viernes, 10 de agosto de 2012

Pedro Páramo – Rulfo

Una obra maestra que se alimenta de tradiciones y creencias rescatadas en el tiempo narrado por su creador con aires de realismo y misticismo al mismo tiempo.

Juan Rulfo nace el 16 de mayo de 1918 en el estado de Jalisco, México. Su breve y brillante carrera ha sido uno de los milagros de la literatura hispanoamericana. Es difícil afirmar que Rulfo sea un renovador dentro de la narrativa; por el contrario, es el más sutil de los tradicionalistas. Ahí radica su fuerza y su grandeza. Los temas de Rulfo emanan de la sencilla pasión del hombre del campo en profundo contacto con las cosas elementales: la violencia, la esperanza, el hambre, el amor y la muerte. Su obra brilla con el fulgor de las piedras y del desierto. Su tinta es la sangre.
“Pedro Páramo” es la obra más importante y conocida de Rulfo, junto con “El llano en llamas”. Esta novela es la historia de un caudillo local reconstruida retrospectivamente a tientas, a pedazos, por su hijo Juan Preciado.
Las interpretaciones críticas de la obra de Rulfo han seguido hasta ahora tres tendencias. La primera se concentra en la técnica narrativa: busca las relaciones internas entre los medios expresivos de que se vale el autor; quiere descubrir en qué elementos reside su peculiar manera de narrar, de utilizar el lenguaje, y de estructurar sus obras.
La segunda percibe, por debajo de la superficie narrativa, temas arquetípicos, sobre todo, en “Pedro Páramo”; es decir, esa clase de conflictos o de patrones de conducta constantes que se encuentran en el meollo de los mitos más antiguos y universales: la búsqueda del padre, la expulsión del paraíso, la culpa original, la primera pareja...
La tercera tendencia busca la relación entre literatura y sociedad. Considera esa interpretación de la condición humana que aparece en toda obra artística, aunque el autor no se lo proponga.
Se ha dicho que la obra de Rulfo se sostiene en equilibrio entre dos extremos: el regionalismo y el universalismo; el realismo social y la significación mítica. Tal vez en la dificultad de dicho equilibrio, en la tendencia natural del lector a inclinarse a favor de una de estas posibilidades, radique la razón de ese frecuente error de perspectiva al percibir su obra: a menudo se olvida que los libros de Rulfo se encuentran insertos en los condicionamientos de un ámbito especifico: la economía, la política, la sociedad, la cultura de su época.
“Pedro Páramo” se despliega como una obra maestra que se alimenta de tradiciones y creencias milenarias para contarnos, en un ámbito rescatado del tiempo, cómo un hijo va en busca de su padre, la historia de un amor desventurado que llena con su inasible esperanza toda una vida de espera, la violencia y la ambición con que un hombre intenta dar sentido a su existencia, los conflictos de la culpa religiosa y profana, la pasión de una mujer alucinada, que trasciende a la muerte, una panorámica de la vida rural en el México de la Revolución, junto con otras historias de los habitantes de La Media Luna y de Comala, ese pueblo de muertos y de fantasmas que, según Rulfo, es el protagonista central de la obra.
“Pedro Páramo” es un rostro que se observa en un espejo roto, una imagen formada gradualmente en la superficie de aguas revueltas. Rulfo pinta al claroscuro, entre telas, con medios tonos. El propio autor dice al respecto: “Imaginé el personaje. Lo vi. Después al imaginar el tratamiento, lógicamente me encontré con un pueblo muerto. Y claro, los muertos no viven en el espacio ni en el tiempo. Me dio libertad eso para manejar a los personajes indistintamente. Es decir, dejarlos entrar, y después que se esfumaran, que desaparecieran”.
El lector intuye misteriosamente el curso oculto de la narración. El tratamiento de los personajes y los acontecimientos es estrictamente fenomenológico, en medio de un mundo de efectos sin causas.
Sólo mediante lecturas sucesivas, es posible ir develando los diversos planos de la narración, ir estableciendo el sutil universo de interrelaciones que dan a su estructura, a primera vista caótica, una bien trabada armazón, una perfección deslumbrante. Pero la primera lectura de “Pedro Páramo” no es una empresa tediosa. El misterio de su atmósfera, la pasión de sus personajes, la sabiduría con que está relatada, subyugan al lector desde los primeros párrafos. Si hay puntos oscuros, antes que impedir el goce de la novela, lo aumentan, pues obligan al lector a aguzar sus facultades, a convertirse en cómplice del narrador.
El arte de Rulfo es en esencia un arte de estilización, resultado de la paciencia y el esmero. Entre los recursos narrativos de Rulfo se encuentran todos aquellos que han orientado la novela y el cuento del siglo XX por caminos nuevos: la forma dialogada, el monólogo interior, la dislocación de los planos temporales, la simultaneidad de planos, la eliminación del autor como narrador, la introspección, el paso lento, la insistencia en detalles relativamente insignificantes y la omisión de hechos espectaculares, la marcada preferencia por la evocación y la alusión sobre la descripción.
Cuando uno termina de leer “Pedro Páramo” es capaz de integrar todos los fragmentos que componen la novela en una unidad superior, un universo creado por Rulfo cuyo orden no es cronológico, temporal, sino espiritual. Los personajes, inmersos en la dimensión de la muerte, se relacionan de una manera en que el tiempo y el espacio no cuentan.
Junto con los reconocimientos y los estudios, Rulfo ha sido también objeto de un clamor de van a intensidad que le reclama el silencio que tan cumplidamente ha guardado. Tal vez el silencio sea la verdadera vocación de Rulfo. Podría decirse que aun cuando Rulfo escribe, calla. Lo que no dice es lo que pone el acento propiamente rutfiano en sus textos. Rulfo ha dicho de sí mismo: “yo sólo me sé expresar en forma muy rudimentaria“. Ha escrito porque ha sentido la urgencia de explorar la condición humana característica de toda gran obra de literatura. Quizá a ello se deba la repetición de sus temas, la similitud de sus personajes y la congruente unidad de su obra.
AR.

Fuente: Icarito. Editorial Andina. Santiago. 1987.

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