sábado, 3 de agosto de 2013

Warisata la Escuela Ayllu - Parte 09

Texto original de la obra escrita por Elizardo Perez sobre su revolucionaria experiencia educacional para los pueblos originarios y que fue la primera en el continente americano.

Original text of the book written by Elizardo Pérez about their revolutionary educational experience for the native peoples and that it was the first one in the american continent.

Partes anteriores de este libro: 04 - 05 - 06 - 07 - 08.

2.- EL INDIO Y LA CULTURA VERNÁCULA.
En efecto, soy un convencido de las condiciones del indio para desempeñar funciones de gobierno y de administración. En el período anterior a Warisata, viví con él por espacio de ocho años consecutivos, en ocasión de haberme dedicado a actividades agropecuarias en haciendas del altiplano y los valles. Entonces pude apreciar todo el valor de sus virtudes individuales y sociales. Me di cuenta de que el país no ha hecho otra cosa que subestimarlo y envilecerlo por todos los medios, sin lograr, empero, destruir sus tradiciones y su cultura vernácula, enraizadas desde mucho antes de la fundación del Imperio Inkaico.
En las haciendas en cuestión, en las cuales fundé asimismo escuelas, gobernaban y administraban los indios. Ellos disponían el trabajo, determinando las fechas para efectuar las siembras, los barbechos o las cosechas; y siempre lo hacían con responsabilidad y exactitud, conocedores como son de las influencias del clima o de las estaciones sobre las sementeras; tenían a su cargo, aunque no sabían leer ni escribir, la comercialización y cuenta detallada de los productos; además, ejercían administración de justicia tomando conocimiento de cualquier problema interno y resolviéndolo, en la mayoría de los casos, con hondo sentido humano. Entre las autoridades indias el jilakata (voz proveniente de jila y jatha, palabras de visible origen clánico con que se señala a la autoridad patriarcal) era el de mayor jerarquía, seguido del alcalde y el comisario. Este trío se entendía con todo el movimiento de la hacienda, y por cierto que lo hacía a conciencia y con absoluta honradez.
Esta experiencia me permitió comprender fácilmente el problema del autogobierno de Warisata, el cual, desde el comienzo, dio buenos resultados, y aún diré que resultados maravillosos, como que en sus reuniones deliberaba acerca de graves problemas que atañían no solamente a la comunidad, sino a la nación toda. En el Consejo de Amautas se invertían los papeles, pues éramos nosotros, los maestros, quienes aprendíamos. Nunca olvidaré las palabras severas y exactas que con pausado fluir pronunciaban Avelino Siñani, Mariano Huanca, Rufino Sosa, Apolinar Rojas, Belisario Cosme y tantos otros. En su densa expresión denotaban cabal conocimiento de su mundo y de su destino, pero además no se reducían a su problema, sino que lo ubicaban como uno de los problemas de la nacionalidad, de la cual empezaban a hablar con genuino interés.
La oscuridad y estrechez en las que hasta entonces habían vivido, se convertían en anchos y claros horizontes donde el nombre de su tierra, Bolivia, empezaba a cobrar sentido y realidad. La revista “Semana Gráfica”, dirigida por ese magnífico periodista que fue Francisco Villarejos, publicó en su edición del 6 de agosto de 1933 una crónica en la que transcribía el siguiente párrafo, tomado del discurso de salutación de un viejo amauta:

“Miles de indios estamos diseminados en la pampa, huérfanos de luz. Que no nos olviden los gobiernos y la Patria Bolivia será grande, porque así como hemos mandado a nuestros hijos al Chaco, la haremos respetar siempre en todos los confines”.

No ha de verse en estas emociones la intromisión desfigurada del chauvinismo, sino el hecho de que el indio se integraba a la nacionalidad por un proceso natural, revitalizando. Lo que antes habían sido las naciones kolla e inkaica, que dormían en sus viejas tradiciones sin que ninguna violencia hubiera podido destruir sus raíces.
El indio sabía que era el motor de la vida nacional. Sabía esta verdad incontrastable y fecunda, y desde entonces toda su actividad cobraba un sentido distinto: el trabajo, que antes había sido señal de su esclavitud, lo era ahora de su liberación, y en donde quiera que estuvieran, estaban poseídos de una fe que nada podía abatir. Sabían que, sin ellos, nada hubiera sido posible en Bolivia: ellos habían extraído de la tierra los minerales que daban riqueza al país y los frutos de que se sustentaban las ciudades; ellos habían abierto caminos, tendido líneas ferroviarias, construido ciudades; ellos, en fin, habían defendido al país en la guerra. Ese sentimiento de la propia importancia les confería seguridad y altura de miras, y desde entonces nunca más se sintieron humillados por las persecuciones, que soportaban porque tenían una tranquila confianza en nuevos amaneceres donde no hubiera opresión ni injusticia.

Así fuimos forjando el sentido de nuestros criterios históricos y filosóficos, de nuestros planes de organización y de trabajo, de nuestro gobierno y administración. Nada les era ajeno a los indios, puesto que todo era tomado de la vida misma de ellos; de ahí su espléndida floración, su plena vitalidad que a tantas gentes asombró cuando fueron a visitarnos a Warisata. Nada les era extraño o complejo: no era sino el desarrollo de su misma actividad, proyectada al plano de estos nuevos e imprevistos quehaceres; y toda esa experiencia que día a día acumulábamos, es la que se trasuntó en el estatuto de educación indigenal que fue algo así como nuestra “carta magna”, bajo cuyas normas Warisata pudo extender su actividad a todos los confines patrios.
Nada más sencillo, en realidad: dejábamos al indio que desarrollara sus propias iniciativas y deliberara, en lo menudo como en lo grande, en lo fácil como en lo difícil. Era de ver su aptitud responsable en el cuidado de los materiales de construcción, en el despacho de los pedidos formulados por los maestros de taller y la albañilería, en el señalamiento de cuotas de adobes, ladrillos, paja, estuco, combustibles; en el control y recepción de materiales aportados por los cooperativistas, que solían rechazar algunas veces por no estimar buena su calidad; en el establecimiento de roles de trabajo, etc., etc. Compréndase el sentido que tenía todo esto para aquellas gentes poco ha dobladas ante el infortunio y la opresión inacabables...

3.- LA POLÍTICA TRADICIONAL Y EL INDIO.
Mencionaré un aspecto de la profunda confianza que habían adquirido los indios de Warisata para con las enseñanzas que les suministrábamos.
Antes de la creación de la escuela, los campesinos eran muy requeridos por los políticos criollos a fin de obtener su apoyo electoral, muchas veces decisivo. Claro que después de conseguido esto, nadie más se acordaba de los “ciudadanos” del campo que habían contribuido al triunfo.
Al año, si no me equivoco, de nuestra aparición, fui visitado por los dos candidatos contendientes en las elecciones para diputados; cada uno de ellos trató de conquistar mi apoyo, vista como estaba la magnitud de mi influencia en la zona. No quiero referirme a la serie de maravillas que se me ofrecieron... ¿Quiénes eran aquellos señores? No importa quienes fueran: ellos representaban todo un proceso histórico que la escuela trataba de liquidar para siempre. ¿Iba a comprometerme con alguno, en mérito a las promesas que se me hacían? Nada de eso: rechacé de plano el papel de agente electoral con que se pretendía seducirme, y así lo hice saber a los campesinos. Estos aprobaron mi actitud y comprendieron perfectamente el engaño en que caían al prestarse al poco limpio juego “democrático” con que cada cierto tiempo se les daba facultad para elegir a sus verdugos. Así quedó establecido que los indios no irían a depositar su voto mientras éste no fuera absolutamente libre y mientras no fuera en favor del propio indio, convertido en representante, o de alguien plenamente identificado con su causa.

Esto nos llevó a la necesidad de familiarizar al indio con prácticas democráticas, acordando por unanimidad que las autoridades indígenas en la escuela, o consejeros, serían elegidos por votación directa de los miembros de la comunidad. Tampoco esto era extraño a ellos, ya que el indio tiene vieja tradición democrática y conoce el ejercicio de la política. No otro sentido tienen los ulakas precoloniales y los cabildos de la Colonia que con el mismo nombre han llegado hasta hoy. El indio no es simplemente un ejecutor de órdenes, sino que posee un profundo sentido analítico y de observación, al servicio de grandes aptitudes volitivas. Nuestras reuniones vespertinas, etapa embrionaria de los grandes consejos de administración y de los Parlamentos Amautas, tenía un contenido político; en ellas se discutían nuestros puntos de vista en lo educacional, agrario, gubernamental, económico, etc., dándose aprobación, por mayoría de votos, a las diferentes iniciativas presentadas, las cuales pasaban a constituirse en leyes de la escuela. Así la colectividad quedó definitivamente incorporada a la vida escolar.

4.- FUNCIONES ESCOLARES.
Hemos olvidado un tanto a los llokallas (niños) que en bullicioso conjunto se ubicaban en la capilla, junto al cementerio. Al lado, en una choza pircada de piedra, de no más de cuatro metros cuadrados, funcionaba el taller de mecánica y cerrajería. Y en ambos locales el maestro mecánico alternaba el golpe del martillo con el uso del silabario.
No vamos a criticar las poco apropiadas condiciones del local que nos servía de escuela, de apenas 4 x 9 metros de superficie, sin suficiente luz ni ventilación y con el piso al natural. En él improvisábamos bancos y asientos de adobe donde los niños copiaban las frases o palabras normales que les ponía de muestra por la mañana. El mecánico cuidaba del orden haciendo escapatorias del taller. Menos mal que quedaba poco del año escolar y ya vendrían las grandes vacaciones para que se acabara esa tortura para los muchachitos.

No fui a Warisata para machacar el alfabeto ni para tener encerrados a los alumnos en un recinto frente al silabario. Fui para instalarles la escuela activa, plena de luz, de sol, de oxígeno y de viento, alternando las ocupaciones propias del aula, con los talleres, campos de cultivo y construcciones.

Pero la comunidad indígena no discurría aún en esa forma: el indio estaba con la mentalidad de Saracho y del “normalismo”, y creía que la escuela consistía en el alfabeto únicamente. Se oponían a que los niños dejaran sus ocupaciones escolares para colaborar en la obra constructiva. “Para eso estamos nosotros” decían los indios, dispuestos a realizar cualquier trabajo con tal que a los niños no se les distrajese en tareas que, según ellos, eran pérdida de tiempo.
Lentamente vencimos esas resistencias, mediante la persuasión y los ejemplos que nos ofrecía la vida. En nuestras reuniones vespertinas discutíamos extensamente y por mucho tiempo esta cuestión. Había que hacerles entender que el alfabeto únicamente, no solucionaba nada en absoluto. Aunque desfigurando un poco la realidad, les ponía el caso de Avelino Siñani, que sabiendo leer y escribir, tenía una situación económica y social exactamente igual a la de Juan Quispe, que no lo sabía, y que en el pueblo o en cualquier otro centro urbano, eran objeto de igual tratamiento. Los mismos abusos se cometían con ambos sin que la letra los diferenciara gran cosa.

Esta escuela —les decía— tiene que equiparlos de todos los conocimientos para levantarlos en su condición por medio del trabajo y del esfuerzo que producen bienestar y riqueza y elevan la dignidad del individuo. Quiero que ustedes, sus hijos y sus nietos y todas las generaciones por venir, mejoren sus condiciones de vida habitando en casas cómodas y limpias, durmiendo en catre y cama confortable, vistiendo buena ropa, comiendo mejor y más abundantemente. Todo esto se obtendría trabajando en el campo para extraer los mejores resultados de los recursos que brindaba, con el empleo de técnicas y herramientas modernas, complementándose el arte de edificar con el de la industrialización de la riqueza regional, etc. En nuestras aulas, que construiríamos con gran amplitud, llenas de luz, con hermosos ventanales, superiores a los que había en Achacachi y aún en la ciudad de La Paz, los niños y los jóvenes abrirían su espíritu dando vuelo al pensamiento, superando al mero alfabeto y conociendo disciplinas superiores.

Eso no era todo: orientaríamos nuestra actividad educadora para que fuesen los mismos indios los conductores de este movimiento profundamente social, y para ellos, en su momento se abriría la sección normal. De ella saldrían los maestros indios, fuesen o no hijos de Warisata, para educar a este pueblo; pero también se abrirían para ellos las universidades, a fin de que los que por su capacidad lo merecieran, pudieran dedicarse a estudios superiores, como lo permitía su condición humana.

A la realización de este programa —les decía— había que anteponer los hechos, traducidos en trabajo y en esfuerzo desde la edad más tierna del hombre, para adquirir hábitos y disciplina. Si no se actuaba en este plano, nuestros esfuerzos serían vanos, porque, ¿con qué elementos especializados realizaríamos esta obra de progreso? ¿Importándolos? No. Tenían que ser los hijos de la comunidad quienes tomaran a su cargo la tarea de ejecutarla. De este modo conquistaríamos el porvenir.

Yo no quiero —decía— preparar doctores y curas tan explotadores los unos como los otros. Nuestra misión era formar hombres aptos, hombres íntegros y capaces, para sacar de la postración a este pueblo. Eso es lo que queremos, y lo que, en realidad, ustedes aspiran.

El ambiente que me rodeaba, la miseria del indio, las injusticias de que era víctima; y además su favorable reacción al progreso, su sentido de responsabilidad y sus cualidades en lo organizativo, su espíritu luchador y amante de la libertad; y por último, su amor por las instituciones, o mejor dicho, por lo institucional y por lo patrio, constituían para mí un mundo de revelaciones. Me daba cuenta de todo esto, y comprendía cómo los intelectuales lo habían calumniado, aún aquellos que se titulaban indigenistas. ¡Hasta los poetas! Porque la verdad es que al indio solía alabárselo, siempre con repugnante sensiblería, no en su eclosión libertaria, no en sus titánicas gestas, sino en su condición de sometido, de paria y de vencido.
El análisis de tales realidades me llevaba a reflexionar acerca de la unidad étnica, geográfica y política que era Bolivia, país de trabajadores, de sufridas gentes fortalecidas en la lucha constante por la vida; bajo el amparo de sus leyes, sin embargo, el pigmento blanco se imponía por, imperio natural, por rémora colonialista, sobre el pigmento cobrizo, manteniendo un predominio despótico y envilecedor. Nuestra sensibilidad social repugnaba tal estado de cosas anti-histórico, y por eso empezábamos a creer que la educación del indio debía ser el comienzo de una unidad pedagógica nacional, basada en sus raíces agrarias, para crear una misma filosofía y una misma técnica educacional para el boliviano de los campos como para el de las ciudades.

Teníamos que crear la escuela boliviana con elementos propios de nuestro cosmos; teníamos que crear al maestro boliviano con elementos propios de nuestra necesidad, y todo esto nos imponía una obligación altamente patriótica: la de conservar entre los sistemas ancestrales de organización social aquellos que, modernizados, pudieran dar carácter a nuestra condición de pueblo y ponernos en estado de recibir las más nuevas corrientes del progreso humano.
Por ello anunciábamos ya a los indios un plan de acción futura, que estábamos extrayendo de los factores del ambiente, y por eso insistíamos tenazmente en la necesidad de educar al niño en la escuela del trabajo y del esfuerzo, en contacto íntimo con la naturaleza.
Los indios me escuchaban con atención e interés. Comenzaron a modificar su criterio sobre la concepción que tenían de la escuela, y lentamente empezaron a percibir la importancia del trabajo consagrado como práctica educacional; al cabo, se identificaron de tal modo con estas ideas, que ya no concebían escuela de otro género, y en más de una ocasión se permitieron criticar a maestros que “sólo enseñaban a leer y escribir’.

5.- EL CARNAVAL EN WARISATA.
Al llegar a Warisata no quisimos destruir nada, porque no era esa nuestra misión. Al contrario. Respetamos todo cuanto habíamos encontrado: religión, arte, política, costumbres, instituciones seculares, etc.; pero comenzamos a estudiar el medio, indagamos sobre los vicios de la colectividad tanto como sobre sus virtudes. No podíamos dejar de interesarnos en sus fiestas, en su sentido vernáculo, mitológico o simplemente hedonista. Contrariamente a otros medios indígenas, que prolongan sus fiestas y las realizan con muchísimo sentimiento estético, el de Warisata se distinguía por su seriedad y moderación, poco dado al matiz epicúreo de las cosas.

Estupenda experiencia la del Carnaval indígena, de tradición tal vez milenaria, puesto que corresponde a ritos de carácter agrícola; sobre esta celebración, en la cual el hombre americano rendía culto a sus grandes dioses, vinieron más tarde a alzarse las viciosas prácticas, no tanto de la Colonia como de la República, amenazando deformar y degradar su hondo sentido terrígena. Como no habíamos venido a destruir nada, repito, sino a crear la escuela, nosotros auspiciamos el Carnaval, hecho que a nadie extrañó porque todas las actividades empezaban a centralizarse en la Taika, la “madre” común que ya era la escuela. Y por eso su ámbito se llenó con inesperada afluencia de cientos y miles de campesinos, de sus “tropas” de bailarines y conjuntos musicales de la más diversa especie, en celebración multitudinaria de incomparable vistosidad y armonía.

No quedamos como espectadores: nosotros también bailamos, como todos, y todos los días.

El miércoles de ceniza rendimos el culto debido a la Pachamama, cuyos fecundos senos prometían abundante cosecha en retribución al tributo que le habíamos ofrecido al sembrar papa, oca, quinua, habas, etc. Se verificó la challa (ofrenda) de acuerdo al ritual tradicional, rociando vino dulce en los sitios de más exuberante producción, expresión de gratitud a la madre tierra. ¡Solemne momento, de súbito y espontáneo silencio, mientras todos permanecíamos de rodillas! El más representativo de la comunidad dirigía el acto. En esta ocasión le correspondió a Mariano Ramos, venerable jilakata que había sido uno de los que más ayudó en los primeros días de la escuela.
Concluida la ceremonia, los tambores, las tarkas, kenas y pinkillos, las cajas y zampoñas lanzaron nuevamente al aire sus notas, alegres unas, como en las palla pallas, karwanis o aukiaukis; de impresionante ritmo como en los sicuris, chunchus, inkas y chirihuanos; de provocativo movimiento como en los huacathokhoris o kullawas, o evocativas como en los mucululus y laquitas; reiniciándose con renovada alegría los bailes en grupos incontables.

Días de extraordinario bullicio, pero que a los fines de documentación de este libro, no interesarían realmente si no fuera porque, en su transcurso, no se vertió una sola gota de alcohol y nadie se embriagó. El “ego” indígena que busca saciar su insatisfacción social en la borrachera, mejor cuanto más brutal, ahora sublimaba sus finalidades en la imagen ya visible de la escuela, realidad que venía a ser una especie de catarsis con la que purificaba su espíritu. Después de los bailes, al atardecer, los alegres grupos se iban perdiendo en la pampa, y de lejos todavía las tarkas y los pinkillos nos traían al recinto un poco conventual de Warisata la emoción pastoril del ayllu.

¡Maravillosa experiencia! Porque Warisata fue eso: el espíritu bucólico del medio indígena, en el cual se revela lo grávido de su existencia.

En ese ambiente pretendimos suscitar al indio moderno, beligerante, constructivo; al hombre capaz de captar los deberes de su tiempo y elevarse al nivel humano de que lo privaba la cultura mestiza. Quien se detenga a observar la estructura de Warisata, encontrará que fue íntegramente indígena: su régimen de gobierno, sus métodos de enseñanza, sus instituciones, todo en fin, fue extraído de la experiencia del ayllu, del tesoro de la sabiduría telúrica, en la acepción que a esta palabra le da Keyserling.

6.- LOS ASPECTOS RELIGIOSOS.
Delicada cuestión, la religiosa, por los celos que despierta sobre todo tratándose de la educación. En Warisata encontramos dos bandos contendores, verdaderamente irreconciliables: católicos y evangelistas, en cuyos frecuentes choques, convertidos a veces en batallas campales, solían producirse muchas víctimas. La única actitud a tomar era la prescindencia absoluta, solicitando tan sólo respeto y tolerancia para con las ideas y credos ajenos. Desde luego, implantamos la enseñanza laica, que nos aseguraba independencia y autoridad y si se daba el caso de que un campesino católico criticara a uno evangelista, hacíamos ver que aquél creía estar en la verdad, exactamente igual que éste, lo que obligaba al mutuo respeto.
Precisamente el Carnaval era la fiesta en que la violenta pugna se manifestaba con más fuerza: eran dos bandos que realizaban igual celebración, y no siempre la cosa terminaba pacíficamente. Pero con el carnaval de Warisata, es decir, con el que nosotros auspiciamos, lo que sucedió año tras año, la comunidad olvidó sus resquemores y se unió poniendo en lugar secundario la cuestión de sus diferencias religiosas. La fuerza espiritual de la escuela se imponía con sorprendente facilidad y con la misma espontánea naturalidad de siempre.

No es mi intención polemizar respecto a la religión o a sus efectos; pero anoto un hecho: antes de Warisata el indio construía iglesias y capillas; después de Warisata edificaba escuelas... Y es que la iglesia representaba al pasado, la escuela al porvenir. Si vamos a hablar con sinceridad, la elección no era dudosa, y si un caso particular puede señalar con precisión la naturaleza del cuadro, relataré lo que nos sucedió en Warisata a propósito de esto:

Como tengo dicho, yo vivía en una chujlla al lado de la capilla. Se celebraba cierta vez una misa para el santo del lugar, por cuenta de un alférez (que es el que costea los gastos de una fiesta religiosa). Antes de realizarse la ceremonia, se me presentó el susodicho, pidiéndome interceder ante el cura para que le hiciera una rebaja de cinco pesos de los cincuenta y cinco que le había cobrado por la misa, derechos de cantor, ayudante, etc. El cura negó el descuento manifestándome: “Estos indios mañudos tienen dinero y no puedo rebajar un centavo”. La indiada se dio cuenta de esta actitud y la capilla cerró sus puertas a los sacerdotes hasta 1940, año en que dejé de intervenir en Educación Indigenal. En muchos lugares sucedió lo propio. La prosperidad de la escuela determinaba la decadencia de la capilla. No sé qué razones impondrían tan análogo acontecer, pero, como dije, tal vez la anécdota relatada pueda servir para establecer las motivaciones de este fenómeno.
En cuanto a la iglesia evangélica, que tenía nutrida concurrencia de fieles, fue mermando lentamente hasta quedar vacía. ¿Las razones? Las ignoro. Pero estoy seguro que la escuela, con sus vastísimas proyecciones, llenaba ahora el horizonte espiritual del indio con fuerza incontrastable y profunda, dejando en plano inferior a todas las demás preocupaciones, entre ellas, la religiosa.

(Después de la expulsión de Elizardo Pérez y sus colaboradores, las preocupaciones religiosas que menciona el maestro, volvieron a tomar incremento, sobre todo en los últimos años. Lo que probaría que la Escuela ha perdido, para el indio, su antiguo atractivo) (N. del E.).

Continuará...

Fuente: Elizardo Pérez, "Warisata - La Escuela Ayllu", Editorial Burillo, La Paz - Bolivia, 1962.

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