domingo, 30 de octubre de 2011

Cruzadas, la gran aventura

Pequeño y comprensivo resumen de esta gesta legendaria, para conocer y reflexionar.

Autor: Sergio Kieman
Fuente: Revista “Conozca Más”, enero, 1996.

El 27 de diciembre de 1095, el papa Urbano II llamó a los príncipes de Europa a combatir a los turcos, rescatando a Bizancio y conquistando Jerusalén y los Santos Lugares. La cristiandad respondió con entusiasmo y un gran ejército de nobles, vasallos y peregrinos zarpó rumbo a Medio Oriente. Comenzó así la Primera Cruzada, que dio origen a los Reinos Latinos de Palestina y fue la gran aventura de la Edad Media.
Hace más de 900 años, con sed de gloria y devoción religiosa, la Europa cristiana se lanzó a la impresionante aventura de las Cruzadas. Convocados por el papa Urbano II, y sin más plan que atacar a los turcos y conquistarles los Santos Lugares, caballeros y plebeyos, reyes y peregrinos, se lanzaron a la guerra bajo la bandera de la cruz. Fue un momento único en la historia del mundo: por primera vez desde la caída del Imperio Romano, el Mediterráneo era escenario de una guerra multinacional; por primera vez desde la caída de España ante los ejércitos moros, el Islam pasaba a la defensiva.
Las Cruzadas, que fueron nueve en 196 años, hicieron de Palestina una segunda patria para las grandes familias de Europa, que enterraron en el suelo de Medio Oriente a generación tras generación de guerreros. Es que “combatir a los infieles” se transformó en una vocación heredada de padres a hijos. Por ejemplo, en la pequeña y antigua iglesia de Hereford, en el corazón de Inglaterra, se pueden ver aún hoy las tumbas de cuatro generaciones de Lores de Oxford, que combatieron en sucesivas Cruzadas. Alberico de Vere, llamado El Triste, fue el primer lord Oxford, y murió en 1194. A su lado yacen el segundo lord, muerto en 1215; el tercero, muerto en 1221, y el quinto, muerto en 1295. Todas sus tumbas tienen estatuas representando a estos nobles con sus armaduras y con las piernas cruzadas, símbolo de los veteranos de las guerras contra los musulmanes. Por toda Europa las iglesias medievales guardan series de tumbas familiares donde yacen lado a lado nobles que siguieron los pasos de sus ancestros, combatiendo a los turcos.
La primera Cruzada fue resultado de una crisis política mayúscula, la aparición de los belicosos turcos seljúcidas, una de las más aguerridas naciones turcas. Los seljúcidas reforzaron el naciente imperio turco —que llegaría a su cúspide cuando entraran en escena los otomanos— y amenazaron como nunca a la ciudad de Bizancio, que hoy conocemos como Estambul y que era entonces el último resto del Imperio Romano.
El Islam ya se extendía por entonces desde Granada hasta la India, pero estaba pasando por un período de relativa declinación. Los problemas de los musulmanes habían tranquilizado a los cristianos, pero la llegada de los seljúcidas le dio nueva fuerza al Islam. El emperador bizantino Alexius I, viendo que no podría resistir un ataque turco, pidió ayuda a los reinos cristianos de Occidente. El papa Urbano II atendió el pedido y el 27 de noviembre de 1095, en el concilio de Clermont, convocó a los príncipes católicos a combatir al Islam, prometiendo recompensas celestiales y plenas indulgencias papales.
El llamado de Roma fue un éxito que superó los sueños del emperador bizantino. Europa vivía en ese siglo un revivir religioso, con movimientos carismáticos y una moda que no se había visto nunca: el peregrinaje. Los grandes santuarios —París, Santiago de Compostela— llamaban a los fieles de todo el continente. Por los caminos y los pueblos se veían pasar hombres de todas las condiciones sociales vistiendo el manto basto y humilde del peregrino, caminando a veces por más de un año para orar ante alguno de los grandes templos.
Este fervor era producto de la llegada del milenio. Al acercarse el año mil, adivinos y profetas llenaron de terror las mentes de los fieles, que esperaron el fin del mundo y la llegada del anti-Cristo. El año 1000 llegó y pasó sin que el Apocalipsis se cumpliera, pero la variante fundamentalista y apasionada de la religión ya se había impuesto en la cultura del continente.
Cuando la convocatoria papal llegó a Francia, las plazas y las catedrales se llenaron del grito “Deus volt” —Dios así lo quiere— y el enrolamiento fue masivo. La primera expedición fue espontánea y desordenada. Se la llamó “La Cruzada del Pueblo” y fue liderada por dos extraños personajes, mezcla de profetas y guerreros: Pedro el Ermitaño y Walter el Pobre.
Básicamente una banda de campesinos mal armados y peor organizados, pero ardiendo de fervor religioso y creyendo que pelear y morir en la Jerusalén terrestre les ganaría un lugar en la Jerusalén celeste, esta cruzada espontánea desembarcó en tierra santa mientras los reyes y nobles todavía reunían sus tropas. Los turcos no tuvieron la menor dificultad en derrotar a las bandas armadas de Pedro y Walter.
Mientras, una gran flota llevó a los ejércitos de caballeros a Constantinopla, bajo el mando de algunos de los grandes nombres de Europa. Raimundo de Saint Gilles, conde de Toulousse; Roberto de Normandía; Hugo de Vermandois; Bohemond y Tancredo de Normandía, y los hermanos Balduino y Godofredo de Bouillon, conducían la expedición, formada principalmente por franceses. Tras serios problemas iniciales —los caballeros estaban escasos de fondos y amenazaron arruinar económicamente a la capital bizantina— los cruzados le juraron fidelidad a Alexius. De inmediato, y pese a los consejos del prudente emperador romano, los caballeros se lanzaron al ataque de los despreciados turcos. Pero los musulmanes les infligieron dos sangrientas derrotas en cuestión de días. Con más respeto hacia el enemigo, los cruzados se reorganizaron y bajaron por la costa del Mediterráneo, atacando a sus enemigos. En 1097 tomaron Nicaea y destruyeron un ejército turco en Dorylaeum. El mismo año, una flota inglesa comandada por Guillermo el Conquistador y tripulada por sajones, bloqueaba y luego tomaba Seleucia, el puerto de Antioquía. Poco después, en octubre, llegaba el cuerpo principal del ejército y sitiaba la ciudad, que resistió hasta junio de 1098. Lo que sucedió fue que los cruzados se encontraron por primera vez con una gran fortaleza al estilo turco, la tecnología de construcción más avanzada de la época. Antioquía tenía una muralla de diez kilómetros de longitud puntuada por nada menos que 450 torres. En el centro, una formidable ciudadela dominaba el perímetro defensivo. Las armas y las maquinarias de sitio europeas nada pudieron contra la piedra y el cemento musulmán, y la ciudad sólo pudo ser conquistada por una operación de inteligencia organizada por los bizantinos: por una gruesa suma de dinero, lograban que un traidor abriera las puertas.
Mientras tanto, otras columnas cruzadas atacaron el interior de Siria, y grupos menores avanzaron hacia el sur, entrando en una región dividida en pequeños emiratos árabes, que fueron presa fácil de los caballeros. En 1099, los cruzados finalmente se dirigieron a Jerusalén. Cuando los caballeros franceses llegaron a la ciudad, creyeron tener una visión. Según las crónicas de la época, vieron “a la ciudad de los hombres y creyeron ver la ciudad de Dios”.
Bajo el fuerte sol, las murallas y las torres de Jerusalén centelleaban bajo el sol. Los cruzados, ya enfervorizados por “la tarea de la cruz” que estaban realizando, pasaron de llamarse “herederos de Israel” a afirmar que eran “ellos mismos Israel, el pueblo de Dios”. Al pie de las murallas, se arrodillaron y rezaron, y asaltaron la ciudad el 13 de junio de 1099. No tenían alimentos, ni agua, ni siquiera escaleras para subir a los muros, pero atacaron esperando un milagro. Fueron rechazados con facilidad por los sitiados turcos.
Finalmente, llegó ayuda en la forma de una flota genovesa que atracó en Jaifa trayendo suministros y armas. Poco después, una escuadra inglesa llegaba también a la costa y sus tripulantes, enterados de que se acercaba la hora de recuperar la ciudad más sagrada para la cristiandad, quemaron sus naves y se dirigieron rumbo a Jerusalén a ayudar en su conquista. Al llegar, los ingleses se encontraron con un triste espectáculo: los franceses estaban reducidos a doce mil hombres debilitados y hambrientos, privados de lo más elemental. Con los refuerzos ingleses y los suministros genoveses, los cruzados declararon el 8 de julio un santo feriado y marcharon en procesión, descalzos, alrededor de la ciudad santa. El 10 de julio, volvieron a atacar, y siguieron combatiendo furiosamente hasta que el 15 de julio las defensas cedieron. La toma de la ciudad santa se vio manchada por una masacre general de musulmanes y judíos que duró dos días. El saqueo fue completo y aquellos que no murieron ni pudieron huir perdieron todo y fueron reducidos a la esclavitud o a la servidumbre. A los musulmanes no les chocó tanto perder la ciudad, que por entonces no creían ni tan importante ni tan sagrada como hoy, pero se indignaron por la brutalidad de los ocupantes. Todavía hoy, en los sermones de los musulmanes fundamentalistas, se escuchan los ecos del shock árabe ante la violencia de los europeos.
Tras la caída de Jerusalén, los cristianos se encontraron en control de las zonas costeras de lo que hoy es Israel y el Líbano, y formaron cuatro feudos. Uno, Jerusalén, fue gobernado por Godofredo de Bouillon con el título de Defensor del Santo Sepulcro, ya que los caballeros consideraron que la ciudad no podía tener un gobernante que se llamara a sí mismo rey. Los otros tres, Edessa, Trípoli y Antioquía, fueron gobernados respectivamente por Balduino, Raimundo y Bohemond. Estos feudos dedicarían sus breves existencias a resistir ataque tras ataque turco, y pasarían a la historia como los Reinos Latinos de Oriente.
Pero los primeros años de los reinos fueron exitosos y gloriosos. A lo largo y a lo ancho de los nuevos territorios cristianos, se alzaron las severas fortalezas de los cruzados. Krak des Chevaliers, Aleppo, Montreal, Sahyoun, Tiro, Acre, Beaufort, Montfort, Kerak y la misma Jerusalén todavía exhiben las formas románicas de las iglesias, conventos, palacios y castillos de los barones francos, sajones e italianos. Las líneas marítimas que unían Europa con el Medio Oriente también se poblaron de fortalezas cruzadas. El mar Egeo, las islas del Peloponeso, Malta, fueron gobernadas por nobles franceses o por las órdenes cruzadas de los Templarios, los caballeros Hospitalarios o los ya milenarios caballeros de Malta. Para los contemporáneos, este éxito pareció un sueño o un milagro. Miles de peregrinos visitaron los Santos Lugares, en viajes llenos de riesgos que duraban meses. A los cronistas de la época, la conquista de Jerusalén pareció mostrarles que el ideal caballeresco –el noble consagrado al oficio de las armas, buscando “justas causas para defender” y al servicio de Cristo– era superior a todo lo conocido. Los turcos les parecieron a los europeos como débiles e incapaces de vencerlos. Poco duró esta convicción. Entre 1147 y 1149, una segunda cruzada acudió al rescate de los sitiados reinos latinos, que habían perdido Edessa. Ni la presencia de San Bernardo y de Luis VIII de Francia lograron recuperar lo perdido. Poco después, los cristianos perdieron Jerusalén, reconquistada para el Islam por Saladino. La tercera cruzada, capitaneada por Ricardo Corazón de León, se estrelló entre 1189 y 1192 ante el genio militar del musulmán. En 1202, los cristianos atacaron por cuarta vez, desembarcando en Egipto y siendo una vez más derrotados. La quinta cruzada fue un nuevo fracaso. En 1229, la sexta y breve cruzada fue más exitosa: su comandante, Federico III, negoció con el emir de Egipto y le compró Jerusalén, Belén y Nazareth. Sin embargo, en 1244 los árabes retomaron definitivamente la ciudad santa, y entre 1248 y 1254 Luis IX, que luego sería canonizado como San Luis de Francia, condujo la séptima cruzada, poco fructífera. La octava cruzada, en 1270, le costó la vida a San Luis. En 1291, Europa envió la última cruzada, que trató de salvar a Acre, la última ciudad en manos cristianas, del sitio del emir Al Ashraf. El 14 de agosto de ese año, casi dos siglos después del primer desembarco, los templarios evacuaban sus fortalezas de Chateau-Pélerin y Tortose. Así terminó la mayor movilización religiosa de la historia de la Cristiandad y una de las aventuras militares más increíbles.

LA CIENCIA DE LA GUERRA EN EL MEDIO EVO.
La Edad Media ya contaba con una sofisticada ingeniería para el combate.
Al enfrentarse, musulmanes y cristianos descubrieron que tenían un arsenal muy similar. La espada se vio ante la cimitarra y ambos bandos usaban hachas y mazas guerreras muy similares. Los cristianos tenían la ventaja de sus armaduras y cotas de malla, que los árabes compensaban con la mayor movilidad de sus caballerías livianas. Los pesados arcos de las infanterías eran muy parecidos y no daban ventaja a ningún bando. Los musulmanes, sin embargo, fueron superiores en organización y en maquinaria de sitio. Cuando los francos y normandos sitiaron las fortalezas turcas, se encontraron con una tecnología militar muy superior, ante la cual sus ballestas y catapultas poco podían. Tuvieron que aprender cómo romper los perímetros defensivos de las fortalezas seljúcidas, perfeccionando sus maquinarias o imitando las del sultán.

LA EDAD MEDIA VIVE EN EE.UU.
La Edad Media sigue viviendo, con torneos, reyes, damas que bordan tapices y combates de honra. El nuevo centro medieval es el estado de Nueva York –llamado Señorío de Ostgard– y los custodios de la herencia de torneos y feudos son los 9.000 miembros de la muy secreta Sociedad del Anacronismo. Los Anacronistas, como se llaman sus miembros, pueden tener cualquier edad, status o raza, pero deben convencer a un panel de “nobles” que sus conocimientos históricos son sólidos, y que rigen sus vidas por el código de honor caballeresco de los siglos Xl a XIII: cortesía, bravura, firmeza. La actividad más famosa de la Sociedad es su guerra anual, la “Pennsic”, donde el Reino Medio –los miembros que viven en los estados del interior de EE.UU.– se enfrenta al Reino del Oriente –los miembros de los estados costeros. Los caballeros que tienen el honor de defender a sus feudos –llamados Rimaris, Ealdormere, Ansterora o Drachenwald, por ejemplo– gastan miles de dólares en reproducir exactamente armaduras, vestimentas y armas de época, y muchas horas en aprender las tácticas de combate. La única concesión es que las amenazadoras hachas, lanzas y mazos de guerra son de madera, pintados para que parezcan de metal.

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