histórica, pero un hombre desconocido. Y su leyenda tiene ya más realidad que la propia presencia física.
El 27 de julio de 1964, Winston Churchill asiste a su última sesión. Le faltaban pocos meses para cumplir noventa años. En silencio, quizá a solas con sus propios pensamientos, siguió los debates. Luego, lentamente, sin mirar atrás para que nadie advirtiera la emoción que le embargaba, abandonó la Cámara, donde entrara por vez primera sesenta y cuatro años antes.
Al día siguiente, después de haber sido elogiado por los oradores de todos los partidos, los Comunes aprobaron por unanimidad una resolución en la que se hacía constar el agradecimiento de la nación por sus servicios. Esa resolución decía:
“Esta Cámara desea aprovechar la oportunidad de señalar la próxima retirada del Muy Honorable Caballero miembro por el distrito de Woodford haciendo patente su ilimitada admiración y gratitud por sus servicios al Parlamento, a la nación y al mundo; recuerda, sobre todo, la forma en que inspiró al pueblo británico cuando éste se encontraba solo, y su capacidad de dirección hasta que fue lograda la victoria; y ofrece sus reconocidas gracias al Muy Honorable Caballero por estos destacados servicios a esta Cámara y a la nación”.
Inmediatamente después de que fuera aprobada la moción, el primer ministro, Alec Douglas-Home, representando a todos los partidos, se dirigió a la residencia de sir Winston, en Londres, para ofrecerle la resolución impresa en pergamino. En su contestación a este homenaje de la Cámara, Churchill terminó afirmando:
“Entre los muchos y diferentes aspectos y capítulos de mi vida pública, es mi categoría de diputado lo que más estimo”.
Era la sanción final a una de sus frases favoritas con la que muchas veces empezó sus discursos: “La Cámara de los Comunes, del que soy el primer servidor...”.

LA MUERTE DEL ÚLTIMO GIGANTE DEL IMPERIO.
La estrella de Winston Churchill marcha hacia su ocaso. Retirado en su casa de Hyde Park Gate, número 28, el anciano estadista consume sus últimas semanas de vida. En noviembre de 1964 cumple noventa años.
Apenas mes y medio después, el 15, de enero de 1965, Churchill sufre una trombosis cerebral. Pero aún le quedan energías para luchar contra la muerte durante diez largos días. Hora a hora empeora su estado, mientras los teletipos van transmitiendo a todo el mundo los detalles de su enfermedad. Miles de personas se agolpan diariamente a las puertas de la casa; ha comenzado lo que un diario londinense calificó de “la larga vigilia”.
Todos esperan el milagro, que no llega.
El día 19, el arzobispo de Canterbury, Dr. Ramsey, pide oraciones “mientras sir Winston Spencer Churchill marcha hacia la muerte”. Por fin, el lunes 25, la agonía concluye. Inglaterra y el mundo, sobrecogidos, asisten con tristeza al tránsito del prócer. Winston Churchill acaba de entrar definitivamente en la inmortalidad.
Los testimonios de homenaje comienzan a llegar innumerables. Entre los primeros, el de la Cámara de los Comunes, que suspende su sesión al enterarse de la noticia. La grandeza y los defectos de sir Winston son ya Historia. Inglaterra, que no siempre fue generosa con sus héroes, es magnánima a la hora de honrarle con carácter póstumo.
El féretro es expuesto en el edificio del Parlamento. Miles de personas, bajo la nieve, aguardan durante horas para desfilar ante el túmulo. Es un cortejo patético en un local fúnebre y frío donde todo está calculado para albergar el misterio de la muerte. En la penumbra parece agitarse el fantasma de una historia turbulenta vivida bajo esta misma arquitectura gótica. La Reina en persona acude a Westminster Hall a despedir a su más fiel valedor.
El sábado 30 de enero todo Londres se moviliza para decirle el último adiós. Durante toda la mañana, centenares de miles de personas permanecieron inmóviles aguardando el paso del cortejo fúnebre, en medio de un impresionante silencio roto tan sólo por el redoble de los tambores y las salvas de ordenanza, el paso mecánico de la tropa y el sordo rumor de las ruedas del armón de artillería al deslizarse sobre el asfalto de la City.
Abren la marcha los aviadores supervivientes de la legendaria batalla de Inglaterra, cargados de medallas y de recuerdos; después las fuerzas militares y los jefes del Estado Mayor de los tres Ejércitos. Cuatro oficiales del Real Regimiento de Húsares irlandeses, en el que sirvió Churchill, llevan sobre unos cojines de terciopelo las medallas y condecoraciones del extinto; la primera, la Cruz del Mérito Militar de primera clase. El armón, arrastrado por un destacamento de la Marina, avanza pesadamente. Tras él, a pie, pasan diez miembros varones de la familia Churchill, encabezados por su hijo Randolph y su nieto Winston.
Tras el funeral celebrado en la catedral de San Pablo, presidido por Isabel II, a quien acompaña su marido el duque de Edimburgo, la comitiva continúa su camino hasta el muelle de la Torre de Londres. Gaitas y tambores de los Regimientos escoceses acompañan el embarque del féretro en la barcaza que lo trasladará por el Támesis rumbo a Bladon, donde, en una ceremonia estrictamente familiar, los restos de Winston Churchill son sepultados junto a las tumbas de sus padres en el recoleto cementerio familiar.
Fue un grandioso saludo de despedida sin flores y con banderas a media asta. Cinco Reyes, Balduino de Bélgica, Federico de Dinamarca, Olaf de Noruega, Constantino de Grecia y Juliana de Holanda; cinco Jefes de Estado, entre los que se encontraba el Presidente De Gaulle; dieciséis primeros ministros y centenares de personalidades de todo el mundo acudieron a Londres para asistir a las solemnes honras fúnebres.
Como un héroe, entre el tronar de la artillería y el redoble de los tambores, un crudo día del mes de enero, Winston Spencer Churchill entró así en la leyenda.

Fuente: Rafael de Góngora. “Churchill”. Revista “Los Protagonistas de la Historia”.

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Churchill – parte 5 de 6

 
Rasgos y semblanza de un estadista que con su genio tuvo influencia decisiva sobre el curso de un tiempo histórico trascendental a mediados del siglo XX.

CASABLANCA Y EL TERMINO “RENDICIÓN INCONDICIONAL”.
Tras los éxitos iniciales de los países del Eje, el final del año 1942 trajo las primeras victorias decisivas de los aliados. En el frente del Pacífico, los Estados Unidos derrotan a una escuadra japonesa en el mar del Coral, ganan la gran batalla aérea de las islas Midway y destrozan otra escuadra enemiga en las islas Salomón. Contra Alemania, se obtiene el gran triunfo de El Alamein frente al mítico Rommel y se efectúa el desembarco aliado del Norte de África. La ofensiva ha cambiado de sentido.
Para estudiar la marcha de la guerra y planear la futura estrategia bélica y diplomática, Churchill y Roosevelt se reúnen de nuevo. Esta vez el sitio elegido es Casablanca, unida ya a la causa aliada tras el victorioso desembarco.
En la conferencia participa el general De Gaulle, portaestandarte de los franceses libres, cuyas discusiones con el “premier” británico en demanda de más generosa ayuda para su causa, se han hecho famosas. Churchill llegó a comentar con humor ante unos amigos íntimos: “Este De Gaulle se cree Juana de Arco, y no vamos a tener más remedio un día que quemarle vivo a él también”.
Pero pese a estas salidas, una admiración recíproca une a los dos líderes, animados por un patriotismo similar y una misma decisión. Años después, ya jefe del Gobierno francés, Charles de Gaulle imponía en París, a un Winston Churchill visiblemente emocionado, la Cruz de la Campaña de Liberación. El estadista británico, recordando los tiempos de guerra llegaría a decir con humor: “De todas las cruces que me cupo la suerte llevar, la de Lorena —emblema de los franceses libres— fue desde luego la más pesada”.
Poco esperaban los periodistas destacados en la ciudad norteafricana de los comunicados oficiales. Pero al término de la conferencia, el 24 de enero de 1943, el Presidente Roosevelt reunió a los representantes de la prensa y les anunció que Churchill y él, de común acuerdo, habían decidido aceptar de Alemania, Italia y Japón únicamente una “rendición incondicional”.
El hijo del Presidente norteamericano, Elliot Roosevelt, contaría después en su libro “As he Saw it” cómo nació este término de “rendición incondicional” que tantas repercusiones tuvo:
“El 18 de enero, durante el almuerzo, estábamos sólo presentes Harry (Hopkins), el primer ministro (Churchill), mi padre y yo. Fue durante el curso de esta comida donde nació la frase ‘rendición incondicional’. Recuerdo —si esto tiene alguna importancia— que fue mi padre quien la pronunció. Churchill, mientras masticaba lentamente un bocado, reflexionó, arrugó el entrecejo, volvió a reflexionar, luego sonrió y, por fin, exclamó: ‘Perfecto. Me parece estar ya oyendo a Goebbels con toda su banda empezar a gritar’”.
Los ingleses, sin embargo, estimaron que esta fórmula era peligrosa y contraria a los principios tradicionales en las relaciones anglo-germanas. Churchill, a su regreso a Londres, salió al paso de algunas críticas diciendo que Roosevelt había sido el autor de aquella fórmula.
El primer ministro británico, respondiendo a una consulta de Robert Sherwood, confidente de Harry Hopkins, escribiría más tarde:
“Fue en la conferencia donde yo oí por vez primera, en la boca del Presidente, las palabras ‘rendición incondicional’. No hay que olvidar que en ese momento nadie tenía el derecho de proclamar que la victoria estaba asegurada. En consecuencia, la palabra clave era: audacia. Yo, personalmente, no habría empleado esa expresión, pero yo me alineé inmediatamente junto al Presidente y he defendido a menudo esa decisión. Es falso alegar que ella prolongara la guerra. Las negociaciones eran imposibles...”

TEHERÁN: LOS TRES GRANDES SE REÚNEN POR VEZ PRIMERA.
En el curso de ese mismo año, los anglo-norteamericanos liberan África de todas las fuerzas del Eje: desembarcan al Sur de Italia y, tras la eliminación de Mussolini, ven pasarse al Gobierno italiano al campo de los aliados. En el Pacífico, los norteamericanos han recuperado definitivamente la iniciativa de las operaciones. En Rusia, el Ejército soviético controla la situación, mientras la retirada de las fuerzas alemanas crece y sus contraataques pierden vigor.
En esta situación, en noviembre de 1943, los “tres grandes”, Estados Unidos, Rusia e Inglaterra, encarnados en sus líderes Roosevelt, Stalin y Churchill, deciden reunirse por vez primera en una conferencia de alto nivel. El lugar elegido para celebrarla es la capital iraní: Teherán.
Acerca de la dirección militar de la guerra, Roosevelt y Stalin se ponen pronto de acuerdo para rechazar la proposición que hace Churchill de abrir un nuevo frente anglo-norteamericano en los Balcanes, El “premier” británico quizá recuerda la ofensiva semejante que desde el mismo sitio precipitó el fin de la primera guerra mundial. El Estado Mayor norteamericano hace hincapié en las dificultades técnicas para realizarlo; Rusia, posiblemente, recelaría de unas fuerzas occidentales que después de instalarse en los Estrechos pudiera remontar el Danubio y llegar antes que las fuerzas soviéticas al corazón de Europa.
En Teherán hubo acuerdo, en cambio, en precisar los elementos de la “Operación Overlord”, el segundo frente que se abriría en Francia en mayo del año siguiente. En cuanto a los problemas de posguerra se convino que las Naciones Unidas, destinadas a reemplazar a la fracasada Sociedad de Naciones, deberían ser dotadas de una autoridad de intervención en poder de cuatro grandes potencias. Por último, también hubo acuerdo en dividir Alemania.

YALTA: LA GUERRA VA TOCANDO A SU FIN.
La ofensiva aliada prosigue victoriosa en todos los frentes. Pero la unidad de criterios amenaza con resquebrajarse. Surgen divergencias entre británicos y norteamericanos. Estos últimos apoyan en los países ya liberados los movimientos democráticos de izquierda, en los que, a menudo, la influencia comunista es muy activa. Churchill, mucho menos dado a la abstracción generosa, desconfía de los románticos de la liberación y de la resistencia, y otorga su confianza a las clásicas formaciones de Gobierno, a los hombres que ya han tenido la experiencia del poder.
Las profundas divergencias entre Winston Churchill y Franklin Roosevelt quedan en su mayor parte superadas durante una nueva conferencia de los “tres grandes”. Esta vez, el “premier” británico y el Presidente norteamericano son huéspedes de Stalin. La reunión se celebra en Yalta a mediados de febrero de 1945, cuando ya la terrible contienda va tocando a su fin.
Las Naciones Unidas, con la instauración del veto de las grandes potencias, y el desmembramiento de Alemania son los primeros temas acordados. Churchill logra imponer su iniciativa de conceder una zona de ocupación en Alemania a Francia. Stalin, en principio opuesto terminantemente a ello, cede bajo la condición de que esa nueva zona se creará a expensas de las zonas de ocupación de Inglaterra y Estados Unidos.
Churchill, que a juicio de algunos sólo se limitó en Yalta a sancionar los acuerdos bilaterales entre Roosevelt y Stalin, luchó encarnizadamente por conseguir, sin éxito, unas fronteras para Polonia, satisfactorias desde el punto de vista inglés.
Yalta sería la última conferencia que concluiría Winston Churchill. Sin saberlo, en medio de la embriaguez de la victoria, su fin como primer ministro estaba próximo.

EL DIA DE LA VICTORIA.
El 7 de mayo de 1945, un minuto después de medianoche, un lacónico comunicado de la BBC informó al país de la rendición incondicional de Alemania.
Largos años de cruentos combates tocaban así a su fin. La sangrienta lucha en Europa era ya sólo un mal recuerdo en la mente de todos. Inglaterra se echó a la calle para celebrar el tan esperado “V-day” que con inquebrantable fe en su destino les anunciara Winston Churchill en las tristes jornadas de 1940.
Para el Primer Ministro el día 8 fue también inolvidable. A las tres de la tarde, desde su residencia de Downing Street se dirigió al país por radio, anunciando en un mesurado discurso el fin de las hostilidades. Ante la casa, miles de personas se agolpaban vitoreando a su líder. Cuando éste, al término de la transmisión, salió para dirigirse al Parlamento donde se iba a celebrar una histórica sesión, la muchedumbre, a duras penas contenida por las fuerzas del orden, rompió en interminables vítores. Churchill, consciente del momento, un poco teatral como a él le gustaba ser, sonrió y lentamente levantó su brazo haciendo con sus dedos el signo de la victoria, el ademán que si en días más aciagos pareció un inútil desafío ante la irremediable derrota, ese 8 de mayo cobraba alturas de símbolo. Un bosque de brazos levantados con los dedos en V respondió unánime al gesto del viejo león.
La sesión del Parlamento, reunión sin mayor trascendencia para tratar asuntos de rutina, se transformó en un enfervorizado homenaje de los diputados al jefe del Gobierno. Una cerrada ovación, prolongada largos minutos, acogió la llegada de Churchill, quien con sencillez agradeció a todos su colaboración, olvidando partidismos políticos. Luego se celebró en la abadía de Westminster una función religiosa de acción de gracias. Como en cada minuto de la histórica jornada, el automóvil de Winston Churchill tardó en abrirse camino entre las multitudes que se congregaban a su paso. Más tarde,. el “premier” fue recibido por el Rey Jorge VI y toda la familia real, quienes le expresaron, como la mejor encarnación del espíritu nacional, el agradecimiento por la infatigable labor desplegada durante tantos años y por esa fe insobornable en el triunfo final que contagió a todo el país cuando todo parecía perdido.
La culminación del júbilo popular hacia el líder en su hora más gloriosa tuvo lugar ante el edificio del Ministerio de Sanidad, en cuyo balcón, rodeado de dirigentes políticos conservadores y laboristas, Churchill habló a las decenas de miles de personas que abarrotaban la plaza.
“¡Dios os bendiga a todos! —dijo—. Esta es vuestra victoria. Todos, hombres y mujeres, habéis cumplido con vuestro deber. Ni el peligro ni la furia de las armas del enemigo fueron capaces de debilitar un solo instante la independiente resolución de la nación inglesa”.
El día tocaba a su fin. A instancias de la multitud que coreaba su nombre, Winston Churchill volvió a asomarse al balcón una y otra vez. Por fin, regresó a Downing Street para tener el merecido descanso. Casi cinco años de sangre, fatigas, sudor y lágrimas, como él mismo había prometido, quedaron compensados en las horas intensas de este día feliz.

INGLATERRA LE VUELVE LA ESPALDA.
Ya bastante antes de la capitulación del Tercer Reich, las diferencias entre los aliados se habían agudizado. Los occidentales se veían cada vez más distanciados de los puntos de vista soviéticos y de la actitud de Rusia en los países de Europa Oriental por ella ocupados. Para intentar un principio de acuerdo, que ya parecía ofrecerse como imposible, los “tres grandes” decidieron reunirse nuevamente. El lugar elegido para ello fue la ciudad de Potsdam. Los interlocutores fueron los mismos que en Yalta por parte de Gran Bretaña, con Churchill, y la Unión Soviética, con Stalin. Representando a Estados Unidos había una cara nueva: tras la muerte de Franklin Roosevelt, ocurrida el 12 de abril, el vicepresidente Harry Truman había asumido la primera magistratura de su país.
Inaugurada el 17 de julio, la conferencia se prolongaría hasta el día 2 de agosto. En su clausura, ya no estaría presente Winston Churchill.
Efectivamente, tras el entusiasmo de los primeros días, la vida política inglesa había vuelto a su cauce y pronto se vio la conveniencia de no prolongar más la coalición nacional de tiempos de guerra. Eran obligadas unas nuevas elecciones.
Algún espectador, ajeno a la realidad política, quizá pensó en un arrollador triunfo de Churchill. Era el héroe que los había llevado a la victoria y era justo que el país se alineara junto a él.
Pero el pueblo británico, que había quedado exhausto con la guerra, se enfrentaba ahora con una difícil posguerra. Todos recordaban que al término de la primera guerra mundial, en una situación semejante, las urnas confirmaron a Lloyd George como primer ministro, y Lloyd George, que había sabido ganar la contienda, perdió la paz. El desempleo creció pavorosamente y pudieron verse a los antiguos combatientes cantar por unas monedas en las calles de Londres.
Las elecciones se celebraron el 5 de julio, pero los resultados definitivos no se conocieron hasta el día 26. El día anterior, Churchill había regresado de Potsdam para estar presente en la proclamación de los resultados. Recordando esta noche de vísperas, él mismo escribiría en sus memorias:
“Justo poco antes del amanecer, me desperté de improviso con una sensación de malestar, de casi dolor físico. Una subconsciente convicción de que íbamos a ser derrotados dominó poco a poco mi mente”.
La pesadilla de Winston Churchill se hizo realidad. Arrolladoramente, el partido laborista ganó estas elecciones llevando a su jefe, Clement Attlee, al cargo de Primer Ministro.
Cuando al día siguiente de ser conocida la derrota, Churchill abandona su residencia de Downing Street, en la que había vivido mil noventa y dos días consecutivos, los más trágicos de la historia de Inglaterra, el laborista Bevan le dice: “Vuestro enemigo no es el socialismo, sino el tiempo”. Quizá, queriéndole consolar, le acababa de decir la verdad más dolorosa.
Otra vez en la oposición a sus setenta y un años de edad, Churchill no pierde el ímpetu de otros tiempos. Aunque, naturalmente, sigue influyendo en la política nacional, su actividad se enfoca preferentemente al campo de las relaciones internacionales.

(Continuará…)

Fuente: Rafael de Góngora. “Churchill”. Revista “Los Protagonistas de la Historia”.

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