miércoles, 15 de agosto de 2012

Don Segundo Sombra – Güiraldes

La novela que empareja en tema diversificando en cuanto a estilo y enfoque sobre la vida del gaucho argentino desde una perspectiva literaria proverbial.

La moderna novela gauchesca está muy bien representada con “Don Segundo Sombra”, obra del argentino Ricardo Güiraldes. El ciclo o período de la literatura de este corte, sobre la violenta y aventurera existencia de los hombres de la pampa, había sido elevada a muy notable altura por el “Martín Fierro” de José Hernández que despedazó —al ser publicado— la popularizada imagen del “gaucho malo”, presentada por el escritor, también argentino, Eduardo Gutiérrez, en su bastante conocida novela “Juan Moreira”.
“Don Segundo Sombra” de Güiraldes impone de nuevo al gaucho en la novela rioplatense, aunque esta vez con peculiar distinción, pues esta obra presentada de una manera casi testimonial, se caracteriza por estar especialmente bien trabajada desde el punto de vista del estilo literario.
Es esta obra, de muy ágil y amena lectura, toda la historia está centrada en un niño —Fabio— que escapa del cuidado de una de sus tías incomprensivas y frías, y atraído por la casi mágica personalidad de un viejo gaucho —don Segundo Sombra— lo sigue con fidelidad de lugar a lugar, porque don Segundo es un hombre libre, dueño de sí mismo, que marcha hacia todas partes, domando potros salvajes o conduciendo ganado a través de la provincia de Buenos Aires.
Al lado de este valiente y experimentado sujeto, Fabio, personaje y narrador a un tiempo, se convierte por todas las enseñanzas del viejo, en un gaucho completo, es decir, un hombre de las llanuras, conocedor del arte de arrear ganado, de la compleja tarea de domar potros y hasta de la siempre oscura experiencia de soñar con relatos de brujas y fantasmas. Pero a lo largo de la novela el tiempo pasa y ya cuando don Segundo Sombra se percata de que su “ahijado” es un hombre entero y de que además, ha recibido la herencia de su padre —ser desconocido para el joven hasta entonces—, decide abandonarlo a su destino. Esta separación de ambos personajes está maravillosamente bien descrita y es, posiblemente, por la alta dosis de dramatismo que sugiere, uno de los extraordinarios momentos de la literatura latinoamericana:

“La silueta reducida de mi padrino apareció en la lomada. Pensé que era muy pronto. Sin embargo, era él, lo sentía, porque a pesar de la distancia no estaba lejos. (...) Ya iba a llegar a lo alto del camino y desaparecer. Se fue reduciendo como si lo cortaran de abajo en repetidos tajos. (.,,) No sé qué extraña sugestión me proponía la presencia ilimitada de mi alma.
‘Sombra’, me repetí. Después pensé casi violentamente en mi padre adoptivo. ¿Rezar? ¿Dejar sencillamente fluir mi tristeza? No sé cuántas cosas se amontonaron en mi soledad. (...) di vuelta a mi caballo y, lentamente, me fui para las casas.
Me fui, como quien se desangra”.

Es preciso destacar que la preocupación estilística de Güiraldes en la elaboración de esta novela obtuvo una favorable acogida de público y crítica. Por otra parte, bien merecida, pues las descripciones de los paisajes, la precisión de sus metáforas y las exposiciones de los estados de ánimo de los personajes están trabajados con simplicidad y maestría. Otro aspecto notable es la utilización de populismos y dichos, expresados en una acertada combinación que salva a la obra de los consabidos regionalismos de piezas literarias que tratan el tema de zonas y personalidades populares.
La moderna vida argentina, que comenzaba a tomar su auge hacia fines del siglo XIX, restaba popularidad positiva al héroe gaucho, cuya personalidad, ante los cambios socioeconómicos impuestos por el ascenso de la moderna burguesía industrial y comercial, declinaba ostensiblemente y estaba ya al filo de la decadencia.
Güiraldes, nació en 1886, en Buenos Aires. Sumergido en la vida cultural de su país, jugó un gran papel en el desarrollo de las corrientes vanguardistas de su tiempo. Sin embargo, su preocupación por las nuevas corrientes literarias y su vasta formación cultural no le impidió acercarse y comprender el mundo mágico y violento del gaucho. Güiraldes, con una profundidad y una sensibilidad extraordinaria, supo captar el patetismo de un tipo nacional en el momento de su desaparición como fuerza económica y como expresión cultural. Su “Don Segundo Sombra” es la patética expresión de un mundo que desaparece, en la que coinciden la crudeza de la realidad que se describe y la delicadeza de penetración del autor en una original síntesis expresiva de valores populares y valores culturales.
Aunque tomados en buena parte directamente de la realidad, los personajes de esta novela han alcanzado la indiscutible categoría de símbolos, gracias a la elaboración estética del autor.
De igual manera, el tratamiento del lenguaje típico y popular es sumamente efectivo, pues logra combinar el habla de los reseros y los gauchos con imágenes que por su valor literario y conceptual van mucho más allá de lo que puede denominarse prosa vernácula o literatura regional para colocarse en el vasto horizonte de la prosa castellana y de la literatura universal.

“Llegar no es, para un resero, más que un pretexto de partir”.

Esta imagen tan coloquialmente expresada resume la actitud de ciertos hombres que no permanecen en ninguna parte, cuya propia esencia necesita del movimiento y el cambio, cuya manifestación personal implica una constante de viajar y cambiar de sitio. Esos hombres son los gauchos. Toda la novela está saturada de ejemplos como éste que con su belleza y su extraordinario poder de síntesis le dan a la prosa de Güiraldes una estatura verdaderamente trascendente y universal.
“Don Segundo Sombra” brinda dos placeres fundamentales: el deleite de su lectura como incuestionable obra de arte y el contacto con un medio cultural casi desapareado en su forma original: el mundo fantástico y primitivo, tierno y cruel del gaucho legendario de las pampas argentinas.
DF.

Fuente: Icarito. Editorial Andina. Santiago. 1987.

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