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lunes, 24 de noviembre de 2014

Che Guevara: traicionado o no? Parte 11

Undécima parte, y final, del dossier basado en el libro “La vida en rojo”, de Jorge Castañeda, que cuenta la desafortunada aventura guerrillera del Che Guevara en Bolivia.

Eleventh and final part of the dossier based on the book “The life in red", of Jorge Castañeda, that narrates about the unfortunate adventure fighter of the Che Guevara in Bolivia.

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Che Guevara: traicionado o no? Parte 9.

Che Guevara: traicionado o no? Parte 8.

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Che Guevara: traicionado o no? Parte 6.


EL ESCRITOR Y FIDEL.

En realidad, Fidel poseía varios motivos adicionales para descartar esta eventualidad. El dilema de fondo no yacía en el fracaso, sino en el éxito: ¿qué hacer con el Che si se le rescataba de un nuevo lance?
Sería la tercera vez en tres años: Salta, de la que se salvó por la demora en partir y la rápida eliminación del foco; el Congo; y ahora Bolivia.

A Fidel se le presentaría nuevamente un conflicto desgarrador: diseñar una alternativa entre la muerte y la rendición/residencia/resignación en Cuba de su compañero de armas. El guerrillero perenne tendría que ser convencido de que su nueva empresa había concluido. Y aceptando que el Che se dejara persuadir, seguiría pendiente el problema de siempre: ¿cuál sería el siguiente paso, después del regreso a Cuba?

De haberse contemplado con seriedad la opción de un salvamento, es probable que Fidel Castro hubiera resuelto que un Che mártir en Bolivia servía más a la revolución que un Che vivo, abatido y melancólico en La Habana. Uno permitía crear un mito, avalar decisiones cada día más engorrosas, construir el martirio emblemático que la revolución requería para colocarlo en el panteón de sus héroes, al lado de Camilo Cienfuegos y Frank País. El otro implicaba discusiones eternas, tensiones y disensos, todos sin solución, y al final del camino, una secuela semejante si no es que idéntica.

Fidel no mandó al Che a morir a Bolivia; tampoco lo traicionó ni lo sacrificó: sencillamente permitió que la historia corriera su curso, con plena conciencia del destino al que conducía. No hizo; dejó hacer.

Al cúmulo de evidencias que abogan a favor de esta hipótesis, habría que agregar dos elementos.
El primero es posterior a la muerte del Che: en 1968 los cubanos envían una misión de rescate a Venezuela, de donde logran extraer a 24 guerrilleros cercados, incluyendo a Arnaldo Ochoa, fusilado 21 años después. Salen a través del Brasil, gracias en parte al apoyo del Partido Comunista de ese país.
En segundo lugar, conviene verter al expediente la extraña experiencia de François Maspéro, el editor francés que ya desde entonces gozaba de una gran cercanía con los cubanos, y que viajó dos veces a Bolivia en aquella época, en parte para tratar de ver a Debray en la cárcel de Camiri, en parte por encargo de los cubanos. Volvió de La Paz justo a tiempo para asistir a un gran encuentro cultural en La Habana en verano, y a la celebración del 26 de julio en la Sierra Maestra. Allí, al tocarle su turno de saludar a Fidel, a quien ya conocía y que tenía pleno conocimiento de su misión a Bolivia, responde con un “mal” irreverente a la pregunta del comandante sobre la situación en el país que venía de visitar. Pero nunca será convocado por Fidel para informarle: no quería saber más de lo que sabía; por ello también, sin duda, los cubanos evitarán una visita de Mario Monje en esos mismos días; prefirieron dejarlo varado en Chile que lidiar con él en Cuba.

Esta actitud corrobora las impresiones de dos testigos que compartieran las horas inmediatamente posteriores a la muerte del Che con Fidel Castro. Uno de ellos, Pepe Aguilar describe a un hombre obsesionado por convencer a la familia directa del Che en la Argentina de su muerte. Lo agobiaba el dilema de poseer información de Bolivia, a través de varios virtuales agentes cubanos —Antonio Arguedas, Gustavo Sánchez, Carlos Vargas Velarde— que confirmaban la muerte, pero que no podía utilizar para persuadir a Ernesto Guevara Lynch del fallecimiento de su hijo. Ambos retratos muestran a un personaje que, si bien dolido por la pérdida de su compañero de mil batallas, se había resignado tiempo atrás al desenlace inevitable de la epopeya.

GRANDES FINES, ¿POCOS MEDIOS?

La otra explicación, construida sobre el impresionante cúmulo de errores y malentendidos sucedidos en Bolivia y en Cuba, también encierra una fuerte dosis de credibilidad. La ineptitud del aparato cubano y de los colaboradores de Guevara; las confusiones teóricas de Guevara, la insensibilidad de Fidel Castro hacia los comunistas bolivianos, la irresponsabilidad de los reclutas y reclutadores en Bolivia son, todos ellos, elementos que configuran la característica esencial de la hazaña: la increíble desproporción entre fines y medios. Como prendas bastan tres botones.

En primer lugar, el Che no dudó de que el conflicto que pretendía encender se internacionalizaría de manera vertiginosa. Al verse rebasado el ejército, solicitaría ayuda a sus vecinos, sobre todo a la Argentina, y a Estados Unidos. Esto le impondría una connotación nacional a la guerra, creando los dos y tres famosos Vietnam, y arrastrando hacia el bando revolucionario a fuerzas bolivianas indecisas o recalcitrantes, enajenadas por el intervencionismo yanqui.
Nada más lejano a la realidad: con la excepción de montos reducidos de armamento, alimentos y material, del puñado de agentes de la CIA ya mencionados, y de la veintena de boinas verdes encabezadas por Pappy Shelton que entrenaron al Batallón de Rangers de la Octava División, la injerencia externa en el conflicto fue limitada en tiempo y forma.

Gary Prado y los militares bolivianos subestiman la importancia en los márgenes de la ayuda norteamericana; con seguridad ésta hubiera crecido de haber resultado necesaria. Y es cierto, como lo afirma Larry Sternfield, que la renuncia inicial de los bolivianos de enfrentar a la guerrilla fue revertida en gran parte por los norteamericanos. Sin duda Estados Unidos le fortaleció su espina dorsal a Barrientos. Pero al Che lo derrotaron las fuerzas armadas bolivianas, asistidas por una potencia imperial que pudo lograr su cometido sin comprometerse mayormente. Si Guevara pensó que Estados Unidos se vería enfrascado en un embrollo del tipo de Vietnam, se equivocó; si creyó que permanecería pasivamente en los pasillos, tampoco acertó.

Segundo ejemplo: la selección del personal. Proliferaron los desastres, los abandonos, los incumplimientos y la incompetencia. Papi Martínez Tamayo, Tania, Renán Montero, Juan Carretero (Ariel), Pinares (Marcos), Vital Acuña (Joaquín), Arturo Martínez Tamayo (el hermano de Papi encargado de la radio que nunca pudo operar) y varios más, cuidadosamente escogidos por el Che y el aparato en La Habana, simplemente no funcionaron. Su abnegación y valor no compensaban su absoluta inadecuación a las tareas encomendadas. Su impericia superaba cualquier cálculo: si la misión sólo era posible con ellos, había que abortarla.

Tercera prenda: la improvisación y los desencuentros con el Partido Comunista. A final de cuentas, lo que los cubanos pudieron reprocharle es haberse opuesto al estallido de un foco guerrillero dirigido por el Che Guevara en su país —una posición perfectamente natural, en vista de sus antecedentes y posturas—. Pero haber pensado que Monje era partidario de la lucha armada, y que se sumaría al foco contra la mayoría de la dirección, o que la fracción procubana del partido acarrearía consigo a la parte preponderante de la organización, constituía una típica fantasía del equipo de Manuel Piñeiro.
Esperar que los cuatro cuadros semimilitares del PCB en Bolivia, aunados a los jóvenes adiestrados en Cuba, junto con los dirigentes de la juventud como Loyola Guzmán, podrían arrastrar a la guerrilla al resto del partido —y en particular a su magra masa minera—, representaba un desvarío mayor, pero recurrente en los anales de la historia de la izquierda en América Latina.

En vista de tales grados de improvisación e ineptitud, no debe sorprender la reacción inoportuna, rezagada o fútil ante sucesos adversos. Como lo subraya Gustavo Villoldo, el principal operador de la CIA en Bolivia en esos meses: “Lo que pasa es que todo fue muy rápido. Fidel en La Habana no sabía los activos que teníamos nosotros dentro del país y tenía miedo de crear otra cosa que pudiera ser también identificada por los grupos nuestros. Entonces eso lo aguantó a él a tomar una iniciativa para ayudar al Che. No porque haya habido un cisma, ni haya habido división, o problemas entre La Habana y el Che. No, sencillamente, les falló el sistema y al fallarles el sistema no supieron qué hacer. En esos casos o eres muy agresivo o no haces absolutamente nada y él optó por no hacer nada. Muy agresivo hubiera sido, por ejemplo, haber tirado por aire gente en la zona de operación, o haber tenido un plan de comunicación alterno que pudiera haber activado. Eso te demuestra que no había ese grado de profesionalismo en el montaje de la operación”.

Ni los cuadros, ni el aparato, ni la dirigencia cubana se encontraban a la altura de una tarea del calibre de la que se había impuesto a instancias del Che, o si se prefiere, para darle una salida al Che.
De la misma manera que en el Ministerio de Industrias, Guevara exigió demasiado de los demás —de la revolución, de los habitantes de Cuba, de la economía isleña, de la URSS— ahora también pedía mucho. Sus compañeros se propusieron complacerlo. Los rebasó la magnitud del intento, sobre todo en su dimensión más ambiciosa y vital: compartir tácitamente el destino crístico que habitaba al Che Guevara.

Como en toda tragedia, el destino trágico del Che estaba escrito. La muerte lo alcanza, esa mañana de octubre en La Higuera. Allí comienzan la resurrección y el mito que le brindarán la paz eterna al rostro despejado de la batea de Vallegrande.

Fin del dossier

Fuente: Periódico “Última Hora”. La Paz, 5 de octubre de 1997.

Che Guevara: traicionado o no? Parte 10

Décima parte del dossier basado en el libro “La vida en rojo”, de Jorge Castañeda, que cuenta la desafortunada aventura guerrillera del Che Guevara en Bolivia.

Tenth part of the dossier based on the book “The life in red", of Jorge Castañeda, that narrates about the unfortunate adventure fighter of the Che Guevara in Bolivia.

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Che Guevara: traicionado o no? Parte 9.

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Che Guevara: traicionado o no? Parte 6.

Che Guevara: traicionado o no? Parte 5.

JOAQUÍN, TANIA, HONORATO.

Después de tres meses de seguir a pie juntillas —obstinada y ciegamente— las instrucciones del Che, de no alejarse de la zona sur donde se separaron, la retaguardia capitaneada por Joaquín se dirige hacia el norte con cinco hombres menos. Las tensiones en su seno se exacerban desde un principio; Tania sostiene una pésima relación con los demás. Los cubanos que la acusan de haber provocado la separación de los grupos.
El 30 de agosto la retaguardia busca vadear el río Grande; para ello procura la ayuda de un campesino, Honorato Rojas, que a principios de año había prestado cierta colaboración a los guerrilleros. Joaquín, por razones inexplicables, le pide consejo para cruzar el río, habiéndolo atravesado sin asistencia en múltiples ocasiones.

Se establece un sistema de contraseñas: en la tarde, Rojas colocará una pinafora blanca en el vado, si no hay peligro. Una vez retirados los insurrectos, el campesino se cruza con una patrulla encabezada por el jefe de inteligencia de la Octava División, Mario Vargas Salinas, a quien informa de inmediato. Este coloca la emboscada en ambas riberas del vado señalado por Rojas, y espera pacientemente a los guerrilleros.

En la tarde del 31 de agosto, minutos antes de la puesta del sol que los hubiera protegido, inician la travesía del río. En Vado del Yeso, con los fusiles en alto y el agua hasta el pecho, son acribillados. Mueren diez combatientes, entre ellos Joaquín, Tania, Moisés Guevara y Braulio; sus cadáveres son arrastrados por la corriente.
Dos rebeldes bolivianos fueron apresados: uno morirá de sus heridas, el otro informará detalladamente de los pormenores del peregrinaje de la retaguardia. Este hombre, cuyo seudónimo era Paco, será el que difundirá la versión de que Tania padecía de un cáncer del aparato reproductor. Paco también divulgará las historias sobre los eternos pleitos entre los guerrilleros del grupo de Joaquín, y en particular las crisis emocionales de Tania. Como le informó a Lyndon Johnson su asesor de Seguridad Nacional cuatro días después: “Al cabo de una serie de derrotas en manos de los guerrilleros, las fuerzas armadas bolivianas finalmente obtuvieron su primera victoria, y fue una gran victoria”.

Con el aniquilamiento de la retaguardia, se agotaba el tiempo del Che, Vado del Yeso fue el fin del camino no sólo para los que perecieron a mitad del río, sino para toda la guerrilla destacada en Bolivia. Incomunicados, diezmados por bajas, enfermedades y deserciones, con un líder devastado por el asma y la depresión, cercados por un ejército cada día más enérgico y profesional, no había salida.

ACUSANDO A FIDEL.

Faltaban escasas cinco semanas para el epílogo, cruel pero previsible. Antes de escribirlo y reflexionar sobre la “bella” muerte de la que surge el mito crístico del Che Guevara, es imprescindible intentar una explicación de lo acontecido.
Descartando teorías fantasiosas —el Che sigue vivo, el Che murió antes, el Che nunca fue a Bolivia— se presentan dos interpretaciones verosímiles y fundadas de la tragedia.
Una descansa en la hipotética decisión del gobierno de Cuba de apoyar inicialmente al Che con medios limitados para sacrificarlo después; la otra presupone buena voluntad de la isla, junto con una enorme impericia que condujo al fracaso.

Conviene resumir rápidamente ambas teorías, y dejar el juicio último al lector, y a la historia.

Fidel Castro le “vendió” la idea de Bolivia al Che para evitar que éste falleciera en las calles de Buenos Aires; el Che originalmente contemplaba un esquema continental a partir de Bolivia, proyecto que pronto se redujo a las exiguas dimensiones de la cuenca del río Grande en el sureste boliviano. Los recursos puestos a la disposición del Che para estos propósitos resultaron tristemente inadecuados: ni los hombres, ni las armas, ni las comunicaciones, ni los aliados cumplieron con las expectativas o con las necesidades.
Al comienzo de la aventura, dicha insuficiencia talvez no era aparente para el Che o para los operadores en La Habana, incluyendo a Fidel Castro. Pero hacia finales de marzo de 1967, la confusión o la ignorancia perdieron toda verosimilitud. Los cubanos poseían plena conciencia de que Monje y el PCB se abstuvieron de cualquier compromiso; que los combates se iniciaron de manera prematura, que las comunicaciones se interrumpieron, que la red urbana nunca cuajó, y que Estados Unidos había tomado cartas en el asunto.

Aun sin percatarse de la separación de la retaguardia encabezada por Joaquín, a esas alturas era evidente para quien contara con el conjunto de datos aquí reseñados —todos de dominio público, o deducibles de la información existente— que el Che había parido una guerrilla nonata.
De esta premisa se desprendían dos posibles cursos de acción: apoyarlo mediante un nuevo y mayor esfuerzo, o poner en práctica una operación de rescate, con celeridad y vigor.

Los recursos materiales y humanos para ambas opciones existían: gracias a los relatos de Lino y de Benigno y a los comunicados cifrados de Ariel (Juan Carretero), consta que entre 20 y 60 bolivianos entrenados en Cuba se aprestaban a volver a su país para abrir un nuevo frente o para apoyar el del sureste. Entre ellos conviene recordar los nombres de Jorge Ruiz Paz, el Negro y Omar. La oposición a la postura pasiva de Monje y de Kolle en el seno del Partido Comunista de Bolivia abría esperanzas razonables de lograr una cooperación superior a la inicialmente prometida, y la divulgación pública de la presencia del Che podría haber despertado una enorme simpatía y solidaridad en el país, en el hemisferio, y en el mundo.

Se trataba, en pocas palabras, de dotar al Che de los medios realmente necesarios para su saga, al comprobar que los originalmente asignados no bastaban. El precio era elevado, pero pagadero, por lo menos en términos militares, en recursos humanos, y en dinero.
Sin embargo, elevar la puja en Bolivia entrañaba un perfil de la presencia cubana en América Latina incompatible con los nuevos nexos que la isla mantenía con Moscú, y con las tribulaciones de su economía.

Una cosa era enviar a algunos hombres de nuevo a Venezuela —y ser nuevamente atrapados in fraganti— y otra muy distinta la constituía una declaración de guerra contra una república para apoyar una guerrilla dirigida por un ex ministro de Estado cubano.
Más allá de las perspectivas de tal lucha, Cuba sencillamente no podía darse ese lujo, aun cuando su pueblo y sus dirigentes hubieran estado dispuestos a sufragar los costos que implicara. En todo caso, Moscú no estaba dispuesto a tolerarlo.

BREZHNEV, JOHNSON Y LA ISLA.

Por varias fuentes, empezando con una nota secreta del asesor de Segundad Nacional de Estados Unidos Walt Rostow a Lyndon Johnson, sabemos hoy que desde principios de 1967 se había desatado un conflicto feroz entre Cuba y la URSS sobre la política latinoamericana de Fidel Castro. Con fecha del 18 de octubre, diez días después de la muerte del Che, el memorándum dice: “Le entregó un informe fascinante sobre un filoso intercambio de cartas entre Fidel Castro y Leonid Brezhnev sobre la manera en que Castro envió al Che Guevara a Bolivia sin consultar a los soviéticos. El intercambio de cartas fue una de las razones por las que Kosigin visitó La Habana después de la cumbre de Glassboro” (en julio de 1967).

De hecho, si los cubanos se habían propuesto en algún momento un mayor involucramiento en Bolivia, la visita tormentosa de Alexei Kosigin a La Habana el 26 de julio de 1967 los disuadió de un semejante sueño andino. Moscú y La Habana llevaban discutiendo sobre el tema del Che desde principios de año. Pero ¿cómo descubrieron los soviéticos uno de los secretos mejor guardados del mundo? Apenas ahora se puede apreciar la complejidad y la naturaleza bizantina de la madeja de conspiraciones, engaños y secretos que aún envuelven los últimos meses de vida del Che Guevara.

Mario Monje siempre sostuvo que durante su viaje a Sofía para asistir al Congreso del Partido Búlgaro en noviembre de 1966, no hizo ninguna otra escala más que en La Habana, donde conversó con Castro. Pero en un libro de memorias publicado en París en 1996, Benigno afirmó que de regreso de la capital de Bulgaria, Monje había pasado por Moscú. No ofreció fuentes para su aseveración, pero sugirió que fue justamente durante esa escala cuando el dirigente comunista informó a la URSS de las intenciones del Che Guevara y recibió el visto bueno para no cooperar con el condottiere.
En una carta dirigida al autor en octubre de 1996, Monje corroboró su estancia en la capital soviética, aduciendo motivos económicos: los pasajes los pagaban los búlgaros, y la ruta obligaba a una parada en Moscú.

En una conversación telefónica subsiguiente con el autor, Monje aclaró que hizo dos escalas en Moscú, una de ida a Bulgaria, la otra de vuelta. Benigno, por su parte, agrega a lo publicado en su libro que un coronel hispano-soviético de la KGB, de apodo Angelito, encargado del paso discreto de cubanos y latinoamericanos por el aeropuerto Sheremetovo de Moscú, le informó que al bajar Monje de su avión fue atendido por un funcionario del Comité Central que rápidamente lo transportó en automóvil a la ciudad.
El boliviano permaneció una semana en Moscú.

Además de confirmar la afirmación de Benigno —algo importante, en vista de la odiosa campaña desatada en su contra por el aparato cubano—, el paso fugaz de Monje por la capital soviética sugiere varias reflexiones sobre la reunión de Monje con el Che el 31 de diciembre de 1966.
Aunque hasta el día de hoy lo niega con vehemencia, parece inconcebible que Monje no comentara con los encargados de América Latina del Comité Central del PCUS, o con los responsables en la región de la KGB, sus sospechas y certezas a propósito de la expedición cubana en su país.
Como vimos, Monje recibía sumas cuantiosas de la URSS (ha residido en Moscú desde 1968) y desde entonces guardaba una lealtad a la patria del socialismo mucho mayor que hacia la isla tropical. Por lo demás, es casi seguro que Monje haya consultado con sus colegas moscovitas el curso que convenía darles a las solicitudes cubanas de ayuda.

Talvez los soviéticos no presionaron a Monje para que desistiera de cualquier apoyo más que formal a la guerrilla, pero es de suponer que al informarles Monje de su decisión de limitar severamente su ayuda, estos aprobaron esa resolución. Y aun si Monje no les habló del Che a sus anfitriones, es altamente probable que durante una visita a Moscú de Dorticós y Raúl Castro entre el 7 y el 22 de octubre de 1966, el hermano de Fidel compartiera ya sea con el ministro soviético de Defensa Grechko, ya sea con la KGB, la decisión del Che de partir a Bolivia. Resulta difícil imaginar que Raúl Castro escondiera un secreto de esta magnitud a sus colegas soviéticos.

De allí la siguiente versión, hipotética pero plausible, de los acontecimientos.

UNA PEQUEÑA GUERRA FRÍA.

En enero de 1967, después del paso de Monje por la capital rusa, la URSS exige a La Habana una explicación.
El embajador cubano en la URSS, Olivares, es convocado al Kremlin, donde le leen la cartilla, adjudicándole por primera vez un vil trato de país satélite; incluso deduce que los soviéticos temen una intervención norteamericana contra Cuba y buscan lavarse las manos del asunto.

El diplomático parte de inmediato a su país para informar de la situación, lo que suscita una serie de intentos cubanos para engañar a Moscú y un discurso rabioso de Fidel Castro el 13 de marzo ostensiblemente dirigido contra el Partido Comunista de Venezuela pero en realidad contra la URSS: “Esta revolución sigue su propia línea. Nunca será satélite de nadie. Nunca pedirá permiso para mantener su propia postura”.
Pero las tensiones se agudizan en cuanto los soviéticos confirman que el Che se encuentra en Bolivia montando un foco guerrillero, y que los norteamericanos han decidido combatirlo.

En un intercambio de cartas de alto nivel entre Moscú y La Habana en preparación de la visita de Kosigin, la URSS le reclama amargamente a Cuba su violación a diversos acuerdos previos, entre ellos los de la conferencia de Partidos Comunistas Latinoamericanos, de noviembre de 1964, así como los pactos bilaterales anteriormente signados. El Comité Central del PCUS en particular lamentó que Cuba hubiera procedido sin consultar con Moscú; afirmó que en consecuencia Cuba no debería responsabilizar a la URSS de cualquier represalia que pudiera poner en práctica Estados Unidos.
Cuba responde que la URSS debilitaba la causa revolucionaria en América Latina al celebrar acuerdos y extender créditos a “gobiernos burgueses en la región, y al establecer relaciones diplomáticas con regímenes que asesinaban y torturaban a revolucionarios”. Agrega que además Moscú saboteó la expedición del Che al presionar a Monje para que no cooperara. Además el Che partió por su cuenta, pero no podían no ayudarle, y en todo caso no se trataba de una operación de Estado.

Cuando Kosigin viaja a Estados Unidos en julio, y se reúne con Johnson, en Glassboro, los cubanos y los rusos concluyen que una visita del número dos soviético a La Habana para calmar las aguas sería deseable. Tanto más desde que Brezhnev, en junio, había expresado su decepción por la negativa de Castro de avisarle a la URSS de antemano de la salida de Guevara, y había criticado fuertemente la decisión de Castro de lanzar nuevas actividades guerrilleras en Bolivia. Preguntó con qué derecho Castro fomentaba la revolución en América Latina sin coordinarse con los otros países socialistas.

Kosigin comprueba que Johnson sigue de cerca los movimientos del Che en Bolivia. Aunque la reunión en la cumbre se centra en los acontecimientos de Medio Oriente (acaba de terminar la Guerra de los Seis Días), de Vietnam y del desarme, el presidente norteamericano le manifiesta a su colega soviético su enérgica protesta por el intervencionismo cubano: “Por último, insté a Kosigin a utilizar la influencia soviética en La Habana para disuadir a Castro de apoyar activa y directamente las operaciones guerrilleras: Le dije que teníamos pruebas de que los cubanos operaban en varios países latinoamericanos. Le cité en particular el caso de Venezuela, y le dije que era muy peligroso para la paz en el hemisferio y el mundo que Castro llevara a cabo esta actividad ilegal”.

La URSS se ve obligada a presionar a Castro nuevamente para que desista de sus aspiraciones continentales, al tiempo que busca una reconciliación.

Kosigin es fríamente recibido en La Habana pero se reúne tres veces con Fidel: el 26 de julio, con todo el Politburó cubano y Osmany Cienfuegos, y el 27 y 28 de julio en petit comité sólo con Raúl Castro y Dorticós.
En la conversación del 27 de julio, en respuesta a la queja soviética de que las aventuras en la región “le hacían el juego a los imperialistas y debilitaban y desviaban los esfuerzos del mundo socialista para liberar a América Latina”, Fidel saca el doloroso tema del Che. De acuerdo con las notas tomadas por Oleg Daroussenkov, el único traductor presente en la reunión: “Quisiera destacar que la revolución es un factor objetivo, no se puede detenerla. Asumimos una posición revolucionaria determinada y nos damos cuenta de los peligros que representa. Los imperialistas hacen sus cálculos, pueden atacarnos en cualquier momento, pero no lograrán aplastar el movimiento revolucionario aquí, ni en otras partes de América latina. El compañero Guevara se encuentra ahora en Bolivia. Pero no participamos directamente en esta lucha. Simplemente porque no podemos hacerlo. Estamos apoyando al partido local. Salimos con declaraciones públicas”.

A lo cual Kosigin replica que en primer lugar tenía serias dudas de que las acciones de Guevara en Bolivia fueran correctas: “No se puede pretender que el envío de una decena de hombres a un país conducirá inmediatamente a una revolución. No se puede pensar que el Partido Comunista no existiera hasta que no llegara el compañero Guevara e hiciera allí la revolución”.

Critica la noción misma de exportar la revolución y protestó por los adjetivos utilizados por Castro en sus denuncias de los partidos comunistas latinoamericanos. Al mismo tiempo, Kosigin procura convencer a Fidel de que el alarmante informe remitido por su embajador en Moscú de un inminente ataque de Estados Unidos a Cuba era falso, y que en todo caso Moscú mantenía su solidaridad con la isla. De todas maneras, el encuentro resultó extraordinariamente tenso y desagradable; la reconciliación fracasó; las relaciones entre los dos países permanecieron distantes por más de un año, alcanzando su peor nivel a principios de 1968.

Por lo pronto, la gestión soviética imposibilita una operación de apoyo como aquella sugerida aquí. La verdadera alternativa se limita a rescatar al Che, o a abandonarlo a su suerte, con el corazón en la mano y el alma desgarrada, pero con la resignación del caso. Pero incluso esa opción tuvo que ser descartada a consecuencia del viaje de Kosigin.

Casi diez años más tarde, con tragos y un cúmulo de resentimiento con Manuel Piñeiro y de culpa con Benigno, Juan Carretero, entonces embajador de Cuba en Irak, le confesó al sobreviviente de Bolivia los pormenores de uno de los momentos más dramáticos de la revolución cubana. En ocasión de la visita de Kosigin, fue convocado a la primera reunión con los soviéticos. Su presencia en la reunión se explica por la ausencia de Piñeiro; normalmente el invitado por el sector Liberación hubiera sido, justamente, Barbarroja. Carretero evoca entonces el virtual ultimátum entregado tácitamente por el soviético: o cesa la ayuda cubana a las guerrillas en América Latina, o cesa la ayuda soviética a Cuba.
En ese momento, Carretero es invitado a abandonar la reunión, y a buscar a Piñeiro a como dé lugar. No volvería a ser invitado.

Carretero y Armando Campos habían tomado desde antes un grupo de cubanos para salvar o apoyar al Che si llegara a ser necesario. Lo hicieron “por la libre”, sin instrucción alguna de Castro al respecto, pero con la convicción de que Fidel podía un buen día dar la orden; era preferible adelantarse a la hipotética instrucción del caudillo. Pero un par de días después del encuentro con Kosigin, Piñeiro le avisa a Carretero de las conclusiones a las que se arribó: “Oye, la gente que tenemos preparada, tomen las medidas y mándalos para su casa”.

En una entrevista otorgada en 1987 a un periodista adepto de su causa y sin capacidad de réplica, Fidel Castro desechó con desprecio la opción del rescate. Según él, la posibilidad de enviar a un grupo de hombres para sacar al Che de Bolivia era nula. El aislamiento, el cerco militar y la falta de comunicaciones obstaculizaban irremediablemente cualquier intento serio de salvarlo mediante una acción de comando. Como siempre, con Fidel esta aparente verdad de Perogrullo debe ser matizada. Disponemos de varios testimonios sobre la disposición cubana de intentar, justamente, un esfuerzo de esa naturaleza. Al volver de Bolivia en 1968, Benigno, sostuvo el siguiente diálogo en La Habana con Armando Campos y Juan Carretero:

“Ustedes sabían que la única vía de comunicación eran ustedes, ¿qué hicieron? Carretero y Armando Campos, como queriéndose limpiar conmigo, me dicen: “No tenemos responsabilidad ninguna sobre eso porque tan pronto supimos lo de Tania y supimos de la relación de gentes que desertaron, de inmediato empezamos a preparar un grupo aquí en Cuba, en caso de que el alto mando pidiera un operativo para sacarlos a ustedes. Nosotros lo preparamos, lo informamos a Piñeiro y Piñeiro dice que se lo informó a Fidel, pero nunca recibimos la orden de hacer el operativo”. Y ellos me dijeron: “Hasta ahí llegaba la responsabilidad nuestra. Nosotros hicimos lo que teníamos que hacer, pero nunca recibimos órdenes de nada”.

Es un hecho que los tres sobrevivientes lograron salir de la ratonera boliviana atravesando la cordillera hasta Chile, gracias en parte a los contactos que pudieron establecer con los restos intactos de la red urbana. El problema no radicaba, pues, en las probabilidades abstractas de un rescate, sino en el momento, el sitio, la disposición de fuerzas, y la decisión de proceder.
Enviando a varios grupos separados, utilizando los conocimientos de Montero —de nuevo en Cuba—, de Rodolfo Saldaña —que seguía en La Paz—, y de los demás bolivianos aún libres y familiarizados con las rutas de acceso a la zona, no era imposible un salvamento.

Las comunicaciones de ida permitían avisarle al Che del envío de los equipos; se le podían remitir puntos de encuentro en clave, incluso disimulando la naturaleza de la iniciativa, y presentarla como un refuerzo, no como un rescate. Lo peor que hubiera podido suceder era que la tentativa naufragara.

Continuará…

Fuente: Periódico “Última Hora”. La Paz, 5 de octubre de 1997.

Che Guevara: traicionado o no? Parte 9

Novena parte del dossier basado en el libro “La vida en rojo”, de Jorge Castañeda, que cuenta la desafortunada aventura guerrillera del Che Guevara en Bolivia.

Ninth part of the dossier based on the book “The life in red", of Jorge Castañeda, that narrates about the unfortunate adventure fighter of the Che Guevara in Bolivia.

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Che Guevara: traicionado o no? Parte 8.

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Che Guevara: traicionado o no? Parte 6.

Che Guevara: traicionado o no? Parte 5.

Che Guevara: traicionado o no? Parte 4.


GUSANOS Y BOINAS VERDES.

Los Estados Unidos comienzan a involucrarse en la guerra de Bolivia desde su inicio. Ciertamente los dos agentes cubanos de la CIA que sobreviven, Félix Rodríguez y Gustavo Villoldo, no se incorporaron de lleno en la lucha contrainsurgente sino hasta junio, aterrizando en El Alto de La Paz el 31 de julio. Pero desde abril comienzan las reuniones de análisis en Washington.
De acuerdo con un relato de Andrew St. George, el periodista que entrevistó a Fidel y al Che en la Sierra Maestra, el 9 de abril se reunió por primera vez un comité de alto nivel para diseñar una respuesta ante las pruebas contundentes de la presencia del Che en Bolivia. Según St. George, la demostración definitiva de la ubicación del Che fue la foto del horno panadero de Ñancahuazú, un artefacto de barro redondo y panzón, copiado de los hornos de pan de Vietnam y Dien Bien Phu.

Después de la visita del general William Tope a La Paz en abril, Washington concluye, según el general, que “esta gente tiene un problema tremendo y vamos a enfrentar grandes dificultades en buscar un enfoque conjunto, ya sin hablar de reencontrar una solución”.
Desde el 29 de abril se embarcan hacia Bolivia cuatro oficiales y doce soldados, liderados por Ralph Shelton; de inmediato inician un curso de entrenamiento para 600 tropas bolivianas que durará 19 semanas, convirtiéndolas en el primer grupo de rangers en Bolivia.

Los meses de mayo y junio no fueron, sin embargo, los peores de la guerrilla: al cierre de mayo ocupa tres pueblos en un solo día, ofreciendo una demostración de ubicuidad y profesionalismo en el mando que de nuevo desmoraliza al ejército. Abundaban en la guerrilla del Che el valor y la tenacidad, pero escaseaba ya la imaginación ofensiva. De hecho el Che casi no desempeñaría acciones ofensivas: nunca atacó, ni con golpes de comando ni con grandes unidades, las instalaciones militares, las vías de comunicación aledañas a aglomeraciones de cierta magnitud. Sólo reaccionó a las embestidas del ejército con emboscadas y operaciones defensivas o de toma de poblaciones.
Durante ese periodo Guevara pierde hombres valiosos y queridos: San Luis o Rolando, el 25 de abril, a quien conocía desde la Sierra Maestra y quizás el mejor militar del equipo; Tuma, o Carlos Coello, cuya muerte lamentó como la de un hijo; y Papi, el 30 de julio de 1967, en una escaramuza menor y cuya muerte, a pesar de las decepciones que le había causado, le dolió enormemente.

El Che debió haber sabido que si caían guerrilleros a ese ritmo, sin compensar las bajas con adhesiones campesinas, su epopeya estaba condenada: por más golpes que le asestara al ejército, éste terminaría por desgastarlo. En los círculos más íntimos del poder en Cuba cundía la percepción de que las cosas no marchaban bien; las noticias públicas de las muertes de la guerrilla advertían a los cubanos bien informados del fracaso en el horizonte.
Hasta ese momento, es cierto que el equilibrio militar no desfavorecía a los revolucionarios; en un memorándum secreto a Lyndon Johnson escrito a mediados de junio, el asesor de Seguridad Nacional, Walt Rostow, confesaba que: “Los guerrilleros llevan claramente la ventaja frente a las fuerzas de seguridad bolivianas inferiores. El desempeño de las unidades gubernamentales ha mostrado una carencia seria de coordinación de mando, de liderazgo de los oficiales, de entrenamiento de la tropa y de disciplina”.

Pero la ventaja era ilusoria. El verdadero drama del Che afectaba otro resorte: los habitantes de la región por la que deambuló sin rumbo durante esos meses nunca lo apoyaron, jamás le dieron la bienvenida, nunca comprendieron el sentido de su gesta. Ni un solo campesino se unirá a la guerrilla, ni siquiera a fines de junio cuando la zona de operaciones y las actividades del grupo lo pondrán en contacto más estrecho con la población, el Che incluso sirviendo de dentista en varias aldeas.
La crisis social minera que estalla a mediados de junio, en la que trabajadores de las minas de Siglo XX, Huanuni y Catavi van a la huelga, recibiendo el apoyo del movimiento estudiantil, tampoco bastó para vincular a la guerrilla con el resto del país.
La vigencia de un movimiento obrero constituyó una de las razones más poderosas para que el Che se inclinara por ubicar la guerrilla en Bolivia. Pero separados por la cordillera de los Andes y a más de mil kilómetros del sureste, sin comunicaciones con los mineros ni nexos políticos con ellos, la guerrilla atestigua con impotencia la masacre de decenas de manifestantes el día de San Juan; el movimiento se extingue rápidamente.

Entre abril y agosto dos nuevas crisis asolan a la expedición. La primera involucra el viejo problema de la red urbana. Terminó en manos de militantes comunistas marginados de su partido, que sufrieron los estragos de la proscripción del mismo y de la represión de las fuerzas del orden. Mario Monje hostigaba a algunos comunistas que pretendían solidarizarse con la guerrilla; el gobierno se encargaba de los demás. No suministraron víveres, armas, medicinas o ayuda, ni mucho menos combatientes.

RENÁN MONTERO ¿FRACASO ANTICIPADO?

Con la incorporación a la retaguardia de Tania y la captura de Debray, sólo un cubano permanecía en las ciudades: Iván Renán Montero, cuyo desempeño sigue encerrando uno de los enigmas de la aventura del Che Guevara en Bolivia. La conclusión para los cubanos en el monte era evidente: “Si no se sacaba a alguien a hacer contacto con la ciudad, veíamos la cosa muy mal, pero eso lo hablábamos entre nosotros, no éramos capaces de podérselo decir al Che”.

Montero era de origen cubano, aunque gracias a sus servicios a la revolución sandinista adquiriría luego la nacionalidad nicaragüense. Era probablemente el único cubano de la red que no era propiamente un hombre del Che; pertenecía a los servicios de seguridad del Estado, aunque tampoco al equipo de Piñeiro.
Al llegar a Bolivia en septiembre de 1966, queda encargado, junto con Tania, de recibir a los cubanos, entre otros al Che. Discute constantemente con la alemana-argentina; según Ulises Estrada, por líos de amores que incluso explican parcialmente su salida intempestiva de Bolivia. Como dice Pombo en su diario, se exacerbaban peligrosamente las tensiones entre ellos. Una vez sanos y salvos todos los futuros combatientes en Ñancahuazú, su misión consistía en “hacer negocios”, según el diario del Che, y en arraigarse sólidamente en la sociedad boliviana.

Iván cumplió con lo segundo, pues enamoró a una joven perteneciente a la familia del presidente Barrientos, y se dispuso a contraer matrimonio con ella, alentado por el Che.
De pronto, a finales de febrero desaparece del mapa. Abandona Bolivia, viaja a París y poco después aparece en Cuba. Según un mensaje cifrado de La Habana al Che, llega a la isla a finales de abril. De atenernos a los recuerdos de Montero, el motivo de su partida era sencillo: debía mantener sus papeles en orden, ya que su misión no era compatible con la clandestinidad. Su pasaporte y su visa vencieron a los seis meses de ingresar en Bolivia; en ausencia de instrucciones del Che —no las había porque las comunicaciones entre la guerrilla y la ciudad se truncaron semanas antes—, decidió hacer lo anteriormente convenido: salir del país para renovar sus papeles.

Pero esta explicación es ingenua o mañosa. Como aclara Benigno: “El sólo no se hubiera ido. Eso no lo podía determinar él. No me cabe duda de que recibió instrucciones. Lo mandaron retirar a Francia para que allí se curara y después volviera a ingresar, pero no sé cuáles fueron los motivos que no le permitieron regresar. No vi claro lo de Renán”.

Según Montero, él aún se hallaba en La Paz cuando Tania subió al campamento por última vez, a principios de marzo, con Debray y Bustos; sabía, por tanto, que había sido inhabilitada como contacto urbano. Guardaba plena conciencia del inicio de los combates y de las dificultades que padecían los miembros del Partido Comunista, ahora relegados a la vida clandestina. Además sus planes de matrimonio avanzaban y le abrían contactos de excelente nivel, que le hubieran facilitado la regularización de sus papeles: “Tres o cuatro días después del primer combate, me entrevisté con Barrientos y la familia aprovechó para apoyar una solicitud de tierras que había hecho para el Alto Beni”. En esas condiciones abandonar su puesto y partir a París únicamente para actualizar sus documentos se antoja inexplicable.
La otra razón, esgrimida tanto por Montero como por el Che en su diario, era su enfermedad. Pero esta justificación tampoco cuadra con la costumbre de la época: resistir a cualquier debilidad para cumplir con la historia. En su diario, Pombo subraya desde enero que Papi Martínez Tamayo le comunica al Che sus temores a propósito de Montero: “Iván no se quedará porque está vacilando sobre la situación”. Muy pronto se confirmaría el vaticinio.
Aun si creemos que Montero tomó solo la iniciativa de volver a Cuba, podemos preguntamos cuál fue la reacción de la isla al comprobar que el único integrante intacto de la red urbana se marchaba de Bolivia. Él mismo confiesa que estuvo “esperando largos meses en Cuba”, digamos desde principios de abril hasta septiembre, para retornar, pero “se decidió que no, por motivos de seguridad. Y porque como se reveló la presencia de la guerrilla sería riesgoso”.

En aquel tiempo los cuadros guerrilleros se morían en la raya. Si no, pagaban cara su indisciplina o traición. Renán Montero no sólo no fue castigado por abandonar su puesto, sino que sigue gozando, 30 años después, del favor y de la protección del Estado cubano. Los motivos aducidos por él son difícilmente creíbles. Surgen entonces dos teorías alternativas: o bien alguien le dio el “pitazo” de huir de Bolivia y retomar contacto con La Habana desde un tercer país seguro; o bien a pedido suyo, recibió una señal ambigua de Cuba que interpretó como una aprobación de su solicitud de salida.
Lo esencial, sin embargo, es que su salida asegura que a partir de su arribo a La Habana (o incluso a París) los dirigentes cubanos contaban con toda la información necesaria para concluir que la guerrilla del Che había fracasado. Su fuente era Iván, y esto le ha servido como seguro de vida durante 30 años: Renán Montero sabía que Castro, Raúl y Piñeiro sabían. En el penúltimo mensaje cifrado que recibe el Che de La Habana se le informa que un “nuevo compañero” ocupará “oportunamente” el lugar de Iván; ese nuevo compañero nunca llegará a Bolivia.

EL OTRO ENEMIGO.

La segunda crisis será la que finalmente entierra al Che en el país andino. Brotará de la tara que lo seguía como su sombra desde la más remota niñez: el asma.

A partir de abril y del comienzo de los combates, en lugar de que fluya la adrenalina y ceda la enfermedad, ésta se agudiza. La acompañan otros padecimientos. En el mes de mayo, escribió: Al comenzar esa caminata, se me inició un cólico fortísimo, con vómitos y diarrea. Me lo cortaron con demerol y perdí la noción de todo; mientras me llevaban en hamaca; cuando desperté estaba muy aliviado pero cagado como un niño de pecho.
La afección socava su capacidad de decisión y agilidad mental: en dos ocasiones (el 3 de junio y a propósito de la salida de Debray y Bustos), el Che anota en su diario que “no funcionó lo suficientemente rápido el cerebro” “no tuve el coraje”, “me faltó energía”.

La vegetación, el clima, la debilidad ambiente y, sobre todo, la falta de medicamentos, cimbran a Guevara.

Cada decisión, cada pugna interna y pérdida de un hombre admirado agravan su estado. Recurre a todo tipo de pociones y artificios: desde colgarse de un tronco y pedirles a sus hombres que le golpeen el pecho a culatazos, hasta fumar distintas hierbas locales en una búsqueda de efedrina. Se inyecta novocaína endovenosa; deja de comer alimentos susceptibles de provocarle ataques asmáticos. Cuando no puede caminar, avanza en mula. Ya no tolera la mochila a cuestas; por primera vez requiere de la ayuda de sus compañeros.
La voluntad de hierro persiste, pero el cuerpo no da para más.

A partir del 23 de junio las referencias al asma en su diario son casi cotidianas. Se repiten con agregados sobre la falta de medicinas, la futilidad de los remedios sucedáneos, la desesperación por el agotamiento de los medicamentos disponibles. La angustiante necesidad de conseguir algún antídoto eficaz lo conduce a una decisión que representa también una oportunidad: la toma del pueblo de Samaipata, un cruce carretero entre Santa Cruz y Cochabamba, y el poblado más grande ocupado por la guerrilla durante su trágico andar por el sureste boliviano.

Los insurrectos efectúan la operación con el mismo profesionalismo que las primeras emboscadas; mientras unos arengan a la población, otros buscan víveres y medicinas. Para evitar filtraciones, el Che permanece en la camioneta secuestrada para la toma; delega en sus hombres la responsabilidad de buscar los medicamentos apropiados en los dispensarios del pueblo. Sin embargo, no existen las medicinas adecuadas, o no las saben encontrar: el objetivo de la operación es burlado.
Mario Monje extrae sus propias conclusiones del fiasco de Samaipata. Inicialmente le parecerá excelente la incursión guerrillera al llano, ya que indica que los “alzados” rompían el cerco y se dirigían a la zona del Chapare, la mejor región para la lucha armada.

MONJE ¿AL RESCATE?

Pero cuando la prensa informa que los guerrilleros retornaban hacia el sur, Monje exclamó en una reunión de dirección del partido: “Señores, el Che no sale de aquí. Todo el grupo va a ser exterminado. Han cometido el peor error; hay que mandar gente a Cuba y decirles que hay que salvar al Che”.
Después de una prolongada discusión se decide enviar a Monje a La Habana para que exponga su plan de evasión. Sale vía Chile y en Santiago comparte con los comunistas chilenos su propósito de viajar a Cuba, rogándoles que lo asistan en su encomienda. Recuerda que lo desconcertó la reacción chilena, primero, por incrédula, y en segundo lugar, por las vacilaciones de los dirigentes chilenos. Monje queda varado en Santiago durante meses; nunca viaja a la isla. Pero si los comunistas chilenos se abstuvieron de encaminarlo a Cuba, su pasividad se debió a la reticencia cubana de recibir a Monje; jamás hubieran actuado de esa manera por su propia cuenta.

Después del intento fallido de conseguir medicinas en Samaipata, el Che decide enviar a Benigno, el más fuerte de sus sobrevivientes, a las cuevas de Ñancahuazú, situadas a más de 200 kilómetros, para recuperar los antiasmáticos resguardados ahí. Cuando Benigno se aproxima a los escondites, se anuncia su descubrimiento por el ejército.
Es la peor noticia del peor mes de la guerrilla.
El 31 de julio ya se habían extraviado once mochilas, las últimas medicinas y la grabadora que se utilizaba para copiar los mensajes que llegaban de La Habana; la comunicación desde fuera también se rompe. El 8 de agosto, el Che ya había perdido la compostura, hiriendo a la yegua que montaba, desesperado por el asma, la diarrea y los reveses; así lo confiesa en su diario.

Un militar boliviano, el capitán Mario Vargas Salinas (que en 1995 reveló que el cadáver del Che no fue incinerado sino enterrado en la pista de Vallegrande) relata incluso que desde agosto los hermanos Peredo eran quienes conducían ya las operaciones.
Un informante condujo a los militares a la cueva cerca del primer campamento, donde se habían almacenado documentos, fotos, víveres, medicinas y armas.
De acuerdo con las versiones de cuatro sobrevivientes, tres del lado de la guerrilla, y uno del lado de la fuerza contrainsurgente, el informante fue Ciro Roberto Bustos. El Che lo convocó debido a sus antiguos lazos con la guerrilla de Salta; confiaba en él sin conocerlo bien. Según Debray, Bustos llevó a los militares al campamento: “Él se desaparecía, sólo podíamos intercambiar algunas palabras en el patio. Salvo que yo sabía lo que contaba porque veía lo que los interrogadores le planteaban”.

Benigno también especula que Bustos sirvió de guía hacia las cuevas. El Che lo trajo de la Argentina para que volviera con la imagen de todo el esfuerzo guerrillero para atraer a combatientes argentinos. Por ello se dedicó a mostrarle las cuevas: “Salía con Bustos a caminar y le enseñaba dónde estaban las cuevas; una parte la conocían los bolivianos y otras no”.
Según Villoldo, las descripciones y retratos de los guerrilleros que Bustos proporcionó fueron muy Importantes. Confirma que Bustos los llevó a la cueva, aunque hasta la fecha reconoce que: “No puedo dar una explicación de por qué lo hizo, ya que en realidad su vida no peligraba. No puedo decir que haya sido por falta de convencimiento: simpatizaba mucho con el Che”. Al ser descubierta la cueva, las medicinas del Che se pierden; el enorme esfuerzo de Benigno habrá sido en vano.

El gobierno también recupera fotos del conjunto de los guerrilleros, incluyendo al Che. Las exhibe en la OEA como prueba definitiva de la estancia del comandante Guevara en el país. El Che en cambio nunca proclamará su identidad; jamás lanzará un llamado a la solidaridad local o internacional aprovechando su imagen cada vez más mística,

En la conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS) celebrada en La Habana el 15 de agosto, ni Osvaldo Dorticós ni Fidel Castro revelan la ubicación del Che, ni mucho menos la desesperada situación en la que se halla, ya sin hablar de emprender una campaña para apoyarlo, salvarlo, o protegerlo.
O bien el optimismo beato del equipo de Piñeiro se mantenía intacto, a pesar de los innumerables y ominosos indicios procedentes de Bolivia, o bien Fidel Castro y los cubanos ya se habían resignado a un desenlace fatal. Éste se avecinaba.

Continuará…

Fuente: Periódico “Última Hora”. La Paz, 5 de octubre de 1997.

Che Guevara: traicionado o no? Parte 8

Octava parte del dossier basado en el libro “La vida en rojo”, de Jorge Castañeda, que cuenta la desafortunada aventura guerrillera del Che Guevara en Bolivia.

Eighth part of the dossier based on the book “The life in red", of Jorge Castañeda, that narrates about the unfortunate adventure fighter of the Che Guevara in Bolivia.

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Che Guevara: traicionado o no? Parte 7.

Che Guevara: traicionado o no? Parte 6.

Che Guevara: traicionado o no? Parte 5.

Che Guevara: traicionado o no? Parte 4.

Che Guevara: traicionado o no? Parte 3.


CIRO ROBERTO BUSTOS Y REGIS DEBRAY.

Ciro Roberto Bustos no fue el primer argentino en ser convocado a Bolivia. En los primeros días de febrero, Eduardo Josami, un dirigente del gremio de los periodistas, fue citado por Tania en La Paz, y posteriormente conducido a Camiri. Allí se le informó de la marcha de exploración del Che; debería aguardar un par de semanas el regreso del comandante. Resolvió volver un mes después en lugar de esperar en Camiri, expuesto a todo tipo de preguntas y sospechas. El propio Josami recuerda hoy en día que “nunca estuvo clara para mí la finalidad del viaje”; y que le causó cierta impresión la “precariedad de los medios”, así como la posibilidad de que tanto movimiento en jeep con Tania y dos peruanos encaminados a la guerrilla alertaran a las fuerzas armadas. Así sucedió y nunca conoció el campamento.
Ciro Roberto Bustos, en cambio, sí llegó a Ñancahuazú. Sus contactos con el Che se remontaban a 1963, cuando la frustrada guerrilla de Jorge Masetti. Tania había invitado a Bustos al campamento en enero; pero apareció con Debray el 6 de marzo. Era un pintor mediocre y un activista ingenuo, cuya misión fue diseñada por el Che tiempo atrás: preparar su repatriación al país natal organizando a fracciones y disidencias comunistas, peronistas e incluso trotskistas, para integrar el principio de un grupo armado argentino. Bustos no pensaba realizar una visita prolongada; su paso debía ser fugaz y callado. Compartiría la cárcel de Camiri durante más de tres años con Regis Debray.

El francés efectuaba su tercer viaje en tres años a Bolivia, pero en esta ocasión su propósito era más político y público que las veces anteriores.
Había sido enviado por Fidel Castro con algunos mensajes y análisis para el Che, y para traer otros de vuelta. Debía operar como una especie de enlace del Che con otros grupos latinoamericanos; tenía previsto pasar por Sao Paulo al salir, y coordinar las acciones de Guevara con Carlos Marighela. Contemplaba permanecer en el campamento sólo por unos días, ya que el sentido de su encomienda dictaba que saliera lo más pronto posible de Bolivia.
Los tres visitantes coincidirán menos de un mes con el Che en la base guerrillera. Su partida ocasionará una nueva crisis, de consecuencias demoledoras, pero antes de ello sucedieron varios acontecimientos adicionales que impidieron cualquier tranquilidad o reposo. El primero fue la ruptura de las comunicaciones debido a la descompostura o inhabilitación de los transmisores de la guerrilla; el otro consistió en la continuación de las deserciones e indiscreciones que permitieron al ejército boliviano formarse una idea precisa de su enemigo.

LA IMPOTENCIA.

La comunicación fue el talón de Aquiles de la guerrilla del Che. Se transportaron dos transmisores norteamericanos enormes, pesados, de bulbos, de la Segunda Guerra Mundial, que requerían de una planta eléctrica autónoma. Uno de los aparatos se mojó y dejó de servir desde enero, por ser enterrado en una cueva mal hecha; al otro se le rompieron los dos bulbos.
Loro Vázquez Viaña fue comisionado para comprar otros en Santa Cruz. En vez de conseguir una caja, compró sólo dos y los tiró ahí en el piso del jeep. Al cabo de 600 kilómetros de caminos malos, los bulbos llegaron a Ñancahuazú ya totalmente inservibles. En marzo se acabó la gasolina para la fuente de poder; los guerrilleros no volvieron a tener combustible. Sus dos aparatos adicionales, para radioaficionados, también se descompusieron rápidamente; por último, disponían de un aparato de radiotelegrafía, pero carecían de la clave para utilizarlo.

A partir de febrero, el Che se quedará incomunicado con La Paz, Cuba y el mundo, salvo para recibir mensajes. No podrá enviar informes, llamados de auxilio o partes de guerra. Cuando además se cae la red urbana y se interrumpen las comunicaciones por la vía personal, se cortan todos los nexos: el Che está solo.
Los cubanos saben, desde principios de febrero, que el Che quedó desprovisto de sus aparatos transmisores y de cualquier capacidad de comunicación con ellos. A partir de ese momento, La Habana dependerá de los cables de prensa para informarse de los acontecimientos en Bolivia. Carecía por completo de cualquier información directa salvo por la llegada de algunos mensajes sacados del campamento durante los primeros meses y, en marzo, por el retorno a Cuba del enlace urbano, Renán Montero.
Dada la enorme importancia de este factor en la guerra de guerrillas, el aislamiento sólo podía ser interpretado como una señal alarmante. Sin embargo, no causó mayor escozor en la isla.

Por otra parte, el inicio de los combates y la exposición de la guerrilla alientan nuevas deserciones, y conduce a las fuerzas armadas a los campamentos.
En una reunión con todo el personal el 25 de marzo, el Che regaña a medio mundo, descarga su ira contra Marcos y lo remueve como jefe de la vanguardia, ofreciéndole la alternativa de ser degradado a simple combatiente o devuelto a La Habana. Informa que tres más de los reclutas de Moisés Guevara —Chingolo, Pepe y Paco— no han servido, pues no trabajan ni aportan nada. Piden separarse del grupo y volver a sus casas; el Che concluye que deberán ser despedidos en la primera oportunidad. Por lo pronto, si no trabajan, se les privará de comida, al igual que otro recluta boliviano, de nombre Eusebio, que también ha solicitado su baja.

El 7 de abril, la Cuarta División del ejército boliviano ocupa el campamento central: caen el hospital de campaña, las medicinas, el horno, y una multitud de prendas de los guerrilleros que proveen a inteligencia militar de una mina de oro de datos y detalles. Estos hallazgos, sin embargo, no bastan para proteger al ejército de una nueva derrota el 10 de abril; un par de emboscadas colocadas por los guerrilleros en el cauce del río, camino al campamento, ocasiona al enemigo nueve muertos, una docena de heridos, trece prisioneros, y arroja un botín considerable de armas, granadas y parque.
El grupo comandado por Rolando muestra un gran ingenio táctico al no retirarse después del primer enfrentamiento: en lugar de pegar y huir, pega dos veces. Será el triunfo más sonado de la guerra para los insurrectos; desmoraliza al gobierno, alienta a los simpatizantes de la guerrilla y descontrola seriamente al régimen de René Barrientos.

La situación de las autoridades bolivianas era en efecto preocupante. En escasas dos semanas habían sufrido 18 muertos, veinte heridos y perdido material considerable. La guerrilla no recibió en el mismo lapso más que una baja—el Rubio, Jesús Suárez Gayol— y la moral de la tropa oficial andaba por los suelos. Los oficiales exageraron el número de combatientes “alzados” — algunos hablaban de quinientos— así como las proezas de los combatientes insurrectos.
Barrientos recorrió la zona y prometió erradicar al grupo armado a la mayor brevedad, pero reveló nerviosismo y un comportamiento errático. Sólo fue con el tiempo y gracias a la insistencia norteamericana que el general Alfredo Ovando, retomó paulatinamente el control de la respuesta gubernamental. Comprendió que la lucha sería larga; que sería preciso obtener apoyos externos de armas, entrenamiento e inteligencia, y que para dominar a la guerrilla debería formar cuerpos de élite de lucha contra fuerzas irregulares.

UN SECRETO QUE NO LO ERA.

Aunque estaban convencidos de la presencia del Che, los militares preferían hablar de “cubanos y extranjeros” en general, y evitaban mencionar al comandante Ernesto Guevara.
Los norteamericanos tampoco deseaban publicitar la participación del Che, y evitaron que la prensa extranjera se percatara de ello. La discreción de las autoridades les redituó considerablemente: como señala Mario Monje en su carta al Comité Central del PCB en 1968, el hecho de que la identidad del Che se hubiera mantenido en secreto, antes y después de que el gobierno la hubiera detectado, talvez protegió al argentino pero impidió que decenas o centenares de militantes se sumaran a la lucha encabezada por una verdadera leyenda latinoamericana.

¿Cuándo y cómo se confirma la presencia del Che en Bolivia?
Según Gustavo Villoldo, que llega por primera vez a Bolivia en febrero y nuevamente a finales de julio para encabezar el country team de la CIA, él se convence del papel de Guevara gracias a la infiltración de tres personas en el aparato urbano montado por los cubanos y el PC. Todavía a estas alturas Villoldo se niega a proporcionar los nombres de los dos bolivianos y un peruano que viven aún bajo “protección” institucional. Y agrega: “Pero sí te puedo decir que se colocaron una serie de activos y los activos fueron los que empezaron a darnos la información necesaria para neutralizar. Todo ese mecanismo, ese apoyo logístico, al neutralizarse, dejó a la guerrilla totalmente fuera de apoyo. Penetramos totalmente al aparato urbano”.

Larry Stemfield, jefe de estación de la CIA en Bolivia hasta abril de 1967, ha confirmado que él comprobó la presencia del Che antes que las autoridades bolivianas, por fuentes bolivianas de nivel medio que trabajaban bajo contrato con la CIA. John Tilton, el sucesor de Stemfield, corrobora esta versión en sus memorias inéditas: una noche me llamó a casa el presidente Barrientos para preguntarme sobre un rumor de que el Che Guevara estaba en Bolivia. Hicimos cita y le dije que parecía que el rumor era cierto.
Que la jerarquía de la CIA en Langley no les haya creído a sus jefes de estación en La Paz no debe extrañar; sucedió lo mismo con los reportes de Lawrence Devlin sobre el Che en el Congo. Tilton aún lamenta las dificultades que enfrentó para convencer a su sede de sus sospechas.

Así, cuando Debray y Bustos caen presos el 20 de abril, las fuerzas armadas ya disponen de los datos suministrados por los desertores y por el “semipreso” Salustio Choque Choque. Esos datos les permiten asegurar que el jefe de la guerrilla es el Che.
Además, el 24 de abril Jorge Vázquez Viaña fue herido y capturado por el ejército, según algunos tratando de huir, según otros, por desordenado. Después de ser intervenido quirúrgicamente en un hospital militar, fue interrogado por un agente de la CIA, que operaba con el nombre de Eduardo González. Para confundir más las cosas, habrá dos oficiales de la CIA en Bolivia con el mismo seudónimo: este González, que llega primero, y otro, cuyo verdadero nombre es Gustavo Villoldo, y que aparece en las fotos del cadáver del Che en Vallegrande.
El primer González, fallecido ya, interroga a Vázquez Viaña, a Debray y a Bustos. Le tiende una trampa al Loro, haciéndose pasar por un periodista panameño de izquierda, a quien Vázquez Viaña cuenta todo, con pelos y señales,

REGIS DEBRAY.

Durante las primeras semanas de interrogatorios y golpizas, Debray se mantiene en lo acordado: era periodista, y fue a Bolivia a entrevistar a los guerrilleros; había escuchado los rumores sobre la presencia del Che, pero no lo había visto. Después, aceptará que entrevistó al Che pero que creía que ya había salido de Bolivia.
Armados de la información suministrada por el Loro, González confronta a Bustos. Con lujo de detalles, Bustos dibuja retratos de los guerrilleros, describe la vida en el campamento, con mapas y rutas de acceso; en una palabra canta. Las fotos de sus dos hijas que le permitieron a sus interrogadores amenazarlo con secuestrarlas lo quebraron. No resistió el interrogatorio; ni siquiera fue golpeado.

Obligado a desplazarse, a lograr la salida de sus visitantes y a buscar nuevas fuentes de abastecimiento, privado de comunicaciones y de red urbana, el 18 de abril el Che inaugura la siguiente crisis de la campaña de Bolivia, al dividir sus fuerzas, con una intención provisional, destinada a ser definitiva.
Definitiva y fatal: una fuerza tan pequeña no podía escindirse; al quedar separados e incomunicados los dos destacamentos, pasarán cuatro meses buscándose mutuamente en las serranías bolivianas, en ocasiones a cientos de metros los unos de los otros, incluso abriéndose fuego, sin jamás establecer contacto. La separación se origina en la necesidad de lograr la salida de Bustos y Debray. Al comprobar las dificultades para alejarse de la zona cercada por el ejército, los dos visitantes expresan su disposición a unirse a la guerrilla, pero el Che, por lo menos en el caso de Debray, responde que afuera puede servir a la causa con mayor eficacia, portando mensajes a Fidel y organizando una campaña internacional de solidaridad.

El valor de una difusión de esa magnitud adquiere mayor relevancia al iniciarse las hostilidades y resquebrajarse la red urbana. En su diario, el Che subraya que Debray expuso su voluntad de abandonar el campamento con demasiada “vehemencia”, pero Guevara igual accede y actúa en consecuencia. Deja a Juan Vitalo Acuña —Joaquín, su segundo de a bordo— con diecisiete hombres, incluyendo a una Tania debilitada que ya no puede volver a la ciudad, a los enfermos, y a los cuatro hombres de Moisés Guevara — conocidos como la resaca— que deberán ser dados de baja lo más pronto posible.

Con los 30 combatientes restantes, el Che marcha hacia el sur, en dirección de Muyupampa, poblado que piensa ocupar, aprovechando la consiguiente confusión para largar a los dos extranjeros. Gira órdenes precisas a Joaquín para que al cabo de tres días se reencuentren en la misma zona, evitando enfrentamientos que puedan entorpecer la reunificación.
Pero el ejército se adelanta y entra a Muyupampa, cancelando la opción de la toma armada. En el camino, sin embargo, la vanguardia guevarista se topa con un periodista chileno-inglés, de talante sospechoso, quien, guiado por unos niños, había descubierto a la banda armada. George Andrew Roth acepta un trato: a cambio de una entrevista con Inti Peredo, acuerda volver a Camiri con Debray y Bustos, avalando su calidad de periodistas.

¿POR QUE NO MAS PUNTOS DE REUNIÓN?

De nada sirve el ardid: al ser descubiertos Debray y Bustos son detenidos por la policía y entregados a la Cuarta División. Allí son interrogados, y probablemente hubieran sido eliminados, cuando el escándalo en la prensa y la presión de la CIA lo impiden, no por altruismo sino para poder obtener más información. Ambos serán juzgados y condenados a 30 años de prisión; su liberación se producirá en 1970, cuando el gobierno progresista de Juan José Torres llega al poder.
El Che no fijó puntos de reunión con la retaguardia, en caso de verse dispersados por el ejército o cualquier otro factor. La falta de comunicaciones adecuadas, ya fuera entre los dos contingentes, o con un tercer centro —La Paz o incluso La Habana— imposibilitó el reagrupamiento. Cuando el ejército efectuó nuevas maniobras y obligó al Che a moverse hacia el norte, lejos de la zona donde lo aguardaba Joaquín, el hilo se rompe para siempre. Nunca abandonará el Che el intento de la reunificación; cuando más tarde sus compañeros le suplican que cambie de idea, enfurece. Como además escaseaban los habitantes en la zona, y los pocos lugareños anuentes a conversar con los guerrilleros reaccionaban con temor u hostilidad, sólo la suerte hubiera podido lograr el reencuentro.

¿Por qué no dispuso el Che varios puntos contingentes de reunión con la retaguardia?
El misterio perdura 30 años después.

En el análisis más profundo escrito por un militar boliviano, Gary Prado atribuye el error a una sobreestimación de las fuerzas propias y a un desprecio indebido hacia el ejército. La respuesta yace probablemente en el estado de ánimo del Che en esos días, destrozado por la debilidad, el mal humor y el asma, y abrumado por la infinidad de problemas que lo aquejan.
En su diario el Che consigna ataques constantes de asma y una negra nube depresiva; las circunstancias no se prestaban a decisiones inteligentes, cuidadosas y previsoras.
Durante esas semanas de abril y mayo, cuando el Che esperaba forjar vínculos con los campesinos de la región —consciente sin embargo de los obstáculos que habría de vencer para lograrlo— sucede lo contrario. La muerte de dos civiles crea un pésimo ambiente en el seno de la población aledaña; la campaña anticomunista desplegada por las fuerzas armadas surte efecto; los comunicados del recién bautizado Ejército de Liberación Nacional reciben una rala difusión en una prensa cada vez más censurada. Los aldeanos aceptan vender víveres a los combatientes, pero con recelo; hablan con ellos, pero con miedo, y suelen informar rápidamente a las autoridades de cualquier roce con los guerrilleros.

El 15 de abril, La Habana publica un ensayo del Che en la revista “Tricontinental”, donde el comandante emite su consigna más famosa: “Crear dos, tres Vietnam”.

El tono antisoviético del discurso también es patente; la operación propagandística, igualmente. Se difunden seis fotos del Che, dos de civil y cuatro de verde olivo. Apunta en su diario, el 15 de abril, que la publicidad recogida por su mensaje garantiza que “no debe haber duda de mi presencia aquí”. El combate contrainsurgente en Bolivia se transforma entonces en una cacería. Se colocan todos los recursos locales al servicio de una causa única: capturar y matar al Che Guevara; ningún esfuerzo será desplegado en el otro platillo de la balanza para alcanzar un equilibrio.
Pronto, miles de soldados peinarán una zona inmensa pero hostil como pocas, rastreando a menos de cuarenta hombres hambrientos y enfermos, divididos en dos grupos incomunicados.

Continuará…

Fuente: Periódico “Última Hora”. La Paz, 5 de octubre de 1997.

Che Guevara: traicionado o no? Parte 7

Séptima parte del dossier basado en el libro “La vida en rojo”, de Jorge Castañeda, que cuenta la desafortunada aventura guerrillera del Che Guevara en Bolivia.

Seventh part of the dossier based on the book “The life in red", of Jorge Castañeda, that narrates about the unfortunate adventure fighter of the Che Guevara in Bolivia.

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Che Guevara: traicionado o no? Parte 3.

Che Guevara: traicionado o no? Parte 2.

ABRIR FUEGO.

Así cuando el jefe de la Cuarta División del ejército comisionó a una patrulla para inspeccionar la finca, ya habían recibido un buen número de señales que delataban la presencia de un grupo armado. Marcos y la vanguardia se cruzan con la patrulla del ejército; los guerrilleros matan a un soldado, y de inmediato se repliegan, evitando el combate y abandonando la finca, los militares se retiran a Camiri, vapuleados pero con el trofeo más preciado: la información segura sobre la existencia de un grupo de “alzados” en el cañón de Ñancahuazú.

La guerra había comenzado, en las peores condiciones imaginables.

En lugar de poder reponerse de la marcha, descansar, organizar a los nuevos reclutas, atender a las visitas y mejorar el abastecimiento, los combatientes recién reagrupados en su base deberán enfrentar de inmediato las consecuencias de haber perdido su carácter clandestino.
Marcos ya le había colmado la paciencia al Che durante la marcha, por sus repetidos pleitos, en particular con Pachungo, quien también fue víctima de varias descargas del argentino. Al restablecer contacto, enterado del repliegue de Marcos y del descubrimiento de la casa de calamina, Guevara explota. Insulta a su jefe de vanguardia, acusándolo virtualmente de cobarde por adoptar una posición defensiva y haber reculado.

Una guerrilla no se retira sin luchar; no se gana sin combatir, anota el Che en su diario. Según Regis Debray, la descarga fue violenta: “¿Qué pasa aquí? ¿Qué despelote es éste? ¿Acaso estoy rodeado de cobardes o traidores? Ñato, tus bolivianos comemierdas ya no los quiero ver, están castigados hasta nueva orden”.
No importa que la posición defensiva buscara montar una emboscada; no cuenta que se produjo una larga discusión entre Marcos, Rolando y Antonio (Orlando Pantoja) sobre el dispositivo idóneo.

Deprimido por la mala racha de acontecimientos, desgastado por el hambre, la sed y la enfermedad, atosigado por las eternas pugnas intestinas, las envidias y las mezquindades, en una palabra, en circunstancias terriblemente adversas, el Che Guevara toma entonces una de las decisiones más críticas y cuestionables de su vida. Contra sus propias teorías y experiencia, frente a la oposición callada pero expresiva de sus subordinados, organiza una emboscada para el destacamento militar que sin duda aparecerá en los próximos días, en cuanto el cuartel de Camiri reaccione al descubrimiento de los insurrectos y a la muerte de uno de sus hombres.

La guerrilla no estaba, de ninguna manera, preparada para iniciar las hostilidades; ni la precaria cohesión lograda, ni la estrategia escogida aconsejaban una iniciativa de esa índole. Por mucho que la primera escaramuza hubiera delatado su existencia, aun en esos momentos era factible huir y evadir el contacto con el enemigo. El Che optó por lo contrario.

Tanto Humberto Vázquez Viaña, integrante de la red urbana y hermano del Loro, como Gary Prado, el militar boliviano que captura al Che en la Quebrada del Yuro en octubre, convienen en que la elección de Guevara se antoja inevitable y planeada. Vázquez Viaña considera que tanto la localización como el momento eran los originalmente planeados, y que el Che nunca pensó durar meses sin someter a sus cuadros —bolivianos neófitos y cubanos mal acostumbrados— a la prueba de fuego. El motivo del fracaso no radica, en su opinión, en el carácter prematuro de los combates sino en otros múltiples factores. El militar boliviano Gary Prado, por su parte, juzga acertada la decisión del Che, en vista de las circunstancias, ya que las alternativas —huir sin dar la cara, o disolver la guerrilla— eran menos atractivas. La fuga no remediaba el descubrimiento por el ejército, y la disolución no era factible.

Pero el propio Fidel Castro ha declarado que el inicio anticipado de los combates le costó caro a la guerrilla del Che. No es difícil creer que la confusión del ejército y su tendencia natural a evitar los combates les hubiera permitido a los guerrilleros alejarse y empezar de nuevo sin demasiadas dificultades. Los servicios de inteligencia de Estados Unidos subrayaron repetidamente cómo las patrullas de la Cuarta División acuartelada en Camiri sólo persiguieron a los guerrilleros con gran renuencia y a regañadientes.

LA PRIMERA EMBOSCADA.

El 23 de marzo, en la quebrada del río Ñancahuazú, la mitad del contingente militar de ochenta hombres enviados al campamento del Che fue atacada por los guerrilleros, en una emboscada de pizarrón.
Los sobrevuelos de la aviación alertaron a los “alzados”; la larga experiencia del Che y de sus compañeros les permitió ejecutar la operación con meticulosa perfección. En el enfrentamiento murieron siete integrantes de las fuerzas armadas, incluyendo un oficial; 14 más se rindieron, entre ellos cuatro heridos; en tanto que la guerrilla no sufrió ninguna baja. El botín capturado abarca 16 fusiles y dos mil tiros, tres morteros con proyectiles, dos metralletas Uzi, una subametralladora y dos equipos de radio.

Desde el punto de vista estrictamente militar y táctico, la operación constituye todo un éxito: un bautizo de fuego victorioso, eficaz y económico. Pero a partir de ese momento, una pequeña banda aislada y agotada de hombres mal armados y subalimentados deberá enfrentar todo el poder de un ejército indudablemente mediocre, pero respaldado por Estados Unidos.

Ya nadie puede disimular: existe una guerrilla en Bolivia, y en ella participan extranjeros y bolivianos.
Su ubicación, fuerza y capacidad táctica son conocidas. Las reuniones programadas con la dirección del Partido Comunista, el reclutamiento de nuevos cuadros bolivianos, la construcción coordinada de la red urbana, la difusión oportuna de las tesis y realizaciones de la guerrilla: todos los planes minuciosamente diseñados se trastornan.
El 14 de abril el PCB es proscrito, obligando incluso a militantes marginados por la dirección como Loyola Guzmán, la dirigente de la juventud encargada de las finanzas de la red urbana, a sumirse en la clandestinidad; no podrán, por ende, desempeñar las funciones asignadas en las ciudades.

Debray recuerda que para el condottiere el saldo de la escaramuza no era enteramente negativo. Comprendía de manera cabal que desde un punto de vista estratégico no convenía, pero respiraba una cierta satisfacción ante el fin de la inactividad, por el término de la ambivalencia reinante: el combate endurecía a la tropa, elevaba la moral, aclaraba las cosas. Es preciso recordar el contexto de derrotismo y apatía que impera cuando el Che incurre en esa orientación fatal; también conviene enfatizar el estado de ánimo personal del comandante. Se había vuelto más taciturno e introspectivo que nunca:

“Apartado, sentado en la hamaca, fumando una pipa, bajo una cobertura de plástico, leía, escribía, pensaba, tomaba mate, limpiaba su fusil, escuchaba Radio Habana en su transistor por la noche. Ordenes lacónicas. Ausente. Encerrado en sí mismo. Atmósfera tensa en el resto del campamento. Disputas, susceptibilidades nacionales, discusiones sobre la táctica a seguir, todo avivado por el agotamiento, el hambre, la falta de sueño y la permanente hostilidad de la selva. Otro se habría mezclado con la tropa, hablando o bromeando con todos. El Che ponía la disciplina al desnudo, sin adornos ni relaciones personales”.

TANIA, OTRA VEZ.

Antes del regreso del Che, fueron introducidos al campamento tres personajes: Regis Debray, Ciro Roberto Bustos y Tamara Bunke. Esta última no debía encontrarse allí; su tarea consistía en encaminar a los reclutas y visitas al campamento y regresar a La Paz.
Pero en esta ocasión quemó, por así decirlo, sus propias naves.
Ya fuera por decisión deliberada, o porque habló su inconsciente —una madeja de fantasmas, culpas, deseos y obsesiones donde se cruzan la aspiración guerrillera, su probable amor por Guevara, el descuido y los nervios—, la agente de los servicios cubanos abandonó su jeep en la casa de calamina que fue ocupada por el ejército días después.
En el jeep, olvidó libretas de teléfonos, ropa y otros artefactos, que facilitaron su identificación a la sección de inteligencia del ejército. Como el Che diría en su diario, Tania ha sido “individualizada y se pierden dos años de trabajo bueno y paciente”.
Según la revista alemana Der Spiegel, Guevara la cachetea al volver al campamento después de la marcha y descubrirla instalada allí en tienda guerrillera. Uno de los escasos eslabones de la magra red urbana del Che Guevara en Bolivia se quebraba; en las siguientes semanas se desvanecerían los demás, dejando a la guerrilla totalmente desprovista de contacto con el exterior, con La Paz, y con La Habana.

¿Quién era Tania, y por qué se obstinó en incorporarse a una guerrilla para la que no estaba preparada físicamente y a la que podía servir con mayor eficiencia en la ciudad?
Conviene despejar el terreno de las versiones fantasiosas.

La tesis según la cual Tania era una doble agente de la KGB, o del Ministerio de Seguridad del Estado (MFS) alemán oriental, surgió por varios motivos, pero principalmente a través de una entrevista otorgada por un ex responsable de los servicios este-alemanes, Gunther Mannel, y publicada el 26 de mayo de 1968.

Mannel, que cambió de bando y se pasó a Occidente en 1961, contó que cuando vio de casualidad una foto de Tania después de su fallecimiento, la reconoció de inmediato.
Él había sido su “controlador” en los servicios de Alemania oriental; recordaba perfectamente que trabajaba para el MFS desde 1958. Se especializaba en la atención a visitantes extranjeros —en efecto así conoció al Che durante su primera estancia en Berlín en 1960— y recurría a todas las mañas femeninas de las espías de la literatura.
Según Mannel, en 1960 la KGB quiso ampliar su número de agentes en Cuba, y él fue el encargado de reclutar a Tania para ese propósito, misión que cumplió en una estación de tren de Berlín. Nunca fue posible confirmar esta información, y Mannel jamás proporcionó mayores datos. Daniel James retomó esta versión en su biografía del Che, pero no ofrece mayores pruebas ni precisiones.

Marcus Wolf, el renombrado jefe del contraespionaje alemán oriental, el deslumbrante personaje de las novelas de John LeCarré conocido como Karla, fue entrevistado en 1995 por los productores de un documental sobre el Che Guevara.
Allí señala que por lo menos en lo que a Wolf se refiere, Tania nunca trabajó para el MFS. Más aún, Wolf no la ha mencionado en ninguna de sus entrevistas públicas ni en los juicios que se le celebraron en Alemania después de la caída del Muro. Tampoco hace referencia a su carácter de agente en sus memorias, publicadas en 1997. Huelga decir que podría estar mintiendo, o que a los 80 años talvez no recuerda el nombre de todos y cada uno de sus subordinados. Pero la notoriedad de Tania no era precisamente minúscula, y resulta improbable que no recordara a una Mata Hari de semejante alcurnia, de haber trabajado bajo sus órdenes.

De hecho lo más probable es que, en 1961, Tamara Bunker, al igual que miles de jóvenes alemanes y de todo el bloque socialista, en efecto haya sido abordada por los servicios de inteligencia de su país. Como hablaba un castellano estupendo y provenía de la Argentina, constituía una candidata natural para trabajar en el ámbito internacional. No parece incluso inverosímil que al trasladarse a Cuba en agosto de aquel año lo haya hecho aún bajo las órdenes indirectas de Karla. Pero no existe absolutamente ningún indicio, ni en los archivos alemanes ni en Moscú, ni en el comportamiento de Tania en Bolivia, que sugiera un papel de provocadora o de doble agente. Otra cosa es que se haya enamorado del comandante Guevara, y que eso la haya inducido a cometer una serie de imprudencias o pifias indignas de alguien con su formación y experiencia.

Ulises Estrada lo reitera ahora, 30 años después: Tania estaba fascinada por el Che, más que enamorada, y quiso estar a su lado a como diera lugar.
Como Michele Firk en Guatemala durante los años 60 y las admiradoras del subcomandante Marcos en Chiapas, ansiaba ser guerrillera, no un enlace burocrático de los jefes y combatientes en La Paz, transportándolos de hotel a hotel y de contacto en contacto, siempre ajena a las decisiones trascendentes y a las grandes hazañas. Deseaba pasar de una vez por todas a la etapa de faenas y aspiraciones más épicas y ambiciosas.
El principio de las hostilidades que clausuran las salidas del cuartel guevarista imposibilitan su retorno a La Paz con la identidad de antes. Se cumple su deseo, consciente o no: deberá permanecer en el campamento, con Debray y Bustos.

RUMORES Y VERSIONES.

¿Fue amante del Che? Nunca lo sabremos a ciencia cierta, ya que los testimonios de los sobrevivientes que convivieron con ella y con Guevara son contradictorios.

De las cinco personas con vida que pudieran poseer una opinión fundada y a la vez independiente, dos de ellas—Debray y Bustos— se abstienen de aseverarlo, o lo niegan; otras dos, Urbano y Pombo, son appartchiks cubanos sin voz propia.
Debray atribuye su escepticismo a la carencia del nivel mínimo de energía necesaria para sostener cualquier amor más allá del platónico. Bustos jamás ha mencionado el asunto. Benigno, en su libro, no adopta una posición tajante, pero en una entrevista posterior a la publicación enuncia categóricamente la vigencia de un amorío, sin argumentos o pruebas muy convincentes. Dos factores alientan la especulación.
El primero reside en los antecedentes: Tania y el Che se conocían desde finales de 1960, compartieron infinidad de reuniones y fiestas, coincidieron una temporada en Praga en la primavera de 1966, y todo indica que ella, por lo menos, estaba perdidamente enamorada de él.
En segundo lugar, cuando fue rescatado el cadáver de Tania en agosto, proliferaron los rumores de que en su vientre cargaba un feto de tres meses de edad. Si bien no se ha aclarado si fue objeto de una autopsia —algunos dicen que el mismo médico que le cercenó las manos al Che ya muerto, el boliviano Abraham Baptista Moisés, hoy empleado del Hospital Universitario de la ciudad de Puebla, en México, efectuó una necropsia completa— siempre corrió el rumor de que Tania estaba embarazada al morir.

No es probable que el padre haya sido el Che; sin embargo, algún testimonio presencial y confiable debió haber aparecido a lo largo de los últimos treinta años. Resulta más razonable creer que Tania fue una especie de groupie revolucionaria, lógicamente fascinada por el embrujante personaje que conoció en Berlín seis años antes; que la situación se prestara a las más diversas interpretaciones y tentaciones, pero que el Che no reencontró encantos en los rasgos severos y en ocasiones masculinos de Tania.

Continuará…

Fuente: Periódico “Última Hora”. La Paz, 5 de octubre de 1997.

Che Guevara: traicionado o no? Parte 6

Sexta parte del dossier basado en el libro “La vida en rojo”, de Jorge Castañeda, que cuenta la desafortunada aventura guerrillera del Che Guevara en Bolivia.

Sixth part of the dossier based on the book “The life in red", of Jorge Castañeda, that narrates about the unfortunate adventure fighter of the Che Guevara in Bolivia.

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Che Guevara: traicionado o no? Parte 5.

Che Guevara: traicionado o no? Parte 4.

Che Guevara: traicionado o no? Parte 3.

Che Guevara: traicionado o no? Parte 2.

Che Guevara: traicionado o no? Parte 1.

LAS TRIBULACIONES.

Ése era el país donde, en noviembre de 1966, el Che pretendía realizar una faena diametralmente opuesta a la que concibió en un principio. La guerrilla nunca vencerá el maleficio que la azotó desde sus inicios. Transitará de crisis en crisis, a partir de la llegada al campamento a principios de noviembre, hasta el trágico final en La Higuera en octubre de 1967. Su destino se acercaba; el Che no tenía un deseo de muerte, pero anhelaba desde muy joven un destino crístico: el sacrificio ejemplar pronto lo alcanzaría.

La primera crisis giró en torno a una inesperada resolución de los titubeos del PCB. No se podía tolerar la ambigüedad persistente, sobre todo cuando las consecuencias de la apatía del PCB amenazaban con convertirse en un auténtico peligro.
Las armas no llegaban; la red urbana no cuajaba; los combatientes brillaban por su ausencia, y Mario Monje circunnavegaba por el mundo. Evadía al Che; de regreso de La Habana en junio de 1966, se había negado a transitar por Praga, creyendo, que los comunistas querían empatarlo con Guevara y lograr que el famoso y carismático comandante ejerciera personalmente la presión necesaria.
Pero al volver del Congreso del Partido Comunista Búlgaro, en diciembre de aquel año, Castro lo intercepta en La Habana. Le informa que llegando a Bolivia será conducido al campamento del Che, sin precisar dónde se encuentra este último, ni si se halla en territorio boliviano. Monje pudo escuchar a Piñeiro susurrarle a Fidel Castro en su oficina que el pueblo cerca del cual se hallaba el Che portaba un nombre que sonaba a “Ancahuázu”.

Monje arribó a La Paz a finales de diciembre de 1966. Allí convocó a una reunión de urgencia del secretariado del partido, donde anunció que había sido invitado a reunirse con el Che en un campamento, y solicitó la celebración de sendas sesiones del Buró Político y del Comité Central a su retomo.
Monje sabía ya que no sería posible un acuerdo con el Che, y que debía a toda costa conservar la unidad de la dirección del partido, ya que la fracción castrista —el aparato clandestino, la juventud, etc.— respaldaría a los cubanos y se uniría a la lucha armada.

El 31 de diciembre Tania conduce a Monje al cuartel general guevarista, que para entonces era ya un establecimiento cabal, con capacidad para alojar y alimentar a un centenar de hombres, con varias bases secundarias alejadas de la “casa de calamina” en la finca, y puestos de seguridad, un anfiteatro para conferencias, un horno para pan, y un pequeño hospital bien aprovisionado.
La finca se había transformado en un parapeto de guerra, seguro con su sistema de comunicaciones, sus cuevas y escondites de comida, medicina, equipo y documentos.

La discusión se anuncia tensa y crucial: si la propuesta del Che descansaba en la colaboración del Partido Comunista de Bolivia, y ahora ésta se desvanecía, salvo por la participación de algunos individuos heroicos y talentosos, pero individuos al fin, ¿qué sentido conservaba todo el proyecto?
Según Monje, el Che abrió la boca confesando que él y Fidel lo habían timado: “En realidad te hemos engañado. Yo diría que Fidel no tiene la culpa, fue parte de mi maniobra ya que te hizo un pedido a iniciativa mía. Inicialmente tuve otros planes y luego los cambié. Disculpa al compañero con quien hablaste, él es muy bueno, de absoluta confianza, no es político, por eso no supo ni pudo explicarte mis planes, sé que fue muy descortés contigo”.

El “compañero” era Papi Martínez Tamayo; los planes iniciales se refieren a la intención original del Che de partir hacia la Argentina. Ya insinuamos esta hipótesis: no es descartable que, en algún momento, Castro efectivamente haya concluido que no podría convencer al Che de desistir. Pero tampoco es despreciable la tesis de Monje, colocada aquí en labios del Che: los cubanos lo engañaron; sabían perfectamente que la intención consistía en instalar un foco guerrillero en Bolivia, de la misma manera que tenían plena conciencia de que Monje y el resto del PCB jamás lo aceptarían. Por ello era preciso embaucarlos con la idea del paso hacia el sur.

El Che invitó a Monje a incorporarse a la lucha armada como jefe político, aclarando que la dirección militar permanecería en sus manos. Monje comunica al Che su decisión de renunciar a la dirección del partido e integrarse a la guerrilla, pero con tres condiciones:
Primero, la construcción de un amplio frente continental, empezando con una nueva conferencia de los PCs de América Latina.
En segundo lugar, insistió en que la lucha armada debía combinarse con un esquema insurreccional en las ciudades, el cual sería obviamente coordinado por el PC; subrayó la necesidad de crear un frente político nacional, uniendo a todos los grupos del país, para integrar un comando único revolucionario.
Por último, demandó que la lucha no fuera exclusivamente armada, es decir, que se conjugara el esquema guerrillero con otras vías de lucha, y en todo caso, que la jefatura militar se subordinara a la política, para lo cual se autopropuso como cabecilla. No aceptó que un extranjero, por ilustre y experimentado que fuera, dirigiera la lucha. La autoridad máxima debía recaer en un nacional.

Según las versiones de algunos de los diarios de los colaboradores del Che, Monje insistió igualmente en la exclusión de los prochinos de Oscar Zamora de la guerrilla, petición a la cual el Che accedió, confesando haberse equivocado con Zamora desde un principio.

¿TRANSAR CON MONJE?

Guevara consigna en su diario que las tres condiciones le parecieron artificiales y tramposas: el boliviano en realidad buscaba romper con el Che. Para ello inventó requisitos que a ciencia cierta resultarían inaceptables para su interlocutor.
El Che le advirtió a Monje que su renuncia a la secretaría general del PCB era un error, pero que en todo caso la decisión no le incumbía. En cuanto a la exigencia internacional formulada por Monje, Guevara muestra cierta indiferencia, pero manifiesta un sano escepticismo: era pedirle peras al olmo. Pero sobre todo, Guevara rechazó de un tajo la condición relativa al mando: “No podía aceptarlo de ninguna manera. El jefe militar sería yo y no aceptaba ambigüedades en esto”.

Para Emilio Aragonés, éste fue el error fatal de su amigo: un político hubiera accedido a las exigencias de Monje, para después ver cómo las remontaba o las circundaba; según Aragonés, Fidel habría aceptado. Pero el Che casi prefería prescindir de Monje; talvez seguía preso de las fábulas del aparato cubano, al creer que la mayoría de los miembros y dirigentes del Partido Comunista se unirían a su causa, abandonando a su secretario general.
Por ello quizás anota la siguiente conclusión en su diario: “La actitud de Monje puede retardar el desarrollo de un lado pero contribuye por otro a liberarme de compromisos políticos”.
En esto se equivocaba el Che de cabo a rabo: once días más tarde, Monje obtiene el respaldo total del Buró Político y del Comité Central, que redacta una carta colectiva y unánime a Castro reiterando la postura esgrimida ante el Che.

No por ello se perdía la esperanza. Cuando hacia finales de enero de 1967 Jorge Kolle y Simón Reyes se entrevistaron con Castro en La Habana para lograr una reconciliación, Fidel le avisó al Che que sería “duro con ellos”.
Convinieron en revisar su actitud, al ser notificado de la naturaleza continental del proyecto. Desde cierta perspectiva, se trata de un nuevo engaño: para entonces, la opción peruana había sido abandonada, la argentina no arrancaba, y la brasileña siempre fue una quimera.
Fidel trató de suavizar la intransigencia del Che, justificando su empeño en dirigir la guerrilla boliviana a través del carácter supuestamente regional de la misma. Todas las dotes de persuasión del Caballo fueron puestas en juego, pero en vano. La reunión cobró visos tormentosos, según el informe secreto que rinde al gobierno alemán un miembro del Buró Político del PCB, Ramiro Otero: “Lucha partisana fue la que se impuso al PC boliviano de parte de camaradas cubanos y de otros países. El PCB se dirigió en una carta a Fidel Castro pidiendo poder determinar el cuándo y cómo de la lucha. Fidel reaccionó de forma negativa. Resultado: el aparato propagandístico del Partido completamente desintegrado, prohibición del partido, detención de los miembros del Politburó. … El camarada Otero ve contradicciones entre Guevara y Fidel Castro. Él cree que “Che” es el más inteligente, pero políticamente más peligroso”.

En La Habana los bolivianos se comprometieron a por lo menos proporcionar ayuda logística al Che, y de ser posible, enviar más gente. Todavía a principios de febrero de 1967, Pombo registra en su diario que se espera una nueva visita de Monje.
De acuerdo con Benigno, fueron hasta treinta y seis bolivianos entrenados en Cuba los que se hubieran podido integrar a la guerrilla, pero esa incorporación simplemente no se dio. La discusión sobre si los nuevos compromisos asumidos en La Habana se hubieran cumplido pronto se vuelve ociosa: al estallar los combates el 23 de marzo, se coartó la posibilidad de cualquier visita del PCB a la guerrilla.

Aquí detectamos de nuevo la huella del Congo. Al cabo de ocho meses de languidecer en la sabana africana, debido a las restricciones impuestas por una ausencia de líneas de mando, el Che no podía tolerar ninguna ambivalencia al respecto. En otras condiciones quizás hubiera aceptado un consejo de dirección, o alguna solución cómoda aunque impráctica que obviara la principal objeción de Monje, sin entregarle el mando. Pero después del calvario congoleño, no tenía ánimo para sutilezas ni arreglos acomodaticios. En ello dejaría la vida.

RUPTURA Y AVANZADA.

Las pláticas concluyen con un desacuerdo total. Monje pide dirigirse a los comunistas bolivianos ya incorporados a la guerrilla para explicar su planteamiento. El Che accede, agregando que todos aquellos que deseen separarse del campamento y volver con el máximo líder del partido podrán hacerlo: ninguno lo hace. Monje expone su postura, pero rápidamente comprueba que sus peores temores se confirman: los cubanos le habían “volteado a su gente en los campos de entrenamiento isleños, en particular a los Peredo.

El Che, por su parte, no pierde el semblante, pero acusa el golpe. Según Benigno: “Él trataba de no mostrarlo pero imagínate, aquello lo obligaba a cambiar todo su plan. Nos reúne y nos dice: “Bueno, esto antes de comenzar se terminó. Aquí no tenemos nada que hacer”. Nos da la oportunidad tanto a bolivianos como a cubanos que al que quisiera abandonar aquello podía hacerlo, y el cubano que quisiera irse al lado de un boliviano podía hacerlo también, que no se consideraría ni un arrepentido ni un cobarde”.

A partir del fracaso de las conversaciones con Monje se acelera el reclutamiento de otros grupos, sobre todo de disidentes prochinos capitaneados por Moisés Guevara. Como ello toma tiempo, el Che aprovecha para organizar una marcha exploratoria y de entrenamiento de varios días, que se transformará en semanas.
Deja en la base a cuatro hombres, para recibir a visitantes y nuevos reclutas, y forma tres grupos para realizar la marcha: la vanguardia, integrada por cinco combatientes, dirigida por Marcos (Antonio Sánchez Díaz, el comandante Pinares); el centro, a cargo del propio Che, con dieciocho hombres; y la retaguardia, bajo la responsabilidad de Joaquín (Juan Vitelo Acuña), compuesta por seis guerrilleros. Los 29 expedicionarios —14 cubanos, 14 bolivianos, más el propio Che— volverán en harapos, exhaustos y desmoralizados.

El periplo, inicialmente previsto para durar veinticinco días, se prolonga seis semanas. Recorren cañones, cuencas de arroyos convertidos en ríos, caminos y pequeñas aldeas casi deshabitadas; exploran los farallones y desfiladeros hasta el río Grande y el río Masicurí.
Dos nuevos reclutas —Benjamín y Carlos— mueren ahogados en la ruta sin haber disparado un solo tiro. La vegetación espinosa y tupida, los mosquitos y otros insectos, entre ellos el “boro”, una mosca que deposita una larva debajo de la piel, la penuria de fauna para proveer la alimentación de la tropa, las lluvias y los ríos crecidos, conforman un cuadro dramáticamente distinto al de la Sierra Maestra, y al que el Che esperaba.

Los exploradores se ven obligados a abrirse paso con machete. Lo accidentado del terreno priva a varios combatientes de sus botas. Al consumirse las raciones, deciden devorar el caballo que habían comprado días antes; “una orgía de caballo”, anotó el Che, con las previsibles consecuencias intestinales. Y, como era de esperarse, las tensiones crecen y las divisiones y pleitos entre los guerrilleros afloran. La marcha fue útil para poner en descubierto estas taras, pero el costo pagado terminó por ser excesivo para una guerrilla en ciernes.
Por fin, y casi de manera inevitable, el 17 de marzo se asoma la tragedia: la balsa se voltea en el río desbordado; se pierden mochilas, parque, seis fusiles y un hombre se ahoga: el mejor de los bolivianos en la retaguardia, según el Che.

El 20 de marzo vuelven a la base tras casi siete semanas de hambre, sed, agotamiento y disensiones. Al ver al Che por primera vez, sus visitantes se estremecen: era un hombre emaciado, con veinte kilos de menos, con la cara, las manos y los pies hinchados. Se enfrenta a un “caos terrible”: por diversas razones que el Che aún desconoce, la cobertura del campamento, de la guerrilla y del mismo comandante se habían hecho añicos. Las deserciones del grupo de Moisés, las sospechas de los vecinos y el trabajo de inteligencia de los bolivianos y de la CIA, así como los encuentros con varios técnicos petroleros de Camiri, alertaron al ejército, el cual de inmediato se dirigió a Ñancahuazú.

A mediados de febrero se habían incorporado los siete hombres de Moisés, entre ellos Willy, uno que acompañará al Che hasta la muerte y que como él fallece ejecutado a sangre fría, y tres que lo traicionan en los fatídicos días de marzo.
Aunque nadie lo sabe en ese momento, la Dirección de Investigación Criminal del Ministerio del Interior ya le había colocado un seguimiento al dirigente sindical; en enero fue detectado en Camiri, junto con sus acompañantes. En marzo, cuando Moisés Guevara se traslada de manera definitiva al campamento, acompañado por Tania y Coco Peredo, fue seguido de nuevo por la policía. Esta información es remitida a la Cuarta División del ejército con sede en Camiri.

El 11 de marzo, Vicente Rocabada Terrazas y Pastor Barrera Quintana, dos de los reclutas comisionados de cacería, se escabullen del campamento principal, arrojan sus armas y huyen hacia Camiri. El 14 de marzo se toparon con la policía, que los entrega a la Cuarta División, donde suministran información acerca del campamento, el número de hombres y, sobre todo, de la presencia del Che Guevara, sus alias, sus fechas de ingreso al país. Ambos mencionan al Che, aunque reconocen que nunca lo vieron, ya que había salido en misión exploratoria. Rocabada confiesa que desde el 12 de enero supo de la identidad del Che, cuando Moisés Guevara lo invitó a unirse a la guerrilla.

BOLIVIANOS Y CUBANOS.

Para el puñado de cubanos desamparados se conjugaron dos circunstancias desastrosas. Por una parte, Moisés Guevara fue laxo en su reclutamiento: había exagerado su fuerza y capacidad, y para no quedar mal incorporó a hombres sin convicción, ofreciéndoles dinero o becas, en algunos casos, y al mismo tiempo presumiendo de la fuerza de la guerrilla a la que iban a integrarse. ¿Qué mejor estímulo que la oportunidad de combatir bajo las órdenes del legendario Che Guevara? A las primeras de cambio, estos reclutas semivoluntarios y semiconscientes desertaron. La culpa, sin embargo, no correspondió exclusivamente a Moisés Guevara.

Por otra parte, a pesar de los largos entrenamientos en San Andrés de Tajguanaho, la ausencia del Che provocó un repentino relajamiento de la disciplina entre los cubanos; se violaron normas elementales de seguridad. Los guerrilleros de la isla fueron los que cometieron la mayoría de las infidencias con los hombres de Moisés Guevara; incurrieron en otras durante las distintas visitas que recibieron en el campamento esas semanas, incluyendo la toma casi enfermiza de fotografías.
La delación de Rocabada y Barrera, así como las informaciones precisas y detalladas que éstos remitieron al ejército, el cual ya había sido alertado por otros medios de la posible presencia de hombres armados en la zona, suscitó el envío de una patrulla a investigar la “casa de calamina” en la finca de Ñancahuazú.

Con 30 hombres de la marcha exploratoria fuera de la sede central de la guerrilla, los restantes se parapetaron en las bases secundarias, dejando sólo en la base principal a uno de los reclutas de Moisés Guevara, Salustio Choque Choque.
Al penetrar la patrulla del ejército en la zona, el boliviano se entregó sin resistencia, y en los interrogatorios confirmó toda la información proporcionada por sus dos compañeros. A 500 metros de la casa se encontraron los restos de un campamento provisional, incluyendo seis maletas de ropa con etiquetas cubanas y mexicanas.

Los datos en poder de los militares no se limitaban a aquellos que recabaron de los desertores. El general Ovando revelará meses más tarde que desde finales de febrero las fuerzas armadas disponían de informes según los cuales cinco extranjeros habían interrogado a lugareños en la zona, procurando ubicar los vados del río Grande. Posteriormente esos cinco hombres fueron vistos nadando y ostentando grandes cantidades de billetes de dólares y pesos bolivianos.

Por otra parte, el pelotón de vanguardia, dirigido por Marcos, al desligarse de los otros dos grupos y volver hacia el campamento antes que ellos, provocó un incidente en la toma de agua de Tatarenda, al vanagloriarse de sus armas y de su carácter de guerrilleros, actuando con indiscreción frente a un técnico petrolero de nombre Epifanio Vargas, quien primero los siguió, y después corrió a Camiri para denunciarlos.

Existían antecedentes: desde la instalación del foco guerrillero en noviembre, un vecino de la zona, un tal Ciro Algarañaz, se mostró excesivamente interesado por el trajín del campamento, y ofreció ayudar a los supuestos finqueros, pensando que se trataba de una plantación de hoja de coca y fabricación de cocaína. Después asignó a uno de sus peones —bautizado por los guerrilleros como el vallegrandino— la tarea de vigilar la casa de calamina; al acercarse los militares en marzo, contaban con la información y las aprensiones de Algarañaz y el vallegrandino.

Continuará…

Fuente: Periódico “Última Hora”. La Paz, 5 de octubre de 1997.