domingo, 5 de junio de 2011

La Maqbara de Valladolid, un interesante cementerio mudéjar

Autores: Arturo Balado Pachón; Consuelo Escribano Velasco; J. Ignacio Herrán Martínez; J. Enrique Santamaría González.
Fuente: Revista de Arqueología, Zugarto Ediciones. Madrid. Noviembre. 1991.

Las excavaciones arqueológicas realizadas recientemente en Valladolid han reportado la localización de una importante zona de enterramientos que, por el rito documentado, perteneció, sin duda alguna, a los mudéjares vallisoletanos, tratándose de una de las primeras maqabir documentadas hasta ahora en territorio cristiano.
La existencia de un cementerio o maqbara, de la importante comunidad islámica del Valladolid medieval, en la zona denominada como “el Prado de la Magdalena”, era ya conocida por documentos de la época. No se tenía, sin embargo, constancia en su localización exacta, debiéndose los primeros indicios a la excavación de urgencia realizada en el solar de la antigua Casa de Beneficencia, entre febrero y abril de 1990 (esta intervención fue realizada por Angel Luis Palomino y José Luis Hoyas). Presentamos aquí, sin embargo, un primer avance de la intervención llevada a cabo en el mismo lugar entre los meses de noviembre y diciembre del mismo año, que fue realizada en el marco del Convenio anual firmado entre la Junta de Castilla y León, la Universidad de Valladolid y la Diputación Provincial de Valladolid para la realización de actividades arqueológicas preventivas y de urgencia y que contó con la colaboración de las alumnas-trabajadoras de la Escuela-Taller del Castillo de Portillo. Esta nueva excavación, destinada a ampliar aquellos primeros indicios, ha reportado la localización de una importante zona de enterramientos que, por el rito documentado, perteneció, sin duda alguna, a los mudéjares vallisoletanos, tratándose de una de las primeras maqabir documentadas hasta ahora en territorio cristiano.
Existen diversas teorías sobre el origen de esta minoría en la ciudad, incluso la que, basándose en la toponimia, los hace descendientes de poblaciones bereberes residuales, asentadas en la zona tras la invasión musulmana de la Península. Esta idea de la presencia musulmana desde tiempo muy antiguo, es la misma que defiende, aunque de forma inconsciente, la leyenda, por otra parte muy extendida, que hace derivar el topónimo Valladolid del asentamiento en estas tierras de un supuesto “Moro Olid”. Sin embargo, parece más lógico pensar que su presencia en la villa es relativamente tardía, probablemente del siglo XII (el documento más antiguo en el que aparece un musulmán data de 1158, en el que se hace referencia a un tal Alí el mozo), coincidiendo con la primera gran expansión medieval de la ciudad que llevó a la creación de una serie de barrios, principalmente al este del primitivo núcleo. En uno de estos barrios, el de San Martín, situado a unos 200 metros de la maqbara ahora descubierta, se concentró una importante comunidad musulmana, presumiblemente llegada a Valladolid procedente, tras su conquista, del reino de Toledo. El recuerdo de su presencia en esta zona de la ciudad ha perdurado hasta nuestros días en el nombre de la calle de Los Moros.
Dicha comunidad experimentó una notable expansión a lo largo de los siglos XIII y XIV, en la que aparece plenamente integrada dentro de la vida de la ciudad. Este ambiente se verá en cierta medida truncado en la centuria siguiente con los inicios de la segregación, cuyo punto culminante se dará, sin duda alguna, en 1413. En este año, obedeciendo las instrucciones del célebre decreto de 1412, los musulmanes de Valladolid abandonaron sus hogares, siendo recluidos en la aljama de Santa María, situada al sur de la ciudad, lejos de su cementerio en el Prado de la Magdalena. Es probable que este hecho motivara el abandono de la necrópolis que nos ocupa, en la que, como más adelante veremos, no se reconocen, al menos en la zona excavada, enterramientos del siglo XV.
Por otra parte, hemos de suponer que no serían sólo los mudéjares (o moros de paz) los habituales usuarios de este cementerio, ya que en la ciudad existía otro grupo de población musulmana, de mucho menor tamaño, constituidos por los esclavos procedentes de la guerra.
Abandonada su utilización como cementerio, la zona experimenta a partir del siglo XV un notable cambio. Progresivamente, va siendo ocupada por la nobleza para la construcción de sus palacios, como el de Los Viveros, luego convertido en Real Chancillería de Castilla.
El núcleo mudejar que utilizó el cementerio de la Casa de la Beneficencia, fue un grupo relativamente importante en la vida del Valladolid Medieval. Dedicados principalmente a actividades artesanales (se documentan albañiles, comerciantes, alfareros, hortelanos, carpinteros, etc.), no despertaron, por ello, una especial animadversión por parte de la sociedad cristiana dominante, que sí veía con mayor reticencia a la minoría hebrea. A pesar de los ordenamientos de 1412 la importancia y la integración de los mudéjares siguió creciendo, llegando hasta tal punto que en 1465 los moros de la villa se sublevaron junto con la Comunidad de Valladolid contra las ligas nobiliarias partidarias del infante don Alfonso. En agradecimiento, Enrique IV, tras subir al trono, concedió una serie de privilegios fiscales a los que le habían apoyado, sin olvidarse de los musulmanes. No sufrió, la comunidad islámica, por tanto, las persecuciones de la otra minoría religiosa, y así se explica que cuando en 1502 se les impone el dilema de abandonar Castilla o convertirse al cristianismo, la práctica totalidad de los mudéjares vallisoletanos, al contrario que los judíos diez años antes, opta por esta segunda opción.
Estos conversos o cristianos nuevos debieron continuar con sus actividades profesionales anteriores. Parece que fue así en el caso de los alfareros, una de las actividades más importantes que habían desarrollado los mudéjares durante los siglos XIII y XIV, en torno al centro productor de la calle Olleros (hoy Duque de la Victoria). A partir del siglo XV los hornos de fabricación de cerámica se trasladan a la Aljama de Santa María, donde continuaron funcionando como alfares tras la conversión de 1502, perdurando en algunos casos hasta los siglos XVII y XVIII.

LA EXCAVACIÓN.
Aunque los resultados de los sondeos preliminares aconsejaban la inmediata continuación de los trabajos arqueológicos, esto sólo fue posible una vez que las obras de edificación en el solar de la antigua Casa de Beneficencia se encontraban en avanzado estado, lo que conllevó que la intervención se viera limitada no sólo en lo que a la extensión de la zona susceptible de ser excavada se refiere, sino, además, al tiempo que dispusimos para acometerla.
Así, pudimos establecer una Unidad de Excavación de 64 metros cuadrados, de la que en sus dos terceras partes sólo se rebajó el paquete sedimentario unos 60 centímetros —hasta donde iban a afectar las remociones de tierras previstas por las obras—, mientras únicamente en un reducido sector de 6,30 metros cuadrados pudieron alcanzarse los niveles geológicos naturales, constituidos por terrazas de origen fluvial. En el resto de la unidad de excavación se optó por no profundizar más allá de las cotas que alcanzaban algunas de las tumbas de arquitectura más compleja.
La secuencia estratigráfica obtenida se articula en dos momentos fundamentales: el primero de ellos, de formación moderna y contemporánea, no alberga excesivo interés. Sin solución de continuidad aparece el que contiene las inhumaciones islámicas. Este nivel más profundo se formó durante un período dilatado de tiempo, merced a los aportes necesarios para hacer crecer la necrópolis en altura, superponiéndose así las tumbas.
La totalidad de los enterramientos responden a un mismo rito: en el interior de fosas excavadas en el suelo se dispone a los individuos, que presentan la cabeza al oeste y los pies al este a la vez que descansan en posición de decúbito lateral derecho. El rostro mira siempre hacia el sur. Mientras, las piernas aparecen indistintamente estiradas o ligeramente flexionadas. Los brazos se extienden a lo largo del cuerpo y las manos reposan sobre la región púbica o las caderas.
Se han podido documentar dos modelos constructivos en las tumbas de la Casa de Beneficencia. Por un lado está el de fosa simple excavada en la tierra y por otro, el que a esta fosa añade junto a las paredes largas un refuerzo de dos muretes paralelos fabricados en adobe, que enmarcarían un angosto espacio en el que se depositaría, no sin dificultad, al individuo. Mientras las de fosa simple estarían representada durante todo el período de utilización de la necrópolis, la de murete de adobes son características de los primeros momentos de a misma.
El número de enterramientos exhumados durante la intervención desarrollada en la maqbara vallisoletana asciende a 58, de los cuales 12 corresponden a los de fosa reforzada con adobes (en 4 de las cuales no ha podido ser exhumado el esqueleto por estar sólo parcialmente incluidas en la unidad de excavación), mientras que las restantes corresponden a las de fosa simple.
En tres de las tumbas se ha constatado la existencia de elementos de cubrición. Una de ellas, que alberga a un individuo de corta edad, aparece sellada por un adobe. En otras dos la cubrición se efectúa con tapas de madera; a partir de los restos de una de ellas, podemos reconocer sus características: se trata de tablones colocados en la dirección del eje mayor de la fosa, reforzados por otros dispuestos, perpendicularmente a aquellos, en los extremos y en el centro de la tapa.
A diferencia de lo que ocurre en otras necrópolis de rito similar, sobre todo en lo que constituyó el territorio hispano-musulmán, no se han reconocido evidencias que supongan señalización alguna de las tumbas. Es sabido que los enterramientos musulmanes no suelen acompañarse de ajuares; aun así hemos podido recuperar un importante conjunto de restos de cultura material en la maqbara. Estos vestigios proceden del relleno que progresivamente va colmatando la necrópolis durante la época en la que ésta se encuentra en uso, y en ocasiones se localizan en el interior de las fosas. Predominan los restos cerámicos, siempre en estado muy fragmentario, de producciones propias de la ciudad de Valladolid fechadas en la plena y baja Edad Media, y que son denominadas de tipo Duque de la Victoria, por proceder de los alfares que en época medieval existieron en esa calle (antaño conocida como de Olleros). Se trata de recipientes modelados tanto a torno como a torneta; las pastas son fundamentalmente de color anaranjado u ocre, apareciendo también otras tonalidades hasta alcanzar la gama del gris oscuro; en algunos vasos se aplica un engobe que produce reflejos metalescentes en las piezas.
En la Casa de la Beneficencia se encuentra representado prácticamente todo el repertorio formal documentado en estas cerámicas vallisoletanas: platos, botellas, jarros y jarritos, tazas polilobuladas o saleros, tapaderas, fuentes, cántaros, ollas, etc., así como las decoraciones características de este grupo, como son los engobes, las ondas incisas y las acanaladuras.
Mucho más escasos han sido los materiales no cerámicos recuperados, entre los que destacan la presencia de cuatro monedas, dos óbolos y dos dineros, acuñadas durante el reinado de Alfonso X (1252-1284).
Se trata, pues, de un depósito cronológicamente homogéneo en el que la excepción la constituyeron cinco fragmentos amorfos correspondientes a vasos de Terra Sigillata Hispánica tardía, ajenos, evidentemente, al contexto cultural que los acoge.

LA MAQBARA DE LA CASA DE LA BENEFICENCIA.
La potencia del estrato en el que se realizaron los enterramientos de “la casa de la Beneficencia” y la acumulación de inhumaciones unas sobre otras (sin ningún tipo de diferenciación estratigráfica), parecen indicar una larga continuidad en su utilización. En este sentido, es digno de ser reseñado cómo prácticamente ninguno de los enterramientos excavados apareció roto por la fosa de otro, lo que sin duda alguna se explica por la obligación que tienen los musulmanes de preservar los restos de sus antepasados; así, el proceso que debió seguirse en la maqbara de Valladolid sería el de colmatar con tierra los antiguos sepulcros y excavar las fosas en el nuevo depósito creado. Esto no puede explicarse sino por las limitaciones de espacio a las que se vería sometida la necrópolis mudéjar.
La cronología de este potente estrato quedaría enmarcada entre la fecha asignable a las tres monedas recuperadas, cuya datación precisa es imposible pero que, obviamente, han de ser posteriores a 1252, año en que Alfonso X sube al trono, y 1413 en el que presumimos debió dejarse de utilizar este cementerio. El resto del material arqueológico recuperado confirma esta cronología ya que está formado principalmente por las cerámicas que se han dado en denominar de tipo “Duque de la Victoria”, fechadas de forma genérica en los siglos XIII y XIV, si bien recientes estudios parecen llevarlas también a fines del XII.
Dentro de este amplio marco cronológico, la posición de la maqbara con relación a la muralla de la villa puede ayudarnos a afinar un poco estas fechas. Como es habitual en otros cementerios islámicos, ésta se encuentra extramuros de la segunda cerca del Valladolid medieval, junto a la puerta de San Pedro y el camino que conducía a Cabezón de Pisuerga. Sin embargo, esta fortificación no fue construida hasta la última década del siglo XIII, por lo que de ser anterior el cementerio su posición junto a ella tendría que haber sido un azar. Es más lógico pensar que fue el trazado de las defensas el que condicionó la ubicación de la necrópolis, teniendo además en cuenta que si bien no es extraño en el mundo musulmán su localización dentro de las ciudades, lo más frecuente es que se encuentren en el exterior, junto a las murallas y en el trazado de algún camino. De ser cierta esta suposición tendríamos el siglo XIV como período fundamental de utilización de la maqbara de la “Casa de la Beneficencia”.
En resumen, podemos ver cómo la maqbara vallisoletana comparte las características generales de las necrópolis hispano-musulmanas en cuanto a la orientación y posición de los restos; el Libro Sagrado de los musulmanes especifica que los muertos deben enterrarse en posición de decúbito lateral derecho y con el rostro vuelto hacia la ciudad santa de La Meca. Esta es la orientación de los restos depositados en el cementerio de la Casa de la Beneficencia, con la cabeza a poniente y las extremidades inferiores hacia el este el rostro parece “mirar” al sureste, localización aproximada de la Ciudad Santa.
Una de las características de las necrópolis musulmanas es la gran variedad de los modelos constructivos y de cubrición de las tumbas empleados. Esta diversidad ha sido explicada como un posible indicio de diferencias tribales en la población musulmana o bien, simplemente, como un exponente de la variedad de las tradiciones constructivas locales. Los tipos localizados en la Casa de Beneficencia encuentran, como es lógico, réplica en maqabir islámicas. Así, la fosa simple, al tratarse del tipo de enterramiento más sencillo está documentado en multitud de necrópolis medievales no sólo musulmanas, sino también cristianas. Por el contrario, las fosas reforzadas con muretes de adobes tienen un uso más restringido, habiéndose constatado su utilización únicamente en Al Andalus, en las necrópolis de San Nicolás en Murcia y en la de Calatrava la Vieja, donde los adobes no ocupan únicamente los laterales, como en el caso vallisoletano, sino que también se extienden por los pies y la cabecera.
La mayor parte de los enterramientos exhumados son, como ya se ha dicho, en fosa, siendo mayoría entre éstas las deposiciones simples. Tan sólo ha sido encontrado un caso de enterramiento doble —números 4 y 5—, perteneciente a dos individuos de corta edad, inhumados en la misma fosa. En relación con este hecho, nos parece digno de ser reseñada la aparente preeminencia que suponen los enterramientos infantiles, especialmente en los últimos compases de utilización de la necrópolis.
Se han documentado varias tumbas de la maqbara vallisoletana que presenta cubiertas de madera, tanto en enterramiento en fosa (Nº 8), como en uno reforzado con adobes (enterramiento Nº 45), así como indicios de la existencia de madera en alguna más de las fosas exhumadas. No se trata, en todo caso, de ataúdes, que no parecen propios del ritual islámico, –y si aparecen lo hacen de forma excepcional–, sino de simples cubiertas planas. Cubiertas de madera similares a las que nosotros presentamos se conocen en el Circo Romano de Toledo, en las tumbas que su excavador llama de “alcaden”, fechadas en los siglos X y Xl. No se han documentado en Beneficencia cubriciones de otro tipo que no sean de madera, a excepción de un enterramiento infantil (Nº 48) que aparece tapado con un gran adobe (el mismo material con el que se cubren las tumbas de Calatrava la Vieja y San Nicolás de Murcia).
No se ha detectado en ningún enterramiento de la maqbara vallisoletana la colocación de piedras en la cabecera, señalando la posición de las tumbas. Es ésta una costumbre frecuente en las necrópolis islámicas, donde no es raro que aparezca otra a los pies. Por lo general, se trata de piedras toscas y sin labrar, especialmente asociadas a los entrenamientos de personas de baja condición social.
Todas las características vistas nos hacen pensar, como ya anticiparon los primeros excavadores del yacimiento, que estamos ante el lugar en el que se enterraban los musulmanes que habitaron la ciudad de Valladolid (mudéjares), durante la Baja Edad Media, y más concretamente entre finales del siglo XIII y los inicios del XV. Fue éste un período de auge de la comunidad islámica vallisoletana; basándose en sus actividades artesanales y comerciales y a la sombra del desarrollo general que experimentó la urbe, llegó a ser una parte importante del engranaje social de la villa del Esgueva.

BIBLIOGRAFÍA.
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RUCQUOI, A. (1987): Valladolid en la Edad Media II. El mundo abreviado. Valladolid.

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