miércoles, 19 de noviembre de 2014

Juan Coronel: Las manos del Che quemaban las mías. Parte 2

Parte final de la entrevista en que Juan Coronel relata la manera en que clandestinamente se trasladaron las manos cortadas y mascarilla de Ernesto Che Guevara desde Bolivia a Cuba.

Final part of the interview in that Juan Coronel relates the way in that secretly was transferred the cut hands and mask of Ernesto Che Guevara from Bolivia to Cuba.

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Yo tuve las manos del Che Guevara en mis manos.

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Yo llevé las manos cortadas del Che Guevara de Bolivia a Cuba.


- ¿Cómo estaban acondicionadas manos y máscara en el maletín? ¿Qué cosas llevabas en él?
- Envolví el frasco con papel de diario. A la mascarilla le puse más papel sobre el que ya tenía y entremezclé. En el avión no viajamos más de 40 personas.

- ¿Ustedes partían del supuesto negado de que no iba a haber revisión en los puntos Intermedios?
- Únicamente podía haber revisión en Madrid, que era el punto final del vuelo de Iberia. Llevaba equipaje acomodado. Eso sí revisaron. En el bolsón tenía ropa liviana, ropa interior, calcetines, pañuelos y el libro “Cien Años de Soledad” de Gabriel García Márquez, que había llegado a Bolivia meses antes.

- ¿Tenían una cobertura mínima de seguridad? ¿Sattori estaba armado?
- No, nada de armas. Las únicas alternativas en el primer puesto eran que haya revisión del equipaje de mano o que no la haya. Y en caso de que haya revisión, dar la media vuelta.

- ¿Si se producía algún percance?
- Mala suerte, nada. Entregarse. Pasé el control. A mí me tocaba ingresar por la puerta de atrás, pero por puro nervios ingresé por la de adelante. Subí por las escalerillas y mi último gesto hacia Sattori fue con la mano arriba en señal de adiós, a la manera de los notables. En realidad, me moría de nervios.

- Hablemos del itinerario. ¿Hubo cambio de avión?
- Fue un vuelo con escalas intermedias en Lima, Guayaquil, Bogotá, Caracas, para llegar a Madrid más o menos a las once de la mañana del día siguiente. Sin cambio de avión. Eso estaba precisado por nosotros.

- Llevabas contigo una carga inusual. ¿Cuál era tu pensamiento una vez que el avión levantó vuelo?
- Sentía la satisfacción por haber salvado el cuero, evitar que me detengan. El DC-9 era un jet. Hora y media hasta Lima. Nadie se sentó a mi lado. El maletín ocupó un asiento. Yo empecé a zambullirse en el realismo mágico de García Márquez. El “Gabo” no sabe cuánto bien me hizo su libro. Era un sedante maravilloso.

- ¿Ocurrió algo relevante entre Lima y Madrid. Conociste a alguien?
- En Bogotá, con destino Roma, suben un sacerdote colombiano y su prima que iba a hacerse monjita en Roma. Fueron mis compañeros de asiento hasta Madrid. Nuestras charlas fueron intrascendentes.

- ¿Qué lugar ocupaba el Che en tu mente?
- La verdad es que en esa época, yo sentía al Che menos trascendente que lo que lo siento ahora. Comenzaba a sentirlo cada vez más héroe. El Che no estaba sólo en mi mente. Llevaba parte de él en mis manos. Por ejemplo, cuando llegamos a Madrid, antes de seguir hacia París, en Air France, tengo que esperar en el aeropuerto de Barajas unas tres o cuatro horas, con el maletín en la mano, recorriendo de un extremo a otro. En el vuelo a París, mi única preocupación era el no saber una palabra de francés.
En el aeropuerto de Orly no hubo ninguna revisión. La noche del 29 de diciembre yo me quedo en París. Me fui a pie desde la terminal, en la Plaza de los Inválidos, con el maletín y la valija en mano, hasta la casa de Fernando Laredo. Fue una caminata de una hora, más o menos. Él vivía en un edificio antiguo, cerca de la UNESCO, donde trabajaba. Por cierto que Fernando desconocía mi misión. Me alojó en un cuarto. Dejé las cosas y salimos a caminar por la noche de París. A las siete de la mañana del día siguiente partí de Orly a Budapest, con escala en Praga.
En Budapest ya me esperaban, porque Sattori mandó el mensaje de que yo iba. Él usó las prerrogativas de responsable de Relaciones Internacional del PC.
Me recibió un hombre que hablaba un perfecto español.

- ¿Los húngaros sabían quién iba y también qué transportaba el recién llegado?
- No sabían nada, simplemente que llegaba. El hombre me preguntó por mi rango en el partido. Tuvo el gesto de alojarme en el hotel de los jerarcas. Yo no era más que miembro de la Comisión Nacional de Prensa. Agradecí la excepción. Yo desembarqué en Budapest con “Cien Años de Soledad” bajo el brazo. El hombre vio el libro y me dijo: “Camarada, le ruego que me lo venda”. Yo le dije: “Camarada, de ninguna manera. Yo no puedo venderle el libro. Yo se lo obsequio”. Casualmente, en este último tramo yo había terminado de leerlo. Me dijo que no sabía el favor que le hacía, pues su esposa era profesora de literatura latinoamericana.
Permanecí en Budapest cuatro días. No había combinación o más bien espacio en los vuelos a Moscú. Eran días de fin de año. Pasé el Año Nuevo con los húngaros. Este hombre que me recibió en el aeropuerto, con el correr de los años, fue embajador en Bolivia. Es Sandor Barga, con quien trabé una gran amistad. Sandor era el funcionario del Comité Central del PC húngaro encargado de las relaciones con los partidos comunistas de América Latina. Me preguntó el motivo de mi viaje. Le dije que mi destino era Moscú, que estaba de paso. No hizo ningún comentario. Se puso en contacto con su par en la Unión Soviética, Igor Ribalkin. Ya no se corría ningún riesgo.
Parto hacia Moscú el sábado 3 de enero. En pleno vuelo dan cuenta de la temperatura que estaba haciendo en Moscu: 28 grados bajo cero. Te imaginas mi angustia. Yo tenía puesto un terno de poliester y nada más. Felizmente en el aeropuerto me esperaban con abrigo, gorro, guantes, etc. Sattori me instruyó que a Ribalskin sí le comunicara el motivo de mi viaje. Igor me interrogó y yo le dije que llevaba la mascarilla y las manos del Che Guevara. Me alojaron en el hotel del partido, un hotel sin nombre, en la parte vieja de Moscú, calle de Los Carpinteros.

- ¿Entregaste a Ribalskín el maletín? ¿Cómo se planificó el resto?
- No, todo permanecía en mi poder. A las pocas horas de mi llegada aparece Víctor Zannier en el hotel del partido. Charlamos los tres. Decidimos con Víctor ir el lunes 5 a la embajada de Cuba. Fuimos y nos entrevistamos con el Primer Secretario. Le dijimos a qué habíamos ido. Nos recibió muy fríamente. Volvimos al hotel. En la tarde, Víctor va a la embajada solo. Volvió con la noticia de que de la embajada en Moscú se habían comunicado con La Habana y que de La Habana comunicaron que Víctor podía ir, pero que yo no “porque ningún miembro del Partido Comunista de Bolivia, traidor, podía ir a Cuba”. Esa es la versión de Víctor, que yo acepté como válida.

- Válida o no, te arrebataban un derecho que habías obtenido por mérito propio. ¿No se sublevó tu ira al ver frustrado tu viaje a Cuba?
- En esos tiempos yo tomaba las cosas con una frialdad impresionante. Yo en ese instante era el responsable de la misión, las manos estaban en mi poder. Podía hacer algunas cosas, ya que nuestro anfitrión, el PC soviético, personificado en Igor Ribalkin, me dijo: “Tú has traído una misión y la resuelves como tú quieras”. Pensé en ese momento: “El PC boliviano, a través de mi persona, ha sido ofendido por el gobierno y el PC de Cuba, pero qué derecho me da eso para hacer que parte de los restos del Che Guevara no lleguen a Cuba”. Yo olvido la ofensa y entrego las manos y la mascarilla.
Comunico mi decisión a Víctor y le digo que iba a entregar todo al funcionario de la embajada de Cuba. Y así fue. Una cosa que me hace pensar que la versión de Zannier era cierta, es que el funcionario de la legación cubana ni siquiera me dio las gracias. Las manos del Che volaron a La Habana esa misma noche.

- Han pasado muchos años desde que me confiaste este relato para el guión cinematográfico, Juan. Vuelvo a hacerte hoy la misma pregunta final de entonces: ¿Cómo pudiste hacerlo?
- Te respondo como entonces: No estaba solo, estaba con el Che.

COMENTARIO FINAL SOBRE EL PERSONAJE ENTREVISTADO.
Su vida nunca supo de pausas. La fatiga siempre le ganó al sosiego desde la noche de San Juan de 1937. En medio de salvas y bajo un cielo iluminado de fogatas, Elvira Quiroga alumbró su primer hijo. Ponche en mano, Enrique Coronel, su padre, lo bautizó simplemente como Juan. Allí y entonces empezó la constante de su vida: la aventura. Pero una aventura cargada de ideología, unas veces, y de fiebre por el saber, otras.

Sus compañeros del colegio Bolívar de Cochabamba, entre ellos el ex-canciller Gustavo Fernández Saavedra, el presidente de la Democracia Cristiana, Jorge Ágreda, el ex-director de “El Mundo” de Santa Cruz, Gastón Requena, lo recuerdan como el número uno.
Egresado de la Facultad de Derecho, Juan Coronel Quiroga puede ufanarse de ser un experto, idóneo en materia de conocimientos sobre los juegos olímpicos. Periodista empírico, dueño de una prosa elegante y fluida, su pasión por las luchas sociales lo llevó por caminos riesgosos. A sus 15 años militó en el MNR. La Revolución del 52 lo hizo agitador social. La calle era su escenario en ese momento de eclosión revolucionaria, determinante en su vida.

“Cuando Paz Estenssoro llega a Cochabamba, por primera vez desde el 9 de abril del 52, en septiembre de ese año, lo espera una multitud. Hubo aglomeraciones y heridos. Yo me di mañas para marchar a un metro del auto de Paz, desde el aeropuerto hasta la plaza, sin permitir a nadie que me arrebate ese puesto”, recuerda.
Desde Joven, Juan tenía una calva prematura, brillante. “A tono con su mente”, le decían. Ingresó al Partido Comunista (PC), el día de su cumpleaños número 19. Lo Inscribe Enrique Ortega Hinojosa, quien, tiempo después, iba a convertirse en cuadro del Ejército de Liberación Nacional (ELN) urbano.

Fundó, junto al autor de esta nota, la revista ZETA. Escribió en “Todo Deporte” de El Diario, dirigido por Carlos Azcarrunz y fue experto asesor de la agencia UPI en los Juegos Cruz del Sur.
Coronel se enteró en enero de 1967 del inminente estallido de la guerrilla del Che. Su partido, el PC, iba a traicionar al movimiento insurgente, retirándole parte vital del aparato urbano. Juan pensó en muchas cosas, pero nunca imaginó que su coraje y consecuencia lo llevarían a protagonizar los hechos que ilustran estas páginas

Autor: Eduardo Azcarrunz R.; “Las manos del Che quemaban las mías” (entrevista a Juan Coronel Quiroga).
Fuente: Periódico “Presencia”. La Paz, 9 de diciembre de 1995.

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