miércoles, 8 de agosto de 2012

Las ruinas circulares – Borges

Una de las diversas obras geniales del gigante argentino para quien como el mismo lo dijo alguna vez estaba siempre reservado el siguiente Premio Nobel de Literatura.

Jorge Luis Borges es la figura más prestigiosa y legendaria de la literatura contemporánea en español. De su vida nos dice: “Vida y muerte le han faltado a mi vida”, con ese aire ingenioso que ha cultivado siempre. “Pocas cosas me han ocurrido y muchas he leído; estoy podrido de literatura”. Algunos críticos se preguntan si Borges escribió sus libros, o si ellos lo escribieron a él. En todo caso, podría aplicársele lo mismo que él ha dicho de Valéry: “...en un siglo que adora los caóticos ídolos de la sangre, de la tierra y de la pasión, prefirió siempre los lúcidos placeres del pensamiento y las secretas aventuras del orden”. Ha amado los mapas, las etimologías, el ajedrez, los clásicos, el álgebra, la tipografía del siglo XVIII, los relojes de arena, Dante, Swedenborg, Verlaine, Walt Whitman, San Francisco de Asís, Schopenhauer y la música de Brahms.
De Borges, hoy día, casi no se recuerdan sus espléndidos poemas de los años “veinte”. “Fervor de Buenos Aires”, “Luna de enfrente” y otros han ido desapareciendo detrás de sus creaciones de pura fantasía intelectual, como “Historia universal de la infamia” (1935), “Ficciones” (1944) y “El Aleph” (1949).
Para el “bibliotecario de Babel” no existe diferencia entre el ensayo y la literatura de imaginación, entre sus “inquisiciones” y sus “ficciones”. Temas como el del libro único y anónimo, intemporal, que resume todos los libros y es la obra de un solo autor, son centrales en su prosa de ensayista o de autor de ficción. Su obra está acosada por el leitmotiv: el laberinto; el jardín de los senderos bifurcados; las ruinas circulares. “Las ruinas circulares” es precisamente el más típico de sus cuentos: el hombre que hace el universo mientras sueña.
Este relato, aparecido en el libro “Ficciones”, es un juego de extraños acontecimientos. La exposición narrativa tradicional sufre una metamorfosis y se convierte en el desarrollo de una trama basada en la reflexión y las imágenes poéticas: “Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro”. O: “Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños, es el más arduo que puede acometer un varón”.., y esta intensidad lírica la mantiene a lo largo de toda la pieza, narrada siempre en la tercera persona del singular.
El relato se inicia con el arribo de un hombre a una región selvática, sin vestigios de vida, excepto: “rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro”. El hombre pretende crear a otro semejante por medio del sueño. Después de un tiempo y de muchos esfuerzos y sueños, el forastero (mago o dios) crea a su hombre y le confiere vida. Le transmite órdenes en sueños. Le manda colocar en una cumbre lejana una bandera; al día siguiente ondea el pabellón en la cúspide de la montaña. La criatura no es, a pesar de todo, más que un hombre ilusorio, un fantasma. Las llamas no lo dañan, pues el dios del fuego, que conoce su origen, lo considera una visión, un simple espectro.
Las gentes del país han advertido que el “hijo” del mago es invulnerable a las llamas. El mago teme que su creación llegue a comprender su verdadera condición: “no ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre”. Esto constituiría una de las peores humillaciones al poder creador.
Nuevamente se desata un incendio sobre las ruinas del santuario en donde el mago ha permanecido. En una dramática visión, él comprende que la muerte coronará su vejez, y camina lentamente “contra los jirones de fuego”, sólo para descubrir
—cuando escapa de la muerte en el fuego, que no puede consumirlo— que es soñado por un tercero.
Este relato casi perfecto es una metáfora que recoge las principales obsesiones borgianas: la ilusión de que hay una pluralidad de autores; la magia; la irrealidad de un mundo fuera de la mente; la discontinuidad del ser; la inexistencia del tiempo.
En sus narraciones, Borges afirma de manera contundente el carácter ficticio, arbitrario, lúdico, de la narrativa. El esquema que aparece en sus cuentos-notas bibliográficos se repite como un paradigma: preguntarse, buscarse, proyectarse en otros para hallar una respuesta o una solución. En este movimiento de búsqueda, los personajes cambian de piel, como si aquello que buscan obsesivamente fuera la identidad subyacente.
Aunque la musa de Borges haya envejecido, la intimidad de su poesia nos da muchas claves para comprender el resto de su obra. Es difícil no aludir a la distinción de su poesía, a la original utilización de la lengua, a las inolvidables estampas de la vieja ciudad porteña, Buenos Aires, así como a las conexiones temáticas con los clásicos griegos, con la filosofía oriental y los autores nórdicos.
Borges, a diferencia de la mayoría de los poetas de los países latinoamericanos, demuestra una cierta tendencia a la intimidad, la nostalgia y la reflexión. Tal vez ello se deba a la intención de unir en sus versos, a un poeta puramente lírico como P. Verlaine y a un intelectual como R. W. Emerson, según afirmara él mismo alguna vez.
Existe en la poesía de este autor una especie de aristocracia del ritmo. Es suave, elegante y de un modo muy original establece un equilibrio entre la frase sencilla y popular —refranes y dichos— con la expresión culta, literaria y mesurada.
La mejor manera de leer a este gran poeta, a este maestro consumado de la literatura como metalenguaje, invita a ir siempre más allá del misterioso espejo que son sus versos, que es su obra.
Jorge Luis Borges es la figura de mayor relieve de las letras latinoamericanas actuales por su proyección e influencia universales. “Por todo el Continente anda mi nombre”, solía decir.
Y es justo que así sea.
AR.

Fuente: Icarito. Editorial Andina. Santiago. 1987.

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