martes, 31 de julio de 2012

Gran sertón: veredas – Guimaraes

 
Una eximia pericia en el manejo del lenguaje al mismo tiempo que una desmesurada amplitud de un soliloquio pocas veces alcanzado en la literatura mundial.

En Joäo Guimaräes Rosa se da una combinación única en la historia de la literatura contemporánea. Coexisten en él, por una parte, el hombre apegado a la tierra y a su pueblo, nacido en el mismo borde del sertón (especie de pradera brasileña) en una familia de hacendados ganaderos; por la otra parte está el hombre cosmopolita, embajador en varios países y en la ONU, ministro plenipotenciario, lingüista, filólogo, estudioso de la semántica y etimologista.
Esta curiosa combinación se va a manifestar en toda su obra (“Sagarana”, 1946; “Primeras historias”, 1962; “Tutamela”, 1967), y muy especialmente en su única novela, “Gran Sertón: Veredas”, de 1956. Sus descripciones prolijas denotan al hombre nacido y criado en contacto con la tierra y enamorado de ella. Todo esto es dado a través del tamiz de su esmerada educación y su vasta cultura, de esta manera logra una asombrosa simbiosis: las fuerzas instintivas y naturales plasmadas paralelamente con la reflexión filosófica y el aliento metafísico.
Esta unión la logra Guimaräes Rosa por medio del lenguaje, ya que es exactamente el habla de cada personaje, de cada región, de cada situación, la coordenada común, el contacto íntimo y develador entre la naturaleza y la persona.
De igual manera, Guimaräes Rosa otorga a todo elemento de su obra un valor simbólico, trascendente; el sertón es específicamente cada región, con su rostro y su idioma minuciosamente individualizado; pero a la vez Guimaräes Rosa utiliza el sertón como una alegoría del mundo, y sus personajes actúan en uno y otro, perdidos en sus pensamientos y confundidos en los más disímiles sentimientos. A veces son dueños de sus actos y ejercen su voluntad, como cuando Diadorim se decide a perseguir al asesino de su familia; pero a veces obedecen a un destino inexorable, como en el momento en que Riobaldo se decide a acompañar a Diadorim en la ejecución de su venganza.
Esta preocupación existencial por el acto preciso que define la identidad, es la clave de muchas obras del eminente escritor brasileño y especialmente de “Gran Sertón: Veredas”. Esta novela abarca un vasto espacio, tanto geográfico como espiritual; porque las peripecias de su protagonista han ocurrido tanto en el mundo exterior como en el interior.
Con una estructura narrativa que recuerda al Conrad, de “Lord Jim” y “El corazón de las tinieblas”, Guimaräes Rosa va hilvanando y deshilvanando su historia a través del relato que Riobaldo le va haciendo a un oyente impreciso. De esta manera las anécdotas se yuxtaponen y superponen, enriqueciendo la trama y develando lentamente esos significados ocultos que Guimaräes Rosa se propone “revelar”. La misma concepción del argumento obedece a esta voluntad reveladora de su autor:
Riobaldo se lanza a la vida de yagunzo impulsado por el amor que le inspira el bello Diadorim que, a su vez, vive persiguiendo al bandido Hermógenes, asesino de su familia. Al final de la novela, cuando Diadorim consuma su tan demorada venganza y, a su vez, encuentra la muerte, se descubre que éste es en realidad una mujer y que vistió ropas masculinas para facilitar sus propósitos. En ese momento el extraño amor de Riobaldo asume nuevas características, sobre todo, si se tiene en cuenta que éste conocía la identidad de Diadorim desde que comienza a hacer el relato. Este efecto no es un simple recurso literario ni un alarde de maestría del autor, sino una muestra de cómo funcionan en él los mecanismos simbólicos antes mencionados. Para Riobaldo, Diadorim-hombre representa la pureza de una vida dedicada a la realización de un ideal, aunque este ideal sea una venganza sangrienta.
El hecho de que su verdadero sexo se lo revele en el momento de la muerte, significa que el auténtico sentido del hombre es algo que a veces se escapa y se encuentra más allá, y hasta en el más allá. Diadorim-mujer encarna entonces una pureza inefable y a la vez un permanente misterio. Finalmente, para el oyente (lector), esta ambigüedad de Diadorim, hombre y mujer, puro y sanguinario, ideal y concreto, es una imagen del individuo como ser atormentado en busca de un hecho que resuma y defina su vida, aunque este hecho sea su muerte.
Esta ambigüedad existe también en Riobaldo, manifiesta a través de su condición de yagunzo hacendado. Aunque copartícipe de la experiencia de Diadorim, él ha sido más bien un testigo, y este largo recuento es un poco su intento de alcanzar una definición de los hechos que le descubra su trascendencia y le revele su verdadera dimensión. En su introspección narrativa, Riobaldo cree haber pactado con el Demonio, y que esto es lo que le preserva la vida en medio de los peligros. Posteriormente, el protagonista comprende que este supuesto pacto no ha sido más que un intento de reconciliar sus propias contradicciones internas. El diablo no tiene nada que ver, lo que importa es el hombre: “Cada uno tiene su camino estrictamente privado que seguir, sólo que generalmente no sabe cómo encontrarlo... Pero está ahí de todos modos… Tiene que estar, o la vida no seria más que la estúpida confusión que es. Cada día, en cada momento, sólo hay un acto justo y correcto para nosotros. Está oculto, pero igual está. Todo lo demás... sería falso”.
Se ha dicho que la desmesurada extensión de este monólogo interior convierte la obra en un tanto reiterativa y monótona, especialmente en sus páginas finales. También se le reprocha al autor el recurso de ocultar el verdadero sexo de Diadorim, ya que resulta un poco difícil de creer que haya pasado inadvertido para Riobaldo. Sin embargo, la autenticidad de sus personajes, la prolijidad de sus descripciones, la riqueza de su lenguaje y. sobre todo, la profundidad de sus consideraciones filosóficas han sido reconocidas de manera unánime. Son estos valores los que convierten “Gran Sertón: Veredas” en un hito de la literatura brasileña en particular y de toda la literatura en general.
DF.

Fuente: Icarito. Editorial Andina. Santiago. 1987.

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