domingo, 5 de junio de 2011

Joaquín Torres-García

Autora: Bárbara Duncan.
Fuente: “Américas”, Organización de los Estados Americanos, 1971.

El arte en el siglo XX se ha ocupado predominantemente de la abstracción de la forma que acicateara el cubismo y con la representación simbólica de ideas, estimulada en parte por el redescubrimiento de antiguas civilizaciones. Una singular contribución a estos desarrollos básicos del arte contemporáneo la hizo el maestro uruguayo Joaquín Torres García (1874- 1949), cuyas obras se exhiben ahora en la primera muestra retrospectiva de importancia en Norteamérica. (La exposición se presenta en la Galería Nacional de Canadá, en Ottawa, del 3 de octubre al 10 de noviembre; en el Museo Guggenheim de Nueva York, del 12 de diciembre al 31 de enero, y en el Museo de Arte de la Escuela de Dibujo de Rhode Island, en Providence, desde febrero a abril de 1971).
Durante su larga carrera como artista y maestro, Torres García influyó en el arte moderno tanto de Europa como de Norte y Sudamérica. En París, ayudó a organizar la primera exhibición internacional de arte abstracto en 1930 junto con los distinguidos artistas del grupo Cercle et Carré. Su estilo pictórico universal constructivista, concebido a fines de la década de los veinte, anticipó por más de diez años el uso por artistas de vanguardia, tales como Adolf Gottlieb y Louise Nevelson, de la estructura reticular vertical-horizontal con símbolos encerrados. Desde que volviera a Montevideo en 1934, ayudó a despertar el interés de los artistas latinoamericanos en la estética del arte moderno haciendo notar la relación de la abstracción y simbolismo precolombinos con la forma y expresión contemporáneas.
Como muchos artistas de su época, Torres García rechazó la tradición renacentista del arte como una representación literal, tridimensional, del hombre y de su ambiente. Se entregó a lo que consideraba una tradición más espiritual, la del “hombre abstracto”, que en el arte prehistórico, egipcio, griego primitivo, bizantino y medieval había interpretado su mundo en un estilo llano y constructivo y de una manera simbólica más bien que antropocéntrica. Torres García se destacó entre sus contemporáneos por la amplitud de su pensamiento humanista, que lo indujo a buscar una revelación más completa del hombre y el universo en las artes plásticas.
Durante su larga carrera hay dos aspectos paralelos a su arte. Uno se relaciona a la tradicional pintura de caballete de temas íntimos tales como retratos, paisajes y naturalezas muertas. El otro derivó de su primera obra mural monumental y lo condujo a un estilo pictórico personal, reminiscente, en estructura y simbolismo, de los antiguos relieves en piedra. Finalmente, ambos aspectos lograron una base constructiva y una expresión metafísica comunes. Toda su obra va tras el clásico equilibrio entre alma y cuerpo, pero su fusión más personal de lo intelectual y lo intuitivo está en el constructivismo universal que él creó. En el mismo combina conscientemente la esencia de las principales tendencias del arte abstracto contemporáneo. Como en la abstracción pura del neoplasticismo, la estructura, llana y arquitectónica, fundada en la proporción lógica y geométrica, es básica en la composición. La forma de los símbolos, por el contrario, representa una fusión del mundo visible y del invisible y es abstraída de los objetos concretos según la intuición del artista lo mismo que en el cubismo o surrealismo. Muchos de los símbolos son parte de la historia del simbolismo y se emplean para transmitir cierta percepción de lo universal. Sin embargo, hay añadiduras personales en su vocabulario iconográfico y su significado se establece por su constante y reiterado uso en sus obras constructivistas así como por la ilustración de las mismas de sus obras escritas. El mismo Torres García explicó en “La historia de mi vida” que muchas de las imágenes mentales que luego expresara en símbolos abstractos derivaron de las diferentes etapas de su carrera artística, que lo introdujeron en los múltiples aspectos de la historia de la civilización.
Había nacido en Montevideo en 1874 de padre catalán y madre uruguaya. Gran parte de su primera educación en esa sociedad predominantemente agrícola le vino de su observación de las cosas que lo rodeaban, como el tren que pasaba cerca de su casa y el puerto cercano. Los barcos con sus brújulas, relojes, sextantes, cadenas y anclas, así como las grúas y balanzas de los muelles, todo le intrigaba como manifestaciones de la vida moderna. Al impresionable muchacho también le fascinaban los fenómenos naturales tales como el sol, la luna, las estrellas, los cometas y los eclipses totales. Su latente sentido constructivo se le despertó en el taller de carpintería y arreglando las mercaderías en las estanterías de la tienda de ramos generales de su padre.
Recibió su primera educación artística regular cuando su familia regresó a España en 1891. Luego de familiarizarse con las técnicas de la pintura académica, Torres García experimentó con el estilo lineal post-impresionista de Toulouse Lautrec, que era popular en Barcelona en esa época entre el grupo de artistas bohemios al que pertenecían él y Picasso. Simpatizando con el espíritu revolucionario de la Barcelona de la vuelta del siglo, el grupo se oponía a la enseñanza académica y abogaba por la observación directa de la vida cotidiana. En esta estimulante atmósfera cultural Torres García amplió sus horizontes personales al conocer a escritores, músicos e intelectuales y mediante lecturas sobre historia, estética y filosofía. Sus estudios clásicos lo inclinaron al neoclasicismo de Pubis de Chavannes y empezó a producir frescos y cuadros de caballete que manifiestan su propia propensión a esa tradición mediterránea. Su clásico sentido de la estructura así como su inclinación hacia un arte basado en medidas y proporciones geométricas se derivaron de este período de quince años durante el cual estuvo bajo la influencia del arte griego.
Al mismo tiempo, vino a interesarse en el arte medieval al entrar en contacto con la tradición catalana románica y gótica. Trabajó en los vitrales de la catedral de Palma de Mallorca en colaboración con el arquitecto Antonio Gaudí, que estaba a cargo de la restauración. Admiró la amplitud del genio de Gaudí y la universalidad de sus conocimientos, pero observó que tenían preferencias diferentes.
“Gaudí era un barroco y yo defendía lo clásico (no el arte que llaman clásico), la idea”. Una pintura de la catedral de Bruselas hecha en 1910 sugiere su creciente interés por la estructura arquitectónica que sería la base de sus obras constructivistas. El lado sensible y pictórico de su arte se evidencia también en la expresiva obra de pincel.
En 1916 anunció su deseo de liberarse de todas las anteriores influencias artísticas a fin de expresar su interpretación personal del dinámico escenario moderno, al cual las obras de los cubistas y de los futuristas italianos habían dado nueva forma. Sin embargo, continuó buscando el mismo equilibrio clásico en la vida y el arte contemporáneos, cosa que guió también los otros períodos de su concepción. El estilo de “síntesis”, que combinó la estructura basada en la lógica con ideas expresivas derivadas de una visión intuitiva se desarrolló entonces y dominó la década de transición entre su clasicismo y el constructivismo universal. Un dibujo de 1917 muestra tendencias constructivas muy claras en la bidimensional subdivisión vertical-horizontal del espacio en la composición, y fue hecho una década antes de que conociera el arte de los neoplasticistas de París. También se manifiesta una fragmentación abstracta de formas naturales en que anticipa los símbolos de su constructivismo universal.
Durante los años que pasó en Barcelona, Torres García se había dedicado a enseñar a los jóvenes y a inducirlos a que lograran su propia e impoluta visión de la realidad tal como la observaran en la naturaleza y los objetos de la vida diaria. Hacia 1919 su interés por la educación de los niños le indujo a fabricar juguetes constructivos desarmables. El proyecto fracasó por razones económicas, pero marcó el comienzo de sus pequeñas esculturas en madera.
Como ansiara nuevos horizontes y el contacto con la vida moderna, en 1920 decidió ir a la ciudad de Nueva York. Fue una decisión difícil ya que estaba casado desde 1908 con una española, Manolita, y tenía ya entonces dos hijas y un hijo. La familia Torres García llegó a los Estados Unidos cuando él tenía cuarenta y seis años. Al principio estuvo encantado con el nuevo ambiente y exclamaba: “Qué vida, qué movimiento! Y todo es mecánico, ordenado, limpio. . . Esta gente pueden estar orgullosos de su país. . . ¡Oh, qué vieja y triste es Europa!”. Aprovechó la oportunidad para visitar museos y galerías y se hizo de muchos amigos, entre ellos los artistas Jean Zceron, Joseph Stella y Marcel Duchamp y siguió con el estilo sintético comenzado en Barcelona. Torres García describía su obra como dinámica y basada en su visión personal, que era expresionista y geométrica al mismo tiempo. Explicaba que las dominantes verticales y horizontales de ritmo libre de su estilo pictórico suministraban la base de su obra constructivista universal. En Arrival in New York, por ejemplo, la silueta y los transportes de Nueva York reemplazan a los de Barcelona, más tradicionales, y los anuncios de publicidad y palabras típicas de los Estados Unidos se usan dentro de la composición para añadir el valor formal y sugestivo de las letras, como en el cubismo.
La pintura de Torres García no fue bien comprendida en Nueva York al comienzo de la década de 1920, pero su obra fue adquirida por algunos coleccionistas influyentes como Katherine Dreier quien, con Marcel Duchamp, fundó la Société Anonyme destinada a introducir las cualidades universales en el arte contemporáneo norteamericano. En relación a su pintura neoyorquina, Katherine Dreier observó que “sólo los que tienen un ojo perspicaz para la construcción y división del espacio que pertenece al arte —aún cuando expresen confusión— pueden apreciar su mérito”. Exhibió en varias galerías, incluso el Whitney Studio Club, que años después se convertiría en el Museo Whitney de Arte Americano. Con la ayuda de Gertrude Vanderbilt Whitney, Torres García pasó la mayor parte de su segundo año en Nueva York trabajando en juguetes útiles desarmables a fin de ganarse la vida. Luego de descubrir que la atmósfera competitiva y materialista de Nueva York no estaba en concordancia con su naturaleza idealista, partió rumbo a Italia en 1922, con la esperanza de seguir allí con su creación de juguetes. Sentía que iba al encuentro de valores que no había hallado en los Estados Unidos, las tradiciones de los viejos tiempos y el humanismo. Decía que quería “vivir con inteligencia, sí, pero también con instinto y alma. El reloj ha de ser el servidor del hombre y no éste de él, que lo hizo”.
Su empresa tampoco prosperó en Italia y Torres García se preguntaba qué tendrían los juguetes “que a todos seducían pero no podían ser jamás materia de negocio”. Se encontró también con que el gusto público italiano por la pintura naturalista no era compatible con su arte cada vez más abstracto y geométrico. Luego de una estadía en el sur de Francia se mudó a París en 1926, donde descubrió una “tolerancia, camaradería y comprensión que no halla un artista en ninguna capital del mundo”.
Por un tiempo Torres García fue influido por el fauvismo parisiense, lo cual constituyó para él un completo cambio de perspectiva. Decía que ese movimiento artístico significaba libertad, afirmación temperamental, impulso, primitivismo, actitudes antirracionales. Para él también significaba deformación expresiva, notación casi estenográfica, abreviación, economía, concisión, intensidad, amor al arte. De esta manera pintó paisajes y figuras que muestran la influencia del arte africano y el pesado empaste a pincel del fauvismo. Esta fase contribuyó a la importancia asignada a la calidad intrínseca del material plástico en su obra futura.
La inherente racionalidad de Torres García se reafirmó en 1928. Su combinación de un dibujo llano, arquitectónico, constructivista con un uso expresivo de la pintura lo llevó a una creciente disociación entre las líneas de la estructura por una parte y el color, tono y pinceladas por la otra. Torres García describió esto como su momento de transición a la pintura pura, tan central para los artistas del París de esa época. Sin embargo, a diferencia de los neoplasticistas, en el constructivismo quería preservar el elemento humano. Así se esforzó por combinar su concepción del hombre y la naturaleza con la estructura impersonal de la abstracción geométrica. Torres García finalmente resolvió esta dualidad decidiendo que la abstracción era el proceso de destilar la esencia de la forma en una representación bidimensional y, por tanto, no excluía necesariamente lo figurativo. A partir de ese momento usó el símbolo abstracto para representar el objeto particular dentro de lo universal. Habría de ser formado gráficamente como una imagen esquemática o un signo. Explicaba cómo en la composición de sus nuevas pinturas cuadriculaba la estructura subyacente en rectángulos y cuadrados reminiscentes de una pared de piedra y, obedeciendo inconscientemente a una visión interna, ponía en su respectivo nicho el símbolo de cada objeto, tal como una casa (como las que dibujan los niños), un bote, una ancla, un hombre, un pez. En una pintura de este período que se conserva en la colección del Museo de Arte Moderno de Nueva York, el oscuro contorno de los nichos recuerda su obra anterior en vidrio de color.
El crítico parisiense Waldemar George describió el taller de Torres García y su creciente interés por el arte primitivo entre 1926 y 1930 de la siguiente manera: “las paredes de su sencillo cuarto estaban cubiertas de figuras e inscripciones que evocaban los relieves de las pirámides de Egipto y los misteriosos códigos de templos precolombinos. Torres ha creado un sistema y una escritura plásticos. Presenta las ideas mediante signos que representan la cosa. Es una escritura que puede considerarse como jeroglífica o ideográfica”. Él mismo mencionaba haber visto objetos primitivos en el taller del escultor Lipchitz, a quien admiraba como a un “hombre de medidas y compases, de geometría y combinaciones algebraicas de espíritu, de leyes y de secretos universales”. Definía su propia misión comparándola con la de Lipchitz, en el sentido de que a ambos les era necesario ir más allá del cubismo y tender a un arte más positivo en su visión del hombre. Torres atribuía a Picasso y Braque el haber iniciado el cubismo, que en su opinión era el punto de partida de todos los grandes movimientos del futuro y Juan Gris era el geometrista perfecto, el purista de los cubistas. “El no dejó, como los otros, que la naturaleza fuera a lo abstracto, sino que más bien empleó lo abstracto de la geometría y el plano de color para ir a la realidad”.
En 1928 Torres García fue introducido al neoplasticismo en el taller de Theo Van Doesburg, el pintor holandés fundador de la revista De Stijl. Van Doesburg observó la calidad del arte de Torres García y lo comparó con la reconstrucción del objeto conforme a una visión pictórica de los cubistas, haciendo un uso inmediato de planos, colores y líneas elementales para crear realidad plástica. Al crítico de arte belga Michel Seuphor se debe el que Torres conociera a otros de los grandes artistas modernos, Mondrian. De él escribió Torres García que, “conociéndole, se ve que sólo él podía llegar a esa concepción pura de la pintura: su límite. Está reñido con la naturaleza; es el hombre de lo artificial, de ciudad. Es el hombre además del futuro. Su arte es científico; la técnica de su arte, impecable. Es extremadamente ordenado. . . por su volumen, por su forma, por su color”.
Van Doesburg y Torres García creían que el movimiento antirracional surrealista estaba ganando importancia y al oponerse a los movimientos cubista y neoplasticista, en un sentido constructivo, iba sacando al arte de su curso natural. En consecuencia, organizaron en París el grupo Cercle et Carré, que publicó una revista del mismo nombre y al que se debió la primera exhibición internacional de arte abstracto constructivista. El manifiesto del grupo, redactado por Michel Seuphor, abogaba por una estructura simple y clara que, “por los medios técnicos de la época, expresara en lenguaje claro la verdad inmutable, reflejando por su propia organización el magnífico orden del universo”. Este deseo de orden, perfección y pensamiento racional se dirigía contra la concepción subjetiva y escéptica de los surrealistas.
París, donde varios comerciantes habían promovido con éxito la obra constructivista de Torres Carcía, en 1932 se volvió un mercado pobre para los artistas y muchas galerías tuvieron que cerrar. El grupo Cercle et Carré se desbandó y Torres García empezó a pensar en abandonar la ciudad. Más tarde, ese mismo año, decidió ir a Madrid, pero allí halló una atmósfera provincial y falta de interés en el arte moderno. Luego de considerar trasladarse a México, concluyó que su mejor oportunidad sería introducir los pocos conocidos preceptos del arte moderno a los artistas de su propio país, Uruguay. Con la ayuda de amigos dejó España rumbo a Montevideo en 1934.
Para la época en que Torres García llegaba a Montevideo, la estética básica de su constructivismo estaba claramente definida en su obra y en sus escritos. Siempre puso énfasis en que su doctrina había sido precedida por un real descubrimiento artístico. Un místico por su dedicación a la idea de un arte universal, su doctrina constructivista tenía dos aspectos principales: uno metafísico y otro artístico. Metafísicamente, su concepción de la totalidad cósmica incluía los tres planos de la existencia del hombre en relación con el universo: el macrocosmo del intelecto, el mesocosmo del espíritu y el microcosmo de las cosas físicas. Artísticamente existen los mismos planos: estructura guiada por la razón; el contenido expresivo, configurado por la emoción; las propiedades plásticas del material usado por el artista.
De manera semejante, el vocabulario simbólico inventado por Torres se refiere a lo intelectual, lo espiritual y lo físico, pero los símbolos tienen también una intención mágica destinada a afectar directamente la sensibilidad del espectador, sin necesidad de una interpretación. Por esta razón, la forma del símbolo tiene valor pictórico en sí misma. Esta cualidad mágica es destacada por las relaciones cambiantes de los símbolos en cada pintura constructivista universal, establecidos por la selección de las formas por parte del artista y por el uso del tono y del color en relación a ellas. El deseo de Torres García de relacionar dentro de un todo coherente las etapas de su propio pensamiento, así como el fondo de la civilización, suministra una clave para el significado de los símbolos y desafía la universalidad del conocimiento de los espectadores. Sin embargo, hay una atormentadora evasividad en las pinturas, ya que en gran parte los símbolos provenían de la intuición del artista y sólo pueden ser interpretados intuitivamente.
Hay varios tipos fundamentales de constructivismo universal derivados del postrer período de Torres García en París hasta la última parte de su carrera en Montevideo. Un tipo muestra la influencia estructural neoplástica en que cuadrados y rectángulos asimétricos son construidos en un equilibrio complejo. En ellos se ve la afinidad de Torres por la paleta española en los dominantes colores negro, blanco y tierra atemperados por varios tonos de gris. La sombra la crea tradicionalmente mediante tonalidades grises añadidas a los colores más bien que mezclando los colores o usando claroscuros luministas. Algunas de sus obras son como pinturas de muros de piedra con su yuxtaposición de formas y monótono sombreado. Otras incluyen la completa gama de su vocabulario simbólico. Dentro del mismo marco de composición, todos se relacionan en sentimiento monumental y superficie entramada al Monumento Cósmico a Rodó que creó en piedra, en Montevideo, en 1936. En este monumento uno halla el simbolismo compuesto que Torres García desarrolló para expresar la compleja estructura del universo, y las eras de la historia cuyo arte y pensamiento más admiraba. Con sus símbolos personales mezclaba jeroglíficos egipcios, referencias griegas, así como signos del zodíaco y astrales, con lo que establecía una relación con el antiguo arte de relieve en piedra. Dominan el todo los símbolos esculpidos del constructivismo y arte geométrico: el cuadrado, la esfera y el triángulo.
Otro tipo de constructivismo universal derivó más directamente de la influencia de Mondrian en forma y color. En estas pinturas, los colores primarios tienen más paleta que la usada por Mondrian, ya que Torres García trabajaba con un tipo especial de barniz para conferir un tono y una pátina adicionales. Son, pues, distintivos en su expresión de la emoción del artista, así como por su contenido simbólico.
La idea de la renovación de un arte latinoamericano independiente es aún más evidente en otro tipo de pintura constructivista universal que nos recuerda la alfarería precolombina por sus formas geométricas y colores de tierra. En este período Torres experimentó con letras simbólicas personales, como puede verse en su firma en la parte izquierda superior de su pintura y en la palabra TOTALIDAD, abajo, en el centro. Torres García empezó a pintar éstas en París cuando se interesó en el arte primitivo, pero su obra se volvió cada vez más explícita en su relación con la civilización precolombina a su regreso a Montevideo.
En sus últimos años, Torres García se concentró en la “recuperación del objeto”, con lo que quería decir la pintura de caballete de lo íntimo, basada en algunos principios constructivos y estructurales. Continuó buscando en la naturaleza subyacente la forma intrínseca y simbólica, y no la representación visual exacta, ya que quería captar una expresión y una estructura en cada retrato, paisaje o naturaleza muerta que transmitiera su sentido de valores universales. Así aplicó la disciplina del arte constructivo en sus pinturas, bajo la guía de la medida y la proporción del siglo de oro griego. Este “constructivismo humanista” fue la última manifestación de su incesante esfuerzo por combinar los procesos artísticos visuales, emocionales y mentales.
Es imposible apreciar qué puesto hubiera ocupado Torres García en el desarrollo del movimiento moderno en Europa si se hubiera quedado allí durante la depresión de los años treinta. Pero la circunstancia que precipitó su retorno a Montevideo también encendió una chispa en el arte contemporáneo latinoamericano. En 1934 fundó en Montevideo la Asociación de Arte Abstracto basada en las ideas del Cercle et Carré e inició una publicación en español del mismo nombre. Por quince años fue el maestro y conductor influyente de los artistas uruguayos y su presencia en Montevideo dio ímpetu al creciente interés por el arte abstracto en la Buenos Aires de los primeros años de la década del cuarenta. Durante este período colaboró con el grupo Arturo, el primer movimiento no figurativo argentino, fundado por otro uruguayo, Carmelo Arden-Quin, junto con el argentino Tomás Maldonado. El movimiento de Arte-Concreto-Invención de Buenos Aires, influido por las enseñanzas del escultor suizo Max BilI, elaboró los mismos principios artísticos racionales, objetivos y geométricos que habían sido introducidos antes por el constructivismo universal de Torres García. Al mismo tiempo el dinámico movimiento Madi experimentó con escultura hecha de partes removibles, inspirado en los juguetes constructivos de Torres. Debido a su actividad como apóstol de la nueva estética del arte moderno en Uruguay, Torres ayudó a instilar la idea, que se difundió a otras partes del continente, de un arte latinoamericano emparentado con los movimientos contemporáneos europeos mediante su tradición abstracta precolombina.
El modo magistral con que Torres García resolvió los complejos problemas de estructura y simbolismo proyectados en el constructivismo universal aún está por apreciarse en su totalidad. Creó un concepto estructural distinto al llevar el cubismo a una forma más consistente y bidimensional que encerraba completamente el espacio y sin embargo preservaba el objeto natural al recrearlo simbólicamente. Logró, así, la creación de una obra original que combinó en un todo coherente la composición arquitectónica de los constructivistas, las formas abstractas de los cubistas, el simbolismo intuitivo de los surrealistas y la pintura pura de la Escuela de París. Su estilo único y su concepción de un arte que es universal tanto en forma como en contenido hacen de Joaquín Torres García un artista de significación internacional, cuya influencia se manifiesta todavía en las obras de muchos artistas modernos de hoy.

(Bárbara Duncan ha reunido una importante colección de arte latinoamericano durante sus ocho años de residencia en el Perú. En el Instituto de Bellas Artes de la Universidad de Nueva York ha trabajado sobre Torres García, de cuyo vocabulario simbólico está realizando ahora un estudio. La autora desea agradecer a Ida E. Rubin, ex directora de artes visuales de la Inter-American Foundation for the Arts y asesora de la galería de arte del New York Center for Inter-American Relations, por su ayuda recibida en la preparación de este artículo. Traducido del inglés).

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11 comentarios:

  1. TIIIEENE MUUCHA INFORMAACION ,
    LEE FALTAA ALGOO!

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  2. ESTAA MUUY BUUENAA LA PAGIINAA!(:
    SIGUAAN ASII!

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  3. Siempre falta algo, pero es lo que pude conseguir.
    Gracias por el elogio. Haré lo que pueda para corresponder a tus expectativas.
    Un abrazo

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  4. taaa ree bueno esto!!!!
    me sirbio para hacer un trabajo del liceo!!!

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  5. hola soy aldana!!!
    esta pagina esta reeee buena!!
    bss
    :))

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  6. Qué bueno que les guste...
    Seguiré subiendo más cositas interesantes.
    Un Abrazo a ustedes y todos mis lectores
    :))

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  7. JAJAJJAJAJJAJAJA estoo les parece buueno? , na jooda si esta MUYY bueno me sirvio para plasticaa :)

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  8. Un poco de broma no está mal... Qué bueno que te haya servido. Un Abrazo, amigo

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  9. la pagina no me sirvio de mucho pero esta buena...

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  10. Gracias por tu comentario.Qué pena que necesitaras más información... De todos modos, seguiré buscando novedades que correspondan con tu interés... Un arbazo...

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  11. Perdón, "abrazo" quise decir... ji ji ji...

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