martes, 30 de julio de 2013

Warisata la Escuela Ayllu - Parte 03

Texto original de la obra escrita por Elizardo Perez sobre su revolucionaria experiencia educacional para los pueblos originarios y que fue la primera en el continente americano.

Original text of the book written by Elizardo Pérez about their revolutionary educational experience for the native peoples and that it was the first one in the american continent.

Partes anteriores de este libro: 01 - 02.

Para acallar mi protesta, se me ofreció la dirección de otra escuela. Preferí volver a Warisata como simple maestro. En el interín, monstruosas calumnias se acumulaban en contra mía. Aún ahora subsisten. Y creen los estúpidos que eso puede acallarme.

En Warisata el desastre era total. El morbo se había apoderado completamente del organismo. Elizardo fue despojado de su cargo hallándose en México. Su esposa, Jael Oropeza, sufrió el mismo trato. Mientras tanto, Raúl Pérez era escarnecido con saña. En la confabulación intervinieron los ministros Solares y Otero (por ingenuidad o por qué?) haciéndose cómplices de Donoso y sus áulicos.

¡Warisata mía!

En la época final, destellaba todavía un luminoso espíritu: el de la maestra Anita Pérez. Después de diez años, todos los anhelos fecundos de Warisata, todas nuestras luchas, llegaron a sintetizarse en ella. Pero en septiembre de 1940, Anita abandonó la escuela. Fue el final.
La Cámara de Diputados se encargó de damos el golpe de gracia, al imponer a un bandolero borracho en el sitial que Elizardo Pérez había honrado con altísima dignidad, talento y hombría.

¿Sabías esta historia, pueblo de Bolivia?

Es bien sencilla: no es más que una escuela socialista que pretendió afrontar al régimen. No es más que un grupo de maestros -tan pocos!- que tuvo la osadía de defender al indio.
¡Y ahora, acuérdate, pueblo de Bolivia! Acuérdate cómo se nos infamó y cómo se nos arrojó! ¡Acuérdate cómo te prometieron, los simuladores, grandes progresos, grandes reformas! ¡Y ahora ve, Warisata en ruinas, Warisata despedazada y aniquilada! ¡Acuérdate que este drama es parte de tu propio drama, pueblo mío ultrajado!
Por eso, ahora que sé que asestan la última puñalada a Warisata, digo:

¡Warisata mía!

Y lo digo con dolor y cólera. Porque los cuervos han concluido su festín. Porque Warisata nunca más será la morada de poetas y artistas. Porque nunca más tendrá maestros como nosotros. Porque nunca más podrán llenar aquellas aulas con el aliento de grandeza, de lucha y esperanza, que nos permitió resistir tanto tiempo.

He escrito lo que tenía que decir como ciudadano, como maestro y como hombre. Esta página está hecha de lágrimas, desborda pasión y estalla en cólera. Porque la Historia de Warisata es también una historia de cólera, pasión y lágrimas.

¡Como toda historia de lucha!

La Paz, enero de 1943.

PRIMERA PARTE.
TRADICIÓN.

CAPITULO I.
LA SOCIEDAD INCAICA.

1.- FUNCIÓN DE LAS MASAS INDÍGENAS EN LA HISTORIA DE BOLIVIA.
Cuando se tiene por delante la tarea de educar masas de individuos pertenecientes a un estado de desarrollo primitivo, lo primero que el educador se pregunta es si tales grupos conservan vestigios de cultura ancestral, o si ya han perdido todo vínculo con su pasado histórico. Si haciendo prescindencia de lo que constituye el cosmos indígena, se tratara de aplicar métodos de educación ideados para grupos que se desenvuelven dentro de sistemas económicos y sociales diferentes de los grupos aborígenes, se violentaría su mentalidad y se la colocaría en una situación de estupor.
El análisis de estas cuestiones revela que las masas indígenas subsisten como expresión social y colectiva y, por tanto, deben sobrevivir como elementos históricos. La economía moderna no puede menos que hallarse influenciada por su número y por su capacidad de producción. He aquí cómo pueblos con una población indígena muy superior a la mestiza o blanca, necesariamente tienen que desenvolverse bajo la influencia de los modos de vida de esa mayoría, que marcará su ritmo histórico. Por eso debe reconocerse que Bolivia, y otras naciones como ella, en tanto no sean penetradas por la inmigración europea, son naciones indias, sometidas a minorías que explotan en su beneficio el capital humano que representan las masas indígenas.
Hay que partir, pues, de estos conocimientos previos, para determinar lo que debe entenderse por sistemas de creación y aplicación de procedimientos educativos para nuestros grupos indígenas, con fines de formación de una cultura indoamericana. Ignorar la prehistoria de un grupo étnico en tales momentos es anticientífico; desde el punto de vista social y humano sería un crimen y hasta un absurdo. En la prehistoria de nuestras Américas y en el período de la colonia, así como en el de la autonomía, lo que hoy es Bolivia se muestra esencialmente como un país de vigorosa raigambre india. Pensando en esto es que se ha concebido la escuela como un organismo de función integral y de raíz aborigen. Ese sentido biológico fundamentó el mecanismo de la Escuela de Warisata, es decir, de la escuela indígena boliviana. En ella la interpretación y ejecución de los postulados de la escuela única, activa y de trabajo, fueron una realidad, como resultado de esa íntima compenetración telúrica e histórica.
Y para escribir la historia del desarrollo de la educación indigenal en Bolivia, es preciso comenzar por describir las antiguas instituciones inkaicas y pre-inkaicas; a las que cuatro siglos de dominación española y republicana no han logrado extinguir, y en las cuales se mantiene, todavía con poderosa integración, la ancestral cultura autóctona.

2.- EL MEDIO.
A la llegada de los españoles el Imperio Inkaico tenía una longitud de 4.000 Kms. desde el río Ancasmayu, dos grados al Norte del Ecuador, hasta el río Maule en la República de Chile. Su superficie alcanzaba a seis millones de kilómetros cuadrados y su población a doce millones de habitantes, con una gran variedad de grupos lingüísticos, de los cuales los más importantes eran los chibchas, los puruhas, los cañaris, los quechuas y los jíbaros en el Ecuador; los quechuas y aymaras en el Perú, Bolivia y la región andina de Argentina; los atacamas en el litoral de Chile; y los chimúes, paracas y otros en la costa peruana.
El Inkario nació en un medio hostil y avaro, en una naturaleza desprovista de los elementos propicios para el desarrollo de un pueblo. Su territorio lo formaban tres zonas diferenciadas: la costa, la altiplanicie andina, la cordillera, y la selvática u oriental.
La costa peruana es desértica, seca, árida; a su suelo sin rastro de vegetación ni de vida animal, jamás llegan las lluvias; el viento en su soplar constante transporta la arena formando promontorios por doquier. El color del paisaje desde la cumbre de las montañas hasta que llega el mar, es eternamente grisáceo y monótono. Esta unidad de invariable aspecto parecería trasponer lo infinito del tiempo y la distancia. A manera de oasis y separados por grandes distancias se encuentran valles a lo largo de los ríos que descienden de la cordillera. En ellos han florecido culturas de pueblos laboriosos dedicados a la agricultura y a la pesca.
La zona altiplánica o meseta andina da la impresión de una inmensa sabana verde a una altura que varía entre los 1.500 a 4.500 metros sobre el nivel del mar; es de temperatura templada y las lluvias de diciembre a marzo permiten madurar las sementeras. Pasada esa época las faldas de las montañas y las pampas se tornan amarillentas y grises. Principian los fríos invernales con todo su rigor sin permitir la vida vegetal, a no ser en las laderas donde por razón de la humedad crece la paja brava, planta tan peculiar de la puna, único alimento de llamas, ovejas y vicuñas. En las pampas abiertas la temperatura desciende hasta 12 grados bajo cero haciéndose la vida sumamente dura.
En ese ámbito todo es grandioso. En las nevadas crestas de la Cordillera Oriental se destacan picos como el Illimani, el Mururata, el Huayna Potosí, el Ollampu, el Cololo, etc., y el Sajama en la Cordillera Occidental; todas estas cumbres sobrepasan los 6.000 metros de altura. A 3.800 metros se extiende el Titicaca, el lago navegable más alto del mundo, de un azul límpido como su cielo, impresionante por su mansedumbre y su grandeza, y ante cuyo espectáculo el espíritu se eleva a místicas concepciones. Según la tradición, del Titicaca emergió la pareja real enviada por el dios Sol para fundar el imperio de los Inkas.
El habitante de la pampa y de la cordillera, tan próximo a las nieves eternas, está impregnado de la naturaleza hosca del Ande. La expresión hierática y severa del indio participa del silencio y soledad de esas tremendas alturas.
En este ambiente vivían los diferentes grupos humanos del Imperio, separados unos de otros por grandes distancias y a veces por accidentes casi insalvables de la topografía; tenían sus propios idiomas, diversos orígenes étnicos, distintas creencias religiosas, factores que desvinculaban la población y hacían muy difícil organizarla en un sistema nacional.

3.- EL TRABAJO Y EL ESFUERZO, FUNDAMENTOS DEL DESARROLLO IMPERIAL.
El paisaje así descrito pretende hacer ver las condiciones hostiles en que floreció la cultura inkaica. Es evidente que para la subsistencia de la sociedad era necesario realizar grandes esfuerzos y organizar una acción conjunta para dominar los elementos de la naturaleza. El colectivismo brota así determinado por las mismas necesidades de la lucha por la vida, y a través de sus instituciones se sistematiza el esfuerzo y el trabajo, motores con los que el Imperio robusteció su economía y se extendió territorialmente.
No fue el pueblo indio un pueblo inculto. Poseyó todo lo que en su tiempo constituía un acervo mental y espiritual altamente evolucionado. Las investigaciones de Toledo han dado mucha razón al cronista mestizo Gutiérrez de Santa Clara, que, con el Padre Morúa, dejó testimonios para el estudio de ese período de transición de la behetría o señorío feudal, que coagula con el Imperio bajo la acción política del Cusco. Cuando se haya profundizado en sus anotaciones se podrá descubrir que la época preinkaica estuvo muy lejos de ser cerril o primitiva. El Inka representa un socialismo de Estado que disuelve la feudalidad, la que a su vez había disuelto al comunismo primitivo.
El Inkario, si bien no conoció la máquina, evolucionó hacia formas de aprovechamiento sistemático del trabajo y del esfuerzo humanos, lo cual constituye sin lugar a dudas, una forma socialista de producción. Baudin, al apreciar el permanente esfuerzo realizado por los inkas expresa: “Ningún país ofrece tan bella ilustración de la ley de Malthus como el Imperio de los inkas; el aumento de población en relación con los medios de subsistencia ha sido uno de los factores dominantes de la política imperial, y las conquistas, los progresos técnicos, la organización social traducen el esfuerzo continuo de los quechuas para extender e intensificar el cultivo de la tierra” (Louis Baudin, “El imperio socialista de los Incas”).

4.- FUNDACIÓN DEL IMPERIO INKAICO.
Veamos ahora cómo se fundó este gran Imperio y cuáles fueron las formas de organización que le dieron tanto esplendor, por qué razones ellas han llegado hasta nuestros días y perduran como signo vital del pueblo indio, sin que cuatro siglos de esclavitud y la superposición de otras culturas hubieran bastado para borrarlas.
Garcilaso de la Vega, es entre los cronistas españoles el que ofrece la versión más elocuente acerca de la organización social del Inkario; si bien muchas de sus afirmaciones históricas carecen de fundamento, en realidad lo que nos interesa no es el fondo histórico, sino el cuadro sociológico. Y hay que leer en Garcilaso, a través de su fantasía, de sus vagos recuerdos y de las leyendas, todo un proceso evolutivo señalado con la mayor exactitud. Precisamente los relatos acerca de Manco Kápac y Mama Okllo, por mucho que constituyan una leyenda o un mito, encierran grandes elementos de información para comprender cómo los clanes y tribus del Cusco alcanzaron el grado de una confederación tribal, primero, y de una nación, después, conducidos quizá por una nueva y más alta cultura proveniente de las migraciones polinesias.
La misión de la pareja real para fundar la capital del Imperio, allá donde se hundiera la vara de oro de que era portadora, fue a cumplirse en el cerro Huanacante, situado en un valle de la quebrada formada por el Apurimac y el Urubamba, a una altura de 3.400 metros sobre el nivel del mar. Ese valle era el Cusco.
El Cusco es depositario de cuatro culturas, cada una de ellas representada por grandes monumentos arquitectónicos como Machupichu y Sacsahuaman y obras de arte como tallas, orfebrería, tejidos, cerámica, etc. El valle, por la fertilidad de su suelo, su extensión, su abundante riego, su clima suave y seco, es seguramente lo mejor de la zona andina. A medida que se va profundizando, su producción se hace más variada y rica. El nombre del Cusco (Khosko) dado a la capital del Imperio, quiere decir “ombligo” o “centro”, designación apropiada para su posterior extensión territorial.
Según Garcilaso, todo el valle era agreste y sin población. Asegura que una vez determinado el sitio donde se levantaría la ciudad, el Inka y su esposa convinieron en dividirlo en dos partes: al hijo del Sol le correspondió la del Norte, y a su hermana, hija de la Luna, la del Sur; que luego penetraron en sus respectivas secciones poniéndose en contacto con las poblaciones nómadas y selváticas para atraerlas y hacerlas sedentarias, enseñando el monarca, a los hombres, a labrar la tierra para hacerla producir mejor, a aprovechar el agua de las vertientes y ríos, a construir acequias, a edificar viviendas cómodas y permanentes, a tallar la piedra, abrir caminos y todas las tareas inherentes a su condición de varones. La Coya enseñó a las mujeres a hilar y tejer, y todas las labores propias del hogar y del cuidado de los hijos. Dice Garcilaso que los hombres fueron a poblar la parte alta, denominada Hanan Cusco, y las mujeres la parte baja, llamada Hurin Cusco, teniendo ambas fracciones los mismos derechos y prerrogativas por su condición de hermanos cohesionados por intereses comunes. Los Hanan eran, empero, considerados hermanos mayores, y estas designaciones fueron el indeleble símbolo recordatorio de la pareja real. En efecto, todas las ciudades, marcas y ayllus del imperio adoptaron esa división en Hanan y Hurin, que según el mismo Garcilaso, correspondían a linaje alto y linaje bajo, o a distrito alto y distrito bajo, según se aplicaran a los ayllus o a los suyus. Esta demarcación, como es sabido, ha llegado hasta nuestros días.
Los primeros habitantes de la región, como tenemos dicho, fueron personalmente atraídos por los soberanos. Estos dieron a los neófitos nuevas formas de vida que muy pronto los elevaron de su primitiva condición, creándoles instituciones tutelares que los amparaban asegurando su subsistencia; se instituyó el matrimonio y se les dio un gobierno patriarcal basado en principios religiosos, políticos, económicos y sociales con los cuales la nación se desarrolló rápidamente, lo que permitió enviar misiones de indios para que, en función reductora, se internasen en las agrestes regiones de la sierra o en las selvas en busca de grupos humanos nómadas para incorporarlos a la nueva sociedad. De esta manera se acrecentó la población y se formaron las primeras milicias equipadas de vestimenta apropiada, vituallas y armas corno arcos, flechas, lanzas, porras y escudos; así, la expansión del Imperio se realizaba creando simultáneamente los elementos de su seguridad contra agresiones exteriores.
Con ese gran sentido de orden que les era característico, los inkas dividieron políticamente a su territorio en cuatro partes o estados con el nombre de Tahuantinsuyo, que en quechua quiere decir “las cuatro partes del mundo”; división que correspondía a las cuatro partes del cielo o puntos cardinales. Estos estados eran los siguientes: Antisuyo al Oriente, con la provincia Anti, nombre tomado de la cordillera Andina (o ésta de aquella); Cuntisuyo al Occidente, Chinchasuyo al Norte y Collasuyo al Sur, correspondientes a cada una de las provincias Cunti, Chincha y Colla. Todos los territorios conquistados pasaban a formar parte del Estado contiguo; así el reino de Quito se adhirió al estado de Chinchasuyo, y el de Chile al Collasuyo. De la ciudad del Cusco partían cuatro grandes caminos que la vinculaban con cada uno de los estados, organizándose un servicio de postas o mensajeros, llamados “chasquis”, tan célebres por sus proezas.
Según Garcilaso, el primer Inka había extendido su territorio hasta el río Paucartampu, en el Este; hasta el río Apurímac en profundidad de ocho leguas, hacia el Oeste; al sud hasta Quesana, a nueve leguas; y al norte, siete leguas hasta el valle de Sacsahuaman. En estos territorios se crearon más de cien pueblos, el más grande hasta de cien casas. Para atender las crecientes necesidades impuestas por su desarrollo demográfico, era necesario aumentar la producción, descongestionar las regiones superpobladas y conquistar nuevos territorios. Tal programa se puso en acción y se desarrolló a través de toda la existencia del Imperio.
El período de Manco Kápac fue el de las grandes concepciones, en las cuales hemos de ver una resultante de la evolución de las antiguas sociedades gentilicias y territoriales, sobre cuya base se levantaron las instituciones inkaicas.

5.- RELIGIÓN.
El origen divino del monarca dio a sus leyes un sentido místico a los ojos de sus gobernados. Su violación era considerada como sacrilegio castigado con la pena de muerte. De ahí por qué el pueblo acataba las leyes que venían a constituir una poderosa fuerza de sometimiento por su carácter religioso.
En todas las tribus asimiladas se implantó el culto al Sol, con carácter general y obligatorio, aunque se permitió el ejercicio de la idolatría cuando no afectaba a la moral o a las buenas costumbres. El pueblo, que conforme a su condición más o menos primitiva, adoraba a las huacas (todo elemento natural que se distinguía de los demás de su especie) en una manifestación de su espíritu panteísta, encontró en el culto al Sol una forma de agradecer los evidentes beneficios que recibía la nueva organización social, quedando persuadido del origen divino de sus monarcas. No obstante el sabeísmo del pueblo indio, encontramos que la élite concibió, en oposición a este materialismo primitivo, la existencia de un Ser Supremo, abstracto, al que se denominaba Pachacamac; lo que demuestra el grado de evolución espiritual alcanzado por la clase gobernante.

6.- ORGANIZACIÓN ECONÓMICA.
El Inka sentó con verdadera sabiduría las bases de la organización económica mediante la introducción de nuevos sistemas de cultivo, ampliando las superficies de tierras cultivables con la construcción de plataformas o tacanas que llegaron a cubrir montañas enteras; enseñó a construir acequias y muros de contención; implantó industrias para la fabricación de calzados (usutas), sombreros, utensilios de labranza, armas, objetos de uso doméstico; enseñó a tallar la piedra, aunque tal arte ya hubiera sido desarrollado anteriormente; abrió caminos, levantó edificios destinados al culto y a la administración; inculcó nuevos hábitos de vida, estableció formas de concurrencia colectiva a los trabajos, etc. Durante los primeros años no se planeó la forma de distribución de la tierra. Tanto ella como su usufructo favorecían al culto, al Estado y al pueblo. Los rebaños estaban entregados a la responsabilidad y al cuidado de sus mismos súbditos, encargados también de recoger todo el ganado, sin dueño, compuesto por llamas, alpacas y vicuñas dispersas en las sierras.
La Coya, además de enseñar a las mujeres el hilado y el tejido, las preparó en todos los quehaceres relacionados con su sexo; echando, de este modo, las bases de la industria familiar con el aprovechamiento de materias primas vegetales y animales. La más importante de estas ocupaciones fue el tejido de lana de alpaca, de vicuña, de llama y de fibras de algodón, industria en la cual alcanzaron un extraordinario desarrollo.

7.- FORMAS DE GOBIERNO.
El sistema de gobierno era monárquico; el Inka era el jefe religioso, civil y militar del reino. Su régimen político fue el del socialismo de estado, y el colectivismo su sistema de trabajo. Hay autores que lo califican de comunista.
El Inka designó gobernadores que lo representaban en los pueblos conquistados, a quienes debían servir y defender procurando la paz y la tranquilidad, respetando sus costumbres y eliminando solamente aquello que fuera en desmedro de la salud física y espiritual del pueblo.
Manco Kápac instituyó el matrimonio obligatorio e indisoluble. La poligamia podía ser ejercida únicamente por el soberano y por los jerarcas, como una necesidad política y social. El adulterio era castigado con la pena de muerte. Los matrimonios debían realizarse a partir de los veinte años entre miembros del mismo grupo para mantener el linaje.
La élite que acompañaba al monarca estuvo constituida probablemente por sus compañeros de migración, que formarían un ayllu o clan; se le asignaron privilegios especiales y altas jerarquías, y a ella podían llegar los individuos de abajo por sus méritos o servicios especiales. Paralelamente a la formación de esta élite, el grupo social que había llegado a la exogamia a través de sucesivas generaciones, volvió a las formas endogámicas para constituir el ayllu imperial, cuya pureza debía ser celosamente conservada.
El monarca vestía típica y finísima vestimenta de lana; además de la borla imperial llevaba tres divisas: el llautu, trenza multicolor como de un centímetro de ancho que rodeaba la cabeza cuatro o cinco veces quedando a manera de guirnalda; el corte de pelo (“el trasquilarse” le llama Garcilaso) y las orejas perforadas. Sus colaboradores, como privilegio de casta, usaban el llautu, no polícromo como el suyo, sino negro. Más tarde se les concedió el corte de cabello en diferentes formas y tamaños según la familia o el ayllu; y por último, al correr del tiempo, les dio la última insignia de su realeza representada por el agujero en la oreja, cuyo diámetro debía ser no mayor de la mitad del que usaba él. Todos estos signos permitían establecer diferencias y jerarquías y señalaban a las personas o familias que se habían distinguido en la función pública. Poco antes de su muerte, Manco Kápac concedió a la élite el último privilegio, que era el de llamarse inkas, nombre y jerarquía vitalicios y hereditarios, con el cual pasaron a la historia como los “inkas de privilegio”, distintos de los inkas de estirpe o de sangre categorizados en primer lugar.
La pareja imperial, según la tradición, dedicó especial cuidado a la tarea de educar al pueblo; no solamente supo organizar el país sino que formó un tipo de hombre capaz de realizar las finalidades trascendentes y sagradas del Imperio asegurándole su permanencia y estabilidad. Los objetivos de la educación señalados por Manco Kápac podrían sintetizarse así: Hacer del indio una personalidad capacitada para atender a sus propias necesidades y a las de la comunidad, dándole fortaleza física y espiritual; prepararlo como buen soldado para la guerra y como elemento disciplinado y esforzado en el trabajo en tiempo de paz; hacer de él un agricultor eficiente; prepararlo en la técnica de la industria familiar; adoctrinarlo en el credo religioso del Sol, y por último, encaminarlo en las prácticas básicas de la moral, de acuerdo a su entelequia: ama súa, ama llulla, ama kella (no seas ladrón, no seas mentiroso, no seas perezoso), para hacer de él un hombre trabajador y justo.
Fijados los objetivos de la política educacional del Imperio, la transmisión de conocimientos estuvo a cargo de los mismos monarcas y del hogar indígena. Las prácticas agrícolas eran obligatorias para todos los habitantes empezando por el mismo Inka. La industria familiar era también obligatoria. Uno de los soldados de la conquista, atormentado por los remordimientos, decía en su testamento: “Los inkas gobernaban a sus pueblos de tal manera que no había un ladrón, ni un hombre vicioso, ni un ocioso, ni una mujer adúltera o de mala vida” (Louis Baudin, Op cit. Pág 117).
Dando a su obra un sentido de continuidad histórica, Manco Kápac, poco antes de morir, reunió a sus hijos y vasallos y “mandóles que todo lo que les dejaba encomendado, lo encomendasen ellos a sus hijos y descendientes de generación en generación, para que cumpliesen y guardasen lo que su padre el Sol mandaba, afirmando que todas eran palabras suyas, y que así las dejaba por vía de testamento y última voluntad” (Gracilazo de la Vega. “Comentarios Reales. Lib. I, Cap. XIII).

Continuará...

Fuente: Elizardo Pérez, "Warisata - La Escuela Ayllu", Editorial Burillo, La Paz - Bolivia, 1962.

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sábado, 27 de julio de 2013

Warisata la Escuela Ayllu - Parte 02

Texto original de la obra escrita por Elizardo Perez sobre su revolucionaria experiencia educacional para los pueblos originarios y que fue la primera en el continente americano.

Original text of the book written by Elizardo Pérez about their revolutionary educational experience for the native peoples and that it was the first one in the american continent.

Partes anteriores de este libro: 01.

A mediados de 1936, hay otra escena vivificante: hasta entonces, los diversos grupos campesinos de Warisata habían sido enconados rivales. En cada fiesta religiosa se producían batallas y muertes.
Bajo la égida de la escuela, y presididos por Avelino Siñani, los campesinos formaron en dos filas, y ante la emoción que nublaba nuestros ojos, pudimos ver –con Bernabé Ledezma y Raúl Botelho– cómo se abrazaban y finalizaban sus luchas intestinas.

(En 1942, desaparecida toda emoción indigenista, renacieron los odios. Fueron los mismos calumniadores los que incitaron a los indios a pelear. El motivo era bien sencillo: se trataba de eliminar a los campesinos que recordaban y apoyaban a Elizardo Pérez; por cierto que la primera víctima fue Avelino Siñani, el Amauta, fundador de la escuela: contra todos ellos se desfogó la fobia de los malditos, y así se inició una etapa de vergonzosas persecuciones y espionaje: he ahí a lo que llamáis indigenismo, bandidos).

Recuerdo aquellas reuniones de campesinos en el Parlamento Amauta. Llegaban cada lunes y sábado, decenas de indios. El respeto que inspiraba su presencia acallaba un tanto el bullicio de la escuela. Los campesinos no hablaban doblados ni de rodillas: eran los que habían construido Warisata. Estaban en su propio hogar, en el hogar de sus hijos, y no hablaban ante sus verdugos, sino ante sus amigos, los maestros. El Parlamento Amauta controlaba toda la vida social de la región, lejos de jueces, gendarmes y explotadores (un asno indigenista se dio el gustazo de delatamos ante el presidente Quintanilla diciendo que al desconocer la jurisdicción de los corregidores, estábamos violando la Constitución: el infeliz decía “que nos metíamos en lo que no nos importaba”). Quizá muchos lectores puedan atestiguar esto que digo: el Parlamento Amauta era el fruto más notable de la obra de Warisata. Como que en él se reproducía la ancestral organización de la “ulaka”, el gobierno propio de la comunidad. Los campesinos empezaban a ser los constructores de su propio destino: íbamos más allá del mero intento económico; queríamos que los hombres fueran forjadores de su propia cultura. ¿Y acaso en aquellas reuniones no se atisbaba ya el vigor de una cultura renaciente? ¿Acaso no se estaba reconociendo la eficacia de una actividad solidaria y colectiva?

Porque he dicho que Warisata fue una escuela socialista.

Sí, lo era. Nuestro concepto del trabajo así lo demuestra: el trabajo de todos para el provecho de todos. Los niños de Kindergarten fabricando menudos adobes para el gallinero, estaban practicando una doctrina socialista: de cada uno según su capacidad. Y en el Internado se aplicaba la segunda premisa: el que no trabaja no tiene derecho a participar del beneficio colectivo.
Los niños de los cursos elementales haciendo la limpieza de un hogar campesino, estaban cumpliendo una finalidad social: la transformación del ambiente; lo mismo los niños de la sección profesional que controlaban el préstamo de sementales porcinos y lanares para mejorar el ganado de la región.
La Cooperativa enseñando a suprimir a los intermediarios y acaparadores cumplía su función en lo económico. Las ferias semanales organizadas por la escuela, junto con revelar un crecimiento productivo, tenían un ambiente casi de fiesta colectiva principalmente porque ya no asomaba la torva figura del explotador.
Nuestros talleres imponiendo la tarea de aprovechar los recursos del ambiente para mejorar las condiciones de vida, tenían un carácter eminentemente social. Nuestros campos de cultivo enseñando que la forma fundamental de la economía está en el trabajo agrícola con métodos modernos, representaba la culminación del sistema.
¿Y acaso la cuestión social no era comprendida por lo nativos? Los hijos de campesinos que convertimos en maestros, no aspiraban a ingresar a la clase superior: se sienten felices de poder luchar por los suyos y permanecer en su medio.
Entiéndase: la organización colectivista brotaba del seno mismo de la tierra, de la actividad misma del campesino. No había aquí agitación demagógica ni preparación para el bandidaje.
Warisata era la Escuela del Trabajo; pero no el trabajo como una caricatura de la realidad, sino el trabajo mismo, productivo, social por excelencia, motor de la comunidad. Estábamos un siglo más adelante que la “Escuela Boliviana”. Y quizá por eso, los inmensamente ridículos pedagogos que nos arrojaron, os figuráis, lectores, lo que fueron a pedir a Warisata? Pues bien: no fueron a comprobar cómo trabajábamos: ¡fueron a escandalizarse porque nuestros niños no subrayaban con tinta roja el margen de sus cuadernos!

¡Warisata mía!

No, no era una simple escuela. En muchos años no se podrá encontrar una conjunción tal de energía y calidad como la que se produjo en ella. Raúl Botelho es testigo de lo que digo. Quizá el lector no lo sabe: el joven y brillante escritor fue maestro de Warisata. Ahí bebió su emoción indigenista. Y conoció el rudo contacto de las herramientas. En varias obras warisateñas quedó el recuerdo de sus manos.
¿Y acaso él fue la excepción? También fue maestro el gran tallador y pintor Fausto Aoiz, tan fornido de cuerpo como delicado de espíritu. El poeta peruano Luis García fue compañero nuestro. No hace días publicó su primer libro de versos en Buenos Aires. Ya sabemos lo de Antonio Gonzáles Bravo y Alejandro Mario Illanes, titánicos ejemplos del arte boliviano, el uno en la música, el otro en la pintura, ambos ejerciendo el papel de profesores de indios con la humildad y llaneza que sólo se da en los espíritus superiores. Y puedo citar asimismo a Manuel Fuentes Lira, en su tiempo también un ejemplo de la Warisata redentora, creador de la talla directa en Bolivia.
Junto a ellos, hombres forjados en la recia escuela de Elizardo Pérez, jóvenes que adquirían la mística del trabajo y se hacían verdaderos héroes: el mecánico José de la Riva, el más admirable, de increíble capacidad de inventiva; el chofer David García, infatigable y desprendido; el carpintero Luis Cano, tan idealista como práctico. Muchachos como Anacleto Zeballos y Félix Zavaleta, caídos en la tarea... Profesoras como Gregoria de Ibáñez, cuya sabiduría para la enseñanza de la lectura iba pareja con una actitud maternal hacia todos; estudiantes como Carlos Álvarez, David Asturizaga, Arturo Jiménez, Raúl Taboada... Y el último, el caso quizá más grande, el de Carlos Garibaldi, que contratado como jefe del taller de alfombras, se convirtió en uno de los grandes pioneros de la educación campesina, uno de los pocos que siguió manteniendo el espíritu de Warisata después de su destrucción.
Núcleo de trabajadores que, empero, no hubiera podido realizar su obra si paralelamente, no hubiera habido en el seno mismo del “ayllu” de Warisata otro núcleo dotado de las mismas o superiores virtudes: indios como Avelino Siñani, Mariano Huanca, Marcelino Ramos... decenas de ellos, tan fuertes, tan ponderados, tan gentiles, que su compañía era para nosotros una permanente lección sobre las cualidades del indio boliviano. Y entre los alumnos, igual actitud, igual sentido de responsabilidad, de hermandad, como en Nicolás Ramos, Patricio Miranda, Luis Pajarito, Pascual Mamani... En las muchachas, similar encanto vital, sin complejos ni cursilerías, como en la dulce Tomasita, con las cualidades de líder de Avelino, su padre; o en Antonia, Maclovia, Fabiana, valerosas, sufridas como nadie...

¿En qué otra parte de la patria se ha llegado a polarizar tanta energía creadora, tanta emoción indigenista?
Warisata: Pakarina del Nuevo Indio, la bautizó uno de sus maestros.

Y eso bien lo sabían José Antonio Encinas, ex-Rector de San Marcos, que fue maestro de Warisata por treinta días. Y Jael Oropeza, una de las grandes poetisas bolivianas, que lo fue también varios meses,
No en cualquier escuela las canciones las hacen sus mismos maestros. Pues bueno será saberlo: Eufrasio Ibáñez no le iba en zaga a Gonzáles Bravo en cuanto a sentir tal emoción, y Sofía de Pérez tiene también sus bellas traducciones aymaras. Que conste que no se trata de los lamentables lloriqueos indianistas a que nos tienen acostumbrados tantos literatos...
No en cualquier escuela los mismos alumnos hacen canciones. Y ahí está Máximo Wañuyco, poeta aymara, autor de “La Pastorita”, “Illampu” y diez más. Y junto a él, Pedro Miranda, que dice: ¿Por qué sólo Wañuyco ha de hacer versos? yo también puedo hacerlos... (Tengo la prueba: poesías de su puño y letra, en su balbuceante lenguaje castellano). No en cualquier escuela los mismos alumnos hacen periodismo; tened en cuenta que se trata de indios. Y ahí está Eusebio Karlo, que redacta en el Boletín de Warisata. Y ahí está Juan Añawaya, que escribe la “Historia de la Escuela de Turrini". ¿Puede usted comprender, lector, lo que representa para la cultura un escritor indio, que sale de la gleba explotada y empieza a opinar sobre su destino? ¿Puede usted comprender la suma de perseverancia y abnegación que ha costado llegar al corazón mismo de la raza, para producir ejemplos tan bellos?

Los vándalos que asaltaron Warisata no lo podrán comprender nunca. Nunca surgirá un poeta en las aulas que ellos invaden.

Figuraos: como prueba de nuestro fracaso, nos pedían una lista de indios incorporados a la nacionalidad. ¡Como si el despertar de la raza se pudiera medir en términos de contabilidad!
Ya estamos a fines de 1937. Warisata tenía que morir algún día. Y por eso sentíamos la urgencia de ganar tiempo al tiempo. De Llica, Talina, Caiza, Caquiaviri y Jesús de Machaca llegaron niños indios para nuestro Internado. Quizá algún día volverían a su terruño llevando el ejemplo de nuestra vida heroica. Y Warisata crecía con ese concurso múltiple: muchas construcciones fueron hechas con el sudor de gentes venidas de remotos confines; en Warisata se estaba formando la médula del porvenir de Bolivia. ¿Acaso Bolivia no es un pueblo indio? ¿Acaso cuando el indio resurja no será Bolivia misma que resurge? Pues bien, es cierto que Warisata no fue una simple escuela: fue un punto de partida, casi la liquidación de un pasado vergonzoso y la iniciación de un porvenir cimentado en el trabajo y la justicia.
Por eso se polarizaban en Warisata multitud de fuerzas, multitud de planes. Mientras se pudiera, tenía que ser la Atenas india, faro perdurable que irradiaría su mensaje aún después de su ya pronosticada destrucción. Para lograrlo, para dar mayor amplitud a la Escuela del Trabajo, empezamos a construir el Pabellón México, para el cual el General Cárdenas había ofrecido enviar la dotación de talleres. Con el tiempo, habría de ser formidable palacio a medio hacer (la catástrofe nos sorprendió sin haber concluido la obra).
Para los gusanos que no pueden comprender la actividad de las hormigas, el Pabellón México representa un gasto inútil. Les espanta la grandeza de aquello que acometimos. Pero es que nosotros sabíamos que las obras del Inkario y del Coloniaje, si subsisten, es por su grandeza y por su empuje. Su resistencia de siglos es prueba del genio que las levantó. El genio de Warisata se empapó en sus edificios, grandes como nuestros anhelos. ¡Resistirán muchos años, estad seguros! Los parásitos han hecho cuanto han podido para derribar el Pabellón México. Quién sabe si lo convertirán en una ruina: pero sus muros gallardos de tres pisos, están firmemente empotrados en la Altipampa (últimamente, supe que han empezado a quitarle las vigas, para utilizarlas como combustible en la cocina. Recuerdo con lágrimas una escena de 1935: en plena cordillera, hacia el lado de Sorata, el camión de la escuela repta trabajosamente en medio de una terrible tempestad de nieve; lo conduce el chofer David García. A su lado está Elizardo Pérez. El vehículo se planta en medio camino. Pérez y su chofer empiezan a descargar el carro, totalmente solos. Salvado el obstáculo, la carga se sube nuevamente al camión. Pero otra vez se enfanga. Cinco horas después, una comisión de salvamento encuentra a dos hombres a punto de morir de frío: Pérez y García son dos témpanos. La carga era de vigas para el Pabellón México).

¡Ah, Warisata mía!

Noviembre de 1937. El Presidente (Lázaro) Cárdenas ofrece seis becas para maestros indigenistas. Las influencias se mueven, y el resultado es que sólo va un maestro indigenista. Los demás son enemigos mortales de Warisata (usted sabe que lo exceptúo, Leónidas Calvimontes). En México la actuación de la Misión fue desgraciadísima. Un hecho sugestivo: el jefe de la delegación, Rafael Reyeros, llevaba una película de Warisata, tomada por el Embajador de México, con el encargo expreso de hacer conocer objetivamente lo que era nuestra escuela; pues bien, la película no se exhibió ni una sola vez. ¡A tal punto llegaba el odio!
Al visitar las grandes escuelas mexicanas, construidas por el Gobierno de la Revolución y montadas con todos los adelantos modernos, no podía pensar sin tristeza, aunque con cierto amargo orgullo, en el sobrehumano esfuerzo que nos había costado edificar Warisata. Pero una cosa saqué en limpio: el espíritu de Warisata no tenía nada que envidiar a la mejor obra mexicana. Los adobes de mi escuela, fabricados con sangre, tenían más mérito que los mármoles que pisábamos en los palacios educacionales aztecas. La organización de nuestra escuela era superior a la de cualquier otra institución mexicana. Esto que digo no es invento mío: lo afirmó Franck Tannembaum, por entonces consejero del General Cárdenas, y que nos vio luchar y sufrir en Warisata.

Fui a México pensando en la miseria de mi pobre Warisata. Regresé a Bolivia sin haber hallado, en parte alguna, una escuela tan rica en vitalidad, tan llena de caudaloso coraje y tan maravillosamente organizada.

Llega 1939, año crítico. La reacción despliega sus banderas para atacarnos. En primera fila están los que viajaron con dinero de Educación Indigenal. Empieza entonces la época más dura y cruel. Una incesante campaña de prensa alimentaba odio contra nuestra obra.
Se nos acusaba, entre otras cosas, de la despoblación del campo.
Pues bien, es cierto que ya por entonces se presentaba tal fenómeno en el país. Pero es que las condiciones de producción feudales impiden al campesinado poder bastarse con los frutos de su tierra. El campesino tiene que ir a buscar trabajo en la ciudad. De suerte que la despoblación se producía, pero en Warisata menos que en parte alguna. Este era un fenómeno económico que sólo la imbecilidad de nuestros adversarios podía atribuir a la Escuela.
Acusaban a la escuela de “racista”. A su turno, nuestros enemigos desplegaron a todo trapo una campaña “antirracista” para realizar la “mestización” de Bolivia. ¿Pero cómo puede haber prédica antirracista, si los términos de “indio”, “mestizo” y “blanco” no representan grupos étnicos, sino categorías sociales? Ya que la economía del indio es inferior, distinta, a la del blanco y mestizo, sin considerar para nada el color de su piel o la sangre que circula en sus arterias. La negación simple y obstinada de estos términos, proviene de una interesada actitud de clase, pues decir que no existe diferencia alguna entre blancos, mestizos e indios, es justificar la situación de esclavitud de estos últimos. El “antirracismo” prueba precisamente el racismo de quienes lo predican, ya que, sin cambiar prácticamente en forma alguna la situación de las “razas" que pretende mestizar, en el fondo es un intento de estacionar nuestros actuales e injustos sistemas económicos, que devienen en un verdadero sistema de privilegios clasistas. ¡En los pedagogos antirracistas hay una manifiesta complicidad con terratenientes y gamonales!
Nuestros enemigos se burlaban de lo que llamábamos “tendencia terrígena”, pues para su ignorante criterio, la escuela debía ser simplemente alfabetizadora. No podían comprender que esa tendencia brotaba de lo profundo del espíritu indio, de sus tradiciones sociales, de sus instituciones seculares. ¿No era acaso el Parlamento Amauta, como ya se ha dicho, el Consejo de la Ulaka? En el Inkario, cada jatha enviaba su delegado al Consejo; eso ni más ni menos, se hacía en Warisata (cuando nos expulsaron, lo primero que hicieron los enemigos fue suprimir el Parlamento Amauta, conscientes de que aquí se iniciaba la verdadera rebelión india).
¿No era, la organización del Núcleo, con su escuela central y sus escuelas elementales, una reproducción de la marca ancestral? La marca era la unión de las jathas, y constituía unidad política, económica y social. Geográficamente, era la base del sistema inkaico. Eso, ni más ni menos, era el Núcleo Escolar Campesino.
¿No era, la colaboración de los indios, una reviviscencia del ayni y de la minkca? Con el ayni todas las familias levantaban la casa del reciente matrimonio; con la minkca todos los campesinos de la marca atendían los trabajos que demandaban grande esfuerzo y vasta proyección. En Warisata, los indios venían a trabajar en esa forma colectiva para ayudar a la Taika, o sea a la Escuela Madre, y ese cooperativismo brotaba de la entraña misma de la tierra, como la herencia de siglos de trabajo. En realidad, nada habíamos inventado. La denominación que yo pongo, de “escuela socialista”, puede inducir a una falsa apreciación de Warisata; lo cierto es que esa organización ya existía, y no hicimos más que actualizarla y revelarla.
Nos acusaban de que no nos sujetábamos a regla pedagógica alguna. Y bien: nuestra visión porvenirista había barrido con todos los tabúes de la educación boliviana, sea en horarios, exámenes, vacaciones, disciplina, jerarquías docentes, gobierno de la escuela, etc. En los planes que formulaban, decían: hay que preparar al niño “para la vida”. ¿Os figuráis? Para la vida, es decir, para las formas sociales del presente, para acomodar al indio, para encajarlo de la mejor manera posible en la sociedad feudal que lo esclaviza y humilla. Ciertamente, no queríamos tal cosa, por más que con eso faltáramos el respeto a su fosilizada pedagogía.

Y así en todo. Cuantas veces escribieron contra Warisata, se les contestó y refutó. Hubo un desafío: los creadores de Educación Indigenal retaron a una polémica pública a nuestros antagonistas (no era, por otra parte, la primera vez). Aceptado el reto, la polémica fracasó: nuestros adversarios no asistieron.

Elizardo Pérez empieza a ver el derrumbamiento de su obra. El ambiente preñado de amenazas indicaba que la tormenta estaba próxima. La fatiga se muestra en el rostro del esforzado maestro. ¿Para esto tuvo que recorrer el país de confín a confín, fundando sus escuelas indigenales? ¿Para esto puso en peligro su vida en las selvas del Beni, donde anduvo enfermo y solitario? ¿Para esto anduvo en los llanos de Santa Cruz, las junglas del Chapare, los yermos de Llica, las florestas de Moré, los valles de Tarija?
El morbo ya se había enquistado en nuestra misma escuela: cierto día descubrimos que un maestro era agente secreto de la Policía; el miserable era un enviado de los miserables.

La dureza de la lucha hacía desertar a muchos. La inutilidad de nuestra batalla no era lo mejor para nuestros nervios. ¡Cuántas veces escribí artículos donde los duros epítetos salen una y otra vez! Empezamos a sentir la amargura de la derrota. ¡Pero no! Aún trabajábamos inmunes al desaliento: los maestros mexicanos que llegaron ese año, se marcharon a su patria asombrados “por la prodigiosa actividad de Warisata” (textual) (Adolfo Velasco, “La Escuela Indigenal de Warisata, Bolivia”, México, 1940).

Aquí un paréntesis: Elizardo se marchó a México, invitado por Lázaro Cárdenas, a ver si, mediante el futuro Congreso Indigenista, podía defenderse la obra en escala continental. Para entonces, Warisata había despertado tantos enconos, tenía tantos enemigos, que no era difícil adivinar desastre que se venía encima.
La tormenta cayó sobre los hombros de Raúl Pérez quien, solo, resistió varios meses todos los ataques, afrontando con suprema energía a todo el régimen reaccionario de Quintanilla. Tenía encima a ministros, Consejo Nacional de Educación, Contraloría, subprefectos, intendentes, corregidores, prensa derechista. Sólo en “La Calle” nos defendieron (gran parte de nuestra lucha está en sus páginas: nuestra gratitud para Armando Arce, Nazario Pardo Valle y Gamaliel Churata). En Warisata, la insolencia gamonalista llegaba al máximo grado. Las exacciones y emboscadas menudeaban.

Aquí una escena de octubre: Alfonso Gutiérrez y un compañero, maestros de la Escuela Seccional de Patapatani, son perseguidos a balazos por enemigos de Warisata. En la oscuridad, caen a un precipicio de sesenta metros de profundidad. Sus cuerpos destrozados eran el símbolo de nuestra próxima destrucción.
¡Quién sabía, aquí en La Paz, de nuestro drama! ¡Quién podía figurarse la congoja que nos oprimía, viendo que nuestra obra iba a ser sorbida por la ambición desenfrenada de nuestros adversarios y luego demolida!

Llega 1940. El 12 de enero, un decreto de Quintanilla nos entrega en manos de Vicente Donoso Tórrez (el Estado feudal burgués cumplía su cometido: no podía tolerar por más tiempo que sus escuelas indigenales no estuvieran controladas por su máximo lacayo).
Empieza entonces la liquidación de Warisata, en manos de una comisión “investigadora” en la que nuestros enemigos eran jueces y parte. Lo primero que se hace es reducir nuestro presupuesto. Se nos quita maestros, se suprimen talleres, se niega fondos para construcciones, se rebaja haberes, no se envía ni una tiza, ni un cuaderno. Se hace cuanto se puede para destruir las escuelas privándolas de todo medio de desarrollo. Y entonces se envía a “investigar”.
¿Qué encuentra la comisión? Escuelas puestas de cabeza y anonadadas. Maestros que enmudecen de cólera o responden en forma violenta. Mas la vitalidad de Warisata es tal, que no obstante el desbarajuste económico que nos causó el Consejo Nacional de Educación, la comisión no encuentra nada que criticar. Estábamos en realidad, acostumbrados a las mezquindades del Estado; sus aportes fueron siempre menores al esfuerzo que realizábamos; por eso la Comisión recurrió a otros medios para sembrar el caos: la calumnia, la intriga, la delación, el soborno, el rumor solapado, la destitución inmotivada, la infiltración, la intimidación.., todo. Y como a pesar de ello, no encuentran una base real para acusarnos, alzan el grito al cielo porque nuestros niños no pueden repetir el apellido del señor Donoso y lo pronuncian siempre “Tunuso”. Chillan porque no hay horario (tal cosa la habíamos desterrado hacía muchos años). ¿Dónde estaban los recibos de la despensa? No había recibos, pero la despensa estaba llena hasta el techo. (Más tarde, cuando se apoderaron de Warisata, sí que había recibos, pero la despensa estaba vacía).
Y cosas por el estilo. La maldad y cinismo con que se llevó adelante la investigación, fueron la característica del más innoble complot que se ha cometido contra la indefensa entraña del pueblo boliviano.

Otra vez tengo que dejar Warisata: la escuela de Caiza, en Potosí, nobilísima creación de Raúl Pérez, había caído en manos de traidores. Era preciso luchar hasta lo último y por eso se me envió a defenderla. Fueron cinco meses de incesante campaña. También me llegó la célebre “Comisión”. Previamente, ya se sabe, habían pulverizado el presupuesto. Nuestra escuela se moría materialmente de hambre (ya los traidores habíanla saqueado en gran parte), los talleres sin un trozo de madera, el botiquín sin una droga, las aulas sin un lápiz, el internado desprovisto de todo recurso, los albañiles sin sueldo, los campos de cultivo yermos. Pero en nada de eso se fijó la comisión: lo que le interesaba era el horario, los cuadernos con bonito margen, las preparaciones. Un recuerdo pintoresco: cuando llegó la comisión, yo vestía de overol. Los mentecatos informaron que “el Director de Caiza los había recibido vestido de overol”, lo que les había ofendido gravemente.
De tal suerte, la comisión opinó que en Caiza “no había rastro de escuela”. Nuestro sobrehumano esfuerzo para sobrevivir les había pasado desapercibido.

Continuará...

Fuente: Elizardo Pérez, "Warisata - La Escuela Ayllu", Editorial Burillo, La Paz - Bolivia, 1962.

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viernes, 26 de julio de 2013

Warisata la Escuela Ayllu - Parte 01

Texto original y completo de la obra escrita por Elizardo Perez sobre su revolucionaria experiencia educacional para los pueblos originarios y que fue la primera en el continente americano.

Original text of the book written by Elizardo Pérez about their revolutionary educational experience for the native peoples and that it was the first one in the american continent.

ELIZARDO PÉREZ.

WARISATA.
LA ESCUELA AYLLU.

Editorial Burillo.
La Paz, Bolivia. 1962.

DEDICATORIA.
A mi esposa, Jael Oropeza, que compartió mis ideales y me acompañó en las luchas.
A mis hijas, María Inés y María Victoria, en quienes vi renacer el porvenir.
El autor.

PRÓLOGO.

Las luchas por la emancipación humana tuvieron en Warisata un momento de gran fulguración. No fue creada esta Escuela por un espíritu altruista o filantrópico, sino que nació como un instrumento de liberación en la lucha contra el régimen de la servidumbre, y como tal, despertó altos ideales lo mismo que profundos enconos, y si inició en las indiadas potente eclosión social, movilizó también, por contraste, a todas las fuerzas que les son hostiles.
La Escuela de Warisata fue fundada el 2 de agosto de 1931 por Elizardo Pérez y Avelino Siñani. Diez años más tarde la obra había sido salvajemente destrozada por la barbarie feudal, saqueadas las escuelas, perseguidos los maestros, escarnecidos los indios. Pero entretanto se había forjado en el país todo un movimiento ideológico alrededor del llamado problema del indio, el cual se sitúa desde entonces en sus verdaderos alcances económicos, sociales y culturales.
A una obra de esta clase le faltaba su historia, y Pérez pudo, al cabo, escribirla: estaba en deuda con los indios de Bolivia, a quienes tenía que dejar este relato, testimonio de una época heroica donde el despliegue de energía y valor llegó a hazañosas altitudes. Este es un libro sencillo, aunque pleno de dramatismo, con el cual se aclara la génesis, desarrollo y destrucción de las escuelas indigenales bolivianas. No se trata de una obra de pedagogía: mucho más que eso, es un documento de lucha, una requisitoria de sabor acremente humano, libro donde, veinte años después, se hace justicia a los hombres que edificaron las escuelas y se señala a los culpables de su destrucción. Sea el lector, como instrumento de la historia, quien dé su veredicto final.
La educación del campesino sometido a la servidumbre implica necesariamente una condición de libertad. El educador del indio, si es sincero, no puede eludir el planteamiento de este problema. La Escuela de Warisata era la casa de los desheredados, de los pobres, de los explotados, símbolo vivo de lucha por la justicia y por la libertad, emblema de todas las antiguas rebeldías del indio, jamás extinguidas. La Escuela era obra nacida de las propias manos del indio, era suya por completo, ajena a la acción del Estado. El indio defendía lo suyo, lo hacía invulnerable a la incursión del vicio, de la molicie o del interés creado. En Warisata el indio era un ser humano, y aunque no se hubiera resuelto aún el problema de la servidumbre, ellos ya eran hombres liberados en la más plena acepción de la palabra. El vasto mundo del ayllu era el verdadero claustro de la Escuela. Por eso, no se trataba de crear en el agro boliviano escuelas alfabetizadoras, con la meta del silabario y del intelectualismo vano. No se trataba de imponer escuelas activas, que dotadas de talleres, campos de cultivo, semillas, ganado, bibliotecas, internados, material sanitario, hornos para ladrillos, y demás instrumentos de trabajo, forjarían al NUEVO INDIO. Pero además, la Escuela defendía y revitalizaba las viejas formas de la cultura precolombina; el Núcleo Escolar no era sino la marca indígena, con todo su complejo de instituciones, con sus formas de distribución de la tierra y organización del trabajo.
He ahí delineadas las normas fundamentales de la Escuela de Warisata, tal como aparecen relatadas en este libro. Obra que interesará a los maestros, a los sociólogos y a todos cuantos estudian la realidad de las naciones latinoamericanas, “WARISATA La Escuela-Ayllu” es un libro que marcará época porque señala con vivos caracteres el desarrollo de una escuela que, con toda justicia, ha sido denominada “UN MOMENTO DE LA LIBERACIÓN DEL INDIO”-

Carlos Salazar Mostajo.

WARISATA MÍA.
Carlos Salazar Mostajo.

(Ensayo publicado en el periódico “La Calle”, el 17 de febrero de 1943, e incluido al inicio de la obra por el propio autor).

La inmensa, prolongada lucha, ha concluido. Warisata recibe hoy la puñalada final. Escribo esta página cuando los asesinos bailan en torno al cadáver aún tibio de mi escuela. A los hombres de corazón honesto les digo: escribo con lágrimas. Estas frases mías desbordan pasión y estallan en cólera. Es preciso que escriba esto. Warisata no puede sucumbir sin luchar. Y he aquí que Warisata cae luchando. Porque Warisata subsiste, no en las casonas donde hoy campea la molicie, sino en mi propio espíritu y en el de pocos compañeros míos.
Defiendo a mi escuela. Óyelo, pueblo ultrajado de Bolivia: he dicho “mi escuela”. Warisata no pertenece al Estado. Warisata ha sido hecha por unos cuantos hombres, lejos de toda ayuda oficial. Los necios pedagogos que ahora dirigen educación indigenal, no tienen nada que hacer con Warisata. La escuela, hecha con sangre, con infatigable y gigantesco esfuerzo, fue algo más que una obra de administración. En ella pusimos todas las palpitaciones de nuestra vida, toda la energía de nuestra juventud, toda la pujanza de nuestro espíritu. Fue obra de quijotes, fue poesía y drama. Nada tienen que hacer con ella loe burócratas que hoy la ocupan. Sí, he dicho “mi escuela”, porque hoy día, soy el último soldado de la causa perdida.
Mas es preciso aclarar esto: hay cierto apolillado pedagogo que también protesta por la total destrucción de Warisata. Le hacen coro cuatro de los de su laya. Yo no tengo nada que ver con ellos. Yo defiendo a Warisata: ellos simplemente su apetito, su puesto burocrático. ¡Cómo les duele la supresión de la Normal de Warisata! Claro: se quedan sin colocación; ya no podrán saciar las tripas a costa del indio. ¡Ahora, necróforos, a trabajar! Se acabó la carroña con que os alimentabais.

Bienvenida la última puñalada.

Warisata fue un tiempo impetuoso canto de lucha y esperanza. Hoy es una lamentable algarada de bribones y holgazanes.
De los muros blancos que sostuvieron grandeza, hoy cuelgan jirones de humillación y vergüenza.
Primero difamaron a la escuela. Después la prostituyeron. Colmado su apetito, los grajos aún ultrajan los huesos insepultos.
Warisata mutilada, envilecida, era algo intolerable e incomprensible. Warisata en manos de mentecatos que por más de dos años la explotaron, era una infamia y una vergüenza. Por eso, no puedo dolerme de su muerte: ha concluido, simplemente, su martirio. La mascarada terminó y los fantoches se retiran.

¡Warisata mía!

Es justo que diga esto. No hay vanidad en mis palabras. Warisata y yo somos algo indivisible. Mi vida entera halló su aliento en aquellas aulas colmadas de grandeza. Cuando fuimos arrojados, Warisata subsistió en nosotros: allá sólo quedaron traidores y explotadores del indio. Los niños que recibieron de nosotros su pan espiritual, continuaron sus lecciones con nosotros. Hay un nutrido archivo de cartas que un día conocerá Bolivia: son nuestros niños que dolidos de la vergüenza que se apoderó de Warisata, nos contaban su desventura. Nunca confiaron en sus nuevos maestros. Los niños, psicólogos intuitivos, conocen a sus amigos a la primera mirada. Y sabían perfectamente que después de nosotros, allá sólo quedaban sujetos depravados y voraces, colocados ex profeso para el saqueo y la destrucción. Entonces nos escribían. Y así, Warisata prosiguió su lucha con el tesón de la planta que crece en los resquicios de la roca. Cada vez que nuestros niños llegaban a La Paz, lo primero que hacían era buscarnos. Su constante peregrinación era la prueba más definitiva de que sus únicos maestros continuábamos siendo nosotros.

Entonces es justo que diga: ¡Warisata mía! y que asesinada mi escuela, sea yo quien tenga que escribir su mensaje postrero.

Pero tengo que ordenar este capítulo. Una concepción cualquiera sólo puede ser conocida por su historia, como dice Comte El culto lector me ayudará a no extenderme demasiado, ya que el drama de Warisata es por demás conocido. En 1939 se editaba en la escuela un “Boletín” mimeografiado. Del número 7 transcribimos este párrafo que pinta por entero lo que era la región en 1931:

La peregrinación de Elizardo Pérez lo condujo a Warisata, región que presentaba todas las características del Altiplano y que podía servir, por tanto, de cartabón para un desarrollo ulterior de las escuelas. Soplaban vientos helados y cortantes; la altura era insensata, como diría Keyserling; el clima era polar, sostenido por las nieves del Illampu y las brisas del Titicaca. El hombre vivía en un primitivismo inconcebible y sujeto a una feroz explotación gamonalista. Aquí no había otra ley que la del látigo ni otra posibilidad de vida que la sumisión. La tierra, árida y sin riego, trasudaba año tras año su tuberculosis y había que arañarla día y noche para obtener sus pobres frutos. Los indios de Warisata vivían golpeados por el infortunio y cuando se doblaban sobre los surcos en su lucha contra la naturaleza inclemente, podía verse en sus espaldas el vergajazo infamante del pongueaje. Las haciendas eran un típico resto feudal. Sus dueños vivían en las ciudades, percibiendo sus rentas por medio de mayordomos y sin cuidarse de la agricultura. Por eso no había en la pampa ni un atisbo de un porvenir venturoso.

Hasta aquí el “Boletín”.

Ya vemos dónde nació la escuela. Veamos cómo luchó.
Primero una definición: Warisata era una escuela socialista (ya no vale la pena callarlo). El medio en que actuaba era completamente feudal. Esto quiere decir que su suerte estaba echada desde que se puso la primera piedra. Para que Warisata subsistiera, había necesidad de un desenvolvimiento social paralelo en Bolivia, esto es, una revolución. No la hubo. Warisata luchó diez años afrontando el ataque incesante de la feudal burguesía. Fue una isla solitaria, cuya firmeza tenía la vitalidad de una formación coralífera que surgiera en pleno océano.
Porque así fue construida: con pertinacia de zoófitos. Se alzó por sí sola, añadiendo uno tras otro los granos de arena de un infatigable esfuerzo material. Cada adobe fabricado era un triunfo de la voluntad, porque sabían los maestros y campesinos que el hecho no consistía simplemente en la labor que demandaba, sino en el empeño que se ponía. Y así nació la pedagogía de la teja y el ladrillo, que los cretinos se figuran que es un mero arte de albañilería. Un capítulo del reglamento que hicimos decía:

Es preciso impulsar la voluntad infantil hacia la realización de grandes empresas que demanden sobre todo abnegación, tenacidad y energía, para superar el ambiente con el denodado ímpetu constructivo del hombre.

Esta tesis es ininteligible para remolones. Y todo Warisata era así: un esfuerzo redoblado. El maestro (la figura legendaria de Elizardo Pérez) nos decía, cuando arribamos a Warisata: aquí es preciso levantarse a las seis de la mañana. Pero nosotros nos levantábamos a las cinco y muchas veces el empeño era tal, que desde las cuatro de la mañana, la escuela se llenaba con canciones y ruido de herramientas. (Un episodio pintoresco: cierto drama-comediógrafo, que hoy payasea triunfador exhibiendo su Iiteratosa y lacayuna humanidad, llegó a Warisata enviado por el Ministerio; dicen que a dar normas. Y he aquí que desde mucho antes de la salida del sol, el barullo de la escuela le quitaba el dulce sueño burocrático a que estaba acostumbrado. No sólo empezó a odiarnos ferozmente, sino que nos incitaba a no trabajar tanto, diciendo que las leyes sólo imponían ocho horas diarias de trabajo. Cuando retornó a La Paz, halló cómodo escondrijo en una sección del Ministerio de Educación, desde donde nos lanzaba los dardos envenenados de sus intrigas). Pero no: nosotros trabajábamos así porque queríamos. El trabajo había perdido para nosotros su traje de presidiario (Aníbal Ponce). Porque sabíamos que sólo con el ejemplo de una vida honrada y laboriosa los indios podían comprender lo que queríamos de ellos. Y así campesinos y alumnos se contagiaban de nuestro empeño y Warisata era un desbordado torrente de actividad, un mecanismo increíble de progreso y mejoramiento. Todos trabajábamos nuestra escuela, la hacíamos con nuestras propias manos. Ahí nuestra pedagogía del adobe y el ladrillo. Pero mientras las paredes se levantaban, mientras a fuerza de pico y pala hacíamos desaparecer cerros y rellenábamos grandes desniveles del terreno, mientras trasladábamos toneladas de estuco desde cinco leguas más allá, mientras fabricábamos centenares de miles de adobes y ladrillos, mientras nuestros campos de experimentación se transformaban en vergeles a 4.000 metros de altura, mientras nuestros sembríos reverdecían pujantes en aquella tierra estéril, el morbo enemigo crecía.
Ya se mostró cuando se ponía la primera piedra. Aquí una escena de la fundación de Warisata:

Un corregidor le estaba quitando un cordero al campesino Churqui.
En eso llega Elizardo Pérez impidiendo la exacción. El corregidor, asombrado, le apostrofa:
— ¡A estos indios no hay que tenerles lástima! Por lo menos que den esto gratis—. Pérez le responde:
— Aquí no hemos venido a explotar al indio, sino a defenderlo—. Y pronto la nueva recorrería toda la campiña: el nuevo maestro no era un ladrón como los demás. El hombre rubio pagaba por las mercaderías que necesitaba.

Y es que Warisata nació defendiendo al campesino. Su vida se desarrollaría defendiéndolo, y había de perecer en plena lucha.
Porque, desde que nació, estaba su suerte echada: Warisata era una modalidad contradictoria en el agro feudal. Lo sabíamos. Sabíamos que nuestro ideal no era absoluto, que no era independiente de la condición histórica que vive Bolivia. Mas tal pensamiento no nos detenía: lo importante era producir el despertar espiritual en el indio; por lo menos en algunos indios.

(Ahora tengo la prueba de que no fue inútil nuestra obra: hay un campesino que se hizo hombre en Warisata; se tituló maestro. Y ahora me sorprende y maravilla mostrándome un folleto escrito por él: la historia de su escuela. Este hecho es de tal importancia, que será preciso que el pueblo lo conozca: quedo comprometido a demostrarlo).

(El caso se relató el 27 de febrero de 1944 en “Ultima Hora”, de La Paz. Se trataba del profesor indio Juan Añawaya Poma. Este y otros casos eran para nosotros descubrimientos maravillosos porque se afincaba en ellos la esperanza en un porvenir victorioso. Hoy a nadie llama la atención la abundancia de nombres indígenas entre profesionales, políticos, escritores, artistas, periodistas. Pero todo esto comenzó en Warisata (Nota de Editor).

Pero, diréis: Y cuál era el ideal, cuál la doctrina que os impulsaba?

Respondo: hoy se trata de hacer que el indio mejore y adquiera un puesto en la economía, pero sin confesar que su situación actual obedece precisamente al régimen de servidumbre que es la base de tal economía. Lo que deviene en una antinomia ininteligible. Pues bien, nosotros empezábamos por reconocer el derecho del indio a la igualdad social, cimentada en sus reivindicaciones económicas. Y yendo más lejos, creíamos en su ineludible sino histórico de normar nuestro desenvolvimiento biológico y cultural.
Por eso, reconocíamos también la hipocresía de todo cuanto se había hecho hasta entonces por el indio. Ya que todas las consideraciones sobre sus cualidades físicas, morales e intelectuales, están perfectamente demás si no se toma en cuenta el ambiente social, si no se empieza por afirmar la necesidad de liquidar el sistema feudal que lo esclaviza y explota.
Para que la clase en sí llegue a convertirse en clase para sí –dice Aníbal Ponce, conforme a los clásicos– es preciso un largo proceso de propio esclarecimiento en el cual desempeñan los teóricos y las peripecias de la lucha una amplísima función.
He ahí explicada nuestra obra: no aspirábamos a resolver el problema indio, pero la escuela esclarecía su categoría antifeudal: sabíamos que sólo era un episodio en la lucha.

Ah, ved cómo el episodio se prolongó por diez años!

Una escena de 1934: a cinco leguas de Warisata se halla la laguna Laramcota, desde la cual los inkas construyeron un canal que llegaba hasta la misma comunidad. Pero hacía muchísimos años que estaba en ruinas, y sus contadas acequias habían sido usurpadas por los terratenientes, sin que ni una gota llegara a la escuela. Un buen día, campesinos, maestros y alumnos amanecieron en plena cordillera, extendiéndose una caravana de dos mil personas en el trayecto de las cinco leguas. En una jornada de trabajo sobrehumano, el canal quedó restaurado, y un caudaloso torrente se precipitó desde las faldas del Illampu, sumiéndose en la tierra sedienta de nuestra escuela. El milagro estaba hecho: la tierra de temporal, librada a la mano impiadosa de la Naturaleza, aseguraba su sustento por mano del hombre ansioso de liberación.
A la semana siguiente, gamonales del contorno llevaron a sus colonos. Y un día no llegó más agua. Los bandoleros habían destruido nuestra obra.

En 1934 se había concluido una gran etapa de trabajo. El internado estaba listo. Por milagro habían brotado de los talleres, mobiliario, herramientas, puertas, ventanas, catres, sillas, mesas, objetos de arte. ¡Qué prodigiosos trabajadores eran el mecánico José de la Riva, el albañil Velasco, el carpintero Quiterio Miranda! La gran casona (un imbécil le halla parecido con una “casa de hacienda”), estaba techada, y Avelino Siñani, el indio que había fundado la escuela con Elizardo Pérez, solía contemplarla largamente. Illanes había dejado su arte sincero e impetuoso decorando los muros de la escuela. Antonio Gonzáles Bravo (hoy también víctima de la confabulación de los mentecatos) había inundado la región con los aires de su maravilloso cancionero warisateño. Anacleto Zeballos había muerto por no dejar la escuela ni un instante.

La escuela se alzaba pujante y bella. Lo esencial no era haberla construido, sino la manera cómo se la había construido.

En esta época del hormigón y la pala mecánica, del cemento armado y la perforadora eléctrica, es difícil entender el esfuerzo titánico que costó cada muro de Warisata. Es preciso comprender que allá no disponíamos de fondos (hasta 1936, el Estado había puesto Bs. 19.300.-), que no teníamos herramientas, que ni siquiera pagaban sueldos. Todo tenía que brotar de la nada (años más tarde, me vine a enterar de la pobreza de Elizardo Pérez: muchos de aquellos “milagros” se debían a su bolsillo). Los campesinos recuerdan todavía la figura doblada de Elizardo, transportando en sus hombros la arena que se extraía de un río situado a buena distancia. Y yo recuerdo la figura del profesor Ibáñez: aparecía enfundado en un inmenso abrigo, a reñirnos porque le quitábamos el sueño a las cuatro de la madrugada (aunque a renglón seguido, él mismo empuñaba la pala, alumbrado por nuestras linternas).
Yo tenía entre ojos a un profesor porque siempre se las arreglaba para tener el primer turno de herramientas. Y él me tenía inquina porque a mi vez, me las arreglaba para que nunca me fallara el primer turno de riego (los odios de los profesores de hoy día no son de esta clase: la delación y el espionaje son las ocupaciones de ahora),

¡Warisata mía!

El morbo continuaba creciendo. Elizardo tenía para entonces, treinta y un juicios criminales en su contra (me refiere ahora que, sin embargo, los gamonales achacacheños jamás le tocaron un pelo; pero no porque les faltaran ganas, precisamente, sino por temor a una reacción campesina que hubiera sido terrible. En una ocasión había corrido el rumor de que Elizardo había sido golpeado en Achacachi; al oír la noticia cientos y cientos de campesinos de la región sorateña –Chegje, Atahuallpani, Curupampa y otras comunidades– empezaron la marcha contra la población altiplánica, y a su paso las indiadas se plegaban enfurecidas. Mucho trabajo le costó al señor Néstor Salazar, profesor de Curupampa, convencerlos de que el rumor era falso: los indios se proponían arrasar Achacachi. Que a ellos les golpearan y estropearan, pase. ¡Pero que lo hicieran con su maestro, eso nunca!).
Había un anciano: Santiago Poma, venerable entre los venerables. ¿Setenta, noventa años? Su fortaleza desmentía a su arrugado rostro. Parecía un joven, incitando al trabajo. Los gamonales no respetaron sus canas (qué respeto puede merecer la cabeza blanca de un indio!) y Santiago Poma fue flagelado dos veces y su casa saqueada. Y no fue el único. Historias como esa la pueden contar docenas de indios: Pascual Quispe, Apolinar Rojas, Cruz Rojas, Siñani...
En un folleto colmado de bajeza, que se llama “El estado de la educación indigenal”, los sicofantes dicen que no existe gamonalismo en Bolivia. Que el término lo habíamos inventado en nuestra calenturienta imaginación.
¡Las espaldas sangrantes del anciano Poma son la respuesta, bribones! Mas sigamos con orden: en 1936, los maestros ya podían vivir con cierta comodidad. Elizardo ya no habitaba su choza ni dormía en el poyo de tierra. Cuando llovía, podíamos guarecernos en los acogedores corredores del pabellón central. En los crudos días de invierno, la cocina era el refugio de que carecíamos antes.
Nevaba una y otra vez. Había que madrugar para librar a nuestros arbolitos de la nieve que los abatía. Con pértigas y palas íbamos a recorrer las interminables hileras de adobes para quitarles la nieve. A veces teníamos que levantarnos a altas horas de la noche, porque una imprevista lluvia estaba destruyendo los ladrillos frescos y había que cubrirlos con paja.
¿Puede usted comprender, lector, lo que es levantarse en pleno altiplano, a 4.000 metros de altura, abandonando el tibio lecho en una ventisca de aquellas que acuchillan hasta el tuétano, para ir a contener el agua que inundaba nuestros sembríos? Pues bien: decenas de veces lo hicimos. Cuando el termómetro marcaba catorce grados bajo cero, nosotros estábamos chapoteando, descalzos, en el torrente que bajaba del Illampu; muchas veces ni siquiera teníamos un cigarrillo para disminuir el frío que transía nuestras almas. Pero era preciso trabajar y luchar.

Continuará...

Fuente: Elizardo Pérez, "Warisata - La Escuela Ayllu", Editorial Burillo, La Paz - Bolivia, 1962.

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