lunes, 30 de mayo de 2011

Literatura boliviana

Autor: Fernando Diez de Medina.

INTRODUCCIÓN AL ESTUDIO DE LAS LETRAS NACIONALES
DEL TIEMPO MÍTICO A LA PRODUCCIÓN CONTEMPORÁNEA

PRÓLOGO DEL DR. HUGO BOHÓRQUEZ R.
PROFESOR DE FILOSOFÍA E INTRODUCCIÓN AL DERECHO DE LA UNIVERSIDAD “TOMÁS FRÍAS” DE POTOSÍ

AGUILAR S.A. DE EDICIONES
MADRID – 1954


FERNANDO DIEZ DE MEDINA
No es lo mismo hablar de un escritor europeo que ocuparse de otro sudamericano. Allí, el que escribe, si no es un profesional, al menos se ha especializado en el género de su predilección; aquí, hombre y escritor se confunden en el desorden general de la vida criolla, y es difícil darles clasificación. Si en Europa el principio de razón genera el proceso individual, en América del Sur la emoción es maestra de vidas; tan ligado se halla el escritor al torrente social, que, lejos de ser el dueño de su arte, es más bien el servidor de su pueblo, y a veces lo que aparentemente se toma como indisciplina, volubilidad mental o pedantería, es, en el fondo, rigor vital, necesario eclecticismo, urgencia de actuar diversificando la propia actividad.
Este es el caso de Fernando Diez de Medina, hombre de pensamiento y hombre de acción, el más representativo valor de las nuevas generaciones bolivianas.
Por esa ley de improvisación, de adaptación a la necesidad circundante, Diez de Medina ha hecho de todo un poco. Poeta y periodista, en su mocedad, fue deportista y banquero. Dirigió una radiodifusora con éxito. Gerentó empresas mineras e industriales. Crítico y luchador de extraordinario valor civil, entró maduro a la política, fundando el “Pachakutismo”, grupo cívico renovador, de tendencia vernácula, que de 1948 a 1950 —cuando el MNR, que hoy gobierna en Bolivia, estaba perseguido— sostuvo la fe nacional combatiendo los abusos del famoso Superestado Minero. Entonces lo vimos brillar en la polémica periodística, en la conferencia pública, frente a los micrófonos, y en sonados litigios por defraudación de impuestos fiscales. Paralelamente a sus campañas cívicas, que le valieron el sobrenombre de “Puchakuti” —el Reformador—, sostuvo una brillante carrera literaria: ha publicado trece libros y tiene otros en preparación, combinando en feliz armonía al lírico con el humanista. Tiene de pensador y de poeta, y por esa doble condición de orientador de juventudes y creador de belleza, ha merecido ser llamado Maestro de esa que él mismo bautizó como “Generación de la Fe”, la generación que, salida en 1935 del desastre de la guerra del Chaco, está reconstruyendo hoy Bolivia con vigoroso impulso bajo la firme mano de Víctor Paz Estenssoro, caudillo del nacionalismo boliviano.
Disuelto voluntariamente el “Pachakutismo”, después de esa hermosa “aventura cívica”, Fernando Diez de Medina regresó a sus libros para curarse de los quebrantos de la política. Pero ella no lo ha dejado del todo. En un momento crítico para el país, cuando Bolivia nacionalizaba sus minas de estaño, mientras se producía la presión de los plutócratas internacionales, el escritor dictó una conferencia de resonancia americana, que fue comentada en México y otros países: Una khantuta encarnada entre las nieves, que interpretó el anhelo nacional y tuvo que repetirla con delirante acogida en los principales centros mineros del país.
Como se sabe, el actual Gobierno ha acometido empresas trascendentales en Bolivia: nacionalización de minas, voto universal, reforma agraria, reorganización del ejército, diversificación de la producción, etc. En octubre de 1953 se formó una Comisión especial, formada por técnicos y pedagogos, para estudiar la Reforma Educacional. Fue invitado a presidirla Fernando Díez de Medina. No faltaron dudas sobre el éxito de la empresa, porque muchos creen que decir escritor equivale a decir bohemio, negligente o perezoso. En cuatro meses de activa y metódica labor, Diez de Medina demostró una vez más su gran capacidad de trabajo; devolvió dineros al fisco, terminó diez días antes del plazo señalado y entregó al Gobierno un proyecto de Código de la Nueva Educación Boliviana, con más de sesenta trabajos complementarios de carácter pedagógico. La reforma educacional es, pues, ya un hecho y se aplicará a partir de 1955. Y es, como ha dicho el presidente de la Comisión, “de inspiración cristiana y de contenido social” en favor de las mayorías trabajadoras.
No es, pues, de extrañar que por sus condiciones sobresalientes de luchador y removedor de ideas, sea el único escritor boliviano que ha ganado estas dos distinciones: El Gran Premio Nacional de Literatura en 1950, con su libro “Nayjama”, y la placa de Gran Oficial de la Orden del Cóndor de los Andes, por sus servicios a la cultura nacional. Al condecorarlo, dijo el canciller Guevara Arze: “Fernando Diez de Medina, por su cultura y por su estilo, es digno de las grandes épocas de la literatura hispánica; por su contenido es un auténtico representativo espiritual de este pueblo de indios y mestizos”.
Hombre de pocos amigos y de muchas inquietudes, el autor de “Thunupa” tiene una virtud más, que no es la menor ciertamente entre las suyas: tiene un culto caballeroso por la amistad entendida al modo antiguo, es decir, total, leal, inquebrantable, con absoluta entrega al afecto que se cultiva. Y es también adversario franco y decidido, lo mismo en la beligerancia de ideas que en el trato personal. ¡Qué pocos supieron mantener la amistad de Díez de Medina, y cómo nos enorgullece a esos pocos la confianza de espíritu tan excepcional!
Para completar su órbita humana, Fernando tiene un hogar admirable, constituido por su compañera, doña María Paz Campero, dama encantadora de la alta sociedad chuquisaqueña, y sus hijos, Sonia y Rolando. Una bella residencia de estilo español, con amplios jardines, en el barrio de Sopocachi, en La Paz, constituye su refugio de artista. Allí, entre la ternura de los suyos, rodeado de libros, de discos y de árboles, el escritor apacigua las tormentas del luchador civil.
Y ahora hablemos de sus ideas y de sus libros.
A los veinte años, Diez de Medina fundó la primera página literaria dominical en el país: “Hombres, ideas y libros”, que tuvo repercusión internacional. Difundió las letras mundiales e hizo conocer todo lo bueno de las nuestras; casi no hay escritor nacional que no hubiera colaborado en esa página. Allí se graduó crítico y conocedor de los temas americanos.
Sus dos primeros libros fueron “La clara senda” (1928) e “Imagen” (1932), poesía noble y sencilla, que reflejaba una inquieta adolescencia. En 1929 entabló su primera polémica periodística pidiendo la revisión de los valores literarios; en 1935 analizó el conflicto de generaciones; en 1936 pidió la revolución de la responsabilidad. Terminada la guerra del Chaco, que sólo dio un saldo de libros trágicos y casi siempre pesimistas, Díez de Medina publicó su primera obra en prosa, “El velero matinal” (1935), conjunto de ensayos sobre temas y figuras bolivianas: Tamayo, Campero, Jaimes Freyre, etc., obra que me fue personalmente dedicada. Este libro, aunque todavía con predominancia lírica, ya dio la medida del futuro escritor, siendo favorablemente acogido por la crítica extranjera.
Es con “El arte nocturno de Víctor Déles” (1938), publicado en Buenos Aires, como Diez de Medina cierra su período estetista. Esta biografía poética de la vida y la obra del gran xilógrafo belga, ilustrada con reproducciones de sesenta y cuatro tallas en madera del artista, es un denso y elevado estudio de carácter filosófico y estético. Todo un tratado de arte, bajo una visión crítica acerada. “Una grande obra, única en su género en América”, según dijo el crítico alemán George H. Neuendorff. La Nación, de Buenos Aires, consagró a nuestro compatriota con estas significativas palabras: “El arte nocturno de Víctor Delhez es el testimonio de una época y el documento de un nobilísimo talento literario. Un ensayo de interpretación filosófica del misterio de la vida y la desazón del arte”. En 1941, siendo subdirector de “Ultima Hora”, nuestro autor planteó el punto de vista sudamericano a Henry Wallace, en artículo transcrito en la “Prensa del continente”, y que decía así: “¡Siéntate, hombre del Norte, y atiende al Sur!”
Poco después (1942) aparecía la primera edición de su “Franz Tamayo, hechicero del Ande”, libro que tanto nos gusta a los bolivianos, acaso porque, como lo expresara el suplemento literario del “Times”, de Londres, “ningún libro podría acercar mejor a la comprensión europea la realidad boliviana como esta biografía brillantemente escrita”. Esta obra suscitó una tormenta en el Ande; don Franz Tamayo, gran político, gran poeta, gran escritor, se sintió ofendido por la biografía que se le dedicaba en vida, con algunos de cuyos conceptos no estaba de acuerdo, y en un extenso panfleto, llamado “Para siempre”, insultó crudamente a Diez de Medina pretendiendo negar su obra. Fernando le contestó con gran altura moral, en su magistral “Para nunca”, que hizo época en la literatura boliviana, acallando al iracundo. Resultado de ello fue que en dos meses se agotó la primera edición, estando por terminarse una segunda. Bien es cierto que, descontado el escándalo literario —evocador de aquel otro pleito famoso entre Shaw y su biógrafo Harris—, el libro bien merece honores. Es —como expresara “El Universal”, de México—, “una espléndida biografía de Bolivia y un atisbo hondo y luminoso de América”.
Años más tarde, en 1947, Díez de Medina rebatió las diatribas de Papini en su ensayo “El Magnífico Ignorante”, publicado en revistas de Europa y América; tesis que posteriormente fue leída en el Congreso de Cooperación Intelectual de Madrid en 1950.
Pero es con “Thunupa”, con ese libro bellísimo y fecundo de altas ideas, como el escritor ganó el corazón de los bolivianos. Thunupa, que partiendo de la leyenda “kolla” pide la revisión de nuestra historia, la dinámica de aventura y la moral de sacrificio, es el libro que más ha influido en nuestras juventudes. Baste mencionar que el Segundo Congreso Nacional de Estudiantes de Secundaria lo declaró, juntamente con “Nayjama”, como “el Evangelio de las nuevas generaciones”. Estos ensayos, de extraordinario calibre humanista, suscitaron juicios ponderativos en todas partes. Baste recordar tres. Para Sainz de Robles, español, “Thunupa” está lleno de hondura, de verdad, de poesía. Es la mejor voz con que Bolivia se ha dirigido a España y al mundo. Para Mario Puccini, “el autor de Thunupa es el más fuerte y el más épico de los escritores sudamericanos que conozco”. Pero es el peruano Gamaliel Churata quien mejor condensa los valores de este libro excepcional: “Con Thunupa, Fernando Díez de Medina se toma el cetro de Rodó. Es un nuevo maestro, un estilista extraordinario. El primer escritor que adopta la simbología vernácula para sus categorizaciones morales. Abre para la literatura boliviana un nuevo horizonte: el de la voluntad. Es un mensaje de América. Es el libro de quien soñó con el ideal y llegó a verlo”.
A esta altura de su vida, cuando varios de sus ensayos eran traducidos a otros idiomas y colaboraba en principales revistas de América y de Europa, Díez de Medina, que era ya el primer escritor joven de Bolivia, sintió el llamado del deber, la voz de la tierra, e intervino en política, con un estilo muy personal, muy generoso, acaso excesivamente idealista, que tenía que llevarlo finalmente a la decepción y al renunciamiento. Pero esos tres años de lucha cívica, totalmente desinteresada, del “Pachakutismo”, no se borrarán del pensamiento nacional; vivirán en los corazones. Y de esa cálida hoguera de patriotismo renovador surgieron los libros que todo boliviano culto guarda con fervor: “Pachakuti” (1948), “Siripaka-Ainoka” (1949) y “Nayjama” (1950).
No hablaré de los dos primeros, que poco dirán al lector europeo, porque se refieren a problemas locales; son medulares ensayos sobre nuestra realidad político-social. Pero el tercero, que a mi juicio es la mejor obra de Fernando Díez de Medina, merece análisis especial.
“Nayjama” eleva el tema vernáculo a la categoría de gran obra de arte. Participa de las condiciones de la novela filosófica, de la rapsodia lírica, del ensayo en tono mayor, orquestado para gran sinfonía sociológica y poética. En contraste con las novelas criollas o folklóricas, que rezuman dolor, miseria y abatimiento en su afán de hacer protesta social, “Nayjama” toma al indio y al paisaje como símbolos de redención y de superación humana. Los exalta. Fue muy comentado en el mundo literario de habla hispana. Refiriéndose a su autor, expresó una revista colombiana: “Por fin tiene América su más puro cantor”. En España, “Cuademos Hispanoamericanos” lo califica de “canto coral en que se funden y armonizan el indio y la encrespada Naturaleza. Obra maestra de reivindicación del alma india”. Para “Mundo Hispánico”, esta obra “del gran escritor Fernando Díez de Medina es una verdadera rapsodia boliviana. Un excelente poema en prosa lírica, impecable”. Una maestra boliviana dijo que es “un himno a Dios”, y es éste, acaso, su mejor elogio.
Quiero repetir aquí algo de lo que dije —en abril de 1951— cuando apareció esta obra señera, que ha anclado ya en el corazón boliviano.
“Nayjama” es un mensaje estupendo, algo así como un canto sálmico del teogónico misterio andino. Y su protagonista —El Buscador— es el propio Fernando Diez de Medina, un valor civil, un paradigma de la energía, un tremendo escrutador de nuestro pasado y nuestro porvenir. Un libro fáustico, con algo de esa energía zaratústrica de que habló el viejo Nietzsche. Un poema siempre nuevo cada día. Bravía orquestación polifónica, síntesis de siglos, mensaje de montañas. Parece que la prosa académica no sirve para hablar de esta obra vibrante, hecha de sangre y de granito. Es ya un poema clásico; clásico por su contenido, por su forma y su destino, y también por su magnífico fervor místico. Es un inaudito poeta que ha puesto su genio al servicio de la causa indígena. Su “Buscador” tiene la energía telúrica de Ulises, el desmedido anhelo del Quijote, la serena ansiedad virgiliana. ¿Nayjama acaso no busca también, en medio de sus propios combates, la plenitud de su destino? “He preferido poner los sueños rotos del artista y las ansias vivas del hombre al servicio de Bolivia”, dijo alguna vez Diez de Medina. Otra vez lanzó la frase lapidaria: “La política es una mugre; vuelvo a mis libros”. Así jalonó un instante de su vida política, de alta responsabilidad civil. Recuerdo haberle oído decir: “El Pachakutismo, como Nayjama, es águila nocturna. Otras generaciones verán su vuelo”. Pero en esto se equivocó, porque somos muchos ya los que vemos el vuelo espléndido de Nayjama, que dice su sermón universal sobre el crispado dorso de la montaña andina. No se ha escrito libro más profundo ni más bello en mi país.
Después Fernando se trenzó en movidas controversias. En Bolivia había discutido con Tamayo, con Arguedas, con Canelas. En el campo internacional refutó el “Bolívar” de Madariaga; rectificó a Toynbee en historia andina, mereciendo respuesta del gran escritor inglés; dio una lección a Luis Alberto Sánchez sobre nuestras letras.
En sus libros se advierte una sana y noble influencia hispana; fuertes lecturas de los clásicos —Lope, Calderón, Cervantes, y, sobre todo, Tirso, ocupan sitial de honor en su biblioteca— y frecuentación de Unamuno y Ortega, de Machado y Valle Inclán, de Azorín y de Miró. Se ha comparado el “Nayjama” con el “Idearium”, de Ganivet, si bien éste es más sociológico y aquél más lírico y poético.
En los últimos años, Díez de Medina ha publicado “Libro de los misterios” (1951), “obra de un gran poeta y de un extraordinario prosista”, al decir de un crítico peninsular, que sale del rigor de los géneros; es algo así como una tentativa de teatro simbólico a la manera “claudeliana”. Rica de filosofía y poesía.
Luego, esta “Literatura Boliviana”, obra de su madurez de crítico y de investigador, donde el poeta sigue enalteciendo los temas vernaculares y dándoles categoría de universalidad. No es una simple obra didáctica o de investigación, como pudiera creerse; es más bien un vasto fresco, ágil y movido, de nuestro país. Una introducción rica de color al proceso de la cultura boliviana, que tiene de boceto sociológico, de atisbo histórico y de calibre crítico. Un retrato de Bolivia a través del pensamiento boliviano. De él tiene expresado otro crítico español: “Este libro hay que leerlo frenando, para que el dinamismo del estilo y lo apasionante del tema no rebasen el juicio crítico. Es un libro polémico, apasionado, una historia novelada de la literatura boliviana”. Para nosotros, sus compatriotas, es el mejor esquema orgánico; un cuadro magistral de la cultura boliviana. La obra de un luchador y de un poeta que sienten, viven y expresan con hondura humana el tema nacional.
Últimamente, “Literatura Boliviana” ha sido adoptada como texto oficial en todos los colegios secundarios del país, a pesar de que por su profundidad es más adecuada para el ciclo universitario. El escritor, infatigable, anuncia un nuevo libro: “Sariri”, tomo de ensayos, que será el número trece de los que lleva publicados. El ensayo que da nombre al libro será una réplica al “Ariel”, de Rodó, y es realmente de envergadura continental; será muy discutido, en América y en España, porque está saturado de nuevas ideas, de puntos renovadores, de enfoques polémicos. Nos habla de un “humanismo de la necesidad”, que parece reflejar toda la vida de este idealista y humanista de polifacética personalidad.
No sé si el destino me dejará cumplir un viejo anhelo: escribir la biografía de Fernando Díez de Medina, que tan hondo surco viene abriendo en la conciencia boliviana, y que es ya uno de los primeros escritores de la nueva América. Pero al menos tengo la satisfacción de haber compuesto este ligero esbozo para los lectores de habla hispana sobre el hombre y el pensador. Si Argentina tiene un Mallea, Colombia un Arciniegas, Chile un Latcham, Perú un Sánchez, Venezuela un Picón Salas, nosotros, los bolivianos, tenemos un Díez de Medina, que es decoro y realidad surgente del pensamiento andino.
Quiero creer que su talento creador ha de dar todavía muchas páginas de gloria a las letras de habla hispana.
DR. HUGO BOHÓRQUEZ R.
La Paz, febrero de 1954.


PALABRAS DEL AUTOR
Cuando los estudiantes me pidieron este libro, pensé componerlo al modo usual: un texto breve, sintético, de rigurosa objetividad, clasificando en períodos y autores el lento desarrollo de las letras nacionales. Un esquema imparcial, sin mucho amor, sin resquemor, calibrando las figuras a distancia para no quemar al juzgador en la hoguera de lo pasional. La exposición de los hechos fría, razonada; el juicio ecuánime; un equilibrio adecuado entre análisis científico y expresión estética. Moderación, sosiego. En suma: nuestra literatura a través del lente clásico.
Posteriormente modifiqué el punto de partida. ¿Cómo ver con mirada clásica una literatura en formación?
Nuestros libros no son muchos ni muy buenos; sus autores pocas veces alcanzan la dignidad del artista. Si quisiéramos medirnos con la escala de los valores mundiales, no saldríamos favorecidos. Visto con ojos desapasionados, de rigurosa apreciación crítica, el proceso de nuestra cultura naciente poco dirá al observador. Somos pueblo en agraz, física y espiritualmente, distante de la sabia madurez que acumulan los siglos. El problema, entonces, se me presentó así.
Carecemos de una literatura nacional capaz de medirse jerárquicamente con expresiones más logradas del ingenio humano. Esto es evidente. El sentido de medida nos obliga a reconocer que no estamos incorporados todavía a la geografía literaria del planeta. Pero existe una literatura boliviana, modesta, reducida, que manifiesta el vivir y el sentir de nuestro pueblo. Por poco que haya dado, es mucho lo que aún tiene por delante. ¿Cómo hablar de esta fuerza viva, palpitante, trasunto de un alma nacional, que si luce aminorada al ojo externo, la pupila interna capta acrecentada en el dolor y en la alegría del propio acontecer? Sólo hay un método posible: el método de la pasión que amaba el señor de Unamuno.
La posición revolucionaria frente a la esfinge clásica. No un medirse con el mundo, sino un concentrarse en “nuestro mundo”. La intensidad de lo emocional, antes que los deliquios de la forma. No la catalogación pesada, sapiente, mas el miraje intuitivo que recorta y elimina para dejar lo esencial. Algo de lo que hizo Heine en su “Literatura alemana”, aparentemente arbitraria, injusta, pero en el fondo las páginas más bellas compuestas sobre el milagro tudesco. Algo, también, que recuerde a Klabund, en su discutida “Historia de la literatura”, alejada por entero de los manuales clásicos. Una visión apasionada, personalísima, de épocas, obras y autores, donde todo aparece “templado al fuego”, con ardor y violencia juveniles. Más obra de luchador, de soñador, de poeta, en fin, que paciente armazón de crítico o investigador minucioso.
En vez de la fría escultura marmórea que esconde en la armonía de sus líneas la sorda tempestad que la conmueve, el friso romántico, vivo, redivivo, completo a trechos, a trechos mutilado, mas siempre fidedigno porque descubre la trama interna de su fuerza al tiempo que revela el juego apariencial de sus formas.
¿No dijo el Maestro que el hombre es el eterno combatiente?
Pues bien: mi punto de partida será el de un combatiente por la cultura boliviana. Vehemente, tenaz, irreductible. Cansado de los dos extremos en que oscila nuestra vida intelectual —la suficiencia criolla y el absoluto menosprecio de lo propio—, pretendo dar un panorama subjetivo de nuestras letras. Acepto y descuento críticas, elogios y denuestos. No escribo para halagar vanidades ni para incomodar a mediocres. Escribo por necesidad interior de estudiar y expresar el orbe nacional. Por amor a la verdad. Porque nuestras gentes enervadas en el ocio, la ignorancia y el politiquerismo, necesitan la educación restallante del pensamiento en función de jerarquía.
Este es mi punto de partida: la literatura boliviana a través de un temperamento. Mi meta: el corazón de los estudiantes, porque sólo ellos, que encarnan las más altas aspiraciones del ideal colectivo, que juegan muchas veces vida y destino en pos de libertad, que aman la aventura del pensamiento y el riesgo de la acción, sabrán comprender estas páginas brotadas del drama nacional, escritas con profundo amor, con dolor profundo, porque llevan el sello genial y virginal del pueblo que las vio nacer.
“Sólo es dado comprender la verdad por medio de los contrastes”, dice la sentencia china. Contemplad la literatura boliviana por el juego contrastante de sus grandezas y sus miserias.
Con pasión, sí, pero con pasión justa —aunque suene a paradoja—, porque la encendida admiración y el desagrado tajante dieron perfil a las más ricas expresiones del ingenio crítico. Ni amigos ni enemigos: solamente buenos libros y malos libros. Para calibrar el proceso de una cultura nacional, hay que medir sujetos y obras con vara de justicia.
He querido ser justo, he querido ser veraz. El tiempo y las generaciones darán su fallo.
FERNANDO DIEZ DE MEDINA

INTRODUCCIÓN
CAPITULO I
PARA UNA LITERATURA NACIONAL
Las dos tesis: negadores y afirmadores. — Cultura sudamericana en formación. — Cómo se ha de enfocar la literatura boliviana. — Eliminación en vez de acumulación. — Los cuatro planteamientos fundamentales: histórico, geográfico, estético, social. — Juicios de D’Orbigny y Vaca Guzmán. — Telurismo y folklorismo. — Un consejo de Van Wyck Brooks. — Existe una literatura boliviana.

¿Es lícito hablar de “literaturas nacionales” en Sudamérica? Según como se enfoque el problema. Para el investigador científico, probablemente no; para el poblador continental, seguramente sí. Pues en tanto aquél sólo vislumbra una confusa producción endeble, de carácter imitativo, a la cual califica genéricamente de “letras hispanoamericanas”, sujetas a servidumbre y minoridad intelectual; éste distingue las literaturas nacionales —una en cada país— claramente diferenciadas, todavía en embrión, en formación, libres de vasallaje a la cultura castellana.
Examinemos ambas tesis.
Primero los negadores. Alegan ellos que después de treinta años sigue en pie el severo enjuiciamiento de Riva Agüero sobre las letras sudamericanas, cuyas condiciones generales son la incipiencia y la imitación. Abundan la copia ingeniosa, el lirismo barato, la fraseología de mal gusto. ¿No ha dicho Quintiliano que todo el que quiera ser semejante a otro, necesariamente ha de ser inferior a lo que imita? Escasean las grandes obras —si las hay— con valor intrínseco ajeno al medio y a la época. Descontando excepciones rarísimas, el continente Sur sigue produciendo baja literatura, de reflejo, prestándose los temas y las formas expresivas. Casi siempre el esfuerzo apresurado delata pobreza imaginativa, orfandad de estilo; y el libro se resiente por falta de tensión espiritual. El escritor sudamericano, pobre en ideas y en cultura escaso, cubre su desnudez con la vegetación verbal: habla, pinta, gesticula, grita. No ha dicho nada. Cierto que “La vorágine”, “Don Segundo Sombra”, “Raza de bronce”, “Doña Bárbara”, llevan su mensaje propio, pero estas plantas exóticas ralean. Lo general es lo mediocre.
La división política en pequeñas repúblicas, la heterogeneidad de razas y de lenguas—pues además del español que hablan las minorías cultas y las poblaciones cosmopolitas, existen grandes núcleos humanos que sólo conocen sus idiomas nativos—, el analfabetismo, la ausencia de un gran ideal colectivo que conforme y dé sentido a las letras del continente, impiden que en rigor crítico se hable de “literaturas nacionales” al referirse a los países sudamericanos.
Una literatura es el producto de largas luchas donde se miden con desigual fortuna hombre, naturaleza e historia. Acierta el crítico que la nombra “flor de la historia de un pueblo, espuma de su dolor y su alegría”. Mas en estos pueblos-fetales de la América Sureña, ¿de qué cultura, de qué proceso intelectual hablar, si las naciones mismas no concluyeron de estructurarse en forma orgánica? Quien se ignora no puede juzgarse. Para un juicio severo, con sentido de las jerarquías mentales, no existe una “literatura peruana”, como no hay una “literatura colombiana”, ni es dable mencionar una “literatura argentina”, aunque existan aislados buenos libros compuestos por autores nacidos en Perú, Colombia y Argentina. Estos pueblos jóvenes, de trasplante y aluvión, viven todavía el tiempo épico de la pugna con el medio; les falta mucho para alcanzar una lírica genuinamente sudamericana. Y más aún, para el ajuste dramático del hombre con las cosas, cuando medido el mundo exterior, sondeado el orbe interno, el poblador encuentra su equilibrio en la justa expresión de su medio geográfico y social y el modo como reacciona frente a él.
Los dos mayores males de la producción literaria en la América Meridional: la falta de originalidad en el concebir, la ausencia de una técnica formal para expresar.
No se puede hablar seriamente de “literaturas nacionales” en el hemisferio Sur. Y justamente de esta negación brotará una profesión de fe; el sudamericano, para llegar a ser algo culturalmente, debe comenzar por reconocer que no es nada todavía.
Hasta aquí pesimistas y censores despiadados. Veamos, ahora, qué contestan los afirmadores.
La historia de la literatura es la historia del alma humana: cómo viven, cómo piensan, cómo se hacen conocer lo hombres. Donde hay un pueblo organizado, habrá un fenómeno literario que lo exprese. Tradición oral o letra impresa, todo cuanto constituye el lenguaje peculiar de una colectividad, su creación más genuina, su manera entrañable de moverse en las ideas, el modo bello de contar lo propio, ya es literatura. Todos los pueblos la tienen: grande o pequeña, ilustre o desvalida.
La emancipación política se inició en 1809; la económica recién ha comenzado; pero ya es tiempo de preparar la independencia intelectual del hemisferio Sur. Ni “letras hispanoamericanas” ni cultura “latinoamericana”; eso se fue con ios abuelos. No renegamos de la herencia hispana, tampoco de las savias latinas, mas queremos destino fidedigno. No se puede enjuiciar con pupila europea la realidad criolla, cuando hay un hecho indio y un fenómeno mestizo que se entrecruzan con la urdimbre occidental. El sudamericano despierta sociológica y culturalmente, forja su cultura y se alimenta de ella, está en proceso de crecimiento, ¿cómo podría dar frutos sazonados? Ciertamente, no hemos dado un Balzac, pero Balzac es el producto de dos mil años de civilización. Esta realidad histórica en que nos movemos requiere expresión típica, no foránea; por eso habrá que repetir: donde hay pueblo que vive y siente habrá literatura que lo resuma y manifieste.
Es innecesario detenerse en el detalle de obras y de autores. Basta la visión de conjunto —histórica, política, social— para comprender que cada una de las jóvenes naciones de la América Meridional alienta nuevas fuerzas psíquicas y morales, capaces de crear diversos tipos culturales. No rechazamos a Europa ni a España: las absorbemos, quisiéramos superarlas en un sentido espiritual. Creemos más en el hombre interior que brota de estas tierras vírgenes, menos en el mecanismo técnico y mental heredado de Occidente. Hablemos, pues, de una cultura sudamericana en formación y de las literaturas nacionales que la expresan.
Al saber práctico, analítico de Europa, responde la inteligencia intuitiva y ética del sudamericano. Si el europeo nos aparece demasiado perfecto, racional, Sudamérica da un tipo humano siempre algo desordenado, instintivo, que se contrapone a la rigidez de la razón organizada. Keyserling reconoció que la naturaleza sudamericana —suelo y poblador— mantiene en toda su energía la fuerza creadora del tiempo primitivo, un impulso de tensión constante, gran plasticidad, quietud y anhelo de crecer. En esta época de destrucción, porque el hombre maneja fuerzas demasiado grandes, el continente Sur representa un sentimiento libre y optimista de la vida. Y esto a pesar del drama social, que aún está por resolverse.
Acaso la raza cósmica de Vasconcelos sea un mito; utópico el ideal euríndico de Rojas; exageradas las afirmaciones de estudiosos que sostienen una edad de oro para las letras del hemisferio. Lo evidente es que las naciones sudamericanas van cobrando personería intelectual, por atisbos geniales y errores presurosos, en marcha rápida y mudable hacia fines espirituales. Si cultura es espíritu —como dice el filósofo— y espíritu algo vivo, fluyente, en constante proceso de fluctuación, crecimiento y desgarre, podemos afirmar que existe ya una surgente cultura meridional.
Nuestras literaturas nacionales son el múltiple espejo de esa cultura en formación.
Si existen libros y escritores que nos cuentan qué es un país, cómo son sus gentes, describiendo el orbe físico, mental y emotivo en que se mueven, existe ya un proceso literario. Y aunque en la escala de las grandes jerarquías estéticas no podamos subir muy alto, preferimos el duro aprendizaje de lo propio a los regalos de la imitación y del trasplante. América, la del Sur, no copia: crea formas nuevas, aunque pocas, o transforma por alquimia transcultural las heredadas. Podemos hablar, con perfectísimo derecho, de una “literatura boliviana”, de una “literatura chilena”, de una “literatura brasileña”, porque existen tres naciones distintas habitadas por tres pueblos diferentes, que no es lícito confinar en el rótulo de ramificaciones de las letras iberas o lusitanas. Tres naciones jóvenes, con modos peculiares de vida, que ofrecen sendas fisonomías literarias. Bolivia y Chile hablan la lengua española, pero cada núcleo nacional acusa diversas formas de cultura y se tipifica por sus peculiares modos de vida. ¿No ha dicho Taine que en el fondo la historia es un problema de psicología? Pues bien: esta nueva humanidad psicológica y social que irrumpió a partir de 1809, quiere ser oída y comprendida en la diversidad de sus manifestaciones regionales. Las literaturas sudamericanas son, pues, un hecho histórico y cultural indiscutible.
Cada pueblo tiene voz propia; hay que saber recoger el tono y los matices de esa voz. Produjimos algunas cosas buenas, podemos producir muchas más. La Mistral, ganando el premio Nobel, ¿no es una evidencia del poder creador y vencedor de las letras sudamericanas?
Hasta acá los afirmadores.

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