sábado, 5 de junio de 2010

La vida es una “moneda”

Con la perspicacia propia del psicoanálisis, este artículo nos pone a pensar sobre la forma en que el dinero influye, a veces poderosamente, en nuestra forma de ser, al punto que incluso tipifica nuestro temperamento y conducta respecto de él. Aún cuando no sea realmente ni un bien ni un producto, es bastante difícil permanecer indiferente ante las cuestiones y problemas que nos plantean las finanzas personales, y en perspectiva, nuestro desempeño en los negocios, el trabajo, el ahorro y el bienestar. “Poderoso caballero es Don Dinero” decía don Francisco; sin embargo, como nos lo señala el autor, es bueno que nos evaluemos en este ámbito, porque conociéndonos mejor podremos, en consecuencia, actuar mejor.

Autor: Marcelo Elbaum, Director de Convexity S. A., m_elbaum@convexity.com.ar
Fuente: www.revista-noticias.com.ar, 6 de junio de 2009

Conocer nuestras “fortalezas” y “debilidades” frente al dinero, nos permitirá tener un mejor bienestar económico.
El filósofo alemán Arthur Schopenhauer expresó hace más de 150 años que: “La personalidad del hombre determina por anticipado la medida de su posible fortuna”. Esto es así porque el dinero no es una cuestión aséptica, que se pueda abordar en situación de laboratorio, sino que, por el contrario, genera intensas emociones y reacciones en las personas. Para algunas, es fuente de seguridad; para otras, de libertad; para muchas es la medida de su autoestima y para otras tantas, causa de ansiedad o dependencia. Esto es así porque cada uno de nosotros posee una personalidad y un temperamento diferentes, que dan una impronta especial a nuestros actos. Tímidos, expansivos, comunicativos, retraídos, explosivos, medrosos, alertas, aventureros, vamos por la vida con nuestros defectos y virtudes tratando de sacar provecho de unas e intentando disimular o modificarlos otros. Sin embargo, en la mayoría de los casos, las personas no suelen tener en cuenta estos rasgos a la hora de analizar sus finanzas. Por extraño que parezca, en general no se detienen a sopesar cuánto ha influido su personalidad en los resultados financieros que obtienen o han obtenido, ni mucho menos a pensar cómo podrían modificar sus actitudes negativas y explotar al máximo las positivas para que redunden en beneficio de su economía. Algo que, sin duda, les permitiría avanzar con mayor solidez en la búsqueda de sus objetivos. A grandes rasgos, los tipos extremos para las tres dimensiones de la riqueza (adquisición, uso y administración) serían: respecto de la adquisición, la “personalidad esquiva” se opone a la “personalidad insaciable”: en el primer caso, el esquivo piensa que el dinero es la raíz de todos los males. En el otro extremo, está el insaciable, que sería aquel que, en el extremo máximo, rompería cualquier ley y torcería las reglas para ganar más y más. Respecto del uso, la “personalidad miserable” se opone a la “personalidad derrochadora”: en el extremo izquierdo está el miserable que vive muy por debajo de sus posibilidades y se priva de cualquier placer con el solo objetivo de atesorar. En el otro extremo se encuentra el despilfarrador, que es un gastador compulsivo. Respecto de la administración, la “personalidad gerencial” se opone a la “personalidad caótica”: en uno de los extremos está el obsesivo compulsivo que gerencia y administra hasta el último centavo e intenta obtener rentabilidad hasta en lo más mínimo. En el otro, se halla la persona caótica que es extremadamente desordenada y posterga pagar las cuentas hasta que queda quebrado o no destina nada de tiempo a analizar sus inversiones. De seguro, usted no se ha reconocido estrictamente con ninguno de estos tipos. Con certeza algunos ejemplos le ha resonado en su interior. Es que siempre, aunque nos cueste admitirlo, estamos un poco más inclinados hacia un extremo que hacia el otro. Y allí, en nuestras carencias y en nuestras fortalezas es donde debemos trabajar para acercarnos cada vez más al justo medio. Sería bueno que usted realice algún “test de identidad de la riqueza” para evaluar en cuáles de los factores de los que se relacionan con el dinero posee “fortalezas”, en cuáles está “equilibrado” y en cuáles tiene una “debilidad” por resolver. Los factores a evaluar serían: a) autoestima y seguridad; b) confianza en las relaciones personales; e) administración y legado; d) estilo de vida y e) conciencia financiera. Después de todo, “…la vida es una moneda, quien la rebusca la tiene, ojo que hablo de monedas y no de gruesos billetes...”

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La sociedad de los miedos

Aun cuando este profundo análisis psico-sociológico, no sin buena dosis de filosofía, se refiere más al ámbito argentino, casi todo lo que expresa puede aplicarse a cualquier ámbito humano de la actual posmodernidad. Tomando en cuenta que, en efecto, el miedo íntimamente enlazado con el instinto de conservación, es uno de los motores más poderosos de la conducta humana, algo que Eric Fromm también lo enfoca en su libro famoso “Los cuatro gigantes…”, parece ser que en este último tiempo, y a pesar de lo que la globalización parece reportar en materia de bienestar, todos parecemos sentir una especie de angustia existencial que comenzando por nuestras legítimas incertidumbres, pasan por las crisis de todo tipo (guerras, inequidad, calentamiento global, epidemias nunca antes vistas, amenazas externas al planeta, etc.), que a veces nos hacen decir para nuestros adentros: “no sé por qué aun no he perdido la cordura”. El autor de este artículo enfoca, con objetividad pocas veces vista, la forma como esta sensación se presenta ante el ser humano actual, ya no en la forma de fenómenos físicos inexplicables ni en la pugna de prevalecer entre las fieras prehistóricas sino en la forma de fantasmas (de todo tipo) que en gran medida él mismo ha creado y en la angustia de cómo sobrevivir al supuesto “progreso” del que ahora parece comenzar a ser víctima.

Autor: Pacho O’Donnell, historiador y ensayista. Autor de “La Sociedad de los miedos”. Editorial Sudamericana, 2009.
Fuente: www.revista-noticias.com.ar, 6 de junio de 2009.

Es un sentimiento profundo y ambiguo que termina gobernando, cosechando la desconfianza, la violencia reactiva, las relaciones light, los valores subvertidos y el sinsentido vital.
Las argentinas y los argentinos de este principio de siglo estamos hechos de miedo. No se trata sólo de que lo sintamos o que nos aceche, sino que el miedo ha llegado a ser nuestra esencia constitutiva. Se ha adueñado de nuestras fibras más íntimas y condiciona, sin que nos demos cuenta, nuestros pensamientos, decisiones y acciones. Lejos de ser una consecuencia indeseada o inesperada de la organización social, constituye el dispositivo crucial de la misma ya que el miedo es el mecanismo de disciplinamiento que el sistema económico y político necesita para su conservación y expansión.
El miedo más ostensible, al menos en los tiempos que corren, lo cual no quiere decir que sea el más hondo, está relacionado con lo que se entiende por “inseguridad”, es decir, el marcado crecimiento de la violencia delincuencial y sus consecuencias psicológicas, somáticas, sociales, políticas, económicas y culturales. Esta violencia y el miedo que engendra, dejémoslo ya sentado en estas primeras líneas, lejos están de ser “causas” sino que son “consecuencias” de la clave del sistema social vigente: la agresiva, solapada y eficacísima inoculación en nuestras moléculas del anhelo de “tener”.
Tener por el medio que sea: trabajar, estafar, robar, secuestrar, matar… pero tener. Y más que el prójimo.
Si bien la metodología de su imposición suele ser subrepticia y escapar a nuestra percepción, cuando el poder social se vio gravemente amenazado por el revolucionarismo de los años setenta echó mano a la ferocidad de la Triple A y a la ominosa dictadura del llamado Proceso de Reorganización Nacional -llave maestra para lograr tal fin-, y las huellas del terror sistemático, a pesar de los años transcurridos, son perceptibles aun en aquellos que nacieron luego.
Infiltrado en cada uno de nosotros ese miedo constitutivo opera desde nuestro centro vital, nuestro inconsciente, y es lo que le permite a ese sistema en el que vivimos sostener sus necesidades de un consumismo cada vez más intensivo haciendo que cada uno de nosotros piense, elija y actúe no ya de acuerdo con su propia naturaleza, sino en función del deseo social, aquel que nos prefiere consumidores y no personas en contacto con su identidad profunda.
Esa es “la sociedad de los miedos”, caracterizada por la enajenación, la desconfianza en el prójimo, la violencia reactiva, las relaciones light, la hipoteca del deseo, el sinsentldo vital, la subversión de los valores. De eso nos ocuparemos en estas páginas, donde podrá encontrarse un listado de miedos en los que el más antológico de ellos -el miedo a la muerte- se encarna, se disimula y se objetiva.
Sin embargo, este es un texto sobre la esperanza, puesto que desocultar lo que nos malcondiciona desde nuestros propios pliegues nos da la oportunidad de reaccionar y de encontrarnos a nosotros mismos, de ser leales, aunque sea parcial o esporádicamente, con la razón de nuestra existencia. Porque está claro que no hemos venido al mundo para cumplir con deseos ajenos.
LA EXPERIENCIA. Tengo pergaminos para abordar el tema, dado que soy un experto en miedos por haberlos sufrido en carne o mente propias en todas las edades. La matriz de todos ellos fue aquel monstruo indefinible pero aterrador, que se deslizaba debajo de mi cama en las noches de mi infancia cuando mis padres salían. Yo escuchaba su respiración sibilante y me imaginaba -casi los veía- sus ojos enrojecidos, que nunca pestañeaban brillando en la oscuridad. Yo cerraba los míos y permanecía inmóvil para engañarlo, en la esperanza de que si me daba por dormido no me haría víctima de ese ataque siempre inminente que, sin que yo entones lo comprendiera, era el castigo con el que mi inconsciente me amenazaba por mis desbordantes y culpógenas fantasías sexuales. (Años más tarde el temible monstruo se encarnó en la dictadura del Proceso, me mostró sus garras chorreantes de sangre y hube de exiliarme con mi familia). Acotemos que los cuentos y los dibujos animados dirigidos a niñas y niños de corta edad suelen ser terroríficos porque cumplen con la misión de “asustarlos” para preparar su ingreso en la vida colectiva.
Los terrores infantiles están relacionados con la indefensión del ser humano en sus primeros tiempos de vida, cuando todo puede resultar un peligro letal. Tengamos en cuenta que la especie humana tarda un año en ponerse de pie, mientras que un ternero o un potrillo lo hacen a poco de nacer. Es incomprensible que una criatura tan inmadura haya logrado sobrevivir a las crudas leyes de la naturaleza y además imponerse sobre las otras criaturas.
El temor más primitivo y fundante de todos los demás es el de ser abandonados por el indispensable pecho materno, del que depende no sólo nuestra nutrición alimenticia sino también la afectiva. Traducido al lenguaje adulto, es una amenaza de privación y de muerte. Ello provoca envidia por no poder disponer de ese pecho a su arbitrio, lo que en nuestro imaginario asusta con la posibilidad de destruirlo. Muy precozmente estamos forzados a domeñar nuestra agresividad. El miedo es socializador. El costo de vivir en sociedad es renunciar a satisfacciones inmediatas por temor a las consecuencias (“el malestar en la cultura” lo llamó don Sigmund). Dicha sumisión, corno iremos desarrollando en estas páginas, ha sido llevada a una dimensión elevada de eficiencia y ocultamiento por la sociedad del miedo. Ya no se trata, sólo o tanto, del temor a las leyes, desde siempre domesticadoras de instintos por el miedo a las consecuencias de desobedecerlas.
En los tiempos que corren, la coerción se ejerce por sutiles vías de devastador efecto: el miedo a ser diferente, a ser excluido, a la desocupación, a “no tener” objetos o servicios que configuran la identidad social, al desamparo de la vejez. La organización social no reacciona, o lo hace insuficientemente y a destiempo -como lo demuestran las impotentes marchas espontáneas que claman por seguridad cuando el sistema de orden se debilita por la corrupción policial o por la ineficiente lentitud de la justicia-, porque la amenaza de desintegración social y el consiguiente temor al desamparo anárquico, fogoneado por los medios masivos, contribuyen a instalar el miedo y su consecuencia de búsqueda de refugio en la normativa social, galvanizándola.
Biológicamente, el miedo es una reacción necesaria y positiva ante una amenaza. Nuestro organismo se prepara para la defensa y el contraataque, que procurarán la supervivencia: se incrementa el metabolismo celular para un mayor gasto de energía, la presión arterial y la glucosa elevadas garantizan el combustible para la acción muscular y la actividad cerebral, la coagulación sanguínea acelerada disminuye las eventuales hemorragias.
La sangre deja de irrigar zonas innecesarias para la emergencia, como el aparato digestivo, y en cambio fluye a los músculos mayores, especialmente a las extremidades inferiores, para facilitar la carrera y los saltos. El corazón aumenta de frecuencia para garantizar la circulación de adrenalina. También se agrandan los ojos y se dilatan las pupilas para mejorar la visión.
DEL MÁS ALLÁ. Las religiones han echado y echan mano del miedo. Los griegos colocaban imágenes terroríficas en sus templos para provocarlo y fijar a sus acólitos en la fe. Al visitar el templo de las ruinas mayas en Chichén ltzá me impresionó hondamente la crueldad de las imágenes esculpidas en las paredes, pobladas de personajes monstruosos, profusas decapitaciones, sangre chorreante, feroces torturas, que seguramente tenían por objetivo atemorizar a los habitantes para forzar su sumisión. Puedo dar testimonio de que el temor al Infierno, en mi infancia de formación católica convencional, era un tormento ya que es imposible imaginarse libre de pecado, batalla en la que estamos destinados a perder porque nuestras vidas arrancan bajo la condena de un Dios furioso por la desobediencia en el Paraíso:
“¡Maldita sea la tierra por tu culpa! Con fatiga sacarás de ella tu sustento todos los días de tu vida. Ella te dará espinas y cardos y comerás la hierba de los campos. Con el sudor de tu frente comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra de la que fuiste formado. Porque eres polvo y al polvo volverás” (Génesis 3:17-19). El Supremo ya no nos amaría incondicionalmente, según la religión judeocristiana, sino que desde ese infausto día debemos esforzarnos por ganarnos su perdón, lo cual, según lodos los indicios, no es nada fácil. Puede trazarse un parangón de ese mecanismo de inoculación de temor con la posmoderna religión laica del mercado que hoy nos aterroriza con las noticias escritas y filmadas, transmitidas en tiempo real y simultáneo a todos los rincones del planeta, de crímenes, accidentes, matanzas, terremotos, inundaciones, bombardeos.
La fobia (fobos en griego antiguo significa “pánico”) es un miedo desproporcionado e intenso ante un objeto o una situación concreta que significan o representan algún objeto interno aterrador. En mi experiencia personal, en tiempos pasados me costaba viajar en avión, y actualmente soy muy prudente -por decirlo elegantemente- en mis baños marítimos, que quedaron marcados por una situación traumática en mi adolescencia.
De esa manera, las angustias infantiles se transforman en un miedo que puede ser identificado, racionalizado y. en ocasiones, conjurado por el sencillo expediente de evitar lo representado como temible. Sin embargo, hay fobias más graves en las que lo temido es difícil de evitar y que provocan serias restricciones a la posibilidad de vivir, como es el caso de las agorafobias o las claustrofobias.
En cuanto a los cada vez más difundidos “ataques de pánico”, según he comprobado en mi práctica profesional, se producen cuando el miedo que nos habita, el miedo constitutivo, a raíz de un estímulo por lo habitual solapado, afloja las defensas yoicas que normalmente lo contienen y se manifiesta como una angustiante sensación de muerte inminente. Porque, en última instancia, a lo que el ser humano teme es a cesar, a morir, y ese temor está en la base de todos los miedos. Con respecto a la depresión, enfermedad de nuestro tiempo, tiene lugar cuando, empujados por el miedo a ser distintos, hemos renunciado a nuestro deseo y lo hemos suplantado por el deseo social. Ello provoca su extinción y la consiguiente pérdida del impulso vital, que hace que la persona se hunda en la parálisis deseante.
El miedo es un arma de dominación política y de control social, la dictadura genocida del Proceso fue un trágico ejemplo de ello y a pesar de los años transcurridos sus efectos están aún vigentes, como el de la extendida falta de compromiso de las nuevas generaciones con lo social o lo político, consideradas, consciente o inconscientemente, actividades “peligrosas”.
La dolorosa certeza de nuestra fragilidad y vulnerabilidad es la anticipación de nuestro destino mortal. Sin embargo, nunca nos resignamos a ello y la esperanza de conjurarlo, como veremos en estas páginas, da pie a rentables emprendimientos comerciales. Es así como el miedo a la inseguridad urbana vitaliza la venta de alarmas y de blindajes, el miedo a la vejez es la base de la industria de cosméticos y cirugías estéticas, el miedo al fracaso se conjura imaginariamente con automóviles nuevos y viajes en cuotas.
PELIGROS URBANOS. En la antigüedad, nuestros antepasados temían a fenómenos naturales, como sequías, terremotos, inundaciones; también a las fieras con las que compartían el mundo. En los días que corren, en cambio, mujeres y hombres se sienten amenazados por perturbadores peligros, a veces concretos y objetivables como los nombrados, pero en otros casos imprecisables y ambiguos, que nos asustan sin que nos demos cuenta. En esto influye el progreso científico y tecnológico, que hasta no hace muchos años, sobre todo en épocas del positivismo, era la esperanza de una vida mejor por el avance de la medicina, de los transportes, de las comunicaciones, de la cultura, que prometían un futuro de vida prolongada, de ocio, de explotación y distribución racional de los recursos. En cambio ahora hemos aprendido que el verdadero avance de la ciencia se ha dado en la capacidad de destrucción apocalíptica de la tierra y sus minúsculos habitantes. Por ello, cuando nos enteramos de los progresos en la clonación humana no nos imaginamos su contusa aplicación en el trasplante de órganos, sino que damos por seguro que servirán para formar los ejércitos de zombis destructivos que nos anticiparon las películas de ciencia ficción. Y suponemos que no están lejos los tiempos del terrorismo nuclear. También nos atemoriza la comprobación de que el narcotráfico se expande de modo irremisible con la complicidad de funcionarios, jueces y uniformados, y ya no nos parece imposible un gobierno planetario de “narcos”. Otro miedo moderno es la certeza de ser espiado y controlado por organizaciones invisibles y poderosas, por lo tanto amenazantes. No se trata sólo de la vigilancia satelital que puede dar cuenta de lodos nuestros movimientos, sino también de que nuestros mensajes enviados por Internet son guardados por los buscadores (AOL, Google, Microsoft, etc.) en ficheros llamados “log de buscador”, identificados por un IP, número único que reconoce la computadora, la laptop, el blackberry o el celular de emisión. En él consta el texto del mensaje y el día y la hora en que fue emitido, lo que permite trazar un preciso perfil de nuestras relaciones, religión, intereses, tendencias políticas y sexuales, aficiones, hobbies, etc. Se supone que esos archivos son inviolables, pero la pregunta es entonces por qué se los guarda. Evidentemente, son de gran utilidad para el marketing de empresas vendedoras de ciertos productos o servicios, pues les permiten dirigir sus inversiones promocionales a un target de consumidores predispuestos. Pero también son invalorables para organismos gubernamentales o servicios secretos, que disponen así de información utilizable en nuestro perjuicio. Es claro también que el imposible blindaje ante hackers hipertecnológicos hace de la supuesta privacidad un mito insostenible.
La paranoia social es omnipresente en la vida de hoy. Es la sensación colectiva de que algo imprecisable pero terrible puede sucedernos o puede sucederles a nuestros seres amados. Ya no es el desconocimiento lo que nos llevaba a inquirir y a ir arrancando sus secretos a la naturaleza. Es ahora un terror que se retroalimenta por el contagio de los aterrados, que se solivianta en el catastrofismo en los medios de comunicación, que es azuzado por quienes sacan provecho de él, como los gobernantes que amenazan con el caos si no se cumplen sus propósitos.
RUIDOS NOCTURNOS. Vivimos en la sociedad de los miedos, en la que también prima la violencia manifiesta, que no es sino una de las exteriorizaciones del miedo sustancial en la que algunos miedosos se ponen del lado de aquel que atemoriza.
En ella, las costumbres han ido modificándose en nuestro perjuicio: los sospechables ruidos nocturnos afectan nuestros sueños, las veredas dejan de ser el lugar de juegos infantiles y adolescentes, el barrio ya no es el perímetro reasegurador de nuestras relaciones, se limita el uso del automóvil por el temor a ser asaltados, cuando oscurece se corre al refugio hogareño, se suspenden las vacaciones por la posibilidad de ser desvalijados durante la ausencia. También suele quedar afectada la capacidad de entretenimiento y culturización, ya que ir al cine, al teatro o a un museo requiere movilizarse en lo exterior, por lo que se aumentan las horas de pasividad frente al televisor con consecuencias deletéreas para la adecuada evolución de niñas y niños.
Todo prójimo deviene en alguien sospechable, como lo expresó hace siglos el sabio chino Lien Tzu:
Un hombre perdió su hacha.
Sospechaba del hijo de su vecino.
Al observar su forma de caminar, le parecía que era la propia de un ladrón de hachas; su fisonomía, la de un ladrón de hachas; todos sus movimientos y gestos eran, sin excepción, los propios de un ladrón de hachas.
Al poco tiempo, el hombre fue a cavar al valle y encontró su hacha.
Al día siguiente cuando volvió a ver al hijo de su vecino, ni uno solo de sus movimientos o gestos le parecieron los de un ladrón de hachas.
También las horas de las noches dejan de ser románticas, y se vuelven amenazantes, el regreso de los hijos se torna un milagro renovado cotidianamente, el aislamiento pasa a ser el mejor sistema de protección.
Esto último hace que la soledad se adueñe de nuestras vidas, porque poner distancia del otro peligroso nos blinda. De allí que las relaciones con los objetos y con las personas sean “líquidas” -como las definió el sociólogo Zygmunt Barman-, fugaces, precarias, inconsistentes, defensivas, sustituibles. Carentes de compromiso, todo lo cual transforma el natural gregarismo de la condición humana en una dispersión de islotes solitarios cercados por el pánico.
En estas páginas nos ocuparemos del miedo y de los miedos, es decir de nosotros mismos, con la ayuda de destacados pensadores, y recorreremos algunos de ellos, aunque en definitiva confluyen en uno solo: el miedo a vivir en los tiempos que corren, sensación funcional al sistema social que habitamos y que nos habita.

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Los últimos esquimales

Autor: Pierre Vernay
Fuente: “Conozca Más”, enero, 1996.

Cuando los inuit desaparezcan definitivamente, algo que será lamentable, muy lamentable, aunque muy pocos se den cuenta de ello, la humanidad habrá perdido una parte de su historia y su esencia, aunque ellos mismos no la hayan podido desarrollar. Se trata de un pueblo que, a pesar de todo, todavía es un testimonio vivo de la forma en que los seres humanos, en medio de la desolación que puede ser igual en el hielo polar, en las dunas del desierto, en el bosque más impenetrable, o en los confines de los mares, hemos aprendido a prevalecer, aunque con diversa suerte. Si tenemos un poco de sentido común para con la historia y la evolución humana, si apreciamos un poco nuestras raíces, si actuamos con algo de justicia para con nuestros hermanos humanos, tendríamos que hacer algo, en realidad mucho, para intentar revertir la disolución que actualmente este pueblo sufre en silencio. Sin embargo, antropólogos y políticos parecen "mirar a otro lado", prefieriendo discutir los mil pliegues recónditos de la globalización y otras realidades mucho más fáciles de las que ocuparse. Este artículo, escrito hace década y media, pinta una realidad que, a la altura de este nuevo milenio, seguramente es mucho más desoladora de la que lo fue entonces.

Habitan en la región más infernal del planeta, y pueden desaparecer si no logran conservar sus peculiares costumbres. Su nombre significa "los que comen carne cruda". Pero ellos prefieren llamarse a sí mismos inuit, que en su idioma quiere decir "la verdadera gente". No conocen la palabra guerra y son cálidos y acogedores con los extraños. En el norte del Canadá sólo quedan unos 17 mil esquimales puros. El resto ha emigrado o se ha diluido a fuerza de mestizarse con otros pueblos. Forman el grupo humano más extraño de la Tierra.

Llevan en la sangre el estigma de la muerte. Y por eso se van apagando de a poco, sin otro consuelo que las inútiles lágrimas que se congelan sobre sus mejillas. Están condenados a la desaparición total y ellos lo saben. Quizá porque nunca han podido escribir su historia se consideran a sí mismos el pueblo más infortunado de la Tierra. No tienen memoria de su remoto pasado y sólo pueden recordar los hechos ocurridos en el término de una o dos generaciones. Lo cual les resulta insuficiente para enfrentar el futuro. Nadie sabe de dónde llegaron y por qué se han obstinado en vivir allí, en una de las regiones más infernales del planeta. Los inuit dicen que ellos son “la verdadera gente”, pero nadie les cree. Los indios algonquinos —que habitaron alguna vez el este del Canadá— los llamaron “esquimales”, un término despectivo, que en esa lengua quiere decir “los que comen carne cruda”. Los hombres blancos se apropiaron de esa palabra y los orgullosos inuit no tuvieron más remedio que aceptar aquel nombre. Fue la primera derrota de “la verdadera gente”. Ahora, cuando sólo quedan unos 17 mil inuit puros (el resto, algo más de 50 mil, se ha mestizado con europeos hasta casi diluirse), ya no pueden impedir la diáspora que los atormenta. Viven en el norte de Canadá, más allá del Círculo Polar Ártico, y conservan un modo de vida que va cambiando en forma acelerada. Su actividad principal sigue siendo la caza y la pesca, pero ahora ya todo es distinto. Del sur —de Ottawa, de Montreal, de Québec— les llegan alimentos y artefactos con los que ellos nunca soñaron. Lo extraño es que los primitivos inuit tienen una capacidad asombrosa para no sorprenderse y adoptar con total naturalidad las cosas que han terminado por transformar su existencia diaria. Pueblo conquistado, después de todo, lo único que les cuesta aceptar es la justicia que les impusieron desde afuera. Todavía ahora, son perseguidos por robar y encarcelados por ladrones, palabras que no existen en su vocabulario. Hasta fines del siglo pasado los esquimales del Canadá fueron nómadas. Se desplazaban de un sitio al otro siguiendo la migración de los renos y de las ballenas que frecuentaban las costas en las cuales vivían. Actualmente habitan en pequeños asentamientos, dispersos por la helada tundra, donde las temperaturas invernales suelen llegar a los 30 grados bajo cero. Uno de sus pueblos más importantes es Coppermine, situado a unos 150 kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico. No hay caminos para llegar a ese sitio y la única forma de acceder a él es por medio del avión. Antiguamente hubo allí una rica mina de cobre, cuya veta está hoy agotada. De aquella época data la corta pista de aterrizaje. El paisaje es espectral. Por todos lados se ve nada más que nieve y cielo. De vez en cuando se advierte un promontorio que sobresale de esa pampa helada, que no alcanza para romper la obstinada monotonía del horizonte.
Las casas son de madera y bloques prefabricados de cemento. Los techos a dos aguas le dan un inesperado aspecto alpino. Sólo que allí no hay árboles: en toda la región no crece ni la más miserable de las plantas. En verano, cuando el termómetro sube hasta cero grado, brotan algunos musgos y crecen unos líquenes raquíticos en los intersticios de las rocas. Es el único color verdusco que se permite ese desierto impiadoso. En cambio, para mitigar tanto frío, los hombres son allí cálidos y amistosos. Adamache es el nombre del líder máximo de la comunidad, un individuo viejo y fornido que tiene fama de ser el mejor cazador de osos de la zona. Mi pueblo —dice— tiene el destino escrito. Es casi seguro que no podrá sobrevivir demasiado tiempo al avance de las costumbres de los blancos. Cada vez son más los jóvenes que emigran hacia el sur. Cuando vivía mi abuelo, nuestro grupo tenía unas cinco mil personas, ahora apenas llegamos a mil. En otros lugares como Alaska, Groenlandia o Siberia los inuit puros ya no existen. Son todos mestizos que no practican nuestro estilo de vida. Algunos son cristianos y otros, los más chicos, se han olvidado de hablar nuestra lengua. Sólo nosotros cazamos osos y focas todavía. El comercio y el trabajo no son nada, sólo existe la caza. Cada vez que un inuit mata un oso, el espíritu del animal pasa a su corazón para hacerlo más valeroso. Si atrapamos una ballena con nuestros arpones, nos apoderamos de la grandeza de ese animal, que es semejante a los dioses. Por eso odiamos el comercio. Además, todo lo nuestro es de todos. Si yo tengo un fusil puede venir un vecino y llevárselo sin pedirme permiso. También es de él. Pero si algún viejo se lleva el fusil de un blanco lo persiguen y lo encarcelan. Y la cárcel es la muerte.” Adamache no puede decir su edad. En la época en que nació, los esquimales aún no sabían contarlos años ni usar el calendario. Dado que en los meses de invierno el sol no sale nunca en esas regiones, los inuit medían el tiempo por el lapso que duraba una “dormida”. La suma se agotaba cuando se les acababan los dedos de las manos. Los antropólogos no conocen una manera más arcaica de contabilizar el paso de los días. Es que los esquimales conforman un pueblo muy antiguo y pobremente desarrollado. Se han desenterrado restos de su primitiva cultura, en el este de Alaska y en el norte de Canadá, que se remontan a unos 3 mil años a.C. En donde ahora está Coppermine ya había asentamientos en el año uno de nuestra era. La etnóloga Dorothy Jean Ray dice en uno de sus libros que la habilidad que desarrollaron los inuit para inventar y utilizar instrumentos les permitió asentarse y prosperar en un territorio tan hostil para la vida de los hombres.
Aprendieron a fabricar arpones de piedra y de huesos de ballena, a trenzar la piel de los animales, a trabajar y curtir el cuero, a usar el intestino de las morsas para hacer odres, a confeccionar trajes de pieles cosidas con delicadas agujas de hueso, a usar lanzas de huesos con puntas muy aguzadas y —tal vez lo más importante de todo— a domesticar los perros salvajes y hacerlos tirar de sus ingeniosos trineos. La etnóloga Ray cuenta que un grupo de arqueólogos —excavando en el hielo, que todo lo conserva— encontraron un trineo del siglo XV en el cual los patines de hueso habían sido reemplazados por salmones congelados, sujetos con fuertes tripas de foca. Es en esa época cuando los primeros europeos descubrieron la existencia de este raro pueblo, que no conoce la palabra guerra. Por entonces la organización social era casi la misma que existe hoy en Coppermine. Los esquimales nunca alcanzaron a formar tribus y el concepto de nación les fue siempre desconocido. Se agrupaban por familias, igual que ahora, Iideradas por el cazador más viejo. Lo acompañaban su mujer, sus hijos solteros, sus hijos casados junto con sus mujeres, más los hijos de éstos. Las hijas mujeres que se casaban pasaban a integrar la familia de sus esposos. En verano vivían en tiendas hechas con piel de reno, que desarmaban y armaban constantemente, siguiendo los rebaños de renos. En invierno construían un iglú (que en la lengua inuit quiere decir “hogar”) y desde allí salían a cazar focas y a pescar en el hielo. El iglú es una construcción muy ingeniosa, y las familias de Coppermine aún lo usan en la temporada invernal. No está hecho de bloques de hielo, como muchos suponen, sino de panes de nieve. Estos panes de nieve se funden unos con otros y se hielan por la parte de afuera, formando una cubierta sólida. Como la nieve tiene burbujas de aire en su interior, éste actúa como un perfecto aislante del frío. Mientras que afuera puede haber una temperatura de 30 grados bajo cero, en el interior del iglú nunca baja de cero grado. Es decir, un ambiente muy confortable para un esquimal. Si la familia es muy numerosa, se construyen varios iglúes unidos entre si. La parte habitable está por debajo del nivel del suelo para evitar las corrientes de aire. Los chicos siempre duermen en la parte sur —que es la más abrigada— y los perros en la parte norte. El jefe y su esposa ocupan el centro, cerca de la estufa, que antes se alimentaba con aceite de ballena y ahora con kerosene o gas propano. Pero Adamache asegura que cada vez son menos los inuit que saben construir un buen iglú. También los cazadores de focas han perdido parte de su antigua habilidad y resistencia. Casi nadie usa ya el arpón —dice el viejo líder—. Los jóvenes prefieren emplear los rifles, lo cual hace más fácil la caza. Antes había que estar parado horas y horas al lado de un agujero en el hielo esperando que una foca saliera a respirar. Y cuando se asomaba había que ser muy diestro para ensartarla con el arpón. Lo peor es que uno nunca sabía por cuál de los agujeros iba a salir una foca a respirar, y un cazador solitario podía vigilar uno solo de esos respiraderos. Muchas veces ocurría que el animal aparecía lejos de donde estaba y la caza se malograba. Ahora el cazador se puede apostar en un sitio y desde allí controlar varios agujeros. “Si la foca sale en cualquiera de ellos, lo único que tiene que hacer es apuntar rápido y disparar.” Todo cambia vertiginosamente para ellos. Y algunos no entienden ese cambio. A pesar de la televisión que contemplan azorados, su realidad sigue siendo otra. De la misma forma que la propiedad de las cosas es colectiva, también comparten las mujeres y los hijos. Ellas tienen el derecho de cambiar de hombre cuando quieren, y los hijos suelen elegir la familia con la cual desean vivir. Para un inuit no hay cortesía más grande que ofrecer la propia mujer a quienes llegan a visitarlos. Y las mujeres, casadas o solteras, no pueden negarse si algún hombre solicita pasar la noche con ella. Ahora las jóvenes suelen rechazar esa costumbre y muchos esquimales adolescentes son condenados por la justicia canadiense acusados de violación, un vocablo —y un concepto— que no figura en su horizonte cultural. “Aquí—dice Adamache— la vida es dura. Pero lo peor es que ya casi no somos inuit. Comemos cosas enlatadas, bailamos las danzas del sur, vestimos nuevas ropas, nos enseñan idiomas extraños y nos hacen olvidar que nuestro dios es la Luna, que siempre rigió nuestra vida. Si alguien mata una foca y le saca el hígado cálido y palpitante y se lo come para que la caza le sea propicia lo acusan de crueldad. Por suerte yo soy viejo, porque ser inuit es muy triste. Pero cuando ya no estemos en este mundo, quedará un gran vacío. Y entonces serán los dioses de la caza los que se pondrán tristes y llorarán para que vuelvan los inuit, que son la verdadera gente.”

RETRATO INUIT
Los únicos inuit puros viven en el norte de Canadá y su número no supera las 17 mil personas.
Durante los meses de verano siguen la migración de los rebaños de renos.
Su alimento tradicional es la carne de foca o de ballena. Altamente transculturados, ahora consumen casi todos sus alimentos enlatados, que les llegan del sur.
Desconocen la propiedad privada y la apropiación de las cosas es colectiva.
El matrimonio no existe. Para un esquimal es un acto de suprema cortesía ofrecer su mujer a los visitantes.

Sería bueno comentar este post con nuestras amistades, claro que aquí también…

Ukamau la cosa...