domingo, 17 de mayo de 2015

Así eligen y nombran a los profesores en Bolivia. Parte 2

A través del tiempo ha habido en Bolivia varias maneras de elegir y nombrar profesores para escuelas y colegios pero ninguna ha logrado ser eficaz ni ecuánime para estos profesionales y el sistema educacional.

Through the time there has been in Bolivia several ways of to choose and to nominate teachers for schools and high schools but none has been able to be effective neither even for these professionals and the educational system.

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A principios del siglo XX la educación boliviana comenzó a evolucionar tímidamente como tal. La creación de la Primera Escuela Normal de Maestros, en la ciudad de Sucre, marcó la era de la profesionalización docente; sin embargo, por varias décadas después la disponibilidad de maestros con formación sistemática para su misión era más la excepción que la regla, especialmente en las regiones rurales. Las sucesivas promociones de educadores encontraban colocación en las ciudades, y dentro de ellas, en los establecimientos de mejor predicamento social, mientras que en el resto del país apenas comenzaban a medrar escuelas, especialmente por obra de los propios pueblos y sus autoridades, y la misión de congregaciones religiosas como las famosas Escuelas de Cristo.

WARISATA, LA HETERODOXIA CONTESTATARIA.

Pero en este clima de fragilidad educacional, a principios de la década de 1930 se desarrolló en la localidad de Warisata, enclave andino de latifundios agrarios, una atrevida y revolucionaria experiencia a cargo de dos visionarios: líder indígena uno, Avelino Siñani, y maestro casi nada ortodoxo otro, Elizardo Pérez, quienes fundaron lo que puede llamarse la primera escuela auténticamente rural y nueva, experiencia plasmada luego en un libro tan interesante como poco leído –y mal interpretado hasta el presente por varios pretendidos pedagogos bolivianos–, “Warisata, la Escuela Ayllu”.

En cuanto a la designación de maestros para dicha escuela (Warisata), se ponía más atención a lo que el aspirante a educador podía aportar al proyecto, en consenso con la comunidad, más que a su preparación o erudición teórico-académica. Así, carpinteros, músicos, artesanos, escritores y también algunos educadores que se podrían llamar “poco convencionales” pero comprometidos con una transformación en el quehacer de aula y la comunidad fueron asimilados para protagonizar una experiencia que luego tuvo protección continental.

Pero aparte de ello, en el resto del país, la designación de maestros para las pocas escuelas fiscales, aun en las ciudades y virtualmente casi ninguna en el campo, se regia por el criterio de “los normalistas a las ciudades o ‘mejores’ escuelas y colegios; los interinos al resto”. Como la demanda educativa no era excesiva, ni las remuneraciones eran significativas, tampoco había presión de la oferta ocupacional. El maestro, normalista o no, no era el servidor público mejor pagado sino talvez lo contrario.

LA REFORMA DE 1956 Y LOS AÑOS POSTERIORES.

Desde 1952 Bolivia experimentó grandes cambios en la concepción del Estado, la gobernabilidad y la gestión pública, por influjo del denominado “nacionalismo revolucionario”, una peculiar mezcla de nacionalismo desarrollista, elementos del “socialismo militar” de Gualberto Virrarroel y Germán Busch, aderezado de populismo de corte peronista, que por el liderazgo de Víctor Paz Estenssoro y, tras telón, el influjo de varios teóricos como José Fellman Velarde (y su tesis de “país urbano” y “país rural” desarrollado en su obra “Historia de la Cultura Boliviana”), Fernando Diez de Medina (y su pensamiento Pachakutista), y otros, se forjó lo que entonces fue conocido como la primera gran reforma educativa, aunque tal no sea porque en realidad no había aun ningún sistema consolidado que reformar, proponiendo la “formación integral del hombre boliviano” pero formalizando en los hechos la separación de la educación urbana de la rural, que a la larga creó más problemas de los que pretendía solucionar.

En cuanto a elección y designación de maestros, dicha separación fue contraproducente, por los prejuicios negativos e injustificados de entonces hacia el campo, y que en los hechos ayudó más bien a marcar más esa separación campo-ciudad, bajo el prejuicio de: los maestros normalistas a la ciudad y los interinos al campo.

Esta brecha, talvez involuntaria (porque no siempre de debe pensar comenzando por lo malo) apenas fue paliada con la creación de varias escuelas normales para maestros rurales en varias regiones del país, algunas sobre las ruinas del experimento expandido de Warisata, como el caso de Llica, Corque, Canasmoro, Casarabe, la misma Warisata y su homóloga Santiago de Huata, y otras. Hoy es un enigma deducir lo que hubiera pasado si en lugar de dejar languidecer el proyecto de Warisata se lo hubiera fortalecido, aunque compatibilizándolo a las realidades regionales tanto urbanas como rurales, tal cual era en el fondo el pensar de Elizardo Pérez.

Cómo se nombraba docentes en las ciudades? El aspirante, normalista o bachiller en Humanidades, profesional liberal o técnico que se tenía por idóneo, presentaba su solicitud a la consideración del Jefe Departamental de Educación y los Inspectores (luego denominados Supervisores) quienes, analizando sus antecedentes y acreditación de aptitudes para la enseñanza (en que el Diploma de Egreso de una Normal era el “documento rey”) decidían su asimilación al servicio docente, con carácter ya inamovible si era normalista, o temporal, “interino”, si no lo era, algo que naturalmente implicaba clientelismo institucional, político o incluso personal, explícito o subrepticio.

Cómo se nombraba docentes para el campo? En forma similar a la anterior, pero ante y a cargo de las autoridades de la Jefatura de Educación Fundamental (que así se llamada entonces, porque se consideraba que los campesinos necesitaban desde los rudimentos más básicos de la cultura y el conocimiento, algo claramente discriminador), pero con la diferencia de que los “maestros normalistas rurales” se destinaban a unidades educativas de Núcleo (una mala imitación del sistema de núcleos educativo-regionales ideado por Elizardo Pérez) cercanos a las grandes ciudades, y los interinos a humildes e incipientes escuelas “seccionales” en poblados y aldeas dispersas, debiendo comenzar los “nuevos” por las zonas fronterizas, en calidad de bautismo o “derecho de piso”.

Esta dinámica persistió incluso hasta finales de los años 60, en que se plasmó una reforma parcial del sistema, que se relatará en una nueva parte o entrega de esta crónica…

Mientras sale la próxima parte de este artículo, no se olviden de compartir y comentar.

(Continuará)

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