sábado, 3 de agosto de 2013

Warisata la Escuela Ayllu - Parte 09

Texto original de la obra escrita por Elizardo Perez sobre su revolucionaria experiencia educacional para los pueblos originarios y que fue la primera en el continente americano.

Original text of the book written by Elizardo Pérez about their revolutionary educational experience for the native peoples and that it was the first one in the american continent.

Partes anteriores de este libro: 04 - 05 - 06 - 07 - 08.

2.- EL INDIO Y LA CULTURA VERNÁCULA.
En efecto, soy un convencido de las condiciones del indio para desempeñar funciones de gobierno y de administración. En el período anterior a Warisata, viví con él por espacio de ocho años consecutivos, en ocasión de haberme dedicado a actividades agropecuarias en haciendas del altiplano y los valles. Entonces pude apreciar todo el valor de sus virtudes individuales y sociales. Me di cuenta de que el país no ha hecho otra cosa que subestimarlo y envilecerlo por todos los medios, sin lograr, empero, destruir sus tradiciones y su cultura vernácula, enraizadas desde mucho antes de la fundación del Imperio Inkaico.
En las haciendas en cuestión, en las cuales fundé asimismo escuelas, gobernaban y administraban los indios. Ellos disponían el trabajo, determinando las fechas para efectuar las siembras, los barbechos o las cosechas; y siempre lo hacían con responsabilidad y exactitud, conocedores como son de las influencias del clima o de las estaciones sobre las sementeras; tenían a su cargo, aunque no sabían leer ni escribir, la comercialización y cuenta detallada de los productos; además, ejercían administración de justicia tomando conocimiento de cualquier problema interno y resolviéndolo, en la mayoría de los casos, con hondo sentido humano. Entre las autoridades indias el jilakata (voz proveniente de jila y jatha, palabras de visible origen clánico con que se señala a la autoridad patriarcal) era el de mayor jerarquía, seguido del alcalde y el comisario. Este trío se entendía con todo el movimiento de la hacienda, y por cierto que lo hacía a conciencia y con absoluta honradez.
Esta experiencia me permitió comprender fácilmente el problema del autogobierno de Warisata, el cual, desde el comienzo, dio buenos resultados, y aún diré que resultados maravillosos, como que en sus reuniones deliberaba acerca de graves problemas que atañían no solamente a la comunidad, sino a la nación toda. En el Consejo de Amautas se invertían los papeles, pues éramos nosotros, los maestros, quienes aprendíamos. Nunca olvidaré las palabras severas y exactas que con pausado fluir pronunciaban Avelino Siñani, Mariano Huanca, Rufino Sosa, Apolinar Rojas, Belisario Cosme y tantos otros. En su densa expresión denotaban cabal conocimiento de su mundo y de su destino, pero además no se reducían a su problema, sino que lo ubicaban como uno de los problemas de la nacionalidad, de la cual empezaban a hablar con genuino interés.
La oscuridad y estrechez en las que hasta entonces habían vivido, se convertían en anchos y claros horizontes donde el nombre de su tierra, Bolivia, empezaba a cobrar sentido y realidad. La revista “Semana Gráfica”, dirigida por ese magnífico periodista que fue Francisco Villarejos, publicó en su edición del 6 de agosto de 1933 una crónica en la que transcribía el siguiente párrafo, tomado del discurso de salutación de un viejo amauta:

“Miles de indios estamos diseminados en la pampa, huérfanos de luz. Que no nos olviden los gobiernos y la Patria Bolivia será grande, porque así como hemos mandado a nuestros hijos al Chaco, la haremos respetar siempre en todos los confines”.

No ha de verse en estas emociones la intromisión desfigurada del chauvinismo, sino el hecho de que el indio se integraba a la nacionalidad por un proceso natural, revitalizando. Lo que antes habían sido las naciones kolla e inkaica, que dormían en sus viejas tradiciones sin que ninguna violencia hubiera podido destruir sus raíces.
El indio sabía que era el motor de la vida nacional. Sabía esta verdad incontrastable y fecunda, y desde entonces toda su actividad cobraba un sentido distinto: el trabajo, que antes había sido señal de su esclavitud, lo era ahora de su liberación, y en donde quiera que estuvieran, estaban poseídos de una fe que nada podía abatir. Sabían que, sin ellos, nada hubiera sido posible en Bolivia: ellos habían extraído de la tierra los minerales que daban riqueza al país y los frutos de que se sustentaban las ciudades; ellos habían abierto caminos, tendido líneas ferroviarias, construido ciudades; ellos, en fin, habían defendido al país en la guerra. Ese sentimiento de la propia importancia les confería seguridad y altura de miras, y desde entonces nunca más se sintieron humillados por las persecuciones, que soportaban porque tenían una tranquila confianza en nuevos amaneceres donde no hubiera opresión ni injusticia.

Así fuimos forjando el sentido de nuestros criterios históricos y filosóficos, de nuestros planes de organización y de trabajo, de nuestro gobierno y administración. Nada les era ajeno a los indios, puesto que todo era tomado de la vida misma de ellos; de ahí su espléndida floración, su plena vitalidad que a tantas gentes asombró cuando fueron a visitarnos a Warisata. Nada les era extraño o complejo: no era sino el desarrollo de su misma actividad, proyectada al plano de estos nuevos e imprevistos quehaceres; y toda esa experiencia que día a día acumulábamos, es la que se trasuntó en el estatuto de educación indigenal que fue algo así como nuestra “carta magna”, bajo cuyas normas Warisata pudo extender su actividad a todos los confines patrios.
Nada más sencillo, en realidad: dejábamos al indio que desarrollara sus propias iniciativas y deliberara, en lo menudo como en lo grande, en lo fácil como en lo difícil. Era de ver su aptitud responsable en el cuidado de los materiales de construcción, en el despacho de los pedidos formulados por los maestros de taller y la albañilería, en el señalamiento de cuotas de adobes, ladrillos, paja, estuco, combustibles; en el control y recepción de materiales aportados por los cooperativistas, que solían rechazar algunas veces por no estimar buena su calidad; en el establecimiento de roles de trabajo, etc., etc. Compréndase el sentido que tenía todo esto para aquellas gentes poco ha dobladas ante el infortunio y la opresión inacabables...

3.- LA POLÍTICA TRADICIONAL Y EL INDIO.
Mencionaré un aspecto de la profunda confianza que habían adquirido los indios de Warisata para con las enseñanzas que les suministrábamos.
Antes de la creación de la escuela, los campesinos eran muy requeridos por los políticos criollos a fin de obtener su apoyo electoral, muchas veces decisivo. Claro que después de conseguido esto, nadie más se acordaba de los “ciudadanos” del campo que habían contribuido al triunfo.
Al año, si no me equivoco, de nuestra aparición, fui visitado por los dos candidatos contendientes en las elecciones para diputados; cada uno de ellos trató de conquistar mi apoyo, vista como estaba la magnitud de mi influencia en la zona. No quiero referirme a la serie de maravillas que se me ofrecieron... ¿Quiénes eran aquellos señores? No importa quienes fueran: ellos representaban todo un proceso histórico que la escuela trataba de liquidar para siempre. ¿Iba a comprometerme con alguno, en mérito a las promesas que se me hacían? Nada de eso: rechacé de plano el papel de agente electoral con que se pretendía seducirme, y así lo hice saber a los campesinos. Estos aprobaron mi actitud y comprendieron perfectamente el engaño en que caían al prestarse al poco limpio juego “democrático” con que cada cierto tiempo se les daba facultad para elegir a sus verdugos. Así quedó establecido que los indios no irían a depositar su voto mientras éste no fuera absolutamente libre y mientras no fuera en favor del propio indio, convertido en representante, o de alguien plenamente identificado con su causa.

Esto nos llevó a la necesidad de familiarizar al indio con prácticas democráticas, acordando por unanimidad que las autoridades indígenas en la escuela, o consejeros, serían elegidos por votación directa de los miembros de la comunidad. Tampoco esto era extraño a ellos, ya que el indio tiene vieja tradición democrática y conoce el ejercicio de la política. No otro sentido tienen los ulakas precoloniales y los cabildos de la Colonia que con el mismo nombre han llegado hasta hoy. El indio no es simplemente un ejecutor de órdenes, sino que posee un profundo sentido analítico y de observación, al servicio de grandes aptitudes volitivas. Nuestras reuniones vespertinas, etapa embrionaria de los grandes consejos de administración y de los Parlamentos Amautas, tenía un contenido político; en ellas se discutían nuestros puntos de vista en lo educacional, agrario, gubernamental, económico, etc., dándose aprobación, por mayoría de votos, a las diferentes iniciativas presentadas, las cuales pasaban a constituirse en leyes de la escuela. Así la colectividad quedó definitivamente incorporada a la vida escolar.

4.- FUNCIONES ESCOLARES.
Hemos olvidado un tanto a los llokallas (niños) que en bullicioso conjunto se ubicaban en la capilla, junto al cementerio. Al lado, en una choza pircada de piedra, de no más de cuatro metros cuadrados, funcionaba el taller de mecánica y cerrajería. Y en ambos locales el maestro mecánico alternaba el golpe del martillo con el uso del silabario.
No vamos a criticar las poco apropiadas condiciones del local que nos servía de escuela, de apenas 4 x 9 metros de superficie, sin suficiente luz ni ventilación y con el piso al natural. En él improvisábamos bancos y asientos de adobe donde los niños copiaban las frases o palabras normales que les ponía de muestra por la mañana. El mecánico cuidaba del orden haciendo escapatorias del taller. Menos mal que quedaba poco del año escolar y ya vendrían las grandes vacaciones para que se acabara esa tortura para los muchachitos.

No fui a Warisata para machacar el alfabeto ni para tener encerrados a los alumnos en un recinto frente al silabario. Fui para instalarles la escuela activa, plena de luz, de sol, de oxígeno y de viento, alternando las ocupaciones propias del aula, con los talleres, campos de cultivo y construcciones.

Pero la comunidad indígena no discurría aún en esa forma: el indio estaba con la mentalidad de Saracho y del “normalismo”, y creía que la escuela consistía en el alfabeto únicamente. Se oponían a que los niños dejaran sus ocupaciones escolares para colaborar en la obra constructiva. “Para eso estamos nosotros” decían los indios, dispuestos a realizar cualquier trabajo con tal que a los niños no se les distrajese en tareas que, según ellos, eran pérdida de tiempo.
Lentamente vencimos esas resistencias, mediante la persuasión y los ejemplos que nos ofrecía la vida. En nuestras reuniones vespertinas discutíamos extensamente y por mucho tiempo esta cuestión. Había que hacerles entender que el alfabeto únicamente, no solucionaba nada en absoluto. Aunque desfigurando un poco la realidad, les ponía el caso de Avelino Siñani, que sabiendo leer y escribir, tenía una situación económica y social exactamente igual a la de Juan Quispe, que no lo sabía, y que en el pueblo o en cualquier otro centro urbano, eran objeto de igual tratamiento. Los mismos abusos se cometían con ambos sin que la letra los diferenciara gran cosa.

Esta escuela —les decía— tiene que equiparlos de todos los conocimientos para levantarlos en su condición por medio del trabajo y del esfuerzo que producen bienestar y riqueza y elevan la dignidad del individuo. Quiero que ustedes, sus hijos y sus nietos y todas las generaciones por venir, mejoren sus condiciones de vida habitando en casas cómodas y limpias, durmiendo en catre y cama confortable, vistiendo buena ropa, comiendo mejor y más abundantemente. Todo esto se obtendría trabajando en el campo para extraer los mejores resultados de los recursos que brindaba, con el empleo de técnicas y herramientas modernas, complementándose el arte de edificar con el de la industrialización de la riqueza regional, etc. En nuestras aulas, que construiríamos con gran amplitud, llenas de luz, con hermosos ventanales, superiores a los que había en Achacachi y aún en la ciudad de La Paz, los niños y los jóvenes abrirían su espíritu dando vuelo al pensamiento, superando al mero alfabeto y conociendo disciplinas superiores.

Eso no era todo: orientaríamos nuestra actividad educadora para que fuesen los mismos indios los conductores de este movimiento profundamente social, y para ellos, en su momento se abriría la sección normal. De ella saldrían los maestros indios, fuesen o no hijos de Warisata, para educar a este pueblo; pero también se abrirían para ellos las universidades, a fin de que los que por su capacidad lo merecieran, pudieran dedicarse a estudios superiores, como lo permitía su condición humana.

A la realización de este programa —les decía— había que anteponer los hechos, traducidos en trabajo y en esfuerzo desde la edad más tierna del hombre, para adquirir hábitos y disciplina. Si no se actuaba en este plano, nuestros esfuerzos serían vanos, porque, ¿con qué elementos especializados realizaríamos esta obra de progreso? ¿Importándolos? No. Tenían que ser los hijos de la comunidad quienes tomaran a su cargo la tarea de ejecutarla. De este modo conquistaríamos el porvenir.

Yo no quiero —decía— preparar doctores y curas tan explotadores los unos como los otros. Nuestra misión era formar hombres aptos, hombres íntegros y capaces, para sacar de la postración a este pueblo. Eso es lo que queremos, y lo que, en realidad, ustedes aspiran.

El ambiente que me rodeaba, la miseria del indio, las injusticias de que era víctima; y además su favorable reacción al progreso, su sentido de responsabilidad y sus cualidades en lo organizativo, su espíritu luchador y amante de la libertad; y por último, su amor por las instituciones, o mejor dicho, por lo institucional y por lo patrio, constituían para mí un mundo de revelaciones. Me daba cuenta de todo esto, y comprendía cómo los intelectuales lo habían calumniado, aún aquellos que se titulaban indigenistas. ¡Hasta los poetas! Porque la verdad es que al indio solía alabárselo, siempre con repugnante sensiblería, no en su eclosión libertaria, no en sus titánicas gestas, sino en su condición de sometido, de paria y de vencido.
El análisis de tales realidades me llevaba a reflexionar acerca de la unidad étnica, geográfica y política que era Bolivia, país de trabajadores, de sufridas gentes fortalecidas en la lucha constante por la vida; bajo el amparo de sus leyes, sin embargo, el pigmento blanco se imponía por, imperio natural, por rémora colonialista, sobre el pigmento cobrizo, manteniendo un predominio despótico y envilecedor. Nuestra sensibilidad social repugnaba tal estado de cosas anti-histórico, y por eso empezábamos a creer que la educación del indio debía ser el comienzo de una unidad pedagógica nacional, basada en sus raíces agrarias, para crear una misma filosofía y una misma técnica educacional para el boliviano de los campos como para el de las ciudades.

Teníamos que crear la escuela boliviana con elementos propios de nuestro cosmos; teníamos que crear al maestro boliviano con elementos propios de nuestra necesidad, y todo esto nos imponía una obligación altamente patriótica: la de conservar entre los sistemas ancestrales de organización social aquellos que, modernizados, pudieran dar carácter a nuestra condición de pueblo y ponernos en estado de recibir las más nuevas corrientes del progreso humano.
Por ello anunciábamos ya a los indios un plan de acción futura, que estábamos extrayendo de los factores del ambiente, y por eso insistíamos tenazmente en la necesidad de educar al niño en la escuela del trabajo y del esfuerzo, en contacto íntimo con la naturaleza.
Los indios me escuchaban con atención e interés. Comenzaron a modificar su criterio sobre la concepción que tenían de la escuela, y lentamente empezaron a percibir la importancia del trabajo consagrado como práctica educacional; al cabo, se identificaron de tal modo con estas ideas, que ya no concebían escuela de otro género, y en más de una ocasión se permitieron criticar a maestros que “sólo enseñaban a leer y escribir’.

5.- EL CARNAVAL EN WARISATA.
Al llegar a Warisata no quisimos destruir nada, porque no era esa nuestra misión. Al contrario. Respetamos todo cuanto habíamos encontrado: religión, arte, política, costumbres, instituciones seculares, etc.; pero comenzamos a estudiar el medio, indagamos sobre los vicios de la colectividad tanto como sobre sus virtudes. No podíamos dejar de interesarnos en sus fiestas, en su sentido vernáculo, mitológico o simplemente hedonista. Contrariamente a otros medios indígenas, que prolongan sus fiestas y las realizan con muchísimo sentimiento estético, el de Warisata se distinguía por su seriedad y moderación, poco dado al matiz epicúreo de las cosas.

Estupenda experiencia la del Carnaval indígena, de tradición tal vez milenaria, puesto que corresponde a ritos de carácter agrícola; sobre esta celebración, en la cual el hombre americano rendía culto a sus grandes dioses, vinieron más tarde a alzarse las viciosas prácticas, no tanto de la Colonia como de la República, amenazando deformar y degradar su hondo sentido terrígena. Como no habíamos venido a destruir nada, repito, sino a crear la escuela, nosotros auspiciamos el Carnaval, hecho que a nadie extrañó porque todas las actividades empezaban a centralizarse en la Taika, la “madre” común que ya era la escuela. Y por eso su ámbito se llenó con inesperada afluencia de cientos y miles de campesinos, de sus “tropas” de bailarines y conjuntos musicales de la más diversa especie, en celebración multitudinaria de incomparable vistosidad y armonía.

No quedamos como espectadores: nosotros también bailamos, como todos, y todos los días.

El miércoles de ceniza rendimos el culto debido a la Pachamama, cuyos fecundos senos prometían abundante cosecha en retribución al tributo que le habíamos ofrecido al sembrar papa, oca, quinua, habas, etc. Se verificó la challa (ofrenda) de acuerdo al ritual tradicional, rociando vino dulce en los sitios de más exuberante producción, expresión de gratitud a la madre tierra. ¡Solemne momento, de súbito y espontáneo silencio, mientras todos permanecíamos de rodillas! El más representativo de la comunidad dirigía el acto. En esta ocasión le correspondió a Mariano Ramos, venerable jilakata que había sido uno de los que más ayudó en los primeros días de la escuela.
Concluida la ceremonia, los tambores, las tarkas, kenas y pinkillos, las cajas y zampoñas lanzaron nuevamente al aire sus notas, alegres unas, como en las palla pallas, karwanis o aukiaukis; de impresionante ritmo como en los sicuris, chunchus, inkas y chirihuanos; de provocativo movimiento como en los huacathokhoris o kullawas, o evocativas como en los mucululus y laquitas; reiniciándose con renovada alegría los bailes en grupos incontables.

Días de extraordinario bullicio, pero que a los fines de documentación de este libro, no interesarían realmente si no fuera porque, en su transcurso, no se vertió una sola gota de alcohol y nadie se embriagó. El “ego” indígena que busca saciar su insatisfacción social en la borrachera, mejor cuanto más brutal, ahora sublimaba sus finalidades en la imagen ya visible de la escuela, realidad que venía a ser una especie de catarsis con la que purificaba su espíritu. Después de los bailes, al atardecer, los alegres grupos se iban perdiendo en la pampa, y de lejos todavía las tarkas y los pinkillos nos traían al recinto un poco conventual de Warisata la emoción pastoril del ayllu.

¡Maravillosa experiencia! Porque Warisata fue eso: el espíritu bucólico del medio indígena, en el cual se revela lo grávido de su existencia.

En ese ambiente pretendimos suscitar al indio moderno, beligerante, constructivo; al hombre capaz de captar los deberes de su tiempo y elevarse al nivel humano de que lo privaba la cultura mestiza. Quien se detenga a observar la estructura de Warisata, encontrará que fue íntegramente indígena: su régimen de gobierno, sus métodos de enseñanza, sus instituciones, todo en fin, fue extraído de la experiencia del ayllu, del tesoro de la sabiduría telúrica, en la acepción que a esta palabra le da Keyserling.

6.- LOS ASPECTOS RELIGIOSOS.
Delicada cuestión, la religiosa, por los celos que despierta sobre todo tratándose de la educación. En Warisata encontramos dos bandos contendores, verdaderamente irreconciliables: católicos y evangelistas, en cuyos frecuentes choques, convertidos a veces en batallas campales, solían producirse muchas víctimas. La única actitud a tomar era la prescindencia absoluta, solicitando tan sólo respeto y tolerancia para con las ideas y credos ajenos. Desde luego, implantamos la enseñanza laica, que nos aseguraba independencia y autoridad y si se daba el caso de que un campesino católico criticara a uno evangelista, hacíamos ver que aquél creía estar en la verdad, exactamente igual que éste, lo que obligaba al mutuo respeto.
Precisamente el Carnaval era la fiesta en que la violenta pugna se manifestaba con más fuerza: eran dos bandos que realizaban igual celebración, y no siempre la cosa terminaba pacíficamente. Pero con el carnaval de Warisata, es decir, con el que nosotros auspiciamos, lo que sucedió año tras año, la comunidad olvidó sus resquemores y se unió poniendo en lugar secundario la cuestión de sus diferencias religiosas. La fuerza espiritual de la escuela se imponía con sorprendente facilidad y con la misma espontánea naturalidad de siempre.

No es mi intención polemizar respecto a la religión o a sus efectos; pero anoto un hecho: antes de Warisata el indio construía iglesias y capillas; después de Warisata edificaba escuelas... Y es que la iglesia representaba al pasado, la escuela al porvenir. Si vamos a hablar con sinceridad, la elección no era dudosa, y si un caso particular puede señalar con precisión la naturaleza del cuadro, relataré lo que nos sucedió en Warisata a propósito de esto:

Como tengo dicho, yo vivía en una chujlla al lado de la capilla. Se celebraba cierta vez una misa para el santo del lugar, por cuenta de un alférez (que es el que costea los gastos de una fiesta religiosa). Antes de realizarse la ceremonia, se me presentó el susodicho, pidiéndome interceder ante el cura para que le hiciera una rebaja de cinco pesos de los cincuenta y cinco que le había cobrado por la misa, derechos de cantor, ayudante, etc. El cura negó el descuento manifestándome: “Estos indios mañudos tienen dinero y no puedo rebajar un centavo”. La indiada se dio cuenta de esta actitud y la capilla cerró sus puertas a los sacerdotes hasta 1940, año en que dejé de intervenir en Educación Indigenal. En muchos lugares sucedió lo propio. La prosperidad de la escuela determinaba la decadencia de la capilla. No sé qué razones impondrían tan análogo acontecer, pero, como dije, tal vez la anécdota relatada pueda servir para establecer las motivaciones de este fenómeno.
En cuanto a la iglesia evangélica, que tenía nutrida concurrencia de fieles, fue mermando lentamente hasta quedar vacía. ¿Las razones? Las ignoro. Pero estoy seguro que la escuela, con sus vastísimas proyecciones, llenaba ahora el horizonte espiritual del indio con fuerza incontrastable y profunda, dejando en plano inferior a todas las demás preocupaciones, entre ellas, la religiosa.

(Después de la expulsión de Elizardo Pérez y sus colaboradores, las preocupaciones religiosas que menciona el maestro, volvieron a tomar incremento, sobre todo en los últimos años. Lo que probaría que la Escuela ha perdido, para el indio, su antiguo atractivo) (N. del E.).

Continuará...

Fuente: Elizardo Pérez, "Warisata - La Escuela Ayllu", Editorial Burillo, La Paz - Bolivia, 1962.

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Warisata la Escuela Ayllu - Parte 08

Texto original de la obra escrita por Elizardo Perez sobre su revolucionaria experiencia educacional para los pueblos originarios y que fue la primera en el continente americano.

Original text of the book written by Elizardo Pérez about their revolutionary educational experience for the native peoples and that it was the first one in the american continent.

Partes anteriores de este libro: 03 - 04 - 05 - 06 - 07.

4.- ESFUERZO Y TRABAJO, FUNDAMENTOS DE NUESTRA PEDAGOGÍA.
Nuestro horario de trabajo no era ciertamente como para dedicarse al ocio: todo lo contrario. Desde las cinco de la mañana empezábamos a acumular arena para las labores del día, transportándola desde kilómetro y medio en las dos carretillas, una a cargo de Miranda y del Director y la otra llevada por de la Riva y un llokalla apodado el Kkelluwawa (el niño amarillo) que se empeñaba en asistir a esa hora para ayudarnos. El más fuerte sostenía y empujaba la carretilla cargada hasta más no poder, y el otro hacía tracción mediante un lazo. El albañil estaba exceptuado de este sobretiempo. Desde las ocho hasta que oscurecía, todos permanecíamos en nuestros respectivos puntos de trabajo, convertido el Director en ayudante del albañil Velasco.

Bien sé que tal relato hará sonreír a más de uno. ¡Pero compréndase la tremenda indigencia con que estábamos empezando la obra! No había más remedio que trabajar así.

Los indios que al principio me miraban con recelo, empezaron a cobrar confianza poco a poco. Cuando vieron que el profesor convivía con ellos, que se alimentaba de sus propios alimentos, que comía en una chúa (plato de barro), que dormía en un poyo cubierto con un jergón indígena, que, en suma, era uno de ellos, fueron cediendo con esa cautela que les es propia ante el temor de ser nuevamente engañados. Primero asomó uno, luego diez, y finalmente cien, doscientos y trescientos. Siñani había realizado la más eficaz propaganda, de casa en casa, para avisar a los indios que “el profesor no era como los otros” y que había razones para confiar en él, porque trabajaba como un indio, prenda de su honrado propósito. De esa manera, los cimientos avanzaron rápidamente. Como siempre, Siñani era el primero en acudir, a las cinco de la mañana, para extraer bloques de piedra y trasladarlos con sus dos burritos; triunfaba así la constancia o terquedad del Director, cuyo esfuerzo tesonero no parecía en vano.

Los primeros materiales para mover los talleres de carpintería y cerrajería fueron adquiridos con nuestro propio peculio; pero luego se nos presentaron los problemas: necesitábamos cemento para los cimientos, madera para los dinteles, tirantes, techumbres, puertas, ventanas, pupitres y mesas; fierro para fabricar catres, sillas y otros enseres y útiles. Para tales finalidades se habían instalado los talleres. Sin embargo, el Gobierno no había dado un centavo para esos gastos. ¿Qué hacer, en tales circunstancias?
Dejé organizado el trabajo a cargo de Siñani y Mariano Ramos, y de los jefes de taller, trasladándome a La Paz para ver cómo me las arreglaba. Me había hecho el propósito de no volver a Warisata si no era con un cargamento de los materiales de construcción requeridos y las herramientas necesarias para dotar a los dos talleres siquiera fuese en forma modesta.
Con este objetivo me dirigí a todas las barracas y ferreterías de la ciudad, para que atendieran el pedido que formulaba, a cargo del Ministerio de Instrucción. Mis gestiones no tuvieron resultado alguno. Nadie otorgaba crédito y todas las puertas se me cerraban. Ni siquiera pude obtener la ayuda de las reparticiones del Estado y de hombres de negocios a quienes me dirigí.

Cuando ya desesperaba del éxito, fui a dar por casualidad a un gran depósito donde había todos los materiales y herramientas que con tanta urgencia necesitaba. Pertenecían a una empresa minera de Corocoro, que los había puesto en venta a precios sumamente bajos. Fui atendido por un ciudadano español, al que le brillaron los ojos sin poder disimular su satisfacción al examinar mi pedido... aceptando hacer la entrega inmediata de todo. Pero aquí se presentó otra gravísima dificultad: no tenía ningún vehículo para trasladar el cargamento, el cual debía ser retirado en el acto, so pena de que el vendedor se diera cuenta de que, además de la tradicional insolvencia estatal, en este caso la adquisición no tenía respaldo alguno ya que la escuela de Warisata ni siquiera figuraba en el presupuesto.
Acudí a la Intendencia de Guerra, al Ministerio de Guerra, al de Gobierno, a la Prefectura y otras entidades; ninguna pudo atender mi solicitud y, sin duda, ni se dieron cuenta de mi angustiosa situación. Pero me salvó un hermano mío, Arturo Pérez, años más tarde duramente atacado y difamado por la Sociedad Rural Boliviana; fue él quien me proporcionó, por cierto gratuitamente, dos camiones con los que pude recoger todo el material. Teníamos diez toneladas de cemento, grandes cantidades de madera, fierro, alambre tejido, carretillas, picos, palas, dos o tres yunques, carbón de piedra, etc. ¡Por suerte, no había sido parco al formular el pedido! Y con semejante tesoro me fui a Warisata.

La llegada de tanto material de construcción fue un acontecimiento extraordinario en la comunidad y contribuyó a levantar definitivamente el espíritu de los indios y a ganar su confianza de una vez por todas. Hasta los indecisos se plegaron entusiastamente a nuestra causa.

Tal cosa sucedía el 20 de septiembre de 1931. En cincuenta días habíamos ganado dos grandes batallas en la guerra implacable que iniciábamos contra la ignorancia y el feudo. La primera fue lograda, más que por la persuasión, por la fe y la perseverancia, por el ejemplo personal, por el trabajo rudo, por el esfuerzo cotidiano, por el amor a una causa. Así ganamos el espíritu del indio y lo incorporamos a la tarea de su propia redención.

5.- AL MARGEN DE LA LEGALIDAD.
La segunda batalla de afirmación, que consagraría nuestros esfuerzos consolidando la primera conquista, la ganamos por medios que he de confesar no fueron del todo escrupulosos. Pero nunca como ahora, el fin justificaba los medios: se trataba, nada menos, que de levantar a un pueblo de su postración para conducirlo a la libertad y al progreso.

Han pasado treinta años y ya podemos declarar que nuestra acción constructiva, comenzó al margen de la legalidad. No podía ser de otro modo. Si hubiéramos esperado que nos cedieran legalmente las tierras que necesitaba la escuela, o que los materiales nos fueran entregados por las consabidas vías burocráticas, estoy cierto de que no hubiera existido Warisata ni los demás núcleos de educación indigenal, no sólo en Bolivia, sino también en el Perú, Ecuador y Guatemala, a donde irradió nuestra actividad, ni se hubiera forjado esa tremenda corriente de opinión en torno al problema del indio en todo el ámbito nacional y americano.
Pero así comenzamos, y de esa manera se inició la controversia doctrinal respecto al indígena americano, llevando la discusión a un plano de primera categoría y obligando a la realización periódica de congresos indigenistas mediante los cuales se trata de realizar una política uniforme para la incorporación del indio a las nacionalidades del continente. Por otra parte, si digo “al margen de la legalidad’ es porque Warisata, desde un comienzo, se situó en contra del orden de cosas existente, o más bien, porque todos los organismos representativos de la feudalidad vieron en ella un peligro para la subsistencia de sus privilegios.

Al comenzar nuestros trabajos no disponíamos de un palmo de tierra ni del sitio estrictamente necesario para construir el edificio. Cavamos los cimientos en una propiedad particular dispuestos a arrostrar todas las consecuencias, y en los días en que no teníamos ningún respaldo, ni siquiera el de las indiadas circundantes, pues, como hemos visto, los campesinos se nos mostraban en esos momentos tan huraños como con las autoridades de Achacachi. Nos ubicamos sin más ni más, de pura prepotencia, en el lugar de la obra, y del mismo modo tomamos el terreno necesario, abrimos los cimientos, derribamos muros y principiamos a construir haciendo uso de los materiales del lugar.
Una propietaria de Achacachi me escribía al respecto una carta que no me resisto a transcribir. Dice así:

“Achacachi, agosto 26 de 1931. Señor: He tenido noticia de una manera casual que Ud. está haciendo trabajos en mi canchón, pues es muy extraño que una persona sensata como le creía cometa tal abuso mucho más que el señor Subprefecto lo notificó a Ud. no tocar mis terrenos, por consiguiente no extrañará que lo acuse a Ud. ante los superiores así como ante los tribunales ordinarios, porque Ud. no tiene derecho de cometer tales abusos, y queriendo sublevar a mis indios se va a apoderar de lo ajeno, debe saber que poseo cualquier pedazo con perfecto derecho, no como han engañado a mis colonos a desconocerme, sabe Ud. que la justicia tarda pero llega contra los abusivos, sabrá cómo responder por los perjuicios que me ocasiona, y si no suspende los trabajos en mis terrenos tomaré cuanta medida pueda contra Ud., no por ganar sueldo ha de quitar el trabajo de una mujer, mi propiedad cuesta 30.000 bolivianos y sabré cómo responder. Su atta. Primitiva v. de Riveros”.

En el momento de recibir la anterior comunicación ignoraba a quien pertenecía el terreno reclamado. Ubiqué ahí la escuela y se puso la piedra fundamental por lo estratégico del lugar: sobre el camino a Sorata, resguardado por la montaña, con buenas tierras de regadío y agua potable de las vertientes, en el corazón de la comunidad, etc. El lugar era magnífico y resolví quedarme, sobre todo para mantener la moral del indio, pues mi traslado a otro sitio, de acuerdo al deseo expresado más tarde por la propietaria, hubiera causado suspicacias y recelos que hubieran dado al traste con los esfuerzos realizados. Preferí atenerme a las consecuencias y no cedí. Más tarde se descubrió que esa señora no tenía título alguno de propiedad sobre el lugar: era simplemente usufructuaria de tierras despojadas a los indios.

Las amenazas se cumplieron prontamente. La primera denuncia fue dirigida al Ministro de Educación y luego al propio Presidente de la República, el Dr. Salamanca, quien la ignoró lisa y llanamente.

Después, las denuncias llovieron a la Prefectura, a las autoridades de Achacachi, etc., concluyendo por iniciarse en contra mía varios juicios criminales. Habiéndome aconsejado un abogado mío que no me dejara notificar, yo vivía prácticamente a salto de mata. Para viajar a La Paz me veía obligado a no pisar Achacachi –punto obligado de tránsito– y dando un rodeo a pie esperaba el camión al otro lado del pueblo, y lo mismo cuando volvía. Así podía eludir a la justicia que me tenía en acecho. Cuando me encontraba en la escuela, vigías indios atalayaban los caminos para que escurriese el bulto si algún diligenciero me buscara. De ese modo me salvé muchas veces de ser notificado.

Mi táctica defensiva consistía en acelerar la obra. Una vez levantada, les decía a los indios, ya nadie podría destruirla. “Apresurémonos lo más que se pueda para realizar este esfuerzo que tendrá la virtud de ponernos a salvo de una acción que pudiera detener la ejecución de nuestros ideales”.

Los indios se dieron perfecta cuenta de la situación y redoblaron sus energías en el trabajo. Había que levantar aquella estructura cuanto antes. Ella sería nuestro amparo contra la adversidad. Estaba destinada a ser el faro que iluminaría los entendimientos y el hogar que acogiera a los indios oprimidos por la esclavitud y la servidumbre. Ese era el tono que se hablaba a los indios, aunque estas frases dichas en aymara adquieren robustas tonalidades sobre todo cuando son los propios indios quienes las pronuncian. Pero a su conjuro, el trabajo avanzaba prodigiosamente.
Era una colmena humana donde no menos de cuatrocientas personas entre hombres, mujeres y niños desplegaban actividad nunca vista. Los indios asistían al trabajo portando sus propias herramientas y animales para el transporte de piedra, arena, cascajo y otros materiales. Infinidad de grupos familiares integrados por padres, hijos, parientes y allegados apisonaban el barro para los adobes; otros se dedicaban a cavar cimientos, otros ayudaban a los albañiles. Nunca en Bolivia ha debido producirse un caso igual en que el indio asistiera al trabajo con tanto entusiasmo como interés. Parece que la persecución de que era objeto el Director, identificado con su causa, sirvió para que la colectividad pusiera el mayor ímpetu en la construcción.

Todos reclamaban para sí el honor de que sus nombres figuraran en el libro de contribuyentes de la obra. Ellos hubiesen considerado una ignominia estar ausentes de sus páginas...

Indudablemente, y como más tarde se hizo evidente, el indio de Warisata aceptó colaborar con tantas energías porque vio en la obra del Director un verdadero instrumento de liberación en el que era relativamente secundaria la cuestión de la letra. Más allá de la simple alfabetización, el indio warisateño acabó por ver en la escuela que se levantaba, el símbolo redentor por excelencia, y de ahí el nombre de Taika (madre) con que solían designarla.

Habíamos ganado totalmente al indio.

El tata, o sea, el Director, era para estas gentes buenas y sencillas algo así como un ser sobrehumano. Su palabra era escuchada con cariño y profundo respeto. “El tata ha dicho que se haga, y bien, hay que hacerlo”, decían. Estaban convencidos de que jamás los engañaría (creo que no defraudé la fe que pusieron en mí, como ellos no defraudaron la mía). Estaban seguros de que era posible cualquier cosa que él afirmase, y que además procedía con justicia. Se había calado muy hondo en el espíritu indio. Todo lo que quedare por hacer ya era incuestionablemente más fácil.

No obstante, el Director vivía torturado por la angustia que le ocasionaban los cotidianos abusos de las autoridades en contra de los indios: exacciones, multas, encarcelamientos, arrestos policiarios, flagelamientos, despojos, etc. Era una situación exasperante, y tanto más dura cuanto que era impotente para ponerle atajo. Constantemente iba al pueblo –ya las famosas notificaciones habían sido abandonadas– a reclamar por la libertad de los detenidos o para la reparación de los abusos y escarnios que sufrían los campesinos. Algunas veces lograba su objetivo. Volvía a pie –en los primeros días no teníamos movilidad alguna– solo, en la inmensidad de la pampa, venciendo a buen paso los doce kilómetros que mediaban entre Warisata y Achacachi.

Varios años después, Alfredo Guillén Pinto me refirió un hecho que yo ignoraba por completo.
“Siñani y otros amautas -me dijo- me visitaron en Caquiaviri, y entre otras cosas, me refirieron que, cuando ibas a Achacachi para defender a los indios, la comunidad destacaba de antemano diez hombres para que cuidaran de ti, sin que lo supieras. Los comisionados seguían tus movimientos y se informaban sobre el resultado de tus gestiones, y retornaban siempre vigilándote”.
Al preguntarle por qué razón procedían así, Guillén Pinto me respondió: “Porque te disgustaba ir acompañado cuando tenías que enfrentarte a las autoridades”.
Ya he dicho que en gran parte, esta historia es autobiográfica. No vacilaré, por ello, en referirme a estos hechos, que por muy personales que parezcan, pertenecen todos ellos al proceso que se llevaba a cabo en Warisata.

CAPÍTULO III.
GESTA ORGANIZATIVA.

1.- PRIMEROS RESULTADOS.
Ganar la voluntad del indio, después de la primera etapa de hostilidad y desconfianza; lograr los más indispensables materiales de construcción y algunas herramientas, fueron factores que nos aseguraron la posibilidad de un trabajo acelerado, con resultados significativos tanto en lo material cuanto en lo espiritual, y sobre todo, nos permitió enfocar una organización realista, acorde con el medio en el que trabajábamos.
El indio aprendió así el uso de la plomada, del nivel, del metro, la escuadra, la regla y la lienza; se enteró de la manera de preparar el cemento, el barro para los adobes y para los ladrillos; adquirió nociones de arquitectura y construcción, y en fin, se plasmó en su espíritu un nuevo concepto acerca de lo que es y debe ser una vivienda.
Del mismo modo, todas las necesidades vitales del desarrollo de la escuela, en sus múltiples aspectos, estaban sistemáticamente asistidas y se incorporaban a la vida misma de la comunidad. No hubiera bastado, no obstante, el simple entusiasmo del Director y su constancia para producir en los ayllus aquellas saludables eclosiones espirituales, si en el fondo mismo de nuestra obra no hubiera palpitado una auténtica gesta libertaria.

La educación del campesino sometido a la servidumbre implica necesariamente una condición de libertad.

El educador del indio, si es sincero, no puede eludir el planteamiento de este problema; sólo que nosotros queríamos valernos de instrumentos de combate algo distintos a los que utiliza la demagogia política: nuestros medios eran el esfuerzo y el trabajo, elementos que incorporados a la personalidad del indio, le permitieran las más atrevidas empresas. Nuestro culto a ambas disciplinas alcanzaba una categoría mística. Nadie debía estar desocupado, y para cada uno había alguna actividad, de acuerdo a sus aptitudes y a sus energías.

¡Sobrehumana gesta la de nuestros maestros de taller, en su infatigable accionar!
¡Qué prodigios de abnegación los del maestro albañil, requerido por todos y en todas partes!

En ese ambiente dinámico, de movimiento constante, la voluntad lo suplía todo. El deseo de superación nos brindaba recursos para la solución de los problemas que a cada momento se nos presentaban, aunque no teníamos ingenieros, ni capataces, inspectores, sanitarios, cocineros, agrónomos, profesotes especializados y en fin nada de esa burocracia que caracterizó y sigue caracterizando nuestras instituciones docentes. Surgíamos a la vida templándonos en la lucha cotidiana que nos iba equipando de recursos técnicos para alcanzar una vida mejor, al propio tiempo que se plasmaba en nuestro ámbito la auténtica imagen del hombre libre, con clara conciencia de sus necesidades inmediatas y de su porvenir. Notoriamente se desarrollaba un extraordinario sentido de responsabilidad individual y colectiva, de orden y de organización. El indio principiaba a recobrar su personalidad perdida en siglos de esclavitud. Pronto sería capaz de plantear el reto histórico al enemigo, para recuperar su libertad, y esta convicción inicial nos llevaría, a la larga, a la concepción misma de la revolución.
Por las tardes, después del trabajo, nos sentábamos haciendo rueda, sobre piedras o en el suelo, para comentar la jornada o hacer nuevos planes. ¡Días inolvidables! Los recuerdo con emoción porque fueron los más felices y fecundos de mi vida; y con pena, al pensar que la adversidad y la estupidez hayan desmoronado tantas esperanzas.

¡Qué jornadas aquellas!

Cientos de indios trabajando sin salario, alegremente, unidos en el ayni o achocalla, la fraternal institución del trabajo aymara. Unos hacían adobes, otros cortaban piedras, aquellos aportaban semillas, estos removían la tierra con sus yuntas, los de más allá trillaban el grano al ritmo de las canciones pastoriles; y todos en conjunto, levantaban los muros del edificio, forma plástica, exterior, de ese otro edificio espiritual que iban construyendo al recuperar la fe en sus destinos y en su condición de grupo social.
Les hablaba... Temas inagotables acerca de la escuela y sus proyecciones en el futuro; de su función económica y social; de las secciones que tendría, el por qué de cada una; de las enseñanzas que se darían tanto a padres como a hijos; de la importancia de esta obra para todo el campesinado de Bolivia y para el de América; les remarcaba que de sus esfuerzos dependía el porvenir de la raza, que muchos pueblos del continente nos observaban con admiración y respeto. El indio supo que tras de sus montañas ingentes habían otros pueblos y otras razas y otras naciones... Me acuerdo que, cierta vez que retornaba a la escuela, un joven campesino, Apolinar Rojas, años antes encarcelado por haber pretendido levantar una escuela, me salió al encuentro saludándome, en castellano, con la siguiente frase:

— ¡Señor, qué dice el mundo de nosotros!

Y bien, en esas palabras se condensaba todo un mundo de nuevas ideas que conmovían a la pampa. El indio apreciaba la magnitud de su esfuerzo y sabía que su obra se proyectaría en el ámbito americano donde el nombre de Warisata resonaría como emblema de redención en todos los confines donde hubieran pueblos como el suyo y explotados como ellos.
En estas reuniones vespertinas me di cuenta del valor y persistencia de las viejas instituciones indígenas. Hablaré, por ahora, del Consejo de Amautas, que empezó a germinar con espontáneo fluir, para convertirse en el Organum de la escuela, el motor que dimanaría fuerza y orientaría actividades. Las reuniones se sistematizaron, se sujetaron a un orden impuesto por el propio indio. En ellas se planeaba el trabajo, se nombraba comisiones; se empezó a pasar lista de los concurrentes; se establecían turnos para la elaboración de adobes u otros trabajos, y en fin, se organizó toda una maquinaria productiva que funcionaba sin la menor falla. Todo como resultado de un proceso de autodeterminación, pues yo no fui como un dictador o un déspota, sino únicamente como un amigo que sugería o ayudaba al despertar de la conciencia y de las aptitudes de trabajo de los indios.

Continuará...

Fuente: Elizardo Pérez, "Warisata - La Escuela Ayllu", Editorial Burillo, La Paz - Bolivia, 1962.

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Wikileaks anti abuso

En esta sección se publican denuncias privadas que llegan a mi cuenta de Facebook acerca de abusos cometidos en centros educativos de Bolivia para ayudar a frenar este mal comportamiento.

In this section are published private accusations that arrive to my account of Facebook about abuses made in Bolivian schools to help to break this bad comportment.

La verdad es que es una "medio-versión" Wikileaks bastante peculiar, si se permite la forma de decir.
La imagen de este post es la misma que diariamente aparece en mi Timeline de Facebook, aconsejando usar el número telefónico gratuito para denuncias al Ministerio de Educación de Bolivia, sobre quejas y reclamos referidos a irregularidades y abusos en escuelas y colegios del país.
No se puede saber si este anuncio, hecho sin mala intención, ocasiona llamadas a dicho número; sin embargo, ya son muchos los mensajes privados –esos que no se hacen en el Muro sino directamente– que mis amistades me escriben sobre excesos, malos tratos, castigos físicos y otros abusos sufren en los colegios en que estudian.
Parece que confundieron el propósito, puesto que mi cuenta no está habilitada para eso. Sin embargo, un mensaje de varios me dejó pensando mucho tiempo, porque decía:

“No me animo a llamar a ese teléfono porque se llegará a saber que yo hice la denuncia, y tengo miedo de que al final el Director de mi Colegio no será castigado pero yo terminaré expulsado, o me hará la vida de cuadraditos…”

Comprensible temor.

Aunque el 800-10-0050 recibe denuncias anónimas, la gente, especialmente los estudiantes y padres de familia humildes y poco acostumbrados a plantarse por sus derechos, desconfía porque lamentablemente no hay, al menos en Bolivia, casos conocidos de que se hayan sancionado o reparado los excesos que a diario se cometen en escuelas y colegios.
Evidentemente, aquellos abusos especialmente graves, como castigos crueles y violaciones, pasan a conocimiento público, y se llega a saber de la sanción de algunos de ellos. Sin embargo, nada se sabe de aquellos abusos y arbitrariedades que, aun sin llegar a ser escandalosos, son la gran mayoría, talvez el 99.9% del total.

Castigos físicos, flagelaciones o prepotencia de regentes encargados de disciplina. Medidas o decisiones arbitrarias de directores. Exacciones o abuso de autoridad de profesores dentro y fuera de aulas. Cobros monetarios “con y sin motivo” valedero por docentes, asesores de curso, delegados de padres de familia, alumnos de cursos superiores contra los de grados inferiores. Peleas entre compañeros rivales dentro y fuera de colegio. Profesores amedrentados por estudiantes belicosos, o por padres con influencias o alguna forma de poder. Negligencia pedagógica. Tráfico de calificaciones. Etc., etc., etc.

Aunque se habla mucho más que antes sobre el Bullying, el problema de la violencia en escuelas y colegios no sólo se reduce a los conflictos entre estudiantes. Y no es exagerado afirmar que “la mitad más uno” de los casos de excesos y abusos contra alumnos tiene por agresores… a los propios profesores y autoridades.

O si no, cómo se califica o llama:

El que un maestro monte en ira y desaloje, sin opción a reclamo, a un alumno que tuvo la mala suerte de deslizar una broma luego mal entendida que hizo reír a toda la clase? (abuso de autoridad).
El que otro docente ironice o ridiculice a un alumno poco aprovechado, con algún mote o apodo que lo convierte en el hazmerreír de sus compañeros? (violencia simbólica)
El que un docente de Secundaria venda a sus estudiantes un texto fotocopiado, supuestamente escrito por él (aunque de hoja en hoja se adivinen los hipervínculos de Encarta o Wikipedia) al triple o cuádruple de lo que realmente costarían tales fotocopias en cualquier kiosco? (exacción)
El que un Director, o Secretario, imponga suspensiones a estudiantes, sin juicio previo y justo, a nombre de un “Reglamento Interno” cuyo contendido completo no se puede conseguir en ninguna parte? (arbitrariedad)
El que los alumnos de último grado, la “Promo”, hagan ventas con sobreprecios, organicen recaudaciones cuya cuantía y destino nunca se explicitan, etc., a sus propios compañeros de estudio, incluyendo niños de primeros grados, a título de que “ellos también podrán hacer lo mismo”, para financiar sus viajes de fin de estudios? (agio y mercantilización de actividades extra-curriculares).
El que algunos docentes, con el fin de “ahorrarse problemas” asignen calificaciones permisivas a estudiantes desaventajados, para conservar su ascendiente, o talvez también su cargo, en la institución? (negligencia pedagógica)
El que otros docentes sometan a exámenes deliberadamente difíciles para luego, “bondadosamente”, arreglen los puntajes malos, casi a fin de año, a cambio de alguna gabela confidencial y proporcional a la “ayudita”? (tráfico de calificaciones)
El que entre los mejores alumnos del colegio siempre esté la sobrinita del Director o el hijo del Presidente del Comité de padres de familia? (tráfico de influencias)

(Mejor no sigamos).

Pero también hay abusos en sentido inverso. Cierta alumna de último grado de bachillerato, que por cierto ya lo había repetido dos años en otros sendos colegios, rogó y logró que su profe de química, de como 24 años, le salvara su tercer intento so pena de que, si no, tendría que “confesar” a sus padres supuestas propuestas indecentes del “profe de quimi”. Y el aludido, joven y ciertamente un poco dado a “galán” (aunque nada más), imaginando la magnitud del potencial escándalo (y talvez sanción o cárcel), midiendo sus posibilidades en el inevitable "palabra contra palabra" (lágrimas adolescenes de por medio), el amarillismo siempre acechante y otros aspectos más, amedrentado por tamaña Espada de Damocles, no tuvo más que ceder a la coacción. Y de esos casos, aunque menos que los de alumnos maltratados, los hay y no pocos:  pandillerismo intra-colegios, amenazas callejeras o telefónicas de alumnos reprobados a los hijos de profesores, directores condicionados a ceder preferencias a hijos de directivos de padres de familia bajo amenaza de “mal informe” a autoridades superiores, y otro largo etcétera…

Este tipo de abusos no siempre figuran en las estadísticas, ni salen en los periódicos, ni se lo toman en serio muchas autoridades porque, de tan comunes que se han vuelto (con el correr de los años), han perdido su significancia al extremo de que las mismas víctimas, en su inermidad o imposibilidad de lograr justicia, acaban resignándose a sufrir la situación, asumiéndola como parte del “sistema”.

Entonces, por la fuerza de la habitualidad, o por el “Síndrome de Estocolmo”, se termina tolerando lo injusto y callando aun ante la oportunidad que brinda, por ejemplo, el número gratuito para quejas y reclamos.

Además, como alguna vez lo dijo un adolescente agraviado por su profesora de Matemáticas quien le avergonzó ante sus compañeros como “burro” sólo porque no había memorizado los primeros diez logaritmos, de qué vale quejarse, si las autoridades son sus colegas y al final “apagarán” el asunto entre amigos, y la profe se las cobrará con creces el atrevimiento…

Inevitable recordar la escena del Quijote, en que liberó a un muchacho del castigo de su familiar, y cuando el justo y su escudero se fueron, el muchacho la pasó mucho peor que antes (a veces hay ayudas que en realidad perjudican).

No está bien callar ante la injusticia; pero hay que estar en los zapatos de los oprimidos para comprender su obligada cobardía.

Sin embargo, queda aun un camino… Que todos sepan lo que ocurre, y talvez por temor o vergüenza, los abusadores se contendrán al menos un poco…

Por sobre todo, aconsejo sobremanera a mis lectores en Bolivia que usen sin temor el número gratuito 800-10-0050 ya que su confidencialidad está verificada y garantizada. Pero si todavía temen, con la veracidad debida y obligada, publíquenlo como comentario (puede ser como Anónimo) luego de este artículo.

Tengan por seguro que cada denuncia será averiguada hasta donde sea posible, y que todas las partes involucradas tendrán derecho a réplica, también en forma de comentarios, por lo que hay que ser concreto, objetivo y ante todo veraz antes de hacer cualquier señalamiento, ya que tampoco debe haber lugar para la calumnia.

Por mi parte, verificaré al máximo de mis posibilidades la veracidad de cualquier referencia o denuncia que me llegue, sea vía correo electrónico o mensaje privado a mi cuenta de Facebook, antes de su divulgación, cuidando siempre de no dañar injustamente la integridad personal de quienes sean aludidos.

Un último consejo: si se está frente a un caso de exceso o abuso, dentro o fuera de escuela o colegio, y se puede grabar o fotografiar con celular o similar, háganlo, y súbanlo a Youtube, que es fácil y gratis. Y publiquen el enlace para que todos lo vean. Contra una prueba así no hay nada que decir ni hacer…

Veamos qué pasa en adelante… Talvez así se pueda luchar contra la violencia, los abusos y arbitrariedades en nuestras escuelas y colegios.

Ukamau la cosa.

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