viernes, 20 de enero de 2012

Los senos como arma secreta

Protagonistas de una historia de cuatro millones de años de evolución humana como caudal erótico o cultural pero por encima de todo como recurso vital y evolutivo superior.

Órganos de nutrición, pero también indudable símbolo de seducción femenina, los senos han convertido al hombre (ser humano) en el animal más poderoso de la Tierra.
Según los hindúes, la vida brotó de un espumoso océano de leche. Para los griegos y romanos antiguos, nuestra galaxia, la Vía Láctea, fue creada por millones de gotas de leche manados de los senos de la diosa Juno. La palabra seno proviene del latín sinus, que significa curva, sinuosidad y hueco, porque también designa el espacio que separa los senos. Brebaje de inmortalidad para celtas y egipcios, “la leche es el principio fecundador de la mayoría de las mitologías y religiones”, señala el doctor Dominique Gros, especialista en mamas de Estrasburgo.
La denominación mama, tomada del latín mamma, apareció en francés en 1121. “Los senos nutrirán al lactante y regocijarán al padre”, reza el Corán. Órganos de alimentación y objetos del deseo: ésa es la doble naturaleza de los pechos femeninos. Y sólo la historia de su evolución humana abarca más de 4 millones de años.
Grandes o pequeños, alicaídos o prominentes, expuestos u ocultos, los senos de la hembra son la más típica señal de su identidad sexual. Cierto es que los machos poseen tetillas, pero éstas no son auténticas mamas: no producen leche y, por lo tanto, no necesitan ser voluminosas. En cambio, los senos femeninos son evidentes e insoslayables, es decir, abultados y con pezones grandes y sobresalientes. ¿Simple cuestión de forma? No. En su interior hay una veintena de lóbulos, cada uno de ellos compuesto por miles de tubillos: son los conductos lácteos, cuyos extremos llegan hasta el pezón.
En el hombre, el aparato es similar, pero está atrofiado. Es la función la que hace la diferencia, incluida la atracción sexual como parte entrañable de ésta. Y es gracias a esa división de roles, en la hembra vinculada a la procreación, que los mamíferos son los animales más evolucionados de la naturaleza. ¿Por qué? Porque sólo las madres mamíferas pueden proporcionar a sus cachorros un alimento siempre disponible, independientemente de las variaciones climáticas y las traslaciones territoriales, mientras las crías de otras especies deben obtener por sí mismas su ración diaria, corriendo el riesgo de no sobrevivir al intento.
Y así no hay familia, ni vecinos, ni afecto, ni erotismo.
Los primeros mamíferos aparecieron hace unos 150 millones de años: monotremas como el ornitorrinco, por ejemplo, que ponen huevos y amamantan a sus crías con leche que mana de dos tetas compuestas por 150 o 200 lóbulos. Pero, en su versión más antigua, las mamas eran órganos de incubación que, situados en el abdomen de extintos reptiles de los que derivan los mamíferos, servían para cobijar, no para nutrir.
Esos rudimentarios órganos poseían una red vascular recorrida por sangre caliente que permitía entibiar al recién nacido. Después, esa vascularización gestó un funcionamiento anómalo a nivel cutáneo y las glándulas empezaron a producir leche. Por eso es que casi todos los mamíferos tienen las mamas en la zona ventral, desde el lobo hasta el hombre. Una excepción: los murciélagos, que amamantan bajo la axila, seguramente debido a su sistema de suspensión cabeza abajo.
De cualquier manera, sólo las hembras de los primates poseen verdaderos senos, mientras que otros mamíferos apenas tienen pezones. En esto, la relación de la especie con el hábitat fue una condición evolutiva. Las ballenas, por ejemplo, proveen de 600 litros diarios a sus crías, pero ocultan sus mamas bajo un pliegue de piel: así, por ley hidrodinámica, la fricción con el agua u otro factor irritante es necesariamente evitado. En cambio, entre los simios y los machos humanos, la percepción de los pechos femeninos es un hecho social y erótico, fuertemente atávico en el bebé y de gran estímulo en los adultos llamados a la fecundación a través de una relación sexual de inigualable placer. E incluso, emancipados parcialmente de su misión primaria, los senos han alcanzado un rango estético que no sólo no contradice la ley del deseo, sino que coloca a éste en un podio superior, es decir, cultural y, ¿por qué no?, controversial.
Aún celebrados como armas de seducción en las cortes renacentistas de Europa, los pechos femeninos recién fueron admitidos por la Academia Francesa en 1789: no pudiendo evitar una óptica pecaminosa, los censores de épocas anteriores habían borrado metódicamente la palabra seno de sus diccionarios.
Pero los artistas, como siempre, se abstuvieron de emitir opinión moral y no olvidaron la dualidad original: en retratos pictóricos de los siglos XIV y XV, el seno derecho está reservado al recién nacido y el izquierdo al placer masculino. La incógnita es si la erotización del seno es específica del Homo Sapiens. “La respuesta es sí —dice el psicoanalista Boris Cyrulnik—. Ningún otro mamífero macho se interesa por la mama como órgano sexual”. Para el zoólogo Desmond Morris, “la evolución inventó estos pechos bien desarrollados para favorecer la comunicación sexual humana“.
Y eso, ¿cómo ocurrió? Una clave estaría en el misterioso cambio de postura de seducción de la mujer, que en alguna remota época se irguió, dejó de exhibir las nalgas y mostró frontalmente sus senos. “Así —agrega Morris—, esas protuberancias carnosas superaron al trasero, puesto que la erección de los pezones femeninos es, para el macho, una clara señal de invitación al acoplamiento”. A esa señal, el doctor Cyrulnik la define como un “gatillo erótico” que, durante el coito, es capaz de acrecentar en hasta un 25 por ciento el tamaño de los senos más sensibles. Para el etólogo Irénaus Eibl-Eibesfeldt, el seno habría adquirido su voluptuosa función “transformando, en los juegos amorosos, las mismas caricias y succión originales del neonato, expresando nostalgias por la madre y la infancia”. El doctor Gros coincide: “Por su redondez, el seno es un refugio de inocencia y amor”, dice.
En cuanto a su forma cónica o semiesférica, el biólogo Allister Hardy asegura que “el seno la adquirió en el agua, porque los humanos descendemos, de hecho, de un mono acuático”. Tal primate habría existido hace unos 5 millones de años, “en las costas de los mares tropicales —según Hardy—, y buceaba para pescar su alimento. De ahí que sus senos se desarrollaran para mantener la leche caliente y para asegurar la flotación de la mona”. Y luego está el enigma de la cantidad de senos, que varía de una especie a otra: desde 22 en el animal insectívoro tenrec, de Madagascar, hasta los 2 de la hembra humana. “En todos los mamíferos hay una correlación entre el número de neonatos y el de las glándulas mamarias —explica el profesor Alain Propert—. En la mujer, los nacimientos múltiples son poco frecuentes: lo habitual es un bebé por parto”.
Entonces, ¿por qué la mujer no tiene un solo seno? A esto, los expertos responden, por un lado, que dos mamas aseguran la nutrición ante la posible pérdida de una de ellas y, por otro, que en la naturaleza la regla imperante suele ser la simetría. Que los pechos femeninos ejercen peculiar fascinación es un hecho no limitado al presente, la moda occidental o la simple pornografía. Si las mamas nutricias aparecen poco sexualizadas en el arte de las civilizaciones neolíticas, en el Egipto de hace cinco mil años los senos eran maquillados y realzados por un genial invento fenicio: el corpiño. Y mientras griegos y romanos propalaban las sencillas virtudes estéticas y afrodisíacas del seno femenino, los cristianos combatieron vigorosamente su perfil erótico hasta fines de la Edad Media, rechazando estatuas y pinturas de desnudos, e incluso persiguiendo a sus autores.
Simultáneamente, los religiosos hindúes representaban sin pudor los senos de sus imágenes templarias y el budismo exportaba a todo Oriente ese novedoso fervor contemplativo. No imaginaban, por cierto, que a mediados del siglo XX los estudios cinematográficos de Hollywood industrializarían los escotes de Lana Turner o Rita Hayworth, ni que desde Cinecitá Federico Fellini sacudiría las pantallas con los de Anita Ekberg en La Dolce Vita o la superdotada Gradischa de Amarcord, entre otras.
Desde entonces hasta hoy, en sociedades mal llamadas primitivas, como las polinésicas y las amazónicas, las mujeres llevan los pechos al aire con total naturalidad, exentas de entender que su inocente osadía se caratula topless en las playas de la Costa Brava, Saint Tropez, Reñaca, Punta del Este o Mar del Plata, asumiendo ribetes de rutilante promoción en actrices como Sofía Loren o Brigitte Bardot y de añoranzas de Marilyn Monroe en el paródico, opulento torso de Madonna.

LAS ETAPAS DE LA VIDA DEL SENO.
El seno femenino está compuesto por tejidos grasos y conectivos, y por glándulas productoras de la leche que llega al pezón a través de canales. Su contextura es específica en cada mujer y su salud depende, entonces, de ésta. He aquí su evolución a través de los años.
EN LA NIÑEZ, A LOS SENOS LES FALTA CRECER. Hasta la pubertad, los senos de la niña son idénticos a los del varón. Es decir, son tetillas sin volumen, con un chato pezón gestado en el cuarto mes de su fase intrauterina, un poco de tejido conectivo y vestigios de canales lactíferos formados en el sexto mes de su vida fetal. No existe tejido adiposo ni glandular y la diferencia sexual es, en esta etapa, sólo vaginal.
EN LA PUBERTAD, LOS SENOS PIDEN ABULTARSE. Entre los 11 y los 13 años, pidiendo autorización hormonal a los estrógenos producidos en los ovarios, los senos desarrollan glándulas y canales lactíferos, y paralelamente prolifera el tejido adiposo que les proveerá volumen. Y aunque los senos sean aún muy pequeños, su estructura interna se completa enteramente en 6 a 12 meses antes del primer período menstrual.
EN EL EMBARAZO, LOS SENOS SON ESENCIALES. Desde el tercer mes de embarazo, los estrógenos hacen crecer los canales lactíferos. Simultáneamente, otra hormona, la progesterona, estimula los alvéolos productores de la leche, situados en el tejido glandular. Así, los senos se hinchan y están listos para secretar calostro, ese valioso líquido amarillento que aparece tras el parto, y después leche que alimentará al bebé.
LUEGO DE LA MENOPAUSIA, LOS SENOS DECLINAN. En esta etapa, el cese de producción hormonal de progesterona y estrógenos apareja una progresiva atrofia del tejido glandular y las grasas que abultaban los senos adquieren un protagonismo opuesto al de sus inicios. Como resultado, el seno se deprime y su piel pierde firmeza, elasticidad y lozanía. Su ciclo mamario ha concluido: es ley natural.

EL TAMAÑO DE LOS SENOS VARÍA, PERO SU ATRACCIÓN NO CESA.
A través de los siglos, por cambios en la dieta alimentaria o por hábitos culturales diferentes, los senos femeninos han crecido o disminuido muchas veces.
En la Edad de Piedra, la circunferencia de los pechos de la Venus de Willendorf era de 240 centímetros. Según Desmond Morris, esa medida estética del seno disminuyó a 113 centímetros en el año 2.000 a.C. y a 80 centímetros en el 100 d.C.
¿Modificación de las aspiraciones masculinas o disminución real de tamaño? Para el doctor Boris Cyrulnik, “la anatomía de la mujer está siempre en vías de cambio por presiones culturales. Las jovencitas de hoy parecen lianas o bejucos, con senos cada vez más pequeños, mientras las actrices de cine derrochan abultados pectorales”.
La prolactina, hormona de la hipófisis que provoca la producción de leche, podría ser la clave del cambiante volumen del seno en distintas épocas y circunstancias. Según el estado emocional de la mujer, esa secreción aumentaría o se reduciría, incidiendo en el tamaño del seno, juzgaban los médicos de los años ‘60. Pero los hechos contradijeron esa hipótesis.
En los ‘70 resurgió la por entonces alicaída afición a la lactancia directa y, aunque hoy cuatro de cada cinco madres amamanta en persona a su bebé, los fabricantes de corpiños aseguran que los talles son los mismos que en 1900. Eso sí, el contorno del seno de una francesa actual es de unos 90 centímetros: 10 centímetros más que el de una romana de épocas imperiales. “Los enormes senos que se ven por televisión no representan a todas las mujeres —objeta el doctor Dominique Gros—. Hay que saber distinguir la realidad anatómica, que evoluciona muy poco, del ideal estético. Las polémicas siliconas son parte de ese ideal”.

CADA MADRE CON SUS MAMAS.
La cantidad de senos femeninos varía genéticamente de una especie a otra, según el número de crías por parto. Pero la cultura humana también introdujo cambios.
Así como las monas y las mujeres tienen dos senos para afrontar la posibilidad de un doble nacimiento, existen especies cuyas glándulas mamarias sorprenden por la cantidad y variedad de recursos puestos en juego para nutrir a sus cachorros.
Las más grandes son las de la ballena azul, un par de mamas planas que ocupan 2,40 metros por 50 centímetros de su vientre, cada una apta para producir un mínimo de 72 litros de leche diarios. Las más pequeñas son las de la minúscula musaraña, que apenas miden 2 milímetros. Las más numerosas son las del tenrec, insectívoro en el que se han detectado hasta 12 pares de mamas.
Las más extrañas son las del ornitorrinco, que carecen de pezón y, ocultas en pliegues de su piel, dejan manar a través de los poros una leche que se desliza por sus pelos, de donde la lamen las crías. Las menos naturales son las ubres de la vaca, inexistentes en el ganado cerril e hipertrofiadas por la manipulación humana a través de los siglos, para obtener una producción láctea por selección artificial.
La función última de las mamas es social: a mayor tiempo de amamantamiento, mayor inclusión en un grupo de pertenencia. Los gorilas son un claro ejemplo de convivencia organizada alrededor de las hembras, sus cachorros y sus machos, altos custodios del seno familiar.

Autor: Raúl García Luna.
Fuente: Revista "Conozca Más".

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