domingo, 5 de febrero de 2012

La KGB y el extraño caso de los espias robot

Sus espías eran preparados psíquicamente para aniquilar al enemigo sin piedad. Eran sometidos a un programa de lavado de cerebro. El periodista Yuri Vorobyovsky investigó el tema en 1995 y dio a conocer detalles insospechados de la llamada “guerra psicotrónica”, un método ultrasecreto de control mental.

Duros, firmes, mecánicos: los agentes de la KGB eran retratados casi como robots sin sentimientos, insensibles y capaces de matar sin remordimientos ni vacilación. Esta interpretación era producto de los crímenes terribles de su organización y también de un aspecto de la guerra fría: las películas norteamericanas. Pero las revelaciones de un periodista ruso indican que el retrato no era exagerado y que la KGB sí tenía un programa para lavarles el cerebro a sus agentes y transformarlos en fieles máquinas de matar.
La llamada “guerra psicotrónica” era un proyecto de programación mental de altísima tecnología, que utilizaba maquinarias y técnicas inventadas originalmente para uso médico. Yuri Vorobyovsky, el periodista que lo descubrió, investigó el proyecto supersecreto durante tres años hasta conocer cómo se les lavaba el cerebro a los agentes y se destruía psíquicamente a los prisioneros y disidentes.
Según el investigador, la KGB comenzó el proyecto en el mayor secreto a principios de los años setenta, con laboratorios en zonas aisladas de la Unión Soviética. Las herramientas para el lavado de cerebro incluían ondas de radio de alta frecuencia, sonidos hipnóticos, mensajes subliminales procesados por computadora, campos electromagnéticos y ultrasonidos. Incidentalmente, esta última tecnología permitió crear un rayo de ultrasonido capaz de matar a un gato a cincuenta metros de distancia.
Combinando estas tecnologías con drogas y métodos tradicionales —entrenamiento, privación de sueño, interrogatorios— el grupo de científicos de la KGB logró que los agentes perdieran sus inhibiciones morales y obedecieran órdenes sin cuestionarlas y sin pensar en su propia seguridad. Los prisioneros de la policía de seguridad también recibieron tratamiento forzoso. El objetivo, en este caso, fue transformarlos en pasivos y letárgicos internos, obedientes a cualquier orden y quietos como vegetales.
Una organización agrupa desde 1993 en Moscú a las víctimas de las técnicas psicotrónicas. El grupo denominado Víctimas de Experimentos Psicotrónicos es hasta hoy parte de la organización ecologista más grande de Rusia, y se dedica a ayudar a los que sufrieron lavados de cerebro y a reunir evidencias sobre los experimentos. La primera prueba surgió en 1991, cuando el presupuesto nacional ruso mostró una partida de 500 millones de rublos —mucho dinero en aquel entonces— dedicada a “tecnología para la guerra psicológica”. Era la primera vez que se publicaba un presupuesto nacional en la historia del país —los soviéticos jamás lo hacían— y todos los grupos independientes lo leyeron cuidadosamente buscando indicios de actividades hasta entonces secretas.
La siguiente confirmación vino de un protagonista central del sistema soviético. El general Víctor Barannicov perdió su puesto de ministro de seguridad del estado y del interior después del intento de golpe contra Boris Yeltsin, en 1993. Barannicov, un “duro” y feroz opositor de la democracia, se dedicó desde el llano a denunciar que la mafia rusa se estaba apoderando de poderosas armas del ejército. Entre ellas, el general incluyó a parte del arsenal psicotrónico.
La policía investigó el asunto y encontró muy poca evidencia material. Sin embargo, alcanzó para convencer a la Duma —el parlamento ruso— de votar una ley especial sobre “seguridad del individuo”, que incluye la prohibición de la propaganda subliminal, las sectas pseudorreligiosas y la posesión de cualquier equipo que pueda ser usado como armamento psicotrónico. Sólo Bulgaria, otro país de la ex órbita soviética, tiene una ley similar. “Nuestra principal preocupación es prevenir”, explicó el secretario del subcomité parlamentario que preparó el proyecto de ley, Viadimir Lopatkin, “y evitar que el equipo que existe actualmente en laboratorios del estado sea vendido al sector privado y mal utilizado”.
Según el periodista Vorobyovsky, estos equipos ya estaban siendo utilizados por particulares. Para un programa especial de la televisión moscovita, el periodista filmó laboratorios donde se usan máquinas psicotrónicas para tratamientos de salud. La clínica Biovolna, en Selenograd, cerca de Moscú, se dedicó a los tratamientos privados cuando se acabó el financiamiento de la KGB y el Ministerio del Interior. Las mismas instalaciones que sirvieron para lavajes de cerebro de agentes se usaron para tratar a más de 7.000 pacientes, aunque la clínica jamás obtuvo una licencia del Ministerio de Salud.
Otro caso presentado en el programa de televisión es el del doctor Yacov Rudakov, un médico que trabajaba en uno de los laboratorios de investigación psicotrónica del Ministerio de Defensa. Cuando su laboratorio fue cerrado por falta de fondos, Rudakov decidió usar lo que sabía para ganarse la vida y construyó una máquina electromagnética de alto poder como las que usaba en el laboratorio militar. El médico comenzó a ofrecer sus servicios a la población general, afirmando que puede curar desde la depresión hasta el insomnio. Uno de los miembros del equipo periodístico de Vorobyovsky se presentó como paciente y se sometió a una sesión de electromagnetismo. “Fueron apenas minutos”, contó el periodista, “pero me sentí mareado, adormecido y muy confuso. Si hubiera pasado por más horas de tratamiento, creo que hubiera tenido consecuencias permanentes“.
Los investigadores también lograron filmar un estudio de sonido ubicado en el mismo Ministerio del Interior, del que dependía la KGB. En el estudio, oficiales de seguridad y funcionarios de Inteligencia eran sometidos a mensajes subliminales procesados por computadora que les decían que fueran más audaces y decididos. Esta técnica es la misma que se utilizó con los comandos militares especiales Spetsnaz, que se destacaron por su ferocidad y violencia durante la guerra de Afganistán.
“Es un caso que podríamos llamar de Ciencia Negra”, definió Vorobyovsky, “en el que científicos de primer nivel desarrollaron técnicas muy eficientes durante años y gastando millones y millones de rublos de dinero estatal. Disponían de voluntarios entre los agentes de la KGB y de prisioneros políticos como cobayos. Y ahora están haciendo fortuna usando esas técnicas siniestras”.
Vladimir Voinovich, un escritor disidente, fue una víctima de estas técnicas. En sus memorias, Voinovich cuenta cómo una parte temprana de su encarcelamiento consistió en largos interrogatorios en los cuales sus guardias le daban cigarrillos drogados y lo ataban a una camilla para recibir ondas electromagnéticas. “El resultado era una profunda desorientación y una falta de voluntad total. No podía resistir a las preguntas y no podía rebelarme contra ninguna orden que me dieran”, escribió el ex-preso político.
“El real peligro, ahora”, dijo en su programa el periodista Vorobyovsky, “es que las técnicas sean usadas sin que nos demos cuenta. Mensajes subliminales por televisión y por teléfono, asesinos entrenados por sistemas psicotrónicos trabajando para criminales comunes... el panorama es potencialmente siniestro”.

Autor: Indeterminado
Fuente: Revista “Conozca Más”.

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viernes, 3 de febrero de 2012

Made in Taiwán

Aunque de algún modo sigue viviendo a la sombra de la China continental, Taiwán tiene razones para festejar haber pasado de ser un país de los más pobres del mundo a ser una potencia industrial exportadora.

También, y ya hace mucho, esta pequeña isla ya ha dejado de ser una república autoritaria, sin elecciones y con partido único. La alegría particular de los taiwaneses viene de la paz y la armonía oriental con la que lograron progreso y libertades, manteniendo sus tradiciones.
Taiwán, la isla que los portugueses llamaron Formosa —“hermosa”, en su idioma— es la primera democracia estable, industrializada y próspera en la larga, muy larga, historia de China. Es el producto de una guerra civil, una derrota y una huida, malos cimientos de los que resultó un país viable. Y es el escenario de eventos que prueban que existe una democracia, y que resultarían casi increíbles en cualquier otro país.
Por ejemplo, el espectáculo que da cada tanto el Li-fa Yuan, el Congreso taiwanés. “¡Bolsa de basura!”, grita un diputado a otro. “¡Cucaracha gorda! ¡La más gorda que se alimenta de basura!”, contesta el insultado. Este tipo de escena terminó a los golpes en más de una ocasión, y por lo menos tres parlamentarios acabaron en el hospital, cubiertos de sangre, por darse puñetazos en el calor de un debate legislativo.
Nadie se asombra ya en Taiwán, y los habitantes hasta se deleitan de la violencia de los argumentos en su congreso, como una prueba torva y divertida de la vitalidad de su flamante democracia. Es que hasta hace no muchos años, Taiwán era un lugar obscuro y frío, pobre y autoritario, armado hasta los dientes como la primera línea de defensa anticomunista en Asia, en los años de la guerra fría. La inmensa China roja amenazaba a apenas 160 kilómetros de distancia, frenada sólo por las bases aéreas y militares, y por la flota norteamericana del Pacífico con puertos en la isla de Formosa.
Es que Taiwán nació como un refugio anticomunista. En 1949, después de largos años de guerra civil y de lucha contra los invasores japoneses, China cayó ante los comunistas liderados por Mao Tse—tung. Los derrotados en la guerra civil, los nacionalistas, se retiraron al único rincón de China donde Mao no podía alcanzarlos: la isla de Taiwán. Guiado por su general, Chiang Kai—Shek, y acompañado por nada menos que dos millones de refugiados, el ejército nacionalista se embarcó y llegó a la isla. Su nuevo dominio tenía 370 kilómetros de largo y estaba acompañado del pequeño archipiélago de Pescadores —nuevamente, un nombre portugués— y de los islotes de Quemoy y Matsu.
La nueva capital de la China no comunista era Taipei, la ciudad más grande en la isla. Para Chiang y los suyos, la misión de la nueva república era simplemente servir de base para la reconquista del continente. Su doctrina política se basaba en tres negativas: nada de contacto con los comunistas, nada de negociaciones, nada de compromisos.
En lo interno, le agregaron una cuarta negativa: nada de disenso político. Taiwán era, de hecho, una dictadura de partido único, un país gobernado bajo ley marcial, sin prensa libre, sin derecho de asamblea, con grandes cárceles para los opositores. Los nuevos habitantes de la isla también crearon una verdadera prohibición folklórica para sus habitantes originales. Aunque uno tiende a pensar en los chinos como una sola etnia, un solo pueblo, en realidad el gran país alberga grupos étnicos y lingüísticos muy diferentes. Los recién llegados prohibieron el dialecto taiwanés y la enseñanza de la historia de la isla en las escuelas. Una protesta masiva, a poco de llegado Chiang, fue reprimida con tal dureza que hubo casi 28.000 muertos en un solo día.
Hoy, muchísimos años después, resulta realmente imposible distinguir un nativo de un descendiente de los refugiados. La cultura china campea: todas las mañanas, masas de personas practican taj chi chuan en las plazas y parques. En los templos, los fieles budistas prenden manojos de finas velas y ofrendan flores de jade a Kuan Yin, la diosa budista de la misericordia y la más amada en el panteón divino. En el mercado de las serpientes, se puede ver a los médicos tradicionales sacrificar cobras para usar su sangre fresca en pociones de salud.
La fuerza de la cultura tradicional china puede verse en todos los detalles. Los campesinos todavía adornan sus casas con tallas de demonios taoístas y signos de buena suerte milenarios. Un saludo formal sigue siendo “es realmente un placer ver a un amigo que viene de tan lejos”, la primera línea de Las Analectas, el clásico libro de Confucio.
Pero donde tal vez pueda verse mejor la calidad china de la vida en Taiwán es en la simple alegría de ser chino entre otros chinos, visible entre sus habitantes. En el festival de los botes-dragón, en el pintoresco pueblo de llan, se puede ver un ejemplo. Miles de personas asisten a la carrera, apenas divisable entre el humo de los miles de cohetes que se disparan. Al terminar la breve competencia —largos y finos botes sobre el río, disparados por la fuerza de sus remeros— los fuegos artificiales se hacen ensordecedores y arrancan las bandas de gongs y trompetas. Sobre el puente arqueado que cruza el río, desfilan las efigies de los dioses taoístas, llevados en andas por los fieles en procesión. La multitud ríe, se abraza, feliz en su jen-ching-wei, la intangible felicidad de ser chino.
Esta felicidad ha terminado por incluir, en el imaginario de Taiwán, a los chinos del continente. Donde antes sólo había desconfianza y ejércitos velando las armas, ahora se habla de inversiones y negocios. Los cambios políticos en Pekín crearon un mercado para los capitalistas taiwaneses, que ya invirtieron miles y miles de millones de dólares en China, vía Hong-Kong. Este ablandamiento en la prohibición de tener tratos con Pekín se refleja en una apertura política jamás vista. En 1992, por primera vez en la historia, hubo elecciones para una asamblea legislativa. Y en 1993, el gobierno ya había liberado a casi todos los presos políticos de la isla, y permitía que parientes que no se veían hacía décadas se visitaran por fin.
Lo más notable de la transición fue la total paz en que se realizó. Mientras Corea, Filipinas, Tailandia y el bloque soviético sufrieron serios y sangrientos problemas sociales para lograr una elección, Taiwán lo hizo en total orden y tranquilidad. Una razón es la increíble prosperidad y crecimiento de los últimos años. Desde 1951, la pequeña isla es un milagro económico, creciendo a un 9 por ciento anual. En 1955, el ingreso por habitante era, en promedio, de 162 dólares por año, la mitad del de Haití. En 1995, los taiwaneses promediaban ya 10.000 dólares anuales.
En Taipei, la capital, es donde más se nota la nueva riqueza. La pequeña ciudad tuvo una época romántica y audaz cuando los barones del comercio inglés la tomaron como base, hace dos siglos y medio. Británicos, irlandeses y americanos construyeron sus mansiones y comerciaron en los peligrosos mares de China, en una época en que las fragatas y sampanes navegaban artillados y cada empresario era un almirante en sus luchas contra los piratas.
Luego, la ciudad cayó en decadencia y para la época en que Chiang la eligió como capital, era un pueblo grande de menos de un millón de habitantes, sucio, triste y paupérrimo. La avenida principal era una callecita de dos carriles poblada de carritos arrastrados a mano por coolies. La ciudad limitaba con arrozales por un lado y con pantanos malsanos por el otro.
Hoy, Taipei es un espectáculo digno de verse, una urbe con boulevares de ocho carriles, 38.000 taxis, 7.300 micros, medio millón de coches y casi un millón de motos.
Los precios inmobiliarios reflejan la rapidez con que se hizo dinero. En 1995, una cochera bien ubicada se vendía por cien mil dólares y un departamento de dos ambientes en el mejor barrio de la ciudad fácilmente por un millón. Los servicios no le van atrás en lujo y en precio. Una hora de clase de karaoke —ese curioso hobby de cantar siguiendo un video— cuesta 75 dólares. Hacerse socio de un club de golf no cuesta menos de 150.000 dólares.
El comienzo del crecimiento también se dio con la guerra fría. En 1950, Mao preparaba la invasión de la isla cuando comenzó la guerra de Corea. El presidente norteamericano de la época, Harry S. Truman, se dio cuenta de que Taiwán era un “portaaviones insumergible” para las operaciones militares contra los comunistas. Y Taiwán comenzó a alojar bases norteamericanas y a recibir ayuda económica de unos 1.500 millones de dólares por año. “Supimos usar bien ese dinero”, contaba K.T.Li, el ex ministro de economía que es reconocido como el arquitecto del milagro taiwanés. “Lo primero que hicimos fue comprarles las tierras a los mayores propietarios y vendérselas a crédito a los campesinos que la trabajaban. Eso les dio un incentivo a los trabajadores para producir más alimentos y simultáneamente les dio el capital a los ex terratenientes para convertirse en industriales”.
El ministro Li impulsó particularmente la industria pesada, la producción de electricidad, la telefonía y la construcción de autopistas y rutas. En apenas quince años, para 1965, Taiwán dejó de pedir ayuda económica a EE.UU. Fue el primer país en la historia en dar cortésmente las gracias y dejar de recibir dinero. Para 1966, la república rompía otra barrera y creaba la primera zona industrial offshore —exenta de impuestos internos— dedicada a la exportación en todo el mundo. Se crearon miles de “minidormitorios” para los trabajadores y la producción comenzó bien al estilo taiwanés: se producía cualquier cosa que tuviera mercado, a un precio increíblemente barato. Luces de árboles de Navidad, zapatos, heladeras, televisores, pequeñas radios y, por supuesto, paraguas: todo era barato, no todo era de buena calidad, pero el volumen de exportaciones generó el capital que permitió desarrollar las enormes y modernas industrias petroquímicas y metalúrgicas de la isla.
En 1980, Taiwán dio el gran paso hacia la tecnología de punta al fundar el Parque Industrial Científico de Hsinchu. Ya para 1995, el sector alojaba 125 empresas con 25.000 trabajadores, entre ellos el genial Patrick Wang, un mago de la computación y la microelectrónica que inventó, casi a solas, la industria informática de Taiwán. “Cuando el ministro Li comenzó su política de crear tecnología, decidí volver a Taiwán después de estudiar por años en EE.UU.”, contaba Wang, recibido en el prestigioso Massachussetts Institute of Technology, una de las principales universidades técnicas del mundo.
Pero la columna vertebral de la isla sigue siendo la pequeña y mediana empresa, activa en todos los rincones. Por doquier, fábricas diminutas y talleres producen todo tipo de maquinarias, herramientas y repuestos. Los isleños, mientras, se preocupan por el principal costo de su industrialización: la polución. Es común ver en las ciudades multitudes enteras llevando máscaras, y basta subirse a uno de los muchos cerros de Taiwán para ver las zonas urbanas envueltas en cerrados mantos de smog. Noventa mil fábricas escupen cadmio, cromo, zinc y otros contaminantes en las aguas. Como menos del 10 por ciento de los efluvios industriales se purifica, 44 ríos están gravemente contaminados. Sectores enteros del campo y de las costas están virtualmente destruidos por la industria, y regularmente acontecen accidentes graves entre los que viven cerca de las fábricas.
Pero el interior de la isla que los portugueses llamaron hermosa guarda rincones de encanto y pureza. La ruta troncal que atraviesa la isla de Este a Oeste muestra más de cien kilómetros de sierras, arroyos y saltos de agua en medio de valles boscosos habitados por mariposas multicolores y tapizados de orquídeas. Pájaros y monos viven en paz, como si la tecnología y la producción en masa nunca hubieran llegado a su isla.
Una razón para esto es que Taiwán ha prácticamente dejado de producir sus propios alimentos: sólo el 13 por ciento de la población sigue trabajando en agricultura. Aunque cada año los parques industriales y las nuevas urbanizaciones cubren 2.000 hectáreas de lo que fue campo, es más lo que vuelve al estado primitivo después que se abandona su cultivo. Y así crecen los parques naturales.
El museo del Palacio Nacional cobija los tesoros de arte: 600.000 obras de todos los períodos de la historia china desde el año mil antes de Cristo. Tan grande es la colección, que los directores del museo calculan que pueden organizar una exposición cada seis meses, sin repetir ni un objeto en treinta años. Cerca del museo, todavía vuelan las grullas, esas aves zancudas que pueblan el arte oriental. Las aves vuelan por encima de la bahía de Taipei, hacen un largo arco sobre el ferry, suben por el río. Ven, al pasar, la ciudad entre las nubes de smog. Pasan por sobre fábricas, depósitos, hileras infinitas de departamentos. Tal vez con curiosidad se detienen sobre los desarmaderos de computadoras ya obsoletas, grandes patios al aire libre donde empleados estatales las desarman y separan sus elementos para reciclarlos o reutilizarlos. Lo que estas aves ven es, en todo caso, una isla de curiosa historia.
Es Taiwán, pero también es China. Es, en todo caso, una república que nació de un fracaso militar y se transformó en un ejemplar éxito económico.

Autor: Arthur Zich, fotografías de Jodi Cobb (Nacional Geographic Society).
Fuente: Revista “Conozca Más”.

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Lo que es la luz

Es la cualidad diurna, origen de los colores y la vida misma mientras que sus aplicaciones son tan infinitas como su asombrosa energía. En ningún momento podemos prescindir de ella.

El Big Bang creó el universo hace unos 15.000 millones de años, en la oscuridad del vacío. La luz nació 300.000 años después y engendró la vida en todas sus formas.
Ardiendo a 100.000 millones de grados centígrados, un colosal estallido coció en el espacio un misterioso plasma que luego, enfriándose hasta los 4.000 grados, se convertiría en materia. De esa mezcla original de núcleos y electrones transformada en un gas transparente salieron al fin los primeros rayos luminosos.
Así, hace 4.000 millones de años y asociándose a la energía de relámpagos y meteoritos, la luz promovió el nacimiento de los primeros organismos de la Tierra. Mil millones de años después, los primeros vegetales se nutrían por fotosíntesis y creaban su propia sustancia a partir de los minerales. Con el sol como fuente energética estable y un campo de acción virgen, ahora la vida podía experimentar nuevas posibilidades y diversificarse sin límites.
De una cadena predadora a la otra y desde los herbívoros hasta los carnívoros, el mundo animal evolucionó bajo formas que hubieran sido imposibles sin la existencia de la luz, el calor, las estaciones y el alimento. Si el sol se apagara, en la Tierra sólo sobrevivirían unos pocos virus y bacterias. El hombre lo sabe y quizá por eso, jugando con fuego hasta aprender a dominar la luz y la electricidad, siempre quiso repeler la oscuridad, símbolo de la inseguridad y la muerte.
Hoy, la energía eléctrica le es tan imprescindible a la Humanidad como la fotosíntesis a las plantas, y toda la civilización depende de su buen uso. Más de 80.000 millones de watts llueven cada segundo sobre nuestro planeta: un equivalente a 100 bombas de Hiroshima. Y sin embargo no matan, sino que nos dan la vida.

ODISEA DE LA LUZ: DESDE LOS EGIPCIOS HASTA EINSTEIN.
Hace más de 3.000 años, mientras Europa vivía en tinieblas, los sabios egipcios ya habían descubierto empíricamente que la luz del sol se desplazaba en línea recta, y entonces el arte de fabricar espejos de bronce pulido para la cosmetología personal dio paso a una idea genial: usarlos como reflectores para iluminar los interiores edilicios. No obstante, la Humanidad debió esperar hasta el arribo de las teorías de Isaac Newton para entender científicamente el fenómeno. Porque recién en 1704 estimó Newton que la luz está compuesta por corpúsculos inasibles que, emitidos por el sol o el fuego, se propagan en línea recta a altísima velocidad.
Más difícil fue explicar cómo es que la luz se refleja en una superficie espejada, pero la noción corpuscular terminó por imponerse en base a un ejemplo simple: al igual que el granizo choca contra los tejados sin atravesarlos, las partículas luminosas rebotan en el cristal.
En 1802, el curioso médico inglés Thomas Young realizó un experimento de interferencia luminosa todavía inexplicable desde las teorías de Newton, puesto que aunque se sabía que la luz estaba conformada por corpúsculos se ignoraba que también es una onda. El físico y astrólogo holandés Huygens, contemporáneo de Newton, ya había sostenido la idea de que la luz es una vibración que se propaga en un “líquido infinitamente sutil” que sirve de apoyo a esa vibración, del mismo modo en que el aire permite que una onda sonora viaje por el éter.
Y si a Huygens nadie le prestó atención, el aporte de Young, que aparecía como un intruso en campos de estudio ajenos, sembró la duda entre los grandes científicos de su época. Pero será el obstinado físico francés Augustin Fresnel quien, en el siglo XIX y luchando contra el espíritu oficial newtoniano, impondrá al fin la teoría ondulatoria de la luz.
La polémica concluyó de insólita manera: la Academia de Ciencias de Francia organizó un multitudinario simposio para refutar a Fresnel y él, presente, les ganó a todos sus adversarios. Entretanto, otros investigadores intentaron medir la velocidad de la luz, que se suponía elevadísima pero no infinita. En 1676, el astrónomo danés Olaus Römer, evaluando los diversos eclipses de un satélite de Júpiter, la había calculado en unos 350.000 kilómetros por segundo. En 1849, el físico galo Hippolyte Fizeau probó y amplió ese cálculo lanzando un haz luminoso desde Suresnes hasta Montmartre, París.
Un año después, su colega Laón Foucault efectuó otra exèriencia y dio una cifra aun más precisa: 298.000 kilómetros por segundo, nada mal, considerando que la velocidad de la luz actualmente aceptada es el 299.792 kilómetros por segundo. Por supuesto, también hay que tener en cuenta el medio material que cada físico elige para analizar estas velocidades, sobre todo cuando la onda luminosa incide sobre cristal o agua: por comparación, en esos casos puntuales se verifica que el aire es un agente transmisor más vigoroso y claro que ningún otro. Una conclusión opuesta a la de Newton, que pensaba que por ser sustancias sólidas el vidrio y los lagos aceleraban el viaje lineal de la luz.
En 1870, el físico británico James C. Maxwell logró confirmar, para siempre, que la luz es realmente ondulante, determinando además que forma parte de las ondas electromagnéticas. Y las postrimerías del siglo XIX fueron una etapa gloriosa para los investigadores que, por primera vez, atrapaban los secretos de la luz. Los franceses Nicéphore Niepce y Jacques Daguerre inventaron la fotografía. El norteamericano Thomas Alva Edison desarrolló y fabricó la lámpara eléctrica. La iluminación pública y de interiores dejó de ser de gas, y las ciudades brillaron como estrellas.
Poco importaba que Edison ignorara la teoría de Maxwell o Daguerre la de Foucault, es decir, que la evolución tecnológica fuera un camino con baches. Lo importante era que la luz había llegado a la vida cotidiana para quedarse entre los hombres. Pero faltaba desentrañar el enigma del éter, presunto sostén y conductor de la luz.
En 1887, los norteamericanos Michelson y Morley anunciaron a un mundo perplejo que habían descubierto “un núcleo neto”: un rayo de luz vibrante que se propagaría por el aire en el sentido de la rotación de la Tierra y adelantándose a cualquier otro hipotético rayo que marchara a su lado.
Ejemplo: dos vehículos andando por la misma ruta a distinta velocidad, el más lento primero y el más veloz detrás. Pronto el segundo rebasa al primero, que parece casi inmóvil respecto de su capacidad de avance. Y sin embargo ambos se mueven.
Será Albert Einstein quien, en 1905, con su revolucionaria Teoría de la Relatividad, afirme que Michelson y Morley estaban equivocados, que para la luz el éter no existe y que su velocidad es una constante absoluta e independiente del parámetro con que se la mida. No obstante lo cual el alemán Max Plack observó que ciertos cuerpos calentados a alta temperatura despiden bocanadas de energía luminosa, lo que no es explicable desde la perspectiva ondulatoria. Otro relámpago en el cielo del conocimiento.
Para justificarlo, el nervioso Einstein formuló la hipótesis de que la luz está compuesta por partículas específicas: los fotones, con una energía mensurable que reafirma sus características vibratorias. ¿Un retorno a la tesis inicial de Newton? A fin de cuentas, ¿es la luz materia u onda? Y la polémica recomenzó.
En 1924, Louis de Broglie tomó el toro por los cuernos y en una audaz síntesis cartesiana determinó que la luz, como el mundo físico y la moral humana, posee una doble naturaleza: es simultáneamente ondulante y corpuscular. Una visión cuya bipolaridad preocupará siempre a los filósofos, científicos y artistas empecinados en rastrear la esencia de esta dimensión que llamamos existencia, y que a otras especies les interesa muy poco, por cierto.
Miles de organismos marinos generan su propia luz a partir de oxígeno y enzimas que excitan sus electrones, y en las selvas otros animales retozan bajo el viejo sol sin necesidad de usinas hidroeléctricas. Con ellos no compartimos el láser ni la computación, pero sí la certeza de que sin luz no habría colores, por ejemplo. Si un suéter se ve rojo es porque su lana absorbe todas las frecuencias de la luz, menos las del rojo. Si el vidrio es transparente es porque sus átomos, con electrones insensibles a los fotones, lo atraviesan. Y si un palo sumergido parece curvarse bajo el agua es porque la luz cambia de velocidad según el material que atraviese. Extraño pero real, sin luz no habría vida.

EL FOTÓN: LA LUZ ES ENERGÍA.
El fotón es simultáneamente un corpúsculo y una onda que transporta una energía proporcional a su frecuencia de vibración. Cada sector de color de la luz blanca tiene su propia energía y el azul, por su alta frecuencia, es el más fuerte. Esta energía puede ser destructiva. Por fisión de la materia, una bomba atómica libera ondas luminosas mortales para toda forma de vida orgánica.

LA ONDA: LA LUZ ES COLOR.
La luz blanca no está formada por una sola onda sino por muchas, cada una vibrando en su frecuencia específica. Así, del rojo al azul, las frecuencias aumentan pasando por el verde y otros matices. El arco iris y el prisma permiten diferenciar los colores porque ellos no atraviesan las nubes ni el vidrio a la misma velocidad.
Y gracias a esto la Tierra no es un planeta gris.

EL RAYO: LA LUZ ES SOMBRA.
Hagan pasar la luz del sol por dos hendiduras y proyéctenla sobre una pantalla: verán cómo se alternan rayos luminosos y rayos oscuros, según un fenómeno de interferencia propio de las distintas ondas de vibración de la luz. En algunos puntos de la pantalla los dos haces se sumarán para formar los rayos luminosos, y en otros se anularán: aparecen entonces los rayos oscuros.

EL ELECTRÓN: LA LUZ ES MATERIA.
Como corpúsculo energético, la luz despide electrones que iluminan. Una lámpara común, por ejemplo, emite unos 10.000 millones por segundo. Esto ocurre porque los fotones atropellan a los electrones y los arrancan de los átomos. La regulación automática de las puertas de los ascensores por interrupción del haz luminoso funciona mediante ese simple efecto fotoeléctrico.


DESDE LA LUZ ELÉCTRICA HASTA EL RAYO LÁSER.
El uso de la luz superó el campo de la iluminación para abarcar las áreas de la investigación y la producción industrial. Para eso se sustituyó la luz común, que vibra anárquicamente en todas las direcciones, por el rayo láser, que al estar constituido por fotones idénticos y del mismo color proporciona una luz coherente y orientable. Esta nueva luz permite cortar materiales, y en cirugía ha demostrado ser un instrumento preciso.
También es un medio privilegiado para provocar fusiones nucleares, dado que el láser concentra al instante una enorme cantidad de energía. Por otra parte, dado que no todas las ondas luminosas son visibles, se crearon técnicas para detectar las invisibles. Rociando un reactivo especial sobre las huellas digitales, éstas se tornan fosforescentes y, tras ser iluminadas con rayos ultravioleta, vuelven a emitir luz visible.

LUZ Y SOMBRA DE UNA POLÉMICA.
A comienzos del siglo XVIII, Isaac Newton dedujo que la luz está compuesta por partículas, hipótesis que explicó el cambio de dirección del rayo solar al atravesar un prisma. Un siglo después, el médico autodidacta Thomas Young replicó que la luz es una onda. En 1924, Louis de Broglie puso un salomónico fin al debate: la luz es onda y corpúsculo a la vez, curiosa dualidad que hasta llegó a enfrentar las teorías de Einstein y Max Planck.

Autor: Raúl García Luna.
Fuente: Revista “Conozca Más”.

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